Berlín, una historia de amor sin ataduras.
Berlín, no es un hombre es una ciudad.
Muchas personas me preguntan que ha hecho Berlín en mi para no dejar de admirarla y empecinarme en las experiencias vividas en aquella ciudad... y la verdad, no lo entenderían.
Esta semana me di cuenta que tenía una deuda pendiente. Escribir sobre el recuerdo de aquel viaje. Las experiencias necesitan un poco de tiempo para volverse palabras.
Recuerdo despertar aquella mañana siguiendo la rutina de todos los días, levantarme e ir a por el café de las mañanas, aún seguía dudando sobre cuál sería mi próximo destino ya que sentía que mi tiempo en Madrid estaba llegando a su fin, la rutina me empezó a consumir y es algo que detesto desde que tengo uso de razón, la rutina.
Nunca olvidaré cuando estaba terminando de tomar el café y recibí la señal que debía comprar unos billetes a Berlín. ¿Han oído sobre la cafeomancia? Es el arte de leer o interpretar los posos de café. Ya había leído sobre este arte y no fue coincidencia que al terminar de beber el café, pudiera darme cuenta que era el momento de desaparecer por unos días, gracias oráculo.
Llegué en la noche para comprar los billetes, con la convicción de que tenía que irme lejos, como si ir lo más lejos posible me asegurara un no - retorno, una vacuna anti arrepentimientos.
Llegar de noche a un país desconocido es como entrar a dormir bajo sábanas extrañas. Por eso hay que esperar a que despunte el sol para ver con quién se está durmiendo. Rafael Chaparro Madiedo
Aterrice en Berlín un sábado por la noche, luego de dar un examen y trabajar hasta muy tarde la noche anterior, tenía las energías a tope, era extraño, el cansancio y yo no combinábamos, estaba extasiada.
Al bajar del avión me agarró un pánico extraño ¿Y ahora qué? He llegado. Cogí el móvil y llame a Rob, un gran amigo que me hizo la invitación a Berlín y fue la señal que estuve esperando aquella mañana, como te estimo Rob.
Recuerdo que salí del aeropuerto, respiré y me fui a la estación de bus más cercana ya que el estaba en camino para recogerme, hasta que llegó y fuimos a Wedding, uno de las barrios más multiculturales de Berlín. Rob tiene un piso dónde vive con dos amigos (Lawrence y Mathew) que por cierto, son los alemanes más geniales que vas a conocer.
Llegamos al piso y la calidez de todos fue lo más hermoso con lo que me tope al llegar que no me daba tiempo de ver el móvil y responder los mensajes de mis amigos preocupados por si llegué viva (gracias chicos, siempre son muy buenos) y los mensajes de mi madre, que últimamente cree que todos los días pueden ser el último día de mi vida (estoy exagerando mamá, te amo).
El momento de la gran cena había llegado, Rob me había comentado que habían reservado un lugar en un restaurante vegano muy cerca a casa y que seguramente me iba a gustar porque sabía que yo no era fanática de las carnes y fue muy guay. Fuimos todos a comer pizza blanca, no recuerdo el nombre pero la pizza era blanca con aceite de limón, era la perfecta combinación para el vino que escogimos a ojos cerrados.
Luego de esto, nos fuimos a recorrer el barrio, yo simplemente no podía dejar de admirar weddings, un barrio tan artístico, bohemio, alternativo y con personas de muchos orígenes con quien podías beberte una cerveza y hablar horas de horas sin parar. Podíamos quedarnos toda la noche recorriendo weddings pero Lawrence dijo que era hora de regresar a casa que mañana debíamos de ir al museo dónde trabaja Patrick que nos iba a obsequiar entradas para la exposición de Humboldt, además, quería que lo viéramos explicar a las personas mayores sobre la poligamia y la homosexualidad de Humboldt, que por cierto, no estoy segura si la homosexualidad reprimida era de él o del hermano lingüista Wilhelm von Humboldt que tenía un amorío escondido con el profesor, me he confundido, pero si les interesa la historia, pueden averiguar un poco más.
Fuimos al museo el día domingo muy temprano por la mañana después de beber capuccino preparado por Rob y los huevos hervidos de Lawrence, sin dejar de lado los 10 panes que había comprado Mathew, fue demasiado.
Llegamos al museo y estaba Patrick, en el plan estaba que nos haga una exposición personalizada a todos para que sea más interesante, pero como el nos había dicho, estaba con un grupo de ancianos realizando la explicación sobre la poligamia y homosexualidad que había dicho antes, yo decidí unirme al grupo de personas mayores porque las expresiones de estos eran flipantes, no podía dejar de reírme a escondidas.
