Historia del más grande de cuantos monstruos se crían en el mar
Hubo un tiempo en el que a nadie parecía preocupar excesivamente que los hombres y bestias que poblaban el mundo tuvieran una existencia real o fueran seres imaginados. En el imaginario artístico creado por el hombre en torno a las criaturas asombrosas las encontramos de ambos tipos conviviendo con toda naturalidad. Y no siempre son más maravillosas aquellas a las que la imaginación dotó de forma, vida y consistencia, que aquellas otras cuya existencia real estaba probada y de las que se tenía noticia cierta.
Esta que viene a continuación es la historia mítica y verdadera de la maravillosa ballena, tal como fue conocida o imaginada en el transcurso del tiempo, tal como la explicaron los sabios y quedó reflejada en viejas leyendas, en delicadas miniaturas de códices medievales, en las primeras cosmografías de la edad moderna, en los grandes mapas y atlas renacentistas y barrocos, y en elaboradas definiciones de antiguas enciclopedias y diccionarios.
En la antigua mitología griega, Ceto personificó todos los peligros del mar. Su aspecto era monstruoso, a medio camino entre un dragón y un pez gigantesco. Su unión con su hermano Forcis fue fecunda, y de ambos descienden los grandes monstruos que poblaron el mar y el imaginario artístico occidental. De su nombre procede el término cetáceo, que desde la antigüedad viene designando a los grandes mamíferos acuáticos, de los cuales el mayor es la ballena.
Plinio El viejo, en el libro IX de su Historia Natural, explicó que los más grandes animales de la naturaleza “se encuentran en el mar Índico; entre ellos, ballenas de cuatro yugadas”. Estas medidas, traducidas a parámetros actuales, hablan de animales de más de 280 metros de largo. En el océano Gálico se encuentra otra especie de cetaceo, es el cachalote, “que se levanta a modo de inmensa columna y poniéndose más alto que las velas de las naves eructa una especie de diluvio”.
Sigue Plinio contando que otra bestia terrible del estilo de las ballenas y la más grande enemiga de ellas, es la Orca, “cuyo aspecto no podría representarse mejor por ninguna otra imagen que por la de una terrible mole de carne con dientes”. También explica que “las ballenas tienen unos orificios en la frente; por eso, cuando nadan a poca profundidad, expulsan chorros de agua a lo alto.”
Fragmento de la Carta Marina de Olaus Magnus, publicada en 1539, en la que aparecen una cantidad sorprendente de bestias marinas de todo tipo y abundancia de ballenas. En la parte inferior de este fragmento aparece dibujada la Orca.
1539, ballenas de la Carta Marina de Olaus Magnus. Cuando un navío se encontraba acosado por las ballenas, echaba al agua barriles vacíos, pues eran animales a los que lo mismo les daba jugar a hundir barcos que a pelotear con cualquier objeto que flotara en el agua. De esta manera, si había suerte, mientras las horripilantes bestias jugaban, los navíos podían huir.
Si observamos la imagen anterior veremos que un navío ha echado el ancla junto a una de las ballenas y los marineros han desembarcado y encendido un fuego en su lomo. El origen de esta representación iconográfica se encuentra en los Phisiologus antiguos y en los Bestiarios medievales. En este tipo de obras son dos las particularidades más llamativas que se atribuyen a las ballenas. La primera de ellas es la que se refiere al enormepez-isla.
Ignacio Malaxecheverría, en su Bestiario Medieval, recoge la siguiente entrada procedente de El Bestiario de Philippe de Thaün, el más antiguo de los bestiarios franceses que debió componerse entre 1121 y 1152. La entrada dice así:
«Cetus es una bestia enorme que siempre vive en el mar; toma la arena del mar y la extiende sobre la espalda. Luego se yergue sobre el mar y queda inmóvil. El navegante la ve y cree que es una isla; allá va a atracar y a preparar su comida. La ballena nota el fuego, la nave y sus gentes, y se zambulle; si puede, los ahogará. »
1-Diversas miniaturas en códices medievales. Imagen superior: En la British Library, manuscrito Sloane, Folio 42v. Abajo a la izquierda, miniatura de manuscrito de Egerton, también en la British Library. Abajo a la derecha, Aspidochelone en un manuscrito de la Danish Royal Library
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Jorge L. Borges, en su ‘Libro de los seres imaginarios’, se refiere a la ballena en términos parecidos. Su descripción procede de un Bestiario anglosajón, probablemente de una de las traducciones del Fisiólogo Griego escrito entre los siglos III y V d.C. Según lo cita Borges, dice así:
«Hablaré también en este cantar de la poderosa ballena. Es peligrosa para todos los navegantes. A este nadador de las corrientes del océano le dan el nombre Fastitocalón. Su forma es la de una piedra rugosa y está como cubierta de arena; los marineros que lo ven lo toman por una isla. Amarran sus navíos de alta proa a la falsa tierra y desembarcan sin temor de peligro alguno. Acampan, encienden fuego y duermen, rendidos. El traidor se sumerge entonces en el océano; busca su hondura y deja que el navío y los hombres se ahoguen en la sala de la muerte. »
La primera imagen corresponde a una miniatura del códice Salisbury del siglo XIII, que se encuentra en la British Library. La segunda representa la isla pez de San Brandan en un manuscrito alemán del siglo XV. La tercera es un grabado del siglo XVI en el que se representa la misma leyenda.
