Llovía y me mandaste un Whatsapp. Yo estaba intentando ponerme al día con The Walking Dead, pero tenía la cabeza en otro lado. Tu mensaje decía: “Nunca te lo dije, pero me dan mucho miedo los truenos y estoy sola en casa”. Sonreí. Sabía que no era una invitación a coger, era una invitación a seguir conociéndonos. Lo cierto es que en cinco meses de relación no conocés completamente a alguien. En realidad, soy de los que piensa que nunca terminás de conocer a la otra persona. "Te hago compañía por acá hasta que se te pase el miedo o te quedes dormida”, respondí.
Me contaste que todo el mundo se reía de vos porque guardás el arroz en la heladera, que las tostadas te gustan con manteca y dulce y que cuando eras chica tenías un montón de piojos. Yo dije que me gustaba una canción de Agapornis, que siempre había querido ser fotógrafo, pero que me daba pánico fracasar y que no entiendo el fanatismo con las películas de superhéroes.
Mel! dice:
Qué fácil es confesar estas cosas cuando no te tengo que ver la cara.
Con lo tosco que sos con los sentimientos, seguro me tirás tu primer te quiero por acá.
JAJAJAJA
Pablito dice:
Me bancás media hora que tengo que hacer algo importantísimo? Es urgente! No te quedes dormida, eh! Ya vengo
Los truenos eran cada vez más fuertes y me reía pensando en vos metida debajo de las frazadas, cagada hasta las patas. Habían pasado cuarenta minutos y no tenías noticias mías.
Mel! dice:
Me dejaste re colgada, no?
Bueno, aprovecho el momento de sincericidio y que no te estoy viendo la cara para decirte lo siguiente: yo sí te quiero. Y mucho. Un poco me da miedo
Leí el mensaje, pero no te respondí. Tenía poco tiempo de acción porque si no te llegaba una respuesta mía pronto, me ibas a mandar a la mierda, pero todavía no podía.
Mel!:
Bueno, me siento un poco idiota después de eso. Sabía que no te tenía que decir nada porque te ibas a asustar
Bajé del taxi y me paré enfrente de tu casa. Estuve menos de dos minutos en la puerta, pero me empapé como si hubiese estado una eternidad. Toqué el timbre. Abriste con cara de pánico.
- Me quiero morir
- ¿Por qué, Mel?
- Por lo que acabo de decirte
- ¿Puedo entrar o me voy a quedar mucho tiempo más afuera?
- Uy, sí. Perdón, pasá
Cuando crucé la puerta, me abrazaste. Ahora me da vergüenza, dijiste. Qué cosa, pregunté. Y, vos viste, lo que te dije hace un rato. No seas tonta, Mel. Agarré tu cara entre mis manos y te di un beso. Me saqué la remera y la puse cerca de una estufa que no tiraba mucho calor, pero que iba a servir para secarla antes de que salga el sol. “Vení, tengo una idea”, propuse.
Apagué todas las luces, te llevé hasta la cama y agarré tu mano. “Bueno, ahora me tenés acá para que no te den miedo los truenos y como no nos vemos las caras podemos seguir contando cosas que nos dan vergüenza”, deslicé.
- Vos estás loco
- Lo tomo como un halago, eh
- Bueno, empezá vos
- No, primero las damas
- Dale, pelotudo. Vos lo propusiste, ahora bancatela
Silencio.
- Creo que estoy un poco resentido con mi viejo porque no me dio mucha pelota cuando era chico
- Retrasé tantas citas nuestro primer garche porque no me gusta mi cuerpo
- Pero si sos hermosa, Mel
- ¡Callate y seguí jugando! Interrumpir no es parte del juego
- Emm...fui a un recital de Arjona y no, nadie me obligó
Te reíste. Siempre me gustó tu risa, así que por unos segundos no dije nada hasta que me quejé.
- Hey, no vale reirse. Me hacés sentir un pelotudo
- Tenés razón, perdón. Sigo yo. Tengo miedo a volar en avión
- Fui flogger
Me agarraste la mano y pude sentir cómo te contenías la risa.
- Una vez cogí con una mina
- Perdí la virginidad a los veinte
- Odio a Borges y a García Márquez
- Estoy enamorado de vos
Otra vez el silencio que sólo era interrumpido por los truenos y el ruido de la lluvia que cada vez era más fuerte. Solté tu mano porque empecé a transpirar y me daba vergüenza. Seguías sin decirme nada. Estaba quieto, rígido. Qué ganas de matarme, por favor. Empecé a levantarme para irme, pero me agarraste de la mano y lo dijiste: “Yo también”. Intenté mirarte a los ojos, pero entre la miopía y la oscuridad de la habitación no veía mucho. Te quise dar un beso, pero le pifié. Nos reímos un rato. “Acá estoy”, orientaste. Me empecé a desabrochar el pantalón, pero me frenaste. “Hoy no puedo, me vino”. No me importó. Nos volvimos a acostar, nos tapamos y nos quedamos dormidos.