El hombre de fuego
Junto mis dedos y amaso el arroz con coco color salmón para mezclarlo con un poco de carne de pollo en curry rojo. Me quemo la punta de los dedos. Miro cómo lo hacen Amila y Anusha. Me sonríen. Me dicen que así, que lo hago bien, que tengo que hacer bolitas de arroz con los dedos y usarlos como si fueran una cuchara para llevarme la comida del plato a la boca. Yo que soy maniático de tener las manos limpias. Da igual. Espero a que se enfríe el pollo para no quemarme, rompo un pedazo de pierna cortada en trozos con todo y hueso, lo mezclo con el arroz, algo de verduras, lentejas y me lo llevo a la boca. Cierro los ojos. Creo que emito algún sonido porque ambos se ríen y me preguntan que si me gustó. Asiento porque no tengo palabras. Sonríen y vuelven a concentrarse en sus platos bajo las luces blancas del comedor de esa casa rodeada de plátanos perdida en las montañas centrales de Sri Lanka.
Amila me había escrito esta tarde. Qué buena cogida la de anoche. Me pusiste súper caliente. Quiero tu verga otra vez. Oye, me pasas los videos que hicimos. Pues los videos ya están en mi Twitter, le contesté. Y qué haces esta noche, me preguntó. Nada, no tengo planes, le respondí. Vente a cenar a casa del amigo que me hospeda. Su mamá nos va a hacer de cenar comida casera. Me quedé pensando un momento. Tenía planeado ir por ahí a pasear por el lago, que hay mucho marica buscando verga por la noche. Pero comida cingalesa no suena mal. Apenas cogimos una vez y ya me han abierto las puertas de una casa. Me encantaría, le escribo. Vente a las 8. No tienes que traer nada. Aquí te vemos. Ahí estaré, le dije.
Cogí un Uber hacia Peradeniya y luego de varias vueltas erradas por los senderos de terracería de las colinas que rodean Kandy dimos con la ubicación. Ahí me esperaban los dos hombres al borde de la carretera. Ambos llevaban un sarong y una playera de algodón e iban en chanclas, como la mayoría de las personas aquí. Amila me abrazó, me dio un beso en la mejilla y me presentó a Anusha, el amigo que lo hospeda. Desde la carretera, descendimos por una rampa de grava bordeada de bugambilias, árboles de mango y enredaderas. La brisa era tibia y había un olor ligero a humo proveniente de las chimeneas de las casas circundantes. Ese humo se mezclaba con un olor a mar, aunque el Mar de Laquedivas y el Mar de Bengala estén a más de cien kilómetros, uno al este y el otro al oeste. Me remonté a mi infancia cuando pasábamos veranos enteros en la casa que mi abuelo tenía junto al Pacífico. Por las noches, luego de la cena, salíamos a pasear por la playa en total oscuridad, según nosotros a cazar cangrejos que luego poníamos en una cubeta, observábamos curiosos antes de ir a la cama y liberábamos al día siguiente. Mis primos y yo solíamos ponerles galletas saladas y pan que los animales obviamente nunca se comían. Yo tendría cinco o seis años. Esta noche, mientras descendíamos la cuesta y hablábamos de mi día, respiré profundo y ese olor a costa me hizo sentirme en casa estando justo del otro lado del planeta.
Entré a esta casa de luces blancas. Hay símbolos católicos y budistas por igual: un altarcillo con Siddharta Gautama en flor de loto, una cruz, una biblia, fotos familiares. En la cocina se encontraba la madre de Anusha, una señora de ochenta y cuatro años, casi sin dentadura, que me saludó con amabilidad y me dijo unas palabras en cingalés que me tradujeron como Espero que te guste la comida. Bienvenido. Le agradecí su hospitalidad en inglés y Anusha le tradujo al cingalés. Ella sonrió y se giró para seguir preparando la cena en varias ollas de aluminio y cobre que tenía sobre el fogón. Salimos de la cocina. Fuimos a sentarnos al balcón y me ofrecieron un trago de raa, un fermentado de coco con un sabor similar a la sidra pero algo salado que toman aquí. Decidí que quería comprar litros y beberlos diario durante mi viaje de tres semanas. A ellos les dio mucha risa que me gustara tanto una bebida que calificaron de barata y poco sofisticada, pero yo lo decía en serio.
Hablamos de nosotros. Amila, de su vida en Toronto. Anusha, de su vida en Londres. Me contaron de la guerra civil en Sri Lanka. De cómo tamiles y cingaleses estuvieron matándose unos a otros por veinticinco años. It was horrible, dijo Anusha mirando hacia el suelo. Luego el tsunami arrasó con todo en plena guerra. Era un caos generalizado. No había manera de moverse por el país. Eso exacerbó la violencia. Difficult times, concluyó. Nos quedamos en silencio. Un conflicto que se cobró la vida de doscientas mil personas en un país dividido por la etnia y la religión; y aun habiendo vivido la barbarie de la guerra y el desastre natural más devastador de la historia registrada, todo este tiempo me había parecido que no hay gente más bondadosa, inocente y desinteresada que la de aquí. Nos miramos en la oscuridad tratando de adivinar las expresiones que cada quien tenía en ese momento.
