Sometimes love is not enough and the road gets tough, I don't know why.
Platallavescelularsube, platallavescelularsube, repito en voz alta mi mantra antes de salir a la calle. Funciona en la mayoría de los casos, aunque claro, no evita que olvide otras cosas muy largas de nombrar como "tarjetapersonaldeentradaysalida" o "eltupperdelalmuerzo". Camino rumbo a la estación de tren, todavía un poco aturdida por haber amanecido en una casa que no es la mía, tratando de asimilar lo ajeno: otros ruidos, otro frío, otras luces, un orden distinto. Readaptarse para sobrevivir: dejar la ropa lista desde la noche anterior, caminar en puntas de pie para no despertar a nadie al llegar o irme, no ponerme del orto cuando intentan atiborrarme de comida porque siempre me encuentran desnutrida. Soportar el ruido latoso de AM por la mañana en lugar de mi música. El necesario darwinismo que supone volver a la casa paterna.
No llevo reloj ni agenda, tengo un tema con el tiempo. Tampoco reparo en el pronóstico. Así es que a veces me falta abrigo y otras me llevo los zapatos que justo no quería mojar. Hoy se trata de la ola polar: me está derrotando cruelmente. Debajo de un abrigo que me hace sentir un Teletubbie, pero sin guantes ni bufanda, puedo adivinar que va a ser un día difícil.
Llego a la oficina y paso derecho rumbo a mi box, junto a la ventana. Digo un "hola" general, aunque no espero respuesta. El edificio -todo de vidrio- mira al río, pero a mi se me complica mirar: el sol de la mañana es insoportable, me quema los ojos. Además, en la ventana tengo un Capitán Garfio que todos los días me recuerda: “El rival más peligroso puedes ser tú mismo”. Me dan ganas de hacerle fuck you, pero me limito a bajar las cortinas.
En el trabajo todo transcurre sin sobresaltos. Normalmente eso me angustia, pero en esta resignificación que lo cotidiano adquiere cuando tu vida se pone patas arriba, me digo que no estaría mal dejar algo quieto. El proyecto más importante del año, por el momento se traduce en planillas de Excel que se multiplican en número y complejidad. Eso no motiva a nadie, excepto a mi jefa. Ella ama el Excel.
Las horas se consumen entre reuniones, una tras otra, porque en mi trabajo les encanta reunirse. Con el tiempo aprendí a disfrazar la apatía de interés en algunos casos, y en otros a refugiarme tras el muro auditivo-mental que me permite escuchar lo justo y necesario mientras pienso en cualquier otra cosa. En el speech abundan palabras como estrategia, lines of business, casual games, laikear, sherear, research, research y más research. En mi cabeza, ya me escapé a algún paisaje favorito, extrañé la adrenalina de la redacción, barajé la posibilidad de volver a ser freelance, de irme a vivir a otro país, pensé en el texto para el próximo jueves y volví a aterrizar. Repaso diario por la lista de dilemas existenciales: check.
Cerca de las 7 pm la computadora se retoba y avisa que el monitor se va a dormir. Lo hace varias veces al día sin reparar en absoluto en mi voluntad. Pero esta vez no la despierto, es hora de irme.
Camino las 13 cuadras que separan la oficina del departamento. Todo el mundo me dice que soy afortunada por eso, y yo asiento para no contradecirlos, pero la verdad es que siento que la vida de aldea un poco me robó la inspiración. Antes viajaba más, leía más y observaba. Cualquier situación callejera era un posible disparador para un relato. Este barrio de calles tranquilas y arboladas, de casas hermosas y vecinos correctos, por alguna razón nunca logró conquistarme.
Llego al edificio, saludo a Ernesto, el encargado. Ojalá todos los edificios tuvieran un Ernesto: está siempre, lo arregla todo, no es chusma y en cuanto caen las primeras gotas de lluvia pone la alfombrita de goma en el ascensor. Te cuida. Pienso que lo voy a extrañar un poco.
Tomo el ascensor hasta el noveno piso. Me paro frente a la puerta B. Nunca encuentro las llaves en el bolso, pero esta vez aparecen enseguida, acelerando el preludio de lo inevitable. Entro al departamento. El cubo blanco está quieto y en silencio. Juan se fue para darme privacidad mientras procedía a la odiosa tarea de llevarme mis cosas. Sobre la mesa dejó un vino y una nota. Nunca fue bueno en los detalles, ¿justo ahora tenías que innovar?.
Decido tomarme mi tiempo, y el vino. Armar equipajes nunca fue mi fuerte, mucho menos para un viaje con destino incierto. Veo mi ropa apretada en el único placard, demasiado chico para dos, y la entiendo. Me pregunto si últimamente las remeras y los sweaters también se estarían sintiendo un poco faltos de aire . Me llevo sólo lo necesario, bajo la premisa de “cosas que rescatar de una posible catástrofe natural”. Es una etapa de transición y prefiero no andar muy cargada. Creo que con la cámara de fotos, la compu, la ropa y algunos libros alcanza. Quedan los discos, las revistas, lo que ocupa los estantes. Mi corazón es analógico y Juan es todo digital. Recuerdo cuando discutimos por ese tema. Los estantes repletos no encajaban con su idea minimalista del hogar. Yo me harté y le grité que no quería vivir en un blog de diseño. Ése fue uno de nuestros desacuerdos definitivos.
Antes de irme, le respondo la nota en el reverso del papel. Le digo que él también me va a hacer falta, y de paso le recuerdo que nos queda definir el único ítem polémico de nuestra pacífica decisión: quién se queda con el usuario de Netflix.