Un hombre de 65, el más grande del grupo, había comenzado temprano con las tareas de Invocación; a él se le habían sumado una niña medium de 12 años y un naturista de 21 que intentaba absorber la energía y memoria natural de aquel predio.
Un moreno Voodo de brazos musculosos intentaba mover una roca enorme, mientras que el resto de los doce limpiaban el área e intentaban despejar la escena del crimen.
Un asesinato había ocurrido allí; o varios, por lo que la energía del ambiente demostraba. Por algún motivo la vegetación había comenzado a consumirse, y en medio de una primavera floreciente, el predio de 50 metros cuadrados estaba completamente marchito, como si alguna energía oscura hubiera arrancado la vida de cada planta, árbol y animal que se encontrara allí.
Los conejos y pájaros a su alrededor estaban muertos, e incluso habían marcas de lo más extrañas en sus cuerpos sin vida. Parecía que una guerra entre animales, plantas y seres se había librado allí y nadie había ganado.
Llevaban siete horas de búsqueda de respuestas, y aún no había ni un indicio de lo que había ocurrido en aquel espacio.
- Eh, ¿Podemos cocinar uno de estos? - Una chica de 30 años, probablemente Tecno-Bruja (O así lo parecía por su apariencia, sus tatuajes e implantes) cogió un conejo y se lo revoleó al cansado moreno que había estado luchando contra una gran piedra. El joven se giró, y cogió en el aire al animal, observándolo con una media sonrisa burlona.
- Muero de hambre, pero prefiero no arriesgarme - soltó el conejo como si aquel cuerpo no fuera importante, y siguió con lo suyo.
- Bah, ¡Azahar, Liz! ¿Pueden mostrar un poco de respeto? - El circulo por allá lejos se había roto hacia ya un buen rato, y el muchacho naturista se acercó para recoger el conejo: estaba enterrando los cuerpos e intentando que estos funcionaran como ofrenda, pero algo no funcionaba en aquel lugar.
- Cállate, tu te alimentas del puto aire, Ben - Azahar se rascó la nuca, y observó a su alrededor.
Los doce llevaban capas; en ellas estaba grabado el signo zodiacal de cada uno. Ninguno se repetía, y ambos eran los mejores en su signo; doce brujos designados por competencia para encabezar un grupo privado de protección, investigación y tareas clasificadas.
- ¿Creen que esto tenga algo que ver con las desapariciones de los últimos meses? - Preguntó otra persona, una morena con rastas y ropa muy a la antigua.
- Lo dudo; ¿Alguno ha tenido éxito intentando ver qué demonios ha pasado aquí? - Todos negaron. Parecía un punto donde la magia no funcionaba con naturalidad.
Solo uno de los doce no omitió opinión, y se trataba de Vincent; un niño de 16 años que sabía utilizar la magia elemental como casi nadie. Era un experto en la materia incluso cuando era un crío, y aprendió a dominar los cuatro elementos antes que nadie en Nornforn.
- ¿Donde está Vincent? - Algo estaba mal; donde debían haber doce brujos, solo había once. - ¿Donde está Sagitario? - Una sensación de opresión comenzaba a molestar a los doce; y es que generalmente ninguno se alejaba: los doce operaban en conjunto y sin perderse de vista.
A lo lejos, entre dos árboles, el muchacho se encontraba arrodillado con las manos en una especie de roca blanca.
- Oye, amigo, ¿Qué es eso que encontraste? - Uno de los doce se acercó, y le arrebató la piedra de las manos.
El rostro del Naturista cambió inesperadamente. Lo que comenzó con una mirada de admiración, acabó convirtiéndose en miedo, terror, odio, y la locura comenzó.
Un chillido ensordecedor salió de los labios de Vincent, que no parecía él mismo. Sudaba, su piel estaba pálida, y sus ojos inyectados en sangre. Se lanzó sobre Ben, y encerró su cuello con las manos, poseído por un odio y un hambre voraz.
