Un abrazo de la inocuidad del fracaso
Creo que es así como comienza la vida, cuando eres lanzado lejos, donde tus límites se rompen. El momento en que, a mitad de la noche, sobre tu cama, luchas en un limbo y sientes que te envuelves entre los resortes y poco a poco, entre la lucha por despertar, te das cuenta que no tienes tus manos, tus pies, tus dedos, tus ojos, tus oídos, tu pene, tu boca, tu lengua; te liberas de ellos, y de repente, sin sentir siquiera el suelo o la luz de tu ventana, flotas libremente en un fluido que te hace existir, siendo solamente razón y corazón, eres nada más que sólo eso, sin ningún retorno.
Al principio asusta, porque la libertad, paradójica e inmensa, apabulla cuando te arrebata de tu caparazón y te hace ser, sin nada que puedas palpar más que el miedo de perderte en una inmensa libertad sin rumbo.
Creo que es de ahí de donde nace el dios: la necesidad innata de crear, desde la nada, la barca que nos haga navegar en ese fluido, encontrando en nosotros el propósito de ir avante: la creación.
Crear sólo con la razón y el corazón, una tarea, que, habiendo llegado ahí, debería resultar sencilla, un trabajo para el que nuestras manos, pies,boca y ojos nos preparan, la manera más pura de existir: el saber. Saber que acompaña al querer, que nos envuelve en la misma constante, el querer, más allá del ser.
Y, entonces, cuando eres nada más que razón y corazón, es cuando entiendes lo que verdaderamente significa sentir, cuando el sentir se vuelve un impulso, una onda sin medio de transporte, una comunicación entre tu ser límpido y el impulso en su singularidad aislada.













