¡Eh, tú! ¡Sí, tú!
-No, tío, de hecho estaba alabando tu discreción-le rectificó Bruce, tranquilo-. ¿Qué eres, poli encubierto? Porque no puedes dar peores vibraciones con el “eh, delincuente, yo también soy delincuente. Ah, por cierto, no te digo mi nombre completo y quiero que confieses tus delitos casualmente ante mí”-dijo el chico descruzando los brazos para rascarse la nariz y volverlos a cruzar, para luego reír-. Hagamos algo. Tú me compras dos cervezas. Nos las bebemos en esas mesas del parque que tienen un tablero de ajedrez. Y luego yo te digo qué hago con mi dinero y tú me dices cómo consigues el tuyo. Lo veo un trato razonable.
Daniel ríe sin poder evitarlo, cubriéndose la boca con una mano pues nunca le había gustado reír abiertamente. —Buen punto. Me caes bien y detesto que me caigan bien personas que acabo de conocer —admite tranquilo —No debería sorprender que los policías se centren en delitos pequeños como vender cervezas en el parque en lugar de hacer su puto trabajo bien. Aunque claro, eso no nos conviene —sonríe. Daniel parece sopesarlo mirando a Bruce con los ojos entrecerrados y extiende una mano hacia el chico para formalizar el pequeño e insignificante "trato". Aprovecha para ponerse en pie aunque realmente no necesite ayuda para ello. —Salgo perdiendo, porque además de contarte cosas sobre mí, tengo que gastar el dinero que tanto me cuesta conseguir en cervezas. Y para colmo te bebes una de ellas. Y parecías tonto ofreciendo tus cervezas, chaval.













