«¡En Tokio un funeral es coser y cantar... ya veo! En el pueblo es un acontecimiento. Un día y otro viene gente a dar el pésame, y se entiende que la señora de la casa tiene que ponerles de comer.» Nada más irse Mitsuko, Kyōko se embarcó en una detallada relación de lo ocurrido cuando murió su suegro. No le importó lo más mínimo que su hermano Nobutoshi estuviera leyendo el periódico de la tarde, Akiko trajinara en la cocina y Satoshi se hubiera escabullido escaleras arriba mientras ella no paraba de rajar. Contó que tenía muchos parientes y conocidos en la región; incluso una vez finalizado el funeral seguía llegando un rosario interminable de dolientes a ofrecer incienso, y cada uno de ellos decía que otro lo avisó del deceso.
—Cada vez que alguien llegaba yo salía a comprar sake y cocía más arroz. ¡De volverse loca! Mi suegra, sin embargo, estaba encantada con tantas visitas. Mi suegro no era tan imposible como papá, pero era de los antiguos y había que estar muy pendiente de él. ¿No es curioso que cuando se muere alguien sólo recuerdas lo bueno? Desde que perdió a su marido mi suegra ha sido una santa. Todo le parece bien; siempre está sonriente y feliz. Yo creo que es porque se siente liberada. Por eso me da pena mamá. Al fin y al cabo una mujer solo es feliz cuando enviuda.
—¿Y estas cosas las dices también delante de tu marido, Kyōko?
—¡Pues claro! —saltó Kyōko. Akiko ya no pudo contenerse y se echó a reír.
—Las mujeres de hoy son unos auténticos bichos. Mamá nunca hubiera dicho nada parecido —dijo Nobutoshi.
—Pues por eso mismo me da pena.
Akiko estaba atareada ordenando la comida en el refrigerador. Del fondo, escondido tras todo lo que había llevado Mitsuko, sacó un cangrejo; unos de los que había comprado el día que murió su suegra.
—Mira, hay cangrejo. ¿Quieres, cariño? —Nobutoshi respondió que le gustaría tomarlo con sake y se molestó cuando Akiko dijo que estaba bebiendo mucho. ¿Cómo esperaba que comiera cangrejo sin acompañarlo con sake?— Recuerdo que lo compré aquel día que nevaba pensando cómo lo disfrutarías, pero hasta hoy no he tenido ocasión de ponerlo.
—La verdad es que el cangrejo está fuera de lugar en un funeral —apostilló Nobutoshi.
Pensando que uno entero sería mucho, Akiko lo partió con un cuchillo de carnicero y sirvió la mitad en un plato.
—¿Me pones a mí también, Akiko? —preguntó Shigezō cuando estaban sentándose a la mesa. Akiko, sin responder, puso la otra mitad en un plato y se la colocó delante. En su interior, preocupada por el delicado estómago de su suegro, esperaba que Nobutoshi o Kyōko la detuvieran.
—¿No te gusta el cangrejo, Satoshi? —preguntó Kyōko.
—Está rico, pero es un incordio.
—Bueno, yo te lo preparo.
Pero cuando Kyōko cogió una pata del plato de Shigezō, éste le espetó: «¿Qué haces? Pon eso donde estaba». Kyōko, estupefacta, obedeció. Miró a Nobutoshi y a Akiko, y se encogió de hombros.
Todos se quedaron mirando en silencio mientras Shigezō se comía el cangrejo. Con los palillos, y ayudándose con la izquierda, el anciano retiró cuidadosamente la cáscara, extrajo la carne y se la llevó a la boca, masticándola metódicamente. De vez en cuando oían su lengua chasquear dándole vueltas a la comida. Una pila de cáscaras limpias empezó a amontonarse en su plato. Shigezō parecía estar oficiando un extraño rito de supervivencia.
—¿Le gustó el cangrejo, abuelo? —preguntó Akiko.
Shigezō levantó la vista y sólo respondió: «Sí». Al cabo de un rato Nobutoshi, con tono realmente consternado, dijo que se le habían pasado las ganas y apartó su plato, aún cuando nunca era capaz de resistirse al marisco. Allí mismo se juró que nunca comería en la misma mesa que los jóvenes cuando fuera viejo.
Ariyoshi Sawako











