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ANNA BENEDETTA DI VALERIANO DI BORBONE DELLE DUE SICILIE
Retrato oficial de Su Alteza Serenísima la Princesa Anna Benedetta di Valeriano di Borbone delle Due Sicilie, obra de autor anónimo de la corte valeriana, ca. 1870, actualmente conservado en el Palacio Real de Montevalle.
Nombre completo: Anna Benedetta Maria Teresa Carolina di Valeriano di Borbone delle Due Sicilie Fecha de nacimiento: 5 de noviembre de 1850 Lugar de nacimiento: Palacio de Villalba, Ducado de Santa Aurelia, Estado Real de Valeriano Padres: Maria Teresa I di Valeriano y Ferdinando di Borbone delle Due Sicilie Casa de origen: Casa di Valeriano di Borbone delle Due Sicilie Casa real por matrimonio: Casa de Roccabruna y Casa de Castellmonte Consortes: Duque Enrico di Roccabruna (1870–1879) y Príncipe Vittorio Amadeo di Castellmonte (1882–1921) Títulos: – Su Alteza Serenísima la Princesa Anna Benedetta di Valeriano – Dama de la Real Orden de Santa Elisabetta – Gran Maestre Honoraria de la Escuela Imperial de Artes Aplicadas – Protectora de la Joyería Real y de la Etiqueta de Corte – Fundadora del Instituto de Costumbres Nobiliarias de Montevalle – Embajadora Cultural Honoraria ante la Casa de Habsburgo Predecesora en ceremonial: Princesa Maria Regina di Valeriano Sucesora simbólica: Princesa Cecilia di Valeriano Fallecimiento: 17 de mayo de 1945 (94 años), Palacio de Villalba, Santa Aurelia Sepultura: Cripta Real de la Catedral Basílica de San Luigi Gonzaga, Montevalle
✦ La hija del terciopelo: infancia entre privilegios, afecto y rebeldía
Retrato infantil de Su Alteza Serenísima la Princesa Anna Benedetta di Valeriano di Borbone delle Due Sicilie en los jardines de Villalba, obra de autor anónimo de la corte valeriana, ca. 1857, actualmente conservado en el Palacio Ducal de Villalba.
Nacida el 5 de noviembre de 1850 en el Palacio de Villalba, Anna Benedetta llegó al hogar real cuando la familia ya había atravesado pérdidas y, al mismo tiempo, había encontrado una estabilidad íntima muy propia de Maria Teresa y Ferdinando. Fue la benjamina y se le notó desde el primer día: cuidada con celo, rodeada de hermanas, preceptores y damas de compañía que la llamaban “la piccola”. A diferencia de sus mayores, que crecieron bajo la expectativa explícita del deber, Anna Benedetta creció entre la ternura doméstica de Villalba y el resplandor controlado de Montevalle: justo en la frontera donde el afecto familiar se convertía en símbolo público.
Su niñez estuvo marcada por dos presencias que la moldearon en sentidos opuestos y complementarios. De Ferdinando, su padre, heredó la cercanía sin rigidez: él mismo supervisaba su salud, elegía sus maestros de lengua y música y como recuerdan los cronistas la llevaba de la mano en las procesiones de Semana Santa, enseñándole a inclinar la cabeza ante el Santísimo y a saludar a la gente sencilla de Santa Aurelia. De Maria Teresa, en cambio, recibió la disciplina del gesto correcto, la noción del tiempo y de las distancias en la etiqueta, la idea de que una princesa “habla con el cuerpo antes que con la voz”: cómo entrar en un salón, cuándo callar, dónde posar los guantes, qué colores pedir al bordado en Adviento.
Aprendió pronto lo que otros tardaban años: precedencias de corte, órdenes de mesa, cortesías diplomáticas, y la gramática visual de la monarquía. A los nueve años distinguía de memoria los escudos ducales, a los once corregía discretamente a sus institutrices la posición de una banda regia, y a los trece reorganizó, por puro instinto, el orden de una pequeña recepción de Villalba para evitar roces entre dos casas señoriales rivales. Era decía Eloisa con mezcla de sorna y orgullo “una niña peligrosa con flores en el cabello”.
El 12 de octubre de 1859, cuando su tío Giovanni II murió y su madre fue proclamada Reina (coronada en enero de 1860), Anna Benedetta tenía nueve años. El ascenso de Maria Teresa no la intimidó; la fascinó. Desde entonces, su infancia se volvió una clase permanente de escenografía regia. Observaba a su madre desde los pasillos, contaba los pasos que separaban el trono de la mesa de firmas, se sabía de memoria la oración final de los grandes juramentos y repetía en su cuarto, frente al espejo, el leve giro de cabeza con que la Reina otorgaba una audiencia. “Quiero aprenderlo todo escribió en un cuaderno infantil; no para mandar, sino para que nunca se note la costura”.
