—El ruido que produjo su colchón al hundirse bajo el peso de Luna hizo que Santiago mirara por encima de su hombro y tomó cualquiera de sus remeras de entre-casa al azar al ver que su novia se encontraba sentada en su cama—. No, no, no —repitió con el disgusto reflejado en las facciones de su rostro, acercándose rápidamente a ella—. Me estás mojando toda la cama —la acusó alzando su voz—. Levantate boluda, ¡tenés todo el culo mojado! —Intentaba no sonreír porque quería verse serio y que la chica tomara sus palabras con seriedad, pero le fue imposible no hacerlo cuando los recuerdos de las veces que habían estado los dos untos arriba de esa cama haciendo Dios sabe qué cruzaron por su cabeza—. Salí o volves directo a la ducha, eh. Sabes que no jodo, Luna, levantate. Levantate ya.
Alzó una ceja al escucharlo protestar, como si eso fuera lo más estúpido del mundo. Realmente era una estupidez, porque antes Santiago jamás se había preocupado si estaba mojada o no cuando estaba en su cama. —Dale, estúpido. Callate y dame la remera que me estoy cagando de frío —rodó los ojos y estiró su mano para que el chico le alcanzara la remera para cambiarse. No sabía cómo hacer para aguantar la risa, porque su actitud y su expresión eran patéticas—. ¿Desde cuándo te importa que esté mojada? —rió y se acostó cómodamente sobre ésta, provocándolo— Si yo vuelvo a la ducha vos volvés conmigo, así que mucho no te conviene, campeón.