Amila acercó su silla a mí. Le toqué la pierna. Me dijo You are very hot, man. You too, le contesté metiéndole la mano por debajo del sarong para sentir su pene erecto con prepucio, negro como su piel y grueso como un pepino. Le enseñaste el video de nuestra cogida de ayer a Anusha, inquirí. Not yet, dijo riendo. El amigo soltó una risa nerviosa fingiendo mirar hacia otro lado y no darse cuenta de que le acariciaba el pene a Amila. We should fuck again, me dijo. OK, where. In the room. But only if Anusha joins us, propuse. I don’t know guys, dijo Anusha sonriendo con timidez. Volvimos a entrar a la casa. La mamá seguía en la cocina. Los tres nos metimos al cuarto. Amila se quitó el sarong para quedar desnudo con el pene gigante ese que tiene. Anusha nos miraba excitado. Amila me besaba, me pinchaba los pezones, me chupaba el pito. Este hombre está hecho de fuego, me dije extático sintiendo escalofríos en toda mi piel mientras me besaba y me lamía entero. Me dio su leche en los huevos. Después, Anusha se acercó a mí, me puso en cuatro y me metió un pene duro y circunciso. Aferrado a las sábanas con una mano y con los huevos de Amila en la otra, sentí el pene de Anusha pulsando varias veces y sus manos cogiéndome los glúteos mientras se corría conteniendo sus gemidos, tratando de liberarlos por la nariz. Yo lo seguí y bañé con mi leche el sarong que Amila había puesto sobre la cama unos minutos antes. Nos abrazamos unos segundos. Jadeábamos. Reíamos. En silencio.
Volvimos a esta mesa donde justo acabamos de comer. Cuánto placer, les digo sonriendo y mirando los platos vacíos y mis manos con algunos restos de arroz, manchadas de curry rojo hasta los nudillos. No pensé nunca sentirme tan cómodo y satisfecho teniendo las manos llenas de aceite, cebolla, trozos de carne. Hay algo reconfortante, instintivo y animal en comer así, sin utensilios de por medio. Y tu mamá dónde está. Se metió a su cuarto. Ella ya había comido antes. Muy bien. Ella sabe que eres marica. Es un tema difícil en Sri Lanka. Creo que ella lo sabe porque soy su hijo. No estoy casado y cada vez que viene Amila de Toronto ella nos prepara el cuarto para que durmamos juntos. Creo que es su forma de decirme que lo acepta. Y ya, no se dice más.
Anusha coge un libro del estante junto a la mesa. Miren lo que encontré. Se lo voy a regalar a mi amigo que lleva varios años casado, dice riendo. Es un libro titulado Cómo sobrevivir al matrimonio con pinta de libro de reflexiones baratas. Abro una página y leo una frase que dice Hagan álbumes de fotos de vivencias juntos y escriban. Ello será su alimento cuando sientan que no hay nada más que comer. Lo cierro y les digo: Bueno, no sé, yo no creo en el matrimonio como institución, para empezar. Me parece maravilloso que haya avances en términos de matrimonio para todas las personas que elijan esa estructura para sus vidas, pero creo que hay que ir más allá. El matrimonio es una institucion arcaica y patriarcal que ha servido a través de la historia como una herramienta de control del Estado y del clero sobre los cuerpos, la sexualidad y el patrimonio de las personas, así como del hombre sobre el cuerpo y la vida de la mujer. Luchar por la igualdad de derechos es urgente siempre, claro está, pero luchar por poder casarnos es como mendigarle a la heteronorma los restos de una institución que ya no tendría siquiera por qué existir hoy en dos mil veinte. Yo apostaría por revolucionar la sociedad, transformar las formas de amar, de coger, de vivir. Pero, bueno, imaginarán que, en un país como el mío, sacude mucho mi posición, tanto entre las mentes conservadoras como entre las progresistas, entre heterosexuales como entre gente de orientaciones no conformes. Parece que todos los milenios de estructuras opresoras nos han matado el juicio al punto de perder la capacidad de cuestionar y, sobre todo, de hacer introspeccion acerca de lo que deseamos por automatismo, acerca de las aspiraciones que hemos heredado sin saber de dónde vienen.
Ambos asienten. También es un tema en Sri Lanka. El matrimonio heterosexual es algo que se espera que todos hagan algún día. Entre personas del mismo sexo, olvídalo. Ni siquiera se plantea. Pero en realidad creo que puedes estar con quien tú quieras y listo. No hay necesidad de casarse. Entiendo. No quiero que se me malinterprete, añado, todo ser humano necesita intimidad y contacto para vivir. Eso es un hecho que no podemos negar. Pero dónde dice que el matrimonio o incluso la estructura del significant other, de tener a alguien, sean necesarios para lograr la intimidad que un ser humano necesita. En la cogida más anónima puede haber océanos infinitos de intimidad. Para mí, todo esto —esa cama donde acabamos de coger, esta mesa, esta comida alucinante, tú, Amila, tú, Anusha y yo, aunque sea la última vez que nos veamos en nuestras vidas— es la intimidad absoluta. Éste es el amor infinito e inconmensurable. Esto, sólo esto. Aquí. Ahora. Nosotros. Y nada más.
Nos miramos sonriendo en silencio unos segundos. Las lámparas alargadas de tungsteno en el techo emiten un zumbido suave. Anusha se levanta y sale al balcón a hacer una llamada. Amila y yo nos tocamos los dedos de los pies por debajo de la mesa como hemos estado haciendo durante toda la cena. Me dice que le encanto. Le digo que él también a mí. Miro hacia la entrada. Afuera, la brisa sopla. Los perros ladran a la distancia. Las cigarras cantan y algún tuktuk pasa. Las bugambilias se mecen acariciadas por el viento húmedo y fresco de la noche. Él mira en dirección al cuarto. Tuerzo la cabeza hacia ahí y le sonrío. Me guiña el ojo. Me río exhalando por la nariz, de manera casi imperceptible. Me levanto de la silla y voy andando hacia esa puerta, lento, con el pecho desbordante, con la sonrisa que no cesa. Mano a mano. Con el hombre hecho fuego. Con el fuego hecho hombre.