Su debilidad por la joyería y la moda nació pronto y sin culpa. No se conformó con heredar alhajas: quería entenderlas. Se familiarizó con la terminología de los talles, las técnicas de engaste, el brillo de la concha nácar frente a la luna, la diferencia entre un chatón y un bisel. En las estancias de Bellacqua visitaba talleres y hacía preguntas implacables a los maestros orfebres. De esa curiosidad surgirían más tarde encargos memorables: diademas flexibles para velos ligeros, broches discretos que no estorbaran la banda del reino, rosarios de coral con cierres de seguridad invisibles para cortejos largos. Amaba la pompa, sí, pero convertida en ingeniería del decoro.
Rebelde e irreverente a su manera, lo fue dentro de los márgenes del respeto. Sus “escándalos” juveniles tenían siempre el perfil de una corrección estética a destiempo: un terciopelo burdeos en una velada donde todos acudieron de negro estricto; perlas crema en una octava que pedía severidad absoluta; un tocado asimétrico en una liturgia donde la simetría era ley. No quebró la moral, desafió la costumbre. Maria Teresa la reprendía con una ceja en alto; Ferdinando dicen apenas escondía la sonrisa. Aquello que en otra familia habría sido capricho, en Anna Benedetta era intuición: sabía cuándo la forma necesitaba aire y cuándo debía volver a la línea.
Con sus hermanos estableció vínculos nítidos. A Alfonso lo respetó y en ocasiones lo desarmó: cuando él imponía la sobriedad del siglo nuevo, ella sabía poner la nota ceremonial exacta para que la sobriedad no se volviera pobreza. A Eloisa la adoró con devoción de hermana menor, pero escapaba de su gravedad espiritual con el pretexto de “ver telas”. Con Giuseppe discutía de precedencias como otros discuten de filosofía: si una reforma administrativa modificaba el rango de un ministerio, ella exigía el ajuste simétrico en el ceremonial. A Maria Regina la siguió como a una maestra de estilo: juntas fijaron primero en notas privadas, luego en manuales reglas finas de comportamiento cortesano que sobrevivirían décadas.
La muerte de Ferdinando en 1865 la sorprendió con catorce años. Fue su primer golpe verdadero. Guardó luto como toda la casa, pero su duelo tomó la forma más propia de su carácter: creó, con ayuda de dos damas bordadoras de Santa Regina, una cinta negra de satén mate, estrecha, que llevaba invisible en la muñeca por dentro del guante. Nunca la abandonó en ceremonias de gran aparato. Era su manera de recordar sin exhibir.
A los dieciséis ya tenía una voz reconocible en lo que luego sería su territorio natural: la pompa como lenguaje político. No imponía, sugería; no hablaba primero, aparecía perfecta. Sabía que el traje podía ser un argumento y una tiara, un adverbio. Y en una corte empeñada en modernizarse sin perder alma, la benjamina supo convertirse, en síntesis: la niña querida de su padre, la hermana más mimada y, también, el metrónomo invisible que marcaba el compás de la forma cuando el siglo empezaba a correr más rápido que el protocolo.
Si de niña fue juego y asombro, de adolescente fue criterio. Lo que otros llamaron coquetería, la historia terminaría leyendo como curaduría del Estado: una educación sentimental hecha de seda y de mármol, de terciopelo y de ley. Y allí, en ese umbral, estaba ya escrita la mujer que vendría: la princesa de dos matrimonios y tres hijos, la favorita del pueblo por su teatralidad sin vulgaridad, y la longeva guardiana de los ritos que hacían reconocible a Valeriano incluso en los días más inciertos.
✦ Matrimonios, alianzas y vida personal: entre el deber dinástico y la libertad de carácter
Retrato oficial de Su Alteza Serenísima la Princesa Anna Benedetta di Valeriano di Borbone delle Due Sicilie con su esposo el Príncipe Vittorio Amadeo di Castellmonte, obra de autor anónimo de la corte valeriana, 1884, actualmente conservado en el Palacio Real de Montevalle.
La vida sentimental y matrimonial de la Princesa Anna Benedetta di Valeriano fue tan comentada como sus joyas y su inconfundible estilo. Desde joven, su madre, la reina Maria Teresa I, había advertido que la más pequeña de sus hijas poseía una naturaleza independiente y un gusto pronunciado por el lujo y la pompa de la monarquía. Sin embargo, en 1869, cuando Anna Benedetta cumplía diecinueve años, el deber dinástico se impuso a sus preferencias personales: el Consejo de Estado y la propia soberana acordaron su enlace con Enrico di Roccabruna, duque de un antiguo feudo aliado en el litoral norte de la península. El matrimonio, celebrado en Montevalle en 1870, se vistió de solemnidad, con delegaciones extranjeras y la promesa de fortalecer la posición valeriana en el Mediterráneo.
