Acefalos y Blemmias
(También Blemmies, Blemmyes, Blemiis, Blemias, Blemies, Blembi, Bilemni, etc.)
Amigos, desde siempre ha habido hombres sin cabeza o con la cabeza mal ubicada.
En efecto, no es este un fenómeno reciente relacionado con las preferencias religiosas, sexuales o políticas, o con la capacidad intelectual de cada uno, o con el empeño laboral de cada cual, ni mucho menos. Los descabezados (o, por extensión, los hombres con cabeza descolocada) son como el cabello. A saber, hay acéfalos como hay calvos o pelirrojos. Y siempre los hubo, pero los de antes se manifestaban mejor, eran más rotundos.
Ya en las antiguas mitologías se hablaba de pueblos monstruosos y salvajes de extraordinario aspecto que habitaban la periferia del mundo. A pesar de su penoso aspecto, se les suponía seres humanos, aunque terroríficos. Ahí está la clave de su éxito, no en vano la fascinación por el terror es una de las características más conspicuas de la naturaleza humana.
Volviendo a los acéfalos, la cosa quedó más o menos así:
Ctesias de Cnido, un médico griego que en siglo V a.C. trabajó para el rey persa Artajerjes, explicó a sus compatriotas las maravillas que había visto en lejana India y, entre ellas, hablo de los extraños acéfalos, que, al no tener cabeza, tenían el rostro en el pecho y los ojos en los hombros y eran conocidos en su tierra por el nombre de Blemmias, (también Blemmies, Blemmyes, Blemiis, Blemias, Blemies, Blembi, Bilemni, etc.)
Debemos a Plinio el Viejo (siglo I) la exitosa incorporación de las maravillas de oriente al imaginario cultural de occidente. El viejo Plinio recoge la leyenda de los descabezados, la amplifica y la acerca más a nuestro barrio. Así dice: “Hacia occidente, hay unos (hombres) sin cabeza que tienen los ojos en los hombros”. Con estas mismas características habla de otro pueblo que habita los desiertos africanos y que es conocido con el nombre de blemias. Nótese pues que él, que era muy leído y viajado, conocía bien a su propia especie y sabía que eso de no tener cabeza no era tan raro y extravagante como los antiguos habían supuesto.
Cuando los monstruos antiguos se abrieron paso desde la antigüedad a la Edad Media, tropezaron con la Iglesia. ¿Eran bestias o eran hombres? Se suscitó, ya podéis imaginarlo, una dura controversia que, sin embargo, se resolvió en un plis-plás. Lo arregló San Agustín: todas las razas monstruosas, hombres sin cabeza -o con la cabeza equivocada- incluidos, o bien no existían o, si existían, eran hijos de Adán y participaban de la naturaleza humana tanto como nosotros. Lo suscribió San Isidoroque, en el libro XI de sus Etimologías escribió: “Se cree que en Libia nacen los blemmyas, que presentan un tronco sin cabeza y que tienen en el pecho la boca y los ojos. Hay otros que, privados de cerviz, tienen los ojos en los hombros”. Doctores tiene la iglesia.
Aquello dio carta de identidad a los descabezados que, desde entonces, viven entre nosotros manifestándose mejor o peor, pero, eso sí, tan alegremente.
