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La más famosa ballena-isla de todas las conocidas, es la Isla de san Brandán o de San Borondón. Este personaje, que vivió entre los años 484 y 576, fue un abad irlandés del monasterio de Clonferten que un buen día se hizo a la mar con diecisiete de sus monjes buscando tierras en las que evangelizar. El suyo fue un viaje maravilloso que duró siete años y que le condujo de isla en isla viviendo en ellas prodigiosas aventuras. La más maravillosa de ellas fue la misa de Pascua que celebró sobre el lomo de una enorme ballena que dormitaba en el Océano, próxima a las Islas Afortunadas, las Canarias. Sobre el dorso de aquel monstruo había crecido la vegetación, por lo que la confundieron con una isla. Una vez terminó la santa misa, la ballena se sumergió de nuevo no sin que antes el santo y sus monjes tuvieran tiempo de ponerse a salvo y continuar su viaje.
En el mapa de Piri Reis, junto al dibujo de la ballena-isla y el navío del santo, aparece el siguiente texto:
«Se dice que en tiempos antiguos un sacerdote llamado San Brandán y su gente, viajando por los siete mares, llegaron a esta isla –que es un pez-, y pensando que era tierra firme se refugiaron y encendieron un fuego en ella. Cuando del pez comenzó a quemarse se sumergió en el mar y ellos huyeron despavoridos con los botes y se pusieron a salvo en su barco.»
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Una segunda característica habitualmente referida en los fisiólogos y bestiarios, es el extraordinario olor que despide su aliento. La misma descripción de la cita mencionada por Borges añade:
« También suele exhalar de su boca una dulce fragancia, que atrae a los otros peces del mar. Estos penetran en sus fauces, que se cierran y los devoran. Así el demonio nos arrastra al infierno.»
E Ignacio Malaxecheverría recoge en este sentido una entrada procedente de El Fisiólogo Griego (siglos. III-V d.C.):
« Hay un monstruo en el mar llamado aspidochelone (…) cuando tiene hambre, abre las mandíbulas de par en par, y de ellas sale un aroma dulcísimo. Y todos los pececillos se arremolinan en bandadas y en bancos en torno a la boca de la ballena, que los engulle; pero los peces grandes y adultos se mantienen alejados de ella.»
Tan importante como la misma ballena eran los productos que se derivaban de ella y en cuyas cualidades físicas estaba el origen del aroma dulcísimo del que hablan los bestiarios. Una de ellas era el ámbar gris; la otra, el espermaceti. Muchos autores pensaban, como vemos en la ilustración de la Carta Marina de Olaus Magnus, que ambos productos eran en realidad uno solo. Otros distinguían claramente dos, siendo el primero una sustancia natural que ni es ámbar ni es gris y que se produce en el intestino de los cachalotes. Es de color blanco parduzco con tonalidades irisadas y cuando se seca al aire y está solidificado despide un olor dulce y muy agradable que se usa en perfumería para dar consistencia y durabilidad a los aromas. Fue una sustancia apreciadísima y a final de la Edad Media llegó a alcanzar el valor de su peso en oro.
El espermaceti, es un producto de color blanco, graso, de la consistencia de la cera y muy cotizado entre los perfumistas, drogueros y boticarios, que ni es esperma ni es de ballena. Se origina en un órgano que se encuentra en el cráneo de los cachalotes, pero en la antigüedad y en la Edad Media se suponía que aquella sustancia era esperma de ballena, de ahí su nombre. El Diccionario de Autoridades de la Academia de 1732 lo define como un “Liquór pingüe ó porcion del celebro de la balléna, que derramandose en el mar, se coagúla de suerte que se puede recoger; y el mejór y mas oportúno es el que se saca de los cráneos de las ballénas. Es voz usada de los Boticarios”.