Rob interrumpió mi show personalizado para mostrarme que había una exposición de olores y que estaba la ciudad de Lima - Perú, era curioso porque expresaban a Lima con un olor y el olor era del mar, fue hermoso, por un momento me llene de nostalgia y alegría.
Terminamos la ruta del museo y fuimos a recorrer un poco la ciudad, conocí los típicos monumentos que conoces cuando recién llegas a Berlín, este recorrido no duró mucho porque yo le había pedido a Rob que quería conocer un poco más de cerca sobre la cultura judía y entonces fuimos a un cafecito judío muy cerca al centro de Berlin y fuimos a tomar un té.
Desde niña tuve una conexión muy fuerte con esta cultura, ya que mi madre me crío en base al cristianismo y yo siempre he sido muy curiosa, un poco más de lo normal y como sabía que el líder del cristianismo era Jesucristo, yo quería saber de dónde venía él y fue cuando me encontré con la cultura judía y me quede encantada con sus tradiciones, de hecho, participe en dos eventos dónde baile música judía y uno de los vídeos está en youtube, escondido para siempre y por siempre, amén.
Hoy en día no practico ninguna religión.
Este café fue uno de los lugares más hermosos que he podido conocer, el ambiente, las vibras y la gente, era hermosa, como siempre lo recordé. Lamentablemente no pude sacar fotos del interior pero les dejo la foto de la parte exterior, que si alguna vez van a Berlín vayan a tomarse un té o un postre, se quedarán encantados.
Para contrastar la experiencia, me propusieron ir a comer postres de Rusia en una pastelería que se encontraba al frente y ¡Madre mía! que pastelitos tan ricos pudimos comer ese día, rompí mis esquemas de que los rusos no conocían del sabor y vaya que sí lo conocen.
Al regresar a casa, caminamos un poco por la ciudad nuevamente y me llamó la atención ver en el piso pequeños letreros dorados con nombres de personas y fue cuando me explicaron que es en honor a los deportados de la época. Estos letreros están al pie de las casas y es porque hacen que inconscientemente bajes la cabeza para leerlos y así hagas un símbolo de reverencia, y eso es realmente hermoso.
Cogimos el tren para ir un barrio de Berlín un poco más bohemio y alternativo que weddings ya que teníamos un concierto con los billetes comprados y una cena pendiente porque teníamos mucha hambre, el concierto era de Back Tracked, yo no tenía idea de quienes eran pero yo soy amante de la música y dónde haya música soy feliz así que accedí, además sabía que Mathew nunca recomienda planes que sean malos. En el tren conocimos a una chica argentina que tenía una banda que se llamaba “Praprapra” nos hicimos amigos de ella porque quería un mechero y yo tenía uno, y soy fiel creyente de la idea de que los mecheros son un puente de conexión para que conozcas más personas y esta experiencia apoyó mis creencias. Luego de esto llegamos al barrio, nos despedimos de la guitarrista de “Praprapra” y fuimos en busca del curry de Mango que nos hacía mucha ilusión.
Dejaré algunas fotos del barrio por aquí ya que no necesitan palabras para describirse.
Llegamos al barrio, fuimos a cenar y por vino caliente que por cierto, entre París y Berlín, me quedo con el vino caliente de Berlín.
Saliendo un poco del contexto, diré que los mejores hallazgos suceden así, sin planearlo, hasta ese momento yo solo podía ser feliz, no me había arrepentido de acceder al viaje y estar en Berlín. Conocí a mi amante el primer día: La ciudad toda, su soledad, su gente y mis amigos.
Creo que no sucede con todos los lugares sentir por instinto ese “aquí puedo vivir” que casi lo hago de manera obligada ya que perdí el avión de vuelta que es algo que contaré más adelante. Todo allí era poesía, historia, música, novedoso y asombroso.
Luego del Curry y el vino caliente, llegamos al concierto dónde se presentaría esta banda que ninguno de nosotros conocía pero si conocíamos a Mathew y su originalidad.
Salimos del concierto y Rob propuso que vayamos a una fiesta de Techno, y yo estaba muy emocionada por ir, hasta que, a Lawrence se le ocurrió ejecutar su plan de hacer un ritual antes de ir a la fiesta de Techno. El plan era un ritual que incluía aceites naturales, velas, música, meditación y mucho té. No voy a negar que este ritual me ayudó mucho ya que terminé descubriendo muchas cosas dentro de mi mente que las tenía divagando por ahí sin un orden, debo agradecer a Lawrence, realmente es un ángel. Lo único, es que luego de ese ritual me quedé dormida, de la fiesta de Techno, no supe nada, solo se que al día siguiente todos estábamos más contentos.
