Donde arde el invierno
A veces aprieto tus manos como quien intenta aprenderse una despedida sin pronunciarla. Las mías están frías, es cierto; siempre lo han estado, como si el invierno hubiese decidido quedarse a vivir en mis dedos.
Pero no es ausencia de fuego: es que todo el incendio se me refugia por dentro. Ardes, amor, en mi mirada y en mi alma, allí donde solo existen las esperas.
La próxima vez no apretaré por miedo, sino por certeza. Y entonces el fuego dejará de ser secreto: nos alcanzará a los dos.