No obstante, la unión estuvo marcada desde el inicio por choques de carácter. Enrico, hombre de modales rígidos y apego casi dogmático al protocolo aristocrático, esperaba de su joven esposa discreción, recato y sumisión a las costumbres de su ducado. Anna Benedetta, por el contrario, no concebía su papel sin un despliegue de moda parisina, brocados italianos y coronas engastadas con diamantes de la Joyería Real.
Los primeros rumores comenzaron apenas un año después de la boda, cuando la princesa fue fotografiada por un pintor francés luciendo un collar de esmeraldas perteneciente al tesoro privado de su madre, acompañado de un vestido rojo intenso considerado inapropiado para una duquesa consorte en actos religiosos. La prensa satírica de Montevalle, siempre ávida de alimentar la curiosidad del pueblo, la bautizó como "La Rosa Escarlata de Roccabruna".
En 1874, un viaje a Florencia para “asuntos artísticos” se prolongó varias semanas en París. Durante ese tiempo, Enrico permaneció en su ducado y evitó asistir a la fiesta de cumpleaños de la Reina Maria Teresa, alegando enfermedad. En los círculos cortesanos se susurraba que Anna Benedetta había asistido, sin su esposo, a recepciones diplomáticas en la embajada austriaca, generando incomodidad en la familia real.
La tensión llegó a su punto máximo en 1878, cuando durante una gala de invierno en el Palacio Real de Montevalle, la princesa hizo su entrada llevando un collar de perlas negras de la colección Farnese y una tiara florentina que no pertenecía al inventario real, sino a un comerciante privado. El duque Enrico, visiblemente molesto, abandonó el salón antes del inicio del baile. Pocos meses después, y con la discreta mediación de la Reina, se formalizó la separación. El matrimonio fue disuelto en 1879 por mutuo acuerdo, sin escándalo jurídico, pero con amplio eco en las crónicas sociales.
Tres años más tarde, en 1882, Anna Benedetta sorprendió a la corte al contraer matrimonio con Vittorio Amadeo di Castellmonte, príncipe de un linaje menos poderoso, pero con una personalidad afín a la suya. El enlace, celebrado en la capilla privada del Palacio de Villalba, fue más íntimo y sin la pompa del primero, aunque no por ello menos elegante. Vittorio Amadeo compartía su gusto por los viajes, las recepciones y la ostentación moderada, permitiéndole una libertad que jamás había conocido en su vida matrimonial anterior.
De su primer matrimonio con Enrico di Roccabruna nació Donna Eleonora Teresa di Roccabruna e Valeriano (1872–1936), quien heredó el porte altivo y el gusto refinado de su madre, aunque con un temperamento más reservado. Del segundo matrimonio tuvo dos hijos: Don Carlo Maria di Castellmonte e Valeriano (1884–1950), diplomático valeriano ante la corte de Viena, y Donna Beatrice Carolina di Castellmonte e Valeriano (1887–1961), reconocida filántropa y mecenas de la música sacra.
A pesar de las habladurías, Anna Benedetta jamás perdió su lugar de privilegio en el corazón de su madre y hermanos. Hasta el final de su vida, mantuvo una lealtad inquebrantable a la monarquía y a la Casa di Valeriano, siendo recordada como la “niña de la casa” y, para muchos, la última gran dama de la corte en su esplendor decimonónico.
✦ Guardiana de la pompa: moda, joyas y protocolo como arte de Estado
Fotografía de Su Alteza Serenísima la Princesa Anna Benedetta di Valeriano di Borbone delle Due Sicilie en París, autor anónimo, 1910, actualmente conservada en el Archivo Fotográfico Real del Palacio de Montevalle.
En la memoria cortesana del Estado Real de Valeriano, pocos nombres evocan con tanta claridad el esplendor y el ceremonial como el de la Princesa Anna Benedetta. Desde su juventud, convirtió la moda, las joyas y el protocolo en herramientas de proyección política y símbolos de la continuidad dinástica.
Si en sus años de adolescente ya destacaba por lucir con naturalidad tiaras heredadas y collares centenarios en recepciones familiares, como adulta desarrolló un estilo propio que combinaba las tendencias parisinas y vienesas con el rigor del ceremonial valeriano. Su guardarropa, cuidadosamente documentado por la Oficina de la Etiqueta Real, incluía vestidos de gala bordados en Lyon, capas de terciopelo de Florencia, abanicos con incrustaciones de nácar de Sevilla y joyas únicas procedentes tanto del Tesoro Real como de adquisiciones privadas.
