Verde es el camino
Principio
Miro hacia el cielo. El aire sopla suave y acarrea nubes desde el norte que se funden con el Ajusco y las montañas del sur una hora antes de la tormenta monzónica de rigor. Una hora tengo, quizás menos. Me imagino entre formaciones de roca volcánica, suculentas, líquenes, penes oscuros y babeantes, pisoteando condones usados y bolas de papel con semen acechando y siendo acechado como bestia en las profundidades de la jungla. Más me vale ir ahora, antes de que llueva. Vaya desastre si me agarra la tormenta eléctrica con dos pitos en cada mano.
Me pongo los shorts negros, esos de los que los huevos se me salen por un lado si abro las piernas lo suficiente. Me pregunto si llevar un aro de metal alrededor del pene y los testículos. Lo sostengo entre mis dedos mirándolo. Lo peso con la palma de mi mano. Está frío. Hoy sábado debe de estar lleno de hombres aquel sitio. Tengo que ir a ver, así no me quedo con la duda. Entre una nube y otra que flota a la deriva, cegadores haces de luz descienden sobre el sur de la ciudad calentándolo todo por unos segundos. Estoy sentado sobre mi cama. Me pongo unos tenis negros. El patio se torna incandescente cada vez que se desplaza una nube y da paso al sol. La garganta me sigue doliendo un poco, vestigio de ese covid que no fue covid pero que igual me jodió varias noches en las últimas dos semanas. Me irá a dar frío, me pregunto. A la verga. Salgo deprisa con dirección al sur.
El suelo está más húmedo que la última vez que vine. El olor a lava mojada que se seca al calor de los pocos minutos de sol que quedan antes del próximo diluvio estival me acompaña en cuanto me abro camino apartando las ramas crecidas de plantas que la mayor parte del año sobreviven a punto de secarse hasta la muerte, hoy, exuberantes de vida, en total esplendor mientras las aguas no cesen. Los helechos, los líquenes, el heno y las orquídeas anclados en los troncos retorcidos de árboles enraizados en formaciones rocosas de otras eras brillan a contraluz en tonos casi fluorescentes como en una explosión de color antes de que el gris de la tarde lo opaque todo. Pero no, aún hay tiempo. Y más vale darse prisa.
Merodeo andando por los senderos que los maricones, a fuerza de años y años de búsqueda férrea y cotidiana de penes, han trazado precisos, aunque en lluvias la maleza los desdibuje en su expansión frenética mientras haya medios para proliferar. Voy atento a cada uno de mis pasos. Estoy en tierra de víboras de cascabel, nada me queda más claro. Recuerdo, mientras ando con cautela, cuando a los cuatro o cinco años iba a caminar al monte que había detrás de la casa de descanso de mis abuelos en Michoacán. Los mayores que me guiaban a mí y a los demás niños de la familia nos decían siempre que había que andar en fila siguiendo los senderos para no ir a pisar una víbora. Siempre miren sus pies, cuidado donde pisan nos repetían una y otra vez. Hoy esa voz me lo repite cada cinco segundos. Encima, en época de lluvias es cuando más salen, creo recordar.
Muchas cosas que tener en mente: en cualquier momento empieza a nublarse otra vez y cae el aguacero; atento a las víboras, que como te muerda una aquí en medio de la nada y oculto por los matorrales chulo quedas; y encima abrir bien el ojo para encontrar vergas. Pensé que habría mucha más gente. Sigo andando entre las rocas negras corrugadas como lijas. Estoy atónito ante las jardineras naturales de helechos. Me detengo un minuto. El viento sopla con suavidad y levanta el olor a maleza mojada y mece las hojas de las plantas que me rodean. Cómo harán para arraigarse en la roca de esa forma, pienso. Veo suculentas con hojas que van del verde al morado, casi como tornasol, creciendo como si no estuviesen enterradas sino solo superpuestas a la piedra volcánica.
