Uno también es eso que ha olvidado
Si la memoria nos constituye en la medida en que nos permite contar -aunque de la forma más tramposa- la historia de nuestra vida, ésta historia no sería posible sin el olvido; el olvido de lo que fuimos, vimos, experimentamos durante una colección de instantes. Muchos autores han explorado la doble cara de la vida, desde la óptica de la memoria y el olvido, desde su diálogo continuo, su rechazo y mutua simpatía. Porque al mismo tiempo que recuerdo, olvido. Y en la misma medida en que soy porque recuerdo, lo soy porque olvido. ¿Qué enredo, no?
En mi vida he desmantelado edificios enteros de recuerdos necesarios para seguir viviendo y, sobre todo, para aprender a ser otra y darme el lujo de sentir cosas nuevas. La mayor parte del tiempo esta acción de tumbar recuerdos no me aflige en lo más mínimo y hay veces que lo vivo como quien va al boliche con la intención y ganas de tirar la mayor cantidad de bolos que nos estorban para poder ganar. Imagínense si nos acordáramos de cada borrachera, de cada situación que exhibió nuestra más franca torpeza, de todas las veces que nos hemos sentido vulnerables. No hay duda, si recordáramos todo, uno definitivamente no se atrevería a salir a la calle por miedo a cagarla, una vez más.
Cabe aclarar que hay de olvidos a olvidos. Los intencionados y los que nos controlamos. Sobre el primer tipo hay incluso escenarios ideales, como las cantinas a las que uno va decididamente a olvidarse de alguien después de un truene. La trampa de las cantinas -y magia para sus dueños- es que depositamos en el alcohol la llave para olvidarnos de nosotros mismos y de nuestra miseria, y pensamos de paso borraremos también al otro. Pero toda cantina se nutre de historias similares que terminan por hacer eco, y si no, ahí se cuelan las rolas que se encargan de empaparnos de ese pasado. Quizá un vodka en silencio en un invierno ruso, sí pudiera acabar con el recuerdo, pero aquí somos buenos para echarle sal a la herida, y además no se hagan, sentir aunque sea desamor, es mejor a no sentir ni madres. Pero ése es otro tema...
Todo mortal, no me cabe duda, decide, al menos una vez en la vida, eliminar todo rastro de situación y/o persona que lo lastimó de alguna forma, y segura también estoy de que probablemente fracasa. Fracasa porque la memoria es un animalito de sueño ligero que puede despertar con cualquier movimiento y es de lo más hábil: sabe mordernos ahí donde somos más frágiles. En todo caso, aprender a derrumbar recuerdos de forma voluntaria, es una magnífica estrategia de supervivencia.
Pero también olvidamos sin darnos cuenta y sin tener el control sobre el proceso. Y esto pareciera ser una capacidad muy anclada en nuestro propio ADN para no enloquecer. Sería patológico recordar todo como Funes el memorioso, así como olvidarlo todo, como los pacientes que tienen Alzheimer que terminan por aferrarse a cualquier pedacito de historia que les devuelva una idea de sí mismos... es realmente desgarrador.
Hasta ahí el olvido. Pero del lado inverso encontramos el recordar, una especie de práctica motivada por el deseo de trasladarse en el tiempo para pescar un cachito de instante que nos reconecte con algo muy íntimo y cargado de significado. Además hay objetos y cosas fuera de nosotros que sirven para detonar ese proceso: una musiquita, un olor, una calle. Bendito mundo y su capacidad para afectarnos e invertir las coordenada temporales por un momento, ¿o, no? Pero también recordamos de otras formas que no son ni lúdicas ni placenteras. Por ejemplo, podemos recordar nuestro “lugar”, como ese que restringe nuestra libertad, que nos obliga a no salir de una cajita. Se trata de esos hábitos ya bien pegados en gestos, en formas de ocupar el espacio, de presentarse frente a otros, de portar el cuerpo en el mundo. No es que no haya capacidad de improvisación y de maniobra, pero resultaría ingenuo pensar que no hay una memoria de clase, de género, etc, que se reactiva y pone en práctica, para bien o para mal, en determinados contextos.
En lo personal, a veces me aflige no recordar bien a bien quién era en determinado momento de mi vida, qué era aquello que empujaba a salir de la cama, a conocer a desconocidos, a atreverme a salir de mí misma. Qué me interesaba, cómo me comportaba y reaccionaba, qué sentía, cómo transitaba mi cuerpo en este mundo, qué me preocupaba, cómo me proyectaba en el futuro y un largo etcétera. Se dice, además, que hay una necesidad de recordar en tiempos de crisis, cuando hay cambios profundos que nos advierten que nada volverá a ser como antes y de ahí la necesidad de aferrarse a contar aquello que comienza a desmoronarse. Qué pinche necedad esta de revisar las fotos o las cartas de una relación que ya está yéndose a pique, pero a veces la necedad es también necesidad, y en este caso es algo que ayuda a tramitar la experiencia de la ruptura, porque sabemos que nada regresará a ser como antes. Y a veces, también, necesitamos revisar el pasado porque sólo así podremos contar que sobrevivimos.
Yo por suerte, cuando me aflige el olvidar, regreso a la correspondencia que comparto, desde hace 18 años, con una de mis mejores amigas que se fue a estudiar a Londres la carrera. Ella no regreso a México y su ausencia física (que me rompió el corazón al inicio), al menos fue reemplazada por esta joya de historias escritas que tenemos, y que es una magnífica llave del recuerdo. Al releernos puedo conectarme con esa que fui, pero que en cierto sentido sigo siendo. El sentido del humor es algo que atraviesa mi vida, al igual que los toques dramáticos y cómicos con los que narro buena parte de mi historia. Las fotos también sirven de apoyo, los diarios en cuadernitos que colecciono, las notas dispersas, las canciones, el olor de algo, el regresar a esos lugares donde uno amó la vida –a la Chabela Vargas, ja-. Pero evidentemente no vuelve a ser lo mismo, y lo que queda es observar a la distancia el tiempo transcurrido y vivido. Y contando nuestra historia algo de lo que fue regresa, aunque de forma imprecisa.
Es lindo recordar porque nos permite disfrutar regresando a ese tiempo perdido. Pero es doloroso cuando queremos volver y no hay forma de hacerlo, ni con kilos de imaginación pueden reactivarse con exactitud ciertas sensaciones que quedaron ahí en el pasado, tal como la llegada a un país nuevo, una conversación fantástica donde se hizo click con alguien, un amanecer con la mejor compañía, una caminata sin trazo fijo en la noche con amigos, desayunar en familia en la casa de la adolescencia. En todo caso creo que es parte de este proceso de estar vivo y sí, en ocasiones, no hay mejor medicina que aprender a soltar.
Una tarde que deambulaba por Recife en la casa de un escultor que se llama Francisco Brennand, y en una de esas etapas de vida que hoy siento distante pero que extraño muchísimo, una frase que leí se me quedó grabada. La leyenda decía así: “O futuro tem um coração antigo”. Seis años después, cruzando ya la frontera de los treinta, aquí me encuentro recordándola, siempre en una clave nueva. Hoy la leo como un pasado que dialoga y cohabita con el futuro y también con el presente, y lo hace de forma paradójica, tal y como la memoria con el olvido: compañeros inseparables de vida.