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Veroli. Abbazia di Casamari
#SummerStudyingChallenge (by @myhoneststudyblr)
31|07|2021
Day 31. Would you rather spend the day at the beach or at the swimming pool?
Neither... 🙈
I usually prefer mountain, with its lakes and rivers and waterfalls.
I don't like to wear a swim suit, I don't felt particularly comfortable with exposing my body.
I've always feel uncomfortable going to the sea during summer, I prefer to take a walk on the sea side when it is deserted during autumn or spring!
It is good when I need to think about something, or have a significant moment with an intimate friend!
Murgese horses in Prato di Campoli, Italy
© Giulia Orsatti - Follow me on Instagram @giuliaorsattiphotos
#cartina #veroli #madeinitaly🇮🇹 https://www.instagram.com/p/CfTfY9hgxIS/?igshid=NGJjMDIxMWI=
Veroli (31/12/2021)
titolo; sala consigliare abbazia di Casamari
essenza: ciliegio ( capitello in pioppo su tavola in abete )
dimensioni: 45 cm x 42 cm
data: dicembre 2021
Silencio en Casamari.
La gita estaba planeada desde hacía varios días en la cartelera de la sala de café, de la Casa Generalizia. Allí vivía junto a otros cuarenta Hermanos de La Salle de todo el mundo, y solíamos compartir un limoncello o una sambuca luego de cada comida. También comentábamos los titulares de los periódicos más importantes del mundo, e intercambiábamos algunas frases en distintos idiomas que nos desenredaban la lengua.
Aunque en realidad no era una gita o una suerte de paseo, más bien, era un retiro espiritual que organizaban los Hermanos cada seis meses, y al cual yo estaba invitado por hacer parte de la Comunidad, así no hubiera hecho votos de pobreza, obediencia y castidad.
En esta ocasión, su director, el Hno. John Guasconi, oriundo de Nueva York, había escogido ir a Casamari, una abadía cisterciense, cuyo nombre es de origen latino y significa Casa de Mario, lugar de nacimiento de Cayo Mario, célebre general que fue siete veces cónsul romano y adversario de Sila en la guerra civil del año 88 a. C., ubicada en el municipio de Veroli, provincia de Frosinone, más exactamente dentro de la región de Lacio.
Allí estaríamos durante tres días internados en un mundo espiritualmente distante para mí, también habrían largas jornadas de lectura y soledad, pero sobre todo, tendría una especie de confrontación personal, con la que intentaría reconocer mis propios temores, frustraciones y anhelos. La idea era la de reducir casi que por completo, cualquier diálogo con las demás personas, y aunque parecía un poco extremista, a mí me llamaba la atención.
La distancia entre Roma y Veroli no superó la hora y media de recorrido. Las amplias autopistas italianas fueron un aliciente para mí, ya que nunca me ha gustado permanecer durante tanto tiempo dentro de un bus o un automóvil. Tras varios kilómetros en los que dejamos atrás paisajes rocambolescos, avistamos un imponente monasterio hecho en roca, el cual parecía detenido en el tiempo, así como algunos árboles que lo abrazaban con sus copas grises y se alzaban entre nubes, como si fuese una pintura impresionista.
Desde el primer momento en el que llegamos todo resultó introspectivo. El silencio que rodeaba cada espacio me permitía escuchar mi respiración, el frío penetraba mis huesos y en algunos momentos sentía que me desdoblaría, al tiempo que escuchaba a decenas de pajaritos cantar y revolotear dispersos por el viento.
Cada rincón de la abadía evocaba una historia fulminante, exaltada por su mobiliario. A medida que caminábamos, muy separados unos de los otros, podíamos apreciar un sinnúmero de piedras entrelazadas por los pasillos, decenas de gárgolas con rostros expresivos en las esquinas, frescos antiquísimos en las paredes, tumbas de monjes con nombres de actores de cine, y hasta un reloj solar, completamente distinto a los que conocí hasta ese momento.
Después de capturar distintas imágenes mentales y fotográficas, llegué sin darme cuenta a un hermoso jardín que parecía haber sido estilizado por Edward Scissorhands. Cada árbol o arbusto tenía el recorte perfecto de su figura, y en el piso yacían más tumbas de los monjes que allí habitaron y sirvieron alguna vez.