[Perdido en tus observaciones botánicas no pareces sospechar que en dos minutos y medio pasará el primer hombre del día. Te mirará tímido y seguirá su camino, girándose para que lo sigas hacia el escondite que ya tendrá previsto para la embestida. Tendrá pinta de venir de una comida familiar mexicana genérica: pantalón caquí, camisa de cuadros, zapatos cafés, peinado con gel. Se girará y te dirá que le metas tu vergota. Lo harás, como él te lo diga. Gemirá y gemirás, pero el océano de lava se tragará los jadeos y el rumor coital como si ese acto no sucediera en absoluto, como si ese placer fuera a retumbar solo en el centro de la tierra que escupió hace milenios este suelo negro sobre el que aún ahora observas arbustos y plantas que cualquiera asociaría con un paisaje prehistórico. Ni siquiera sospechas que sacarás tu verga, te quitarás el condón y echarás un chorro de semen que le salpicará las nalgas. Que se subirá los pantalones y acercará su mejilla a la tuya. Te dirá que es muy tímido. Que se llama Alex. Te dará su teléfono porque querrá que te lo cojas otra vez, aunque en este momento ni siquiera yo sé si lo volverás a ver. Luego te limpiarás el semen que escurre de tu pene, con la mano, y te subirás el short para seguir tu camino. Pensarás, por unos minutos, que estás satisfecho y listo para volver a casa y empezar a preparar la cena que le has ofrecido a tu amiga esta noche; pero no, no lograrás salir tan fácil ni tan rápido de tetetlan. Te interceptará un hombre de piel morena, quemada por el sol, con un pene que se sacará debajo de un pantalón sucio, como si se hubiera revolcado en montes de cal con él puesto, y se la pondrá dura y le crecerá grande como un pepino. A lo lejos, notarás que empiezan a llegar más vatos. Unos tímidos, otros cachondos. Luego de jugar con el pene del del pantalón polvoso, te darás cuenta de que todo ese tiempo un hombre en uniforme de fútbol los habrá estado mirando. Se sacará una verga dura y gruesa del short. Te guiñará el ojo y te dirá que lo sigas. Dejarás al hombre del pantalón sucio ahí donde empezaron a masturbarse y seguirás al futbolista moreno y pitudo por varios minutos. Las serpientes ya no ocuparán tu mente y andarás sin mirar más a tus pies sino hacia el frente, con el sol incandescente sobre ti que batalla para abrirse paso entre las nubes de tormenta inminente que ennegrecen cada segundo. En este preciso momento, acaricias el tejido terso de una cactácea, respiras profundo y te llenas las entrañas del verdor y de la inmensidad sin presumir que en unos treinta minutos ese futbolista del que te hablo te empinará contra una roca, ahí donde la lava se abre y forma grietas hoy llenas de condones usados y pañuelos hechos bola, y te penetrará despiadadamente encajando sus uñas en tus hombros, Te gusta mi verga, putito, trágatela entera cabrón, así, abre más las piernas, puto, te dirá mientras te obliga a parar el culo, tú prendido de una roca filosa que te arañará las yemas de los dedos y las uñas, harás lo que te diga. Frente a ustedes, un hombre voluminoso vestido de amarillo se masturbará mirándote a los ojos mientras recibes una y otra y otra cogida del macho que te estará usando como un pedazo de carne para desfogar su homosexualidad reprimida luego del partido del sábado a mediodía, pensando, tal vez, que eres uno de sus compañeros de fut que lleva años queriéndose coger, en quien piensa cuando se la jala en casa, a escondidas de la novia o la esposa. Le olerás las axilas a través de la camiseta. Y nunca más, a pesar de la tormenta que ya estará casi aquí, a pesar del vendaval que arrolla los papeles sucios y las envolturas de preservativos del suelo, a tus pies, a pesar de las víboras de cascabel que acechan en los recovecos de piedra porosa, nunca más querrás irte de aquí.]
Fin
Vuelvo al verdor más austral de la mancha urbana. No puedo sacarme de la mente esa camiseta de polyester barato hedionda a sudor y a sobaco que frotaba la parte baja de mi espalda con cada embestida. Han pasado tres días. Igual que entonces, amenaza tormenta. Ando por las aceras del circuito de Ciudad Universitaria acelerando el paso por la impaciencia de saber qué vergas hay hoy. Me pregunto si habrá otro macho futbolista sudado y pitudo al acecho para romperme el culo una vez más. Quizás el mismo, quizás uno nuevo. Miro hacia el camellón desbordante de maleza veraniega tratando de distinguir algún sendero por donde cruzar al otro carril y de ahí al puterío volcánico laberíntico y confuso.
Me adentro como quien merodea una ciudad desconocida sin miedo a perderse, pero sin saber nunca adonde va. Al borde de una roca, atento como siempre a mis pies, miro al horizonte hacia donde empieza a descender el sol. Solo una deslechada, pienso, y luego a echarme dos pelis seguidas a la Cineteca, sentencio. Huelo el olor a café de la entrada a la sala. Oigo ya el murmullo de la gente que espera paciente la hora de su película en las antesalas y no hay nada que me haga más feliz en este mundo. Bueno, sí, las vergas que están por ahí, en esa maraña de rocas corrugadas y plantas en explosión en pleno tiempo de aguas que parecen devorarlo todo.
Solo una deslechada, me vuelvo a decir mientras los huevos me hierven y el corazón me salta en las profundidades del pecho. A lo lejos, Insurgentes en su frenético transitar de norte a sur y de sur a norte hasta que el quinto sol termine y Mexihco-Tenochtitlan caiga por segunda vez y desaparezca por la eternidad. Solo tetetlan ––el lugar de las rocas, el pedregal–– vivirá porque de tetl ––de roca–– está hecha esta tierra que nos escupe y nos traga en una danza infinita de la que solo somos un acto de unos cuantos pasos, carne que surge y se desintegra, como el verdor que nace con las aguas y muere con las secas.
