EL AMOR CABE EN DOS LATITAS DE ATÚN
Lo primero que hice al llegar al hostel fue ir al baño, necesitaba bañarme, lo añoraba con fuerza. Había pasado un día y medio desde que salí de mi casa, sumado a que la llegada a la humedad neoyorquina me tenían pegajosa.
El baño: seis lavabos, tres inodoros, tres duchas, dos ventanas. Miré por una, caminé al otro lado, miré por la otra y lo vi. Vi a ese gato. Estaba agazapado, como si fuera a cazar un elefante. Afuera había mucho ruido, el tren pasa a escasos cincuenta metros pero igual lo llamé: - ¡Mish!
Nada.
- ¡Mish! ¡Mish! Bssh, bssh, bssh (o como sea que se represente la onomatopeya para llamar a un gato). Ahora sí, me miró, nos miramos. Yo desde un primer piso con alfombras, él en planta baja, en el baldío de al lado. Listo.
Día dos: había descansado, me había bañado. Estaba óptima. Salí del hostel, pregunté dónde podía ir a tomar un café, un hombre hispanoparlante me dio las indicaciones. Llovía mucho. Caminé dos cuadras, entré a un Dunkin Dounats y pasé ahí casi tres horas.
Volví al hostel y lo vi. Vi a ese gato, en ese baldío, caminando hacia el alambrado. Iba rengo, pobrecito. Estaba claro que con esa dificultad, el día anterior le había sido imposible cazar el elefante.
Retrocedí diez metros. Iba decidida a encontrar a ese gato en el fin de su recorrido cuando la vi a ella. Una mujer de estatura mediana/baja estaba parada en el mismísimo lugar al que yo pretendía llegar. Retomé mi camino veinte metros, frené, recordé por qué estoy acá, volví hacia el otro lado, ¡al lugar en el que debía estar!
-¿Qué pasa con esa pata? ¿Por qué no queres comer?, escuchaba las preguntas a medida que me acercaba. -¿Es suyo el gato?, pregunté. Negativo, era un gato de la calle, bueno, del baldío. Pero María, madre de tres hijos, treinta años vividos en Puebla (México), diez en Nueva York, empleada doméstica, sin acceso a la educación, sin haber vuelto a ver a sus padres antes de que fallezcan por ser indocumentada, buscadora de una mejor vida, ella, una mujer que pasaría desapercibida para cualquiera, es quien se encarga de llevarle dos latitas diarias de atún a ese gato atigrado de rasgos amarillo-naranjas y cara alargada. Un gato de apariencia algo rara, con un maullido aflautado que quizás sea su mejor expresión de agradecimiento.
No indagué por qué se sentía responsable de ese gato de baldío pero quizás sea hora de pensar que este mundo no está tan perdido y que para cada gato hay una María y que en el agradecimiento están nuestras dos latitas del próximo día.