Otra modalidad de ballena con una importante carga simbólica y muy presente en el imaginario medieval , es la devoradora de hombres. El héroe devorado por el monstruo y devuelto posteriormente desde las tinieblas a la luz, es una parábola de iniciación común a muchísimas culturas. La ballena devuelve a sus víctimas y el devorado sale del vientre del monstruo más sabio de lo que entró, más completo, más adulto. Desde Jonás hasta Pinocho pasando por el mito medieval de Alejandro magno que bajó al fondo de los océanos metido en una campana de cristal y amparado por la ballena, en esta imagen se aúna una simbología variopinta que se alimenta en elementos bíblicos, fábulas orientales, mitos clásicos, viajes maravillosos y creencias medievales.
Grabado en madera y coloreado a mano que se publicó en la Cosmographia de Sebastian Munster en 1550. Estos monstruos son copia de los que pocos años antes dibujara Olaus Magnus en su Carta Marin, y con ligeras variaciones fueron habitualmente reproducidos en muchos atlas y mapas que se publicaron durante los dos siglos siguientes.
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Cuando el hombre en las puertas de la modernidad se aventuró por los océanos y los navegó buscando lo desconocido, no racionalizó demasiado la idea del monstruo, más bien al contrario. Algunos autores renacentistas substituyeron los asombrosos monstruos medievales de marcado carácter moralizante por otros más fabulosos aún que generaron también un imaginario riquísimo y extraordinario. No es fácil marcar una línea precisa que separe el bestiario propiamente medieval del renacentista. Entiendo que la principal característica del primero es su vocación simbólica y moralizante mientras que el segundo es fruto del afán por indagar en la naturaleza, mostrarla y dar a conocer sus sorprendentes criaturas, estuviera su existencia acreditada o no, procedieran de testimonios fidedignos o de referencias improbables.
Ballenas del mapa de Diego Gutierrez, de 1562, y del mapa de Islandia de Abraham Ortelius, de 1609
La tradición enciclopedista volverá a las descripciones plinianas y aportará una iconografía propia, la de la ballena relacionada con enormes géiseres de agua que brotan de los orificios nasales situados en su lomo. Esta es la principal característica que señala San Isidoro de Sevilla en el libro XII de sus Etimologías, donde escribe:
«Las ballenas son bestias de enorme tamaño y su nombre proviene del agua que lanzan y escupen al aire; ninguna otra bestia del mar las lanza a tan gran altura; βάλλειν en griego significa lanzar».
Ballena del mapa de Edward Wright, de 1657, y grabado de Johann Christoph Wagner, de 1684
Esta misma será la tendencia seguida en adelante en las cosmografías, los atlas y los diccionarios renacentistas y barrocos. Ferrer Lerín recoge en su Bestiario la entrada del diccionario de Sebastián de Covarrubias, el Tesoro de la lengua castellana o española, que se publicó por primera vez en 1611, y que reza así:
« BALLENA. El mayor pez de quantos cría el mar, el mesmo que los hebreos llaman leviatán. Dice la Vulgata que dragones se llaman los pezes grandes, y en particular la vallena. Esta tiene la boca casi en la frente, y por esta razón quando va nadando sobre el agua arroja en el ayre grandíssimos golpes de agua, con gran furia e ímpetu, y esto a causa de no tener agallas; su pellejo tiene pelo como el vitulo marino, y por esto no pone o desova huevos, como los demás pezes, sino animal ya perfecto. »
En 1726 el Diccionario de Autoridades de la Real Academia Española la define así:
«Pescado de monstruoso tamaño, el mayor que produce el mar. Plinio, lib.3 2.cap.I. dice que suele tener 600. pies de longitud, y 360. de latitud, y la experiencia muestra ser assi, por algunas que se cogen en nuestras costas de Cantabria y Asturias. Tiene la boca casi en la frente, y por esta razón, y por no tener agallas, quando va nadando sobre el agua, arroja en el aire grandísimos golpes de ella. Su cuero tiene pelo como el Vitulo, y lobo marino. Tiene unas barbas mui largas y fuertes. (…) Otros tienen conchas como las tortugas y galápagos, y algunas serpientes y dragones y ballenas y otras grandes bestias del mar. (…)»
Grabado de Ulisse Aldrovandi coloreado a mano en el cual se lee en la primera etiqueta ‘Ballena vera’ y en la tercera: ‘Cete per excellentiam’