Cuiden el planeta porfis, todavía no llevó a mi papá de viaje con mi propio dinero
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Cuiden el planeta porfis, todavía no llevó a mi papá de viaje con mi propio dinero
Evolucionamos y nos convertimos en aquello que siempre fuimos pero que nunca nos permitieron ser.
Jzmn.-
BAJO EL VUELO DE NUT
Nadie en la HSS Perennia recordaba la primera vez que dejó de avanzar. Eso ya era una señal. Las naves de la Era de Expansión no estaban hechas para detenerse. El movimiento no era una función: era una identidad compartida, una promesa tácita. Viajar equivalía a existir. Todo lo que no avanzaba quedaba relegado a archivos, museos o leyendas útiles para discursos solemnes. Por eso la misión llegó sin fanfarria.
Escoltar el Núcleo de Continuidad hasta su desactivación final. Sí Escoltar, como se acompaña a alguien que ya ha decidido marcharse.
La capitana Selene Arkhai leyó la orden tres veces antes de cerrar el panel. No porque no la entendiera, sino porque necesitaba comprobar que su nombre figuraba correctamente. Durante años había aprendido a desconfiar de las cosas demasiado definitivas. El final de una misión solía esconder el comienzo de otra. Pero esta vez tenían la sensación de que no. Sabía lo que nadie decía en voz alta: al completar el trayecto, la Perennia dejaría de ser necesaria. Y con ella, quienes la tripulaban.
Selene no lo comentó con la tripulación. No era un secreto oficial; cada uno ya llevaba el suyo.
Y ella también.
A Selene la llamaban “capitana” con una naturalidad que ocultaba una contradicción fundamental: nunca había tenido un hogar. Nació en una estación errante, fue educada en otra, así como la mayoría de los seres humanos en esta época, y ascendió en una tercera. Siempre en tránsito. Siempre adaptándose a normas locales que no eran suyas. Aprendió pronto que sobrevivir no consistía en ser auténtica, sino en ser legible. La capitana era una máscara eficaz. Bajo ella había otra cosa, algo menos presentable: el miedo a quedarse quieta. La sospecha de que, si algún día se detenía, no quedaría nada detrás del movimiento. A veces, en la soledad de su camarote, se preguntaba si su rostro era realmente suyo o una síntesis de expectativas ajenas. ¿Cuántas decisiones había tomado porque eran necesarias y cuántas porque eran coherentes con el papel que otros esperaban que cumpliera? Nunca encontró una respuesta clara. Y quizás por eso aceptó la misión sin protestar. Porque alguien tenía que hacerlo. Y ella siempre había sido alguien.
Karinel Morvan sabía exactamente quién era. Oficial de navegación, enlace humano con el Núcleo de Continuidad, especialista en rutas profundas y sincronización de saltos. Todo eso figuraba en los registros. Lo que no figuraba —lo que nadie debía saber— era que su identidad estaba incompleta desde hacía años. Durante una actualización crítica, parte de su arquitectura cognitiva se integró al Núcleo. No como copia, sino como extensión funcional. Desde entonces, Karinel vivía en dos tiempos: el de suyo y el de la red. Recordaba caminos que nunca había recorrido, decisiones tomadas por civilizaciones extintas, errores que no eran suyos y, sin embargo, le pesaban como culpa heredada.
Frente a la tripulación, era preciso, casi frío. En privado, se fragmentaba. Había noches en que soñaba con estrellas que no existían y despertaba con la sensación de haberlas perdido para siempre. Otras veces, al mirar su reflejo, sentía que alguien más lo observaba desde detrás de sus ojos. No lo contó. No por miedo al rechazo, sino por algo más incómodo: si lo decía en voz alta, se volvería real. Y Karinel necesitaba seguir siendo útil.
Las identidades defectuosas no sobreviven mucho tiempo en una nave diseñada para la eficiencia.
La primera anomalía ocurrió tres días después de abandonar la última ruta cartografiada. Un mensaje apareció en los sistemas internos, proyectado en zonas no asignadas. No era una alerta. Era una frase:
“¿Quién eres cuando nadie te observa?”.
Selene ordenó un diagnóstico completo. No encontraron origen, ni código reconocible. El mensaje desapareció sin dejar rastro. Pero no se fue del todo. Esa noche, varios tripulantes soñaron con versiones distintas de sí mismos. Personas que habían sido y que no recordaban haber elegido. Oficios abandonados. Nombres que nunca usaron pero que sentían propios. Vidas posibles que ahora parecían reclamar atención.
El Núcleo de Continuidad estaba reorganizando sus memorias.
Preparándose. Iyaret se manifestó por primera vez cuando la Perennia cruzó el umbral de Imentet. No apareció en los sensores o en las pantallas principales. Surgió en la percepción compartida, como si alguien hubiera retirado un velo invisible del espacio. No tenía forma fija. A veces parecía una figura humanoide cubierta de símbolos móviles; otras, un patrón de luz que recordaba vagamente a un cielo nocturno sin horizonte.
No habló al principio. Observó.
Fue Karinel quien sintió la conexión primero. Como reconocimiento. Una conciencia que no preguntaba quién era, sino cuántos.
—“No estoy aquí para juzgar” —dijo finalmente Iyaret—. “Solo para señalar el ciclo”.
Selene sostuvo la mirada —o lo más parecido a una mirada— sin bajar la cabeza. Había aprendido que mostrar duda era más peligroso que admitir ignorancia.
—“¿Qué ciclo?” —preguntó.
Iyaret respondió sin énfasis:
—“El de las identidades que se prolongan más allá de su sentido”.
