…es con emoción que te escribo pues todo lo que proponés es osado y ahora que pasé por la experiencia, el después de la explosión, el post-síntoma quiero contarte: Todo comenzó cuando leí tu nombre. Llevabas un aire de misterio insoportable, admito. Pero la forma de tus pies recién gestados, invitaban a caminar. A recorrer esta suerte de enjambre abierto.
Adopté la actitud de unx niñx entusiasmadx por descubrir lo que aún no nombra y, te seguí.
Dos horas de distancia nos separaban del encuentro.
Llegamos a las seis de la tarde un sábado de enero. Armamos la carpa en un parque rodeado de árboles, junto a otras carpas ya instaladas. Cerca de la entrada había una casita blanca al estilo español, ventanas cuadradas y una puerta azul. En un rincón de este parque había una silla, un micrófono y, detrás una estructura (similar a un arco) sostenía una cortina de tiras plateadas; a unos metros un proyector.
Decidimos explorar la zona, caminamos rumbo a los cerros, encontramos un camino de tierra, saltamos unas cercas de alambre de púa. Si Rosa, cada vez hay más alambres en la montaña, pero no le digas a Hunuc Huar, que triste se pondría.
Vimos el sol caer y bajamos del cerro.
Nos instalamos con nuestra manta, una botella de gin y unas flores cerca del micrófono (siempre abierto). Anochecía entre lecturas poéticas, proyecciones audiovisuales y música. Paso a paso, voz a voz, se encendió la festividad del encuentro.
En una breve pausa antes de la segunda ronda de lecturas, noté clavada la pregunta, como una astilla en la palma de la mano, que busco y no encuentro: ¿Dónde está Rosa Perez?
En ese momento tenía la certeza de encontrarte entera, política, poética, de carne y hueso.
Hubiese sido simple, la idea de tomar el micrófono y arrojar la astilla. Pero no, siempre es difícil escuchar semejante pregunta. No importa la hora, ni el lugar, una especie de escalofrío baja por la espalda tensionando cada fibra nerviosa. ¿Dónde está…?últimamente anuncia las peores catástrofes.
Decidí recorrer los stands de libros y fanzines. Compré una hamburguesa vegana, calme el hambre.
La noche, cerca de la montaña y lejos de la ciudad, respiraba serena.
Que necesario era abrazarte.
Recuerdo el momento exacto. Cuando Clara leyó, entre palabra y palabra, abracadabra: te convertiste refugio frente a mis ojos.
Tanto tiempo preguntándome quién eras y de repente, lo comprendí claramente: habíamos dialogado todo el tiempo con la mirada abierta aunque no pude ver tus ojos, porque…
Lo que para lxs demás pudieras ser, eras.
Una multitud formaba tu esqueleto, todxs bailamos, después de las lecturas diversas, poéticas, y las audiovisuales; bailamos.
Rosa, intente contarte cada detalle sin eufemismos y con el corazón en la mano, solo para que veas lo rojo que es, y lo mucho que se te parece.