That chair | Morgan&Thomas
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Ya no podría detenerlo, sería imposible, por más que en ese punto quisiera detener sus sentimientos hacia Morgan -que no quería hacerlo- ya no podría, le resultaría completamente imposible apartar aquello que sentía, sepultarlo lo más profundo que pudiera y dejarlo allí hasta que desapareciera mezclado entre cosas inservibles. ¿Por qué no podría detener lo que sentía? Porque la quería, la quería en una intensidad en la que nunca había querido a nadie, que sin embargo siempre había deseado poder querer a alguien de esa forma, poder estar totalmente seguro que el cariño era gigantesco y que era mutuo, despertarse cada mañana con una sonrisa en el rostro e irse a dormir del mismo modo, saber con plena certeza que ese día iba a ser uno muy bueno únicamente por el simple hecho de que vería a su novia, a la persona que le complementara en diversas formas. Thomas Boderth quería con una intensidad descomunal a Morgan Plummer, y es que como no iba a quererla, si la morena tenía una personalidad que la hacia fácil de querer, sumando a ello el hecho de que fuera tan linda con él, tan comprensiva y compasiva, nunca había conocido a una chica como ella, ni siquiera entre tantas mujeres que habitaban el mundo y de forma más específica Lambourn, su pueblo natal. Tom no lo negaría, él mismo solía tener mucha suerte con las chicas, suerte que muchas veces algunos de sus amigos envidiaban y le decían diera su ‘secreto’ para que todo aquello ocurriera. Porque de vuelta a la preparatoria y parte de la universidad, las muchachas de el lugar parecían comer de la mano del inglés, siempre era al que más buscaban y al que más invitaban a salir, parecía tener una clase de diferente atractivo hacia todas ellas, algo que él jamás terminaría de comprender o descifrar, pues hasta la fecha le resultaban desconocidas las razones para tales reacciones por parte de las féminas. Pero aún con todas aquellas chicas detrás de él, incluso sumando a las que sí le habían llamado la atención y en algún punto de su vida habían terminado en una relación para después romper, ninguna de ellas -y posiblemente ninguna que pudiera conocer en un futuro- tendría todas las cualidades que la estadounidense de tez morena tenía, era como si alguien único se le hubiese presentado y resultara algo imposible volver-le a ver en su vida, es más, parecía imposible que algún otro chico pudiese encontrarse a alguien así en toda su vida, tal vez Tom exageraba pero aquello no le importaba en lo absoluto. Entonces recordó haber creído sentir algo tan fuerte como el de ese momento, una de sus diversas relaciones pasadas, no diría que la chica era mala porque no lo era, de hecho durante un periodo de tiempo amplio él podía jurar todas las veces que fueran necesarias que -la llamada Pamela- era la persona con la que terminaría haciendo una vida, ya sea casándose, teniendo hijos y envejeciendo juntos. Una cosa llevó a la otra y prefirieron seguir caminos diferentes, aquella ruptura había sido una de las más duras en sus veinte años. La sola presencia de la contraria era meramente adictiva, no se cansaría jamás de sus chistes extraños, de sus anécdotas algunas interesantes y otras contadas al azar, de su bella sonrisa que siempre esbozaba cada vez que veía al ojiazul, de ese rostro tan hermoso que en una primer instancia había sido el culpable de su atracción, de esa actitud tan refrescante de la que era dueña, absolutamente nada en Morgan podría llegar a cansarle -no en un largo tiempo al menos-. La tensión que sentía en todo su cuerpo iba en constante incremento, gracias a todo, tanto a la situación como a los ruidos que hacía su novia pronunciando su nombre entre gemidos y suspiros pesados. Tom se sentía halagado de que fuese justamente él quien diera ese gran paso con la morena, sabía lo importante que podía llegar a significar para muchas personas ese paso que cada persona tendría que dar en algún momento de su vida, eso le demostraba lo mucho que ella confiaba en él y aquello no podía hacerlo más feliz. Las caderas de la fémina no paraban de moverse hacia adelante, como si pidieran a gritos mayor contacto por parte de la lengua y dedos del inglés, el cual no se detuvo en ningún instante, al contrario, sus movimientos se hacían más rápidos y certeros, ahora que sabía que la norteamericana disfrutaba aquello no disminuiría el ritmo. Una pequeña y apenas audible risilla brotó de entre sus labios con el último comentario de la castaña, y al mismo tiempo sentía como lo ubicado en su entrepierna ansiaba por darle más placer a la muchacha. “Tú no tienes ni idea de como me tienes Morgan” le respondió el comentario a su pareja con voz ronca, no deteniendo el movimiento de sus dedos y después de haber hablado prosiguió con su trabajo con ayuda de su boca y lengua en la parte más sensible de la intimidad femenina. La necesitaba ya, podía sentir que su cuerpo lo pedía, pero como prioridad tenía la satisfacción total y completa de ella, le daría lo que quería a cada segundo, si ella pedía que se detuviese lo haría, si le pedía que continuase también lo haría, aquella noche se trataba de ella, el ojiclaro se aseguraría de que fuera la mejor noche -o al menos entre las mejores- de los diecinueve años de vida de la joven. Quería seguir escuchando los gemidos femeninos, le ponían de una manera impresionante, además le confirmaban lo que sus dedos ya sentían en la humedad de la entrepierna de Morgan, que estaba disfrutando todo lo que sucedía.







