Ladrones de bicicletas (1948) de Vittorio De Sica
Pequeñas historias que ocurren lejos de los campos de batalla, las batallas diarias para sobrevivir. El horror de la guerra en lo cotidiano, en el día a día. Las manos ásperas de las mujeres trabajadoras, la soledad de los niños, las miradas desesperadas de los hombres, la carencia, los trabajos y los días. Siempre me conmovió esta escena, cuando ya no hay nada más que vender, que empeñar. Se me eriza la piel cuando veo a ese hombre trepando por estanterías repletas de sábanas, cada juego de sábanas representa la desesperación de una familia y el fracaso de la historia. La ilusión casi infantil al recuperar la bicicleta porque algo tan simple puede salvarnos, porque es una esperanza. Los objetos unidos a las sensaciones, los objetos están vivos.
Varios años después de conocer el neorrealismo italiano conocí a la escritora Natalia Ginzburg, y la quise inmediatamente cuando encontré esta frase en un diario:
“Una vez que se ha padecido, la experiencia del mal ya no se olvida. Quien ha visto derrumbarse las casas sabe demasiado claramente cuán frágiles son los jarrones con flores, los cuadros”.
De alguna manera me pareció que se establecía un diálogo con estas películas, que había algo común en esa experiencia. Ser consciente de la fragilidad. La fragilidad que se vuelve fortaleza. Construir a partir del derrumbe, de los escombros, de los restos, de las cicatrices, de lo cercano y cotidiano, sin duda es un gesto de resistencia profundamente conmovedor.









