Me volví una pared con la que hablar, el silencio dentro de una habitación vacía. Estática e inamovible, pero a la vez dinámica e incesante. Una constante, una garantía, una base desde la cual moverse. La negativa siempre como respuesta y mis necesidades nunca visualizadas. ¿Por que lo serían? Si soy parte del inmobiliario, no tengo voz ni sentir. El día se hace noche y la noche no deja de existir, eterna y a la vez tan corta. Jamás alcanza para todo lo que me gustaría hacer y aun así, tan larga ante la espera de un nuevo día de tareas. ¿Existo si no produzco? ¿Tengo derecho a sentir si no soy de utilidad? Por supuesto, siempre y cuando no importunes al resto, no te obstaculice en el hacer y no lo verbalices. Nunca jamás lo digas en voz alta. ¿Por qué? Porque los muebles no hablan e incomodan a la gente. Solo estan ahí para servir, con una que otra manito de gato “para que reluzca frente a los invitados”. El mundo a tu alrededor te aprecia, siempre y cuando no demuestres la persona que en realidad eres. Mientras no tengas necesidades ni sentimientos, seras aceptada, seras querida, seras deseada. ¿Que otra cosa podrías querer? ¿Vivir por ti misma? No sabes lo que quieres. ¿Ser feliz? No sabes si lo mereces. ¿Descubrirlo? Es peligroso y podría salir mal. Mejor quedarte donde estas, siendo un mueble siempre sabrás que esperar. Siendo un mueble solo tienes que servir y sobrevivirás.
- J. R. Camus

