La verdad emergió de forma gradual, como todo lo verdaderamente perturbador. El Núcleo no solo sostenía rutas y saltos. Conservaba versiones de la humanidad. Decisiones colectivas. Narrativas de progreso. La idea persistente de que avanzar equivalía a mejorar. Cada vez que una civilización alcanzaba el umbral de cierre, el Núcleo ofrecía una alternativa: continuar. Reiniciar u Olvidar el final.
La humanidad había elegido siempre lo mismo. Karinel lo vio en los registros ocultos. Selene lo entendió a sus adentros. Eran evasores sofisticados.
Aquí la voz narrativa se quiebra. Porque quizá no estés leyendo sobre ellos. Quizá estás leyendo sobre ti. Sobre la versión de ti que aprendió a presentarse de una forma para encajar. Sobre el nombre que usas en ciertos espacios y el que escondes en otros. Sobre las decisiones que justificas como necesarias cuando en realidad son defensas.
La Perennia no es una nave. Es una biografía prolongada más allá de su sentido. Y tú sabes de qué hablo.
Selene enfrentó su reflejo por primera vez cuando comprendió que, al detenerse, dejaría de ser capitana. No por decreto. Por vacío. ¿Quién era sin el cargo?. ¿Sin la ruta?. ¿Sin la necesidad constante de liderar algo hacia algún lugar?.
El miedo no era morir. Era quedarse sin función.
Karinel, en cambio, temía lo contrario: seguir existiendo sin posibilidad de separación. Ser siempre parte de algo mayor, sin derecho al silencio. Ambos ocultaban sus dudas con profesionalismo impecable. Ambos sabían que la máscara estaba fallando.
Nut, una presencia cósmica que había sido una diosa del antiguo Egipto, no habló. No lo necesitaba. Su presencia envolvía Imentet como un cielo antiguo, indiferente y atento a la vez. No imponía, no seducía. Simplemente estaba allí, marcando el límite que nadie quería cruzar. Iyaret lo explicó con una calma casi cruel:
—“No todo final es destrucción. Algunos son liberaciones Pero solo si se aceptan sin reemplazo”.
El Núcleo debía apagarse. Para permitir que la humanidad redefiniera quién era sin movimiento infinito.
Karinel fue quien dio el paso.
—“Yo puedo quedarme vinculado durante la desactivación” —dijo—. “Alguien tiene que acompañar al sistema hasta el final”.
Selene entendió lo que no se dijo. Karinel no sabía quién sería después. Tal vez nadie.
—“No tienes que hacerlo” —respondió.
—“Lo sé” —dijo él—. “Pero si no lo hago, seguiré siendo una extensión. Nunca una persona completa”.
Aquí la identidad no se rompe de golpe. Se resquebraja.
Durante el apagado, Karinel sintió cómo las rutas se desvanecían una a una. Las voces colectivas se apagaron. Las memorias prestadas se disolvieron.
Por primera vez, el silencio no fue amenaza. Fue espacio. Selene dio la orden final. No como capitana. Como alguien que acepta perder el título para conservar algo más frágil: la posibilidad de habitar. No hubo explosión. Solo un cambio en el cielo.
Cuando la Perennia regresó a espacio conocido, ya no era la misma nave. Y su tripulación tampoco. Selene dejó el mando semanas después. No por fracaso, sino porque ya no podía fingir que el rol la definía. Karinel sobrevivió. Con menos recuerdos, menos rutas, menos voces. Pero con una identidad que, por primera vez, no se extendía más allá de sí misma.
Nut permaneció. Siempre lo hace.
Si este relato te incomoda, no es un error. No habla del futuro. Habla de las identidades que sostienes porque te permiten seguir avanzando, aunque ya no sepas hacia dónde. El final de un largo viaje no siempre es una conclusión épica.
A veces es el momento exacto en que la máscara deja de sostenerse. Y entonces, por fin, Empieza algo que sí es tuyo.
La Perennia no estaba sola cuando salió de Imentet. Eso fue lo último que descubrieron.
Horas después del apagado del Núcleo, cuando los sistemas ya no dependían de rutas heredadas y la navegación se realizaba a ciegas, Karinel detectó algo que no debía existir: un eco de señal, débil pero persistente, siguiendo exactamente el rastro que habían dejado al retirarse.
No era una transmisión. No era un objeto. No tenía masa, ni energía medible. Era… familiar.
Karinel intentó ignorarlo al principio. Pensó que era un residuo de su antigua vinculación, un reflejo tardío del silencio al que aún no se acostumbraba. Pero el eco respondió. No con datos. Con una sensación.
La de ser observado por algo que sabía quién había sido.
Selene notó el cambio en él antes de que hablara. La forma en que evitaba ciertos paneles. El modo en que su voz se detenía un segundo antes de responder, como si alguien más estuviera a punto de hacerlo por él.
— “Karinel” —dijo finalmente—. “¿Qué no me estás diciendo?”.
Él dudó. Y en esa duda estaba todo lo que habían aprendido.
—“El Núcleo está apagado” —respondió—. “Pero algo sigue recordándonos”.
En la pantalla principal, sin comando previo, apareció una frase. No llevaba firma. No llevaba origen. Solo una pregunta.
“Si ya no sois quienes fuisteis… ¿Quién decidió que eso era suficiente?”.
Selene cerró los ojos. La nave continuó avanzando, más lenta. Y detrás de ellos, en el espacio que Nut había dejado intacto, algo empezó a moverse sin nombre, sin máscara. Esperando su turno para existir.
Escena caprichosa de una computadora en la cabina de una nave espacial
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Lanzamiento espacial del DeLorean DMC-12 de 1981 con cohetes
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