Era mi último día en Berlín y los chicos debían hacer las cosas de su vida cotidiana así que salí sola a descubrir un poco de la ciudad a mi manera, ya lo había hecho en París y en muchas ciudad de España así que Berlín no iba a ser la excepción. Cogí mi bolso, un libro y me fui. Los chicos me dijeron que por la noche nos veíamos en un teatro que iríamos a ver una obra que seguro me iba a interesar y la verdad es que fue así.
Recorrí Berlín en unas horas, se me rompieron los zapatos, y fue genial, cada experiencia la disfrute mucho. Comí en un subway, me fui a tomar un café sola mientras terminaba la novela que estaba leyendo en ese entonces, me compré souvenirs, visité un poco a Patrick nuevamente, y fui a conocer los lugares más “Kitchs” de Berlín, según Rob.
Por la noche me encontré con los chicos y fuimos a ver “Rewitching Europe” una obra inspirada en la matanza de brujas que hubo hace muchos años en Europa, en el feminismo, patriarcado y el cambio climático.
La obra estaba subtitulada en inglés pero pude sentir el mensaje tan claro que al salir de la función nos pusimos a debatir con los chicos sobre el tabú de la menstruación en algunos países y como es que la mujer ha sabido salir adelante a pesar de que la sociedad siempre trato de pisotearnos, además también hablamos del cambio climático que es un tema que tiene bastante por debatir.
Llegamos a casa y debía descansar porque al día siguiente retornaba a Madrid y la verdad que me sentía triste saber que ya debía volver. Aquellos días en Berlín estaban siendo mágicos, porque no solo era vivir las experiencias si no que me ayudó a darme cuenta que el mundo es un pañuelo.
Cada experiencia vivida me enseñó algo, desde la cena con la pizza blanca hasta la obra de teatro ya que todo tenía un mensaje de fondo dónde la vida me invitaba a seguir descubriéndome con ayuda de las experiencias que me regalaba. Yo sabía que la Katherin que volvía de Berlín no sería la misma, había evolucionado, y tenía la respuesta de muchas preguntas.
Aquello vivido con Berlín fue un goce de tiempo y del espacio. Evadía la modernidad y la rutina, me burlaba de ella con mi ritmo lento y despreocupado. Creo que allí fue donde se me agudizo los sentidos y ahora ando con ellos alerta a todas partes, es que en la quietud te puedes escuchar atentamente.
Berlín es tan bonito que a veces pienso que este es mi lugar en el mundo.
Camino mucho, sin prisa, sin relojes, sin el móvil. Escribo sin apuro. Saboreo todo, sin ni siquiera haberlo probado. Sonrío a todo aquel que se cruza con mi mirada, aunque no lo conozca y quizá nunca lo vaya a hacer.
Le doy vueltas a la idea “¿Podría vivir aquí?” pero cuando me topo con el eco de aquella voz, me doy cuenta que no.
Suspiro y pienso que vamos muy rápido, que tal vez es la emoción de las primeras citas con esta bella ciudad. Que mi amorío con Madrid aún no terminaba y lo de ser infiel nunca ha ido conmigo.
Viajar es eso, amar a todas las ciudades como si el mundo se fuera a terminar mañana. Amarles todo, pero sin ataduras, que quizá mañana estemos coqueteando con otro callejón nocturno de una gran ciudad.
Era hora de partir, se supone que mi avión salía a las 06:00am pero mi cerebro me hizo leer 06:00pm y por supuesto, perdí el avión y valió la pena hacerlo porque pude disfrutar del último desayuno, pelar la fruta, ir a comer al restaurante italiano donde escuche las canciones originales que le gustaban a mi abuelo ya que el las escuchaba en español y las originales estaban en Francés o Alemán y conocí algunos lugares mágicos que no había alcanzado a ír.
Cuando me fui de Berlín, me fui con los zapatos en la mano, para no despertarla. Me despedí sin drama, como las mejores historias de amor. Sin promesas, pero a sabiendas de que algún día volveremos a vernos.
De hecho, hay muchas experiencias que no he contado porque me extendería a un texto muy largo, como por ejemplo mi visita al museo judío y muchas más, que seguramente lo contaré en alguna otra historias de experiencias que alimentan.
Hoy precisamente le escribí a Rob, Lawrence, Patrick y Mathew luego de escribir este texto y solo agradecerles por todo, los aprecio y nos volveremos a ver pronto que sin ustedes Berlín no hubiese sido lo mismo.
Ahora estoy en Madrid y me he dado cuenta que aún tenemos que seguir con nuestra relación que recién hemos iniciado y vamos a seguir descubriéndonos, sin tapujos y sin filtros, como siempre me ha gustado.