A medida que avanzaba por la solemnidad del lugar, cada puerta que abría me sorprendía con locaciones petrificadas en los siglos. Una farmacia, una capilla, una licorería, una biblioteca, una tipografía, un museo arqueológico y hasta un aviario con especies extraordinarias. Todas sus paredes eran heladas, y al pasarles los dedos por encima, quedaban humedecidos y cubiertos de moho.
Lo mejor es guardar silencio. -Pensé-.
Especias, fragancias y medicamentos antiquísimos, hacían de la farmacia, el lugar más impresionante de la abadía. Por supuesto, la nave central de la iglesia principal y cada uno de sus rincones, maravillaban por su esencia, pero la farmacia, era la farmacia. Podría haberla descrito en este texto, pero basta con observar las fotografías que muestran las porcelanas, las pinturas, las cortinas y la estética del lugar, para optar por el silencio, una vez más.
Esa primera noche, internado en el cuarto que me asignaron, una mesita de noche en la que reposaba la Biblia y un librito de cantos en italiano y latín, se presentaron como acompañantes de una jornada que sería bastante difícil para mí. Nunca será fácil orar si no se tiene fe, y no siempre será suficiente intentar tenerla.
Los Hermanos acostumbraban a cenar temprano, después de eso, nos reuniríamos para realizar una actividad en la que hablaríamos unos con otros y escucharíamos la intervención especial de algún miembro de la comitiva. En el fondo, todo me recordaba al colegio, pero más que eso, me sentía siendo parte de un ejército de la fe.
El momento de cenar llegó y todos bajamos al comedor sin cruzar palabra. Allí, en medio de un salón amplísimo, había una mesa hecha de madera rústica, de unos veinte metros de largo y en forma de ú. La idea de comer ahí era extraña, mucho más cuando por primera vez, pude ver de cerca a los casi veinte monjes que habitaban el lugar. Todos ingresaron en fila india, llevaban una túnica blanca con negro, y parecían oscilar entre los sesenta y los noventa años. Uno de ellos era el encargado de pasar al frente de cada uno con una canasta llena de pan tostado, mientras los demás llevaban uvas y hortalizas, pasta recién cocida y trozos de pollo gratinado con albahaca.
Los Hermanos y yo nos sentamos al frente de ellos, mientras los observábamos, concentrados únicamente en comer. El ambiente parecía el de una película de suspenso. Era claro que debía apagar mi celular para evitarme cualquier vergüenza y mucho más erradicar por completo la intención de tomar una foto. Los monjes, eran monjes de clausura. La clausura tiene la finalidad de mantener un clima de recogimiento, silencio, oración y purificación espiritual para la búsqueda de la unión mística con Dios. Para algunos descabellado, para ellos una opción de vida. Su boca solo la abrían cuando caminando uno tras de otro, con la cabeza agachada, se ubicaban en los reclinatorios especialmente diseñados para cantar en grupo, alrededor del ábside de la iglesia.
Cada uno de ellos nos miraba fijamente a los ojos, al tiempo que pasaban ofreciéndonos los alimentos. Justo al frente mío, uno de ellos, se quedó mirándome con detenimiento y prosiguió dejándome una extraña sensación. Nunca había estado en un ritual así. Estaba muy lejos de casa y no acostumbraba a comer con tantas arandelas.
Al salir del recinto, miré mi reloj para saber cuánto tiempo podría reposar antes de la siguiente actividad. Me dirigí a mi recámara y pensé tantas cosas que mi mundo cambió sus dimensiones en un abrir y cerrar de ojos. Al la hora establecida, el Hno. Jesús Rubio, de origen mexicano, proyectó una escena de la película The Mission de Roland Joffé, en la que Robert De Niro y Jeremy Irons se abrazan, luego de que el primero es perdonado por los indígenas guaraníes del Paraguay. Todo musicalizado por Ennio Morricone, y finalizado con una reflexión impresa, de esas que revuelcan el corazón:
“Si la violencia es lo que cuenta, entonces no tengo fuerzas para vivir en un mundo así.”
Los días siguientes transcurrieron bajo la misma dinámica, eso sí, con la fortuna de haber podido contemplar, en vivo, los cantos gregorianos de los monjes cistercienses. No sé cuántas cosas habrían que pasar para pensar en la separación física del mundo, y tomar como opción de vida el silencio, pero al menos estoy seguro de que todo lo que viví aquella vez será indeleble, porque nunca antes me había escuchado tanto.
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