- ¡Hey! ¿¡Qué cojones!? - Azahar se lanzó hacia Vincent, y mientras intentaba retenerlo contra el suelo, pedía ayuda hacia diez personas que parecían haberse vuelto locas de repente.
- ¿¡Puede alguien ayudarme!? ¡JODER, QUE TE CALMES DE UNA PUTA VEZ! - Atrás suyo, Liz se había lanzado sobre la pequeña roca blanca, Ben se batía a duelo con ella por cogerla, y el resto estaba paralizado.
Mari, la niña medium, sacó de su bolsillo la pequeña daga con la cual cortaba las especias antes de bendecirlas, y se acercó a Liz, que sostenía la piedra.
Sin decir ni una palabra, hundió la hoja en su cuello y abrió el mismo, dejando que la sangre cayera hasta dejarla sin vida.
Los ojos de Azahar se abrieron de par en par, y atónito, soltó al Naturista que parecía haberse desmayado.
- ¿Q...Que...? - Un mar de insultos comenzó a levantarse, y pronto Azahar comenzó a sentir la falta del aire; sus ojos pesaban demasiado, y tenía frío.
La piedra... ¿Estaba llamándolo? Debía romperla, guardarla, destruirla. Si... Debía ser la piedra. La necesitaba.
Se adelantó, y Ben se lanzó sobre él, pero Azahar tenía los ojos fijos en la piedra, y con la misma facilidad con la cual la niña había asesinado a Liz, convocó una bola de piedra que con total facilidad aplastó el craneo del naturista contra el suelo. No era bueno con la invocación elemental, pero en aquel momento, lo que hizo pareció lo más natural.
Todos chillaban, lloraban, se retorcían, e intentaban luchar contra el deseo de coger la piedra; todos menos Azahar, que había quedado hipnotizado.
La imagen de un espeso liquido negro brotando de los ojos de todos a su alrededor comenzó a horrorizarlo; los rostros parecían haberse deformado, y el pánico lo consumió.
- ¡ALEJENSE! ¡FUERA! ¡SUELTENME! -
De repente, estaba en el suelo; el cuerpo entero le dolía como si hubieran roto sus huesos; Robert, que era un anciano, tenía ahora más fuerza que el mismo Azahar, que había sido un militar durante la mitad de su vida.
El anciano hincaba sus huesudos dedos en las clavículas del árabe, mientras que este sostenía una piedra blanca en sus dedos; Mari, la niña, mordía, rasguñaba y quebraba la piel de su mano intentando que soltara la piedra, pero él no podía. No la soltaría. Era suya; moriría si la soltaba. Lo sabía.
Una voz grave y distorsionada le susurraba al oído, poniendo a prueba su cordura, y lo que en una instancia fue pánico, pronto se convirtió en poder.
Despertó, y los cuerpos de diez colgaban despellejados a su alrededor, sin tocar el suelo; había usado el intestino de sus compañeros para colgarlos de las ramas de los árboles y regar el suelo con su sangre.
En el centro, el cuerpo de Mari, la niña, estaba empalado, con runas irreconocibles grabadas en su piel, en forma de tajos que parecía como si el mismo azahar le hubiera arrancado la piel a tiras. para dibujarlos.
El Árabe temblaba. tenía frío, y estaba nervioso. ¿Qué había pasado? ¿Quien lo había hecho? ¿Realmente había sido él, o era un truco mental? ¿Donde estaba la piedra?
Tanteó con desesperación sus bolsillos, y se lanzó al suelo; la sangre cubría su piel, su ropa y sus manos, pero no había señal de la roca.
- Donde está... ¿Donde está? - tragaba saliva, pero sentía la boca seca; respiraba, pero el aire parecía nunca llegar a sus pulmones. - ¿¡DONDE ESTÁ LA PUTA PIEDRA!? -