Anna Benedetta entendía que la indumentaria no era simple vanidad, sino un lenguaje político. Al recibir embajadas extranjeras, seleccionaba piezas vinculadas a la historia diplomática de Valeriano: un broche con zafiros regalo del rey de Portugal, una diadema de brillantes obsequio del emperador de Austria, o pendientes de perlas que habían pertenecido a su abuela, la Reina Carlotta. Estos gestos, sutiles pero calculados, fortalecían la imagen de continuidad y prestigio internacional de la monarquía.
Fotografía de Su Alteza Serenísima la Princesa Anna Benedetta di Valeriano di Borbone delle Due Sicilie en el Palacio de Villalba, autor anónimo, 1922, actualmente conservada en el Archivo Fotográfico Real del Palacio de Montevalle.
Su influencia sobre el protocolo fue igualmente profunda. Defendió la estricta separación entre actos de Estado y ceremonias familiares, insistiendo en que el ceremonial debía preservar el peso simbólico de la corona. Bajo su impulso, se reintrodujeron normas como el saludo con inclinación reglamentaria, la disposición jerárquica en los banquetes oficiales y el uso obligatorio de guantes blancos en audiencias con miembros de la familia real.
Para la prensa y el pueblo, Anna Benedetta era la encarnación del refinamiento cortesano. Para la corte, un recordatorio viviente de que el esplendor de la monarquía no se sostenía únicamente en el trono, sino también en la escena que lo rodeaba. Incluso en sus años más avanzados, siguió apareciendo en público impecablemente vestida, con un porte que unía autoridad, gracia y un toque de irreverencia que jamás abandonó.
✦ Últimos años, guerras y despedida de una era
Último retrato oficial de Su Alteza Serenísima la Princesa Anna Benedetta di Valeriano di Borbone delle Due Sicilie, obra de autor anónimo de la corte valeriana, 1943, actualmente conservado en el Palacio Ducal de Villalba.
En los años posteriores a la Primera Guerra Mundial, la Princesa Anna Benedetta mantuvo su lugar como referente moral y ceremonial de la monarquía valeriana. Aunque el Estado Real no se vio directamente involucrado en el conflicto, su corte sintió los efectos diplomáticos y económicos. La princesa, hábil en la diplomacia social, supo convertir sus salones en un espacio neutral donde se construyeron puentes entre embajadores y ministros, recordando que “un buen trato en la mesa puede prevenir un mal trato en el campo”.
La paz de entreguerras no la encontró inactiva. Durante la década de 1920 impulsó obras benéficas para veteranos y familias afectadas, organizó subastas de joyas y mantuvo viva la tradición de los bailes de invierno, transformando su imagen de princesa irreverente en la de dama sólida y respetada, sin perder su carácter independiente.
Con la llegada de la Segunda Guerra Mundial en 1939, Anna Benedetta, ya nonagenaria, presenció cómo Valeriano se alineaba con los países que rechazaban abiertamente las ambiciones de Mussolini y Hitler. La oposición oficial del Estado Real, encabezada por Luigi III, colocó a la corte en el punto de mira de las potencias del Eje, y los diplomáticos valerianos fueron blanco de presiones. La princesa, aun retirada de la vida política directa, participó en reuniones discretas para reforzar las alianzas con naciones democráticas y coordinar asistencia humanitaria a refugiados.
En los años más duros de la contienda, sus recepciones se redujeron drásticamente, pero insistió en mantener ciertos ritos y ceremonias como símbolo de resistencia cultural. En 1941, durante una audiencia restringida, declaró: “Los tiranos temen la permanencia de los símbolos, porque les recuerda que su poder será efímero”.
La liberación de Europa Occidental en 1944 fue para ella motivo de alivio, aunque su salud ya comenzaba a deteriorarse. Falleció el 17 de mayo de 1945, apenas una semana después de la rendición alemana, en su residencia del Palacio de Villalba, a los 95 años. Con su muerte desaparecía el último miembro directo de la generación nacida bajo el reinado de Maria Teresa I.
El funeral de Estado, celebrado en la Catedral Basílica de San Luigi Gonzaga, congregó a la familia real, representantes de casas reinantes europeas y miles de ciudadanos que quisieron despedir a la princesa que, durante casi un siglo, había encarnado tanto el esplendor como la resistencia moral de la monarquía valeriana. Fue sepultada en la Cripta Real, junto a sus padres y hermanos, cerrando con ella un capítulo irrepetible de la historia de Valeriano.
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