Mi pequeño, mira hasta dónde has llegado. Solo veo el cansancio en tu mirada, ese peso invisible que aplasta tu espíritu. Puedo sentir cómo tu fuego se apaga, cómo esa chispa que una vez brilló con tanta fuerza se desvanece en el frío de la noche. Tus ojeras no arden bajo la lluvia; tus pasos son pesados, arrastrados. Nada de esto es tu culpa. Lo sé, siempre lo supe. Eres libre de cualquier peso sobre tus hombros... o al menos deberías serlo.
Ven, abrázame fuerte. Déjame sentir, aunque sea por un instante, que el tiempo no existe, que este vacío puede llenarse. Pero en tu abrazo también siento algo más: la tristeza de un niño que solo quería ser feliz. Porque eso es lo que eras, ¿no? Un niño tratando de sobrevivir en un mundo que nunca te entendió, que siempre te exigió más de lo que podías dar.
Lo siento. Tengo que hacerlo. Tengo que matarte. Necesito deshacerme de ti, arrancarte de raíz, para que no quede rastro, para que el dolor se desvanezca contigo. Sé que suena cruel, lo sé... pero no hay otra salida. La oscuridad me ha envuelto con su cálido manto, como un abrazo que no puedo rechazar. Estoy a merced de mi propio caos, de este infierno que yo mismo he creado.
No tengo nada que perder. ¿Cómo podría tener algo que perder cuando todo ya está roto? Cuando lo único que queda son las cenizas de lo que fui. Pero aún te escucho, pequeño. Te escucho en el eco de mis pensamientos, como un susurro que no quiere callar. Te veo en cada reflejo, en cada sombra que se cruza en mi camino.
No entiendes mi decisión, ¿verdad? Pero no es odio lo que siento, nunca lo fue. Es la necesidad de seguir adelante, de romper con este ciclo interminable. Soy el caos que nació de tu inocencia, de tus sueños frustrados, de tus preguntas sin respuesta.
Recuerdo tus ojos, llenos de curiosidad y esperanza. Recuerdo cómo buscabas las estrellas, incluso cuando el cielo estaba cubierto de nubes. Pero esas estrellas se apagaron hace tiempo, y ya no queda nada por salvar. Solo la oscuridad... y yo.
Perdóname. Perdóname por no protegerte, por dejar que el mundo te rompiera. Perdóname por no ser lo que necesitabas. Ahora solo queda el silencio, el abismo en el que te despido. Y tal vez, algún día, encuentre un nuevo comienzo en este final.