Con los ojos fijos hacia el poniente, una sombra negra parece moverse entre la maleza y las rocas. Me mira por unos segundos fijo. Yo lo miro igual. Único pito a la vista. Se agarra el pene. Me agarro el mío. No hay nada más que decir.
Desciendo de mi montículo saltando hacia la parte más plana que veo en cada roca frente a mí. Él ha comenzado a descender también hacia una de esas depresiones que hay en el océano negro y verde que nos rodea. Pulso acelerado. Verga endurecida. Lo tengo frente a mí. Ahora.
Me acerco lento. Él no se mueve. Lleva una chamarra negra, camiseta blanca debajo, pantalones de algodón gris oscuro. Dije de la Santa Muerte. Dorado. Gorra con visera hacia atrás. Ojos grandes. Labios finos. Qué más quiero hoy. Le desfajo la camiseta del pantalón. Le acaricio despacio el ombligo y el vientre lampiños. Subo a sus pezones. Me saco la verga. Se saca la suya. Tomo sus huevos entre mi pulgar y mi índice de la mano derecha. Le acaricio la barbilla. Qué rico estás, cabrón, le digo.
El cielo truena sobre nosotros. Gotas gruesas y pesadas se dejan caer inclementes sobre nuestras cabezas. Él mira al cielo, me mira a los ojos. Mejor vámonos a una cueva porque aquí nos vamos a mojar. Va, le digo. Me hace una seña con la mano de que vaya yo por delante, pero ir por delante yo será inútil porque en aquel laberinto no hay manera de saber hacia dónde queda qué cueva ni qué nada. Me hace otra señal diciéndome que él me dirá por dónde. Entendido. Que a la derecha, que salte esa grieta en la lava. Que para arriba, luego a la izquierda y que descienda hasta los helechos fluorescentes de allá. Que mire al frente y ahí se ve la caverna, formación milenaria de cuando el Xitle forzó a los cuicuilcas a largarse a la verga y cubrió el sur del valle de una alfombra gris y arrugada que nos da, en estos tiempos, recovecos infinitos para meternos y sacarnos los pitos anclados con manos y piernas de pedernales filosos como navajas eclipsando dolor excruciante con placer sin mesura conocida.
[Hay cientos de preservativos en el suelo. Cientos de papeles con semen seco. Latas de cerveza. Restos de fogatas. Las orgías que se han de montar aquí. Una revista con mujeres abiertas de piernas, labios mayores y menores colgantes, separados por dedos finos y manicurados. Bolsas de plástico. Colillas de cigarro. Los colores de la inmundicia humana compitiendo inútilmente con los tonos de verde, marrón, rojo y negro del paisaje. Las gotas no los mojarán más porque toneladas de andesita les servirán de paraguas en los siguientes minutos. Mirarás con detenimiento el musgo, las filtraciones blancas en los muros de la cueva y las manchas de moho que los milenios de humedad han dejado ahí desde que se solidificó el material piroclástico. Le quitarás la playera. Te levantarás la tuya. Te lamerá las tetillas. Se tomará los minutos que sean necesarios para hacerte gemir con esa descarga eléctrica que descenderá de tu pectoral a la base de tu escroto y retumbará en la parte trasera de tu pierna izquierda. Se lo harás saber con un pujido suave que hará eco en las paredes oscuras del agujero donde te comerá vivo hasta que estalles en cuatro chorros que resbalarán de su ombligo a la base de su pene erecto y húmedo. La lluvia habrá arreciado. Le acariciarás la mejilla. Cerrará el ojo derecho en un reflejo a tu tacto inesperado. Le dirás que qué guapo está. Te dirá que tú también, chico. Te bajarás y oleras sus huevos sudados mezclados con el olor fuerte de tu semen caliente y ahora algo transparente en proceso de dilución. Sacará un pedazo de papel que te ofrecerá, pero se lo devolverás diciéndole que él lo necesita más que tú. Te sonreirá y recorrerá esa bola blanca desde la base de su escroto hasta el lugar donde tu leche tocó por primera vez su piel tersa. Pasarán los minutos y saldrá de la cueva porque la lluvia habrá cesado. Lo seguirás. No sabrás aún cómo salir de ahí. De pronto el sol brillará más que nunca y tú pararás, mirarás a tu alrededor el verde estridente en contraste con el negro del pedregal surgido de las profundidades de la tierra y le dirás que ahí te quedas. Está bien, chico, te responderá, y se perderá en el horizonte surfeando las olas de basalto inmóviles, centinelas de desfogues y orgasmos diurnos y nocturnos que retumbarán ahí hasta que culminen los eones del tiempo. Entonces solo tetetlan vivirá porque de tetl está hecha esta tierra que nos escupe y nos engulle en una danza infinita de la que solo somos un acto de unos cuantos pasos, carne que surge y se desintegra, como el verdor que nace con las aguas y muere cuando ellas se van.]















