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Kiana Khansmith

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KIROKAZE

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@vaajeza
Blue
Escenarios de ensueño! <3
En un laboratorio vi cositas :D
Mi amiguitx con colmillos lindos se preparo con una linfa hojita en la frente, parecía una damiselx muy apuesto.
Cachando su cotidianidad, espero no haberlo incomodado, señorx Lagartx. <3
✨🌴🐚
Mermaid stocking stuffers 🐚🎄
Real Love, love purified...
Seashell birthstone ring
Some of my 2017 spreads compilation
<3
Today I met them! And I love they so much! <3
In Playita del carmen.
<3
Eric Baudart, Atmosphere, 2015
Reseña || Eduardo Velázquez: Nadie sabe que vomité
Por: Manuel Guerrero
Nos encontrarnos bajo una condición por default que define en gran parte nuestra percepción de prácticamente cualquier aspecto que nos genere una incógnita: La cultura. Aquel mundo que se encuentra antes de que nosotros lleguemos a él es una serie de códigos visuales, históricos, sociales, simbólicos, etc. que develamos a través de su producción cultural en la misma medida en la que configuramos nuestra identidad: En la niñez, asumimos una valoración de bien/mal por medio de las historias de superhéroes, las fábulas, o sencillamente, algún cuento escuchando antes de dormir. En la infancia, construimos una ética con dispositivos flexibles, a diferencia de la rigidez que implica entender el bien y el mal desde la perspectiva del Estado. Esta construcción se da con un imaginario visualmente agradable, delicioso a la retina. Es por eso que las narrativas y el diseño tras los personajes de los programas de televisión responde a una necesidad infantil por entender el cuerpo social circundante, todo ese cúmulo de acciones y relaciones entre personas, de tal modo que todas esas horas frente a la televisión no son horas perdidas, al menos no para el modelo cultural de masas. De una manera muy específica, este aparato brinda información sobre los estándares sociales que se deben seguir, las cosas que se deben repudiar o aquello a lo que deberíamos aspirar. Los productores detrás de Disney tenían esto más que presente en 1943 – y hasta la fecha-. Ejemplo de ello es la propaganda mediática a favor del modelo cultural/ económico norteamericano en la Segunda Guerra Mundial contenida en Der Fuehrer’s face , cortometraje producido a petición del ejército de los Estados Unidos. Usando satíricamente los símbolos del Nacionalsocialismo, el personaje del Pato Donald experimenta los infortunios de encontrarse bajo el yugo nazi: idolatrando desde inicio de la mañana al führer, pasando horas trabajando en una fábrica de misiles, el corto tiene como objetivo enaltecer la prometida libertad que tienen los habitantes de E.U. frente a la rígida y amarga vida en los países de militancia nazi. El cortometraje tiene una fuerte carga política e ideológica, sin embargo, no hay que pasar por alto las peculiaridades de su medio: una caricatura que, a pesar de contar con una trama bastante cruda, vuelve el discurso político bastante digerible para un público infantil que difícilmente cuestionaría los argumentos que sustentan una guerra mundial, y a su vez, instauraría inconscientemente en la psique de los menores, un apoyo hacia el ejército estadounidense. Este es un ejemplo muy radical de lo que se puede lograr, en términos políticos, a través de una agradable formalidad y códigos cromáticos, pero existen otros tantos de los cuales podemos echar mano para entender el poder que tienen los dibujos animados, o cualquier contenido audiovisual proyectado en televisión, de poner en regla ciertas conductas desde la infancia hasta la edad adulta: La reafirmación de un rol de género, la aspiración ideal de un modelo de vida, la interacción que llevaremos con un individuo del sexo opuesto, son algunos de los campos que en las tramas de cientos de dibujos animados podemos encontrar. Desde tratamientos serios hasta un despliegue de comedia obsceno, es una constante esa normatividad a la que nos encontramos expuestos desde la niñez. Una subversión de estos valores, así como la apertura de un juego con el contenido simbólico de distintas series de televisión de la década de los 90 y 2000, es lo que propone Eduardo Velázquez en Nadie sabe que vomité, exposición que actualmente se presenta en ¼ -reciente iniciativa del proyecto de gestión GAMA en la Galería Autónoma- espacio que funge como un dispositivo de exhibición para la producción que se genera en la Facultad de Artes y Diseño. Velázquez no sólo subvierte las condiciones políticas y culturales de este imaginario mediático: a través de la pintura, al igual que la historia misma de la disciplina, reflexiona sobre los programas de enseñanza en tanto un ejercicio pictórico. ¿Qué tan útil, o efectivo, es lo que se enseña en los talleres de pintura para articular una propuesta artística? La pregunta no esconde una intención maniqueísta por desacreditar dicha práctica, sino una honesta crítica sobre lo que la formación pictórica brinda en términos de discurso. Contrastando paletas usadas por artistas como Henri Matisse, Francisco de Goya, Auguste Renoir y Giorgio Morandi, contra otras que remiten en mucho a las de Jackson Pollock, Mark Rothko o Wolfgang Paalen , es como Eduardo Velázquez lleva a la praxis sus inquietudes pictóricas y académicas. Respecto a esta reconfiguración simbólica de los personajes de dibujos animados, Velázquez lleva a términos plásticos la condición del dispositivo de exhibición como un cuarto: la disposición de los dibujos recuerda a la arquetípica actividad infantil de colocar los dibujos realizados - a partir de la memoria- en una parte de la habitación, recreando el imaginario televisivo, y a fin de cuentas cultural, al que poco a poco nos adentramos. En esta Gran pieza, conformada por más de 30 dibujos provenientes de la bitácora del artista, se advierte esta inversión de los valores con los que son concebidos muchos personajes para series infantiles: Blanca Nieves en blanco y negro dota de un humor tétrico al personaje, distante de la cálida presentación que se hizo en la película de Disney. Escenas que sugieren metáforas incestuosas entre Homero Simpson y Maggie Simpson preparan un terreno en el cual, a través de esos personajes, se lleva a cabo un ejercicio de especulación de lo perverso en los propósitos ideológicos tras muchas alegres formas y colores atractivos. Eduardo Velázquez, para concluir, nos presenta un remix visual de distintos personajes de la cultura pop bajo un nuevo eje temático que, en sus propias palabras: ‘’busca desacreditar el contenido normativo de las producciones televisivas’’. Su trabajo no es una apología a todo este imaginario, sino un ensayo experimental para dar – o quizás no- con alternativas de representación a partir de todos esos códigos que hemos asimilado a través de una cultura audiovisual.
1http://www.fotogramas.es/Cinefilia/El-dia-que-el-Pato-Donald-fue-nazi
Todos deberían de verla. <3
Tu traías un mameluco.
Sarah Awad Open Air, 2013 Oil on canvas, 38 x 42 inches