Fuego y centellas pintan el bosquejo nocturno. La tarde cae con presura, y en el aire se eleva un bao grisáceo que oculta los últimos rayos solares a la ciudad de Auburn. A ciegas, los heridos tropiezan con las estructuras caídas, los autos atrapados y los incendios nacientes. Anarquía absoluta conquista cada rincón del centro, donde el hospital; sin luz, ni agua, terminó siendo evacuado tras órdenes tardías de la comisaria. Los vestigios finales de carga que su móvil le proporciona, iluminan los pasillos llenos de escombros y por un instante, aire queda atrapado en su tráquea ante la silueta que entre la penumbra puede vislumbra. “¿Viktor?” interrogante descolocado. El tono de voz ajeno inunda sus tímpanos y coloca aquel nombre en automático para que su sinhueso lo evocara. Los segundos detenidos no logran mantenerse, y es el sonido estruendoso de otro derrumbe (no muy lejano) el que la saca de su efímero ensimismamiento. “Lo sé. Solo estaba asegurándome que sacamos a todo el mundo.” insondable en su entonación que calmada permanece. Pasos seguros son dados por la fémina para seguir su camino, rozando el lado izquierdo de su oponente que por la salida más cercana parece que ha venido. “¿Tú te encuentras bien?” murmura la más joven, una mirada basta para que el arrepentimiento se filtre en su intravenosa. Pero no puede detener su instinto protector, aquel que parece salir a flote cuando se trata del áureo.