Carta de desahogo
Tristeza, melancolía, amargura, desasosiego. De repente es como si las puertas del mismísimo infierno se abrieran en mi pecho para atormentarme de nuevo.
Últimamente las imágenes más lúgubres han rondado mi cabeza recordándome aquella única ley a la que estamos sujetos todos, desde el más poderoso hasta el más humilde, desde el más viejo al más joven, desde el más ordinario al más especial... en fin, el destino de cualquiera, de cualquier cosa que nazca: la muerte. Lo confieso, tengo miedo.
Y es que la cosa me persigue en sueños con mis seres amados, me persigue en mis libros con mis personajes amados, me persigue en el espejo con mis ojeras prominentes y las arruguitas nuevas en un ceño naturalmente fruncido. La cosa me persigue cuando veo una sonrisa y pienso que un día se borrará para siempre.
Debo lidiar con estos pensamientos, ¿no es verdad? Pero es que a veces cansa. Hoy, por ejemplo, abracé a mi mamá con todas mis fuerzas por un par de minutos. Sentía su calor, su energía, su fuerza, y trataba de refugiarme allí, pero a cada segundo que pasaba aferrado a ella sentía que el tiempo se nos escapaba lenta y rápidamente, a la vez. Quizá la tenga a mi lado otros cuarenta años, puede que ni siquiera un mes, tal vez ella no me tenga a mí a su lado tanto tiempo... pero, ¿cómo le digo que no estaremos siempre juntos si no tratando de aferrarme a ella con un abrazo punzante? Con ella me cuesta desahogarme con palabras, al menos con esas que ahora me atormentan. Si no puedo acudir, entonces, a mi madre...¿A quién más? Supongo que al lugar de mis confesiones y alteregos, ¿no?
Sólo... lamento no ser tan coherente hoy. Ahora busco un pequeño desahogo. Eso es todo...














