Ciudades imaginarias: arquitectura para hacernos pensar.
La arquitectura radical y el antidiseño plantean proyectos que jamás serán construidos. Estas obras imposibles son, en realidad, mensajes para la sociedad.
La arquitectura imaginaria se fraguó hace medio siglo para rebelarse contra lo establecido. Todavía hoy algunos estudios fantasean con modelos utópicos y distópicos que, en vez de proyectar lugares habitables, cuestionan nuestros modos de vida.
Contesta y rompe con la arquitectura de la razón, la disciplina que edifica espacios prácticos sin contemplar las necesidades ni los deseos de quienes los habitan. De este antidiseño nacen proyectos irrealizables pensados para provocar, criticar, reflexionar y demoler los muros del sistema.
A la cabeza de este movimiento se situó un puñado de jóvenes británicos en 1961. Peter Cook, David Greene y Mike Webb, estudiantes de arquitectura, publicaron una revista alternativa hecha en casa cuyas páginas estaban llenas de dibujos y collages coloristas que ilustraban proyectos meramente hipotéticos y utópicos.
No tenían ningún afán de llevarlos a la práctica: cada plano impracticable era una excusa para pasarlo bien y pensar sobre el arte, la ciudad, la cibernética, los robots y el futuro.
La revista, titulada Archigram (una fusión entre architecture y telegram o aerogramme), llamó la atención de Ron Herron, Dennis Crompton y Warren Chalk, arquitectos experimentados que llevaron el estudio al siguiente nivel: la exposición Living Cities del Institute of Contemporary Arts en 1963.
Así es como Archigram se consagró e hizo historia. Sus más de 900 diseños demenciales anticiparon una arquitectura que llegaría décadas más tarde, con la globalización.
La arquitectura radical no se quedó en las islas británicas. En Florencia, los estudiantes italianos Adolfo Natalini y Cristiano Toraldo di Francia fundaron Superstudio en 1966 para combatir el consumismo, la producción desenfrenada, la política y la sociedad de masas utilizando el antidiseño como herramienta de crítica.
Florencia había quedado devastada por una inundación y Superstudio se encaró con las voces que abogaban por borrar la historia de la ciudad y reconstruirla desde cero, olvidando lo que allí había existido antes. El grupo italiano respondió con diseños distópicos, exagerados e irónicos que advertían de un futuro terrible.
Su ansia subversiva se canalizó a través de la ironía y la reducción al absurdo de los principios de la arquitectura moderna. La No-Stop City (1970) de Archizoom teorizaba sobre la desaparición de la arquitectura en un planeta donde la arquitectura lo invadiera todo.
Una ciudad sin límites geográficos, sin centro, sin periferia ni espacios privados que ha devorado a la naturaleza, pero en la que todos los ciudadanos tienen tienen acceso a una tecnología que facilita sus vidas.