Me he dado cuenta que he madurado mucho y, al mismo tiempo, por consecuencia, me he disfrutado a mi misma más que nunca. Me alegro por mi misma. Recuerdo que en la adolescencia no me animaba a disfrutar mi feminidad, o sea, dejarme las uñas, cuidar mi cutis, cuidar mi cabello, mis pestañas, mis pies, etc., recuerdo que usaba negro o gris o colores obscuros, porque según yo contrastaban mejor con mi piel pero la verdad era que no quería llamar la atención. Me aterrorizaba llamar la atención porque significaba que alguien podía venir y hacerme sentir menos. No me la creía ni tantito que yo podía usar falda, tacones, pintarme las uñas o maquillarme y verme bien. No me sentía bonita y por ende no proyectaba eso. Sí, era natural. Pero no era ni de cerca lo que quería ser. Recuerdo que quería sentirme femenina, delicada, quería perderle el miedo a vestirme como quisiera, quería llamar la atención y sentir admiración por mi misma, por mis méritos en mi persona. Y sé cuándo lo logré y desde ahí empecé a conocerme, empecé a desenvolver toda esa creatividad que llevaba tiempo guardando para mi imaginación y la empecé a emplear en mi físico. Y cada vez que mi físico mejoraba, mi autoestima crecía y mi corazón se sanaba. Y se lo debo a quien creyó en mí. A quién me dijo anímate y saldrá bien porque bonita ya eres. Desde ahí empecé a experimentar, aprendí que no necesito aprobación de nadie para aprobar que a mi me guste algo. Aprendí que soy bonita. Aprendí a creer en mí en todos los ámbitos. ¡Aprendí que soy exitosa! Por fin, me la creí.














