Quisiera tener una novia, una flor pequeñita de espÃritu grande que guste de estar conmigo. Sólo eso pido, que esté conmigo, que sea endiabladamente guapa y yo le sea endiabladamente atractiva. Seremos un imán, ella me atraerÃa con sutileza y yo irÃa tras su rastro. Yo buscarÃa esa estrella; si un dÃa perdiera el rastro, ella se unirÃa entonces a mà en eterna comunión. No es tan complejo como suena. Busco una novia con ojos tan abiertos como su piel. Quiero mirarla en el café haciendo muecas en la ventana, verla perdida en el paisaje de la ciudad. Quisiera que tuviera piel de papel o de madera, que con el fuego se vuelven otra cosa hasta consumirse. Quiero amarla y ver teñidas sus mejillas, quiero amarla y vertirla con fuerza en el vertiginoso transe de lo absoluto. Quiero sentir y hacer sentir, quiero una cercanÃa de manos suaves y cabellos desvaneciéndose en la almohada. Asà me la imagino, bajando por la ciudad, al centro, a la noche conmigo. Desde mis adentros la verÃa gozosa, tranquila, hermosa y serÃa suficiente para inspirarme a hacer cualquier cosa; para pintarle más soles al verano, para inventarle una nueva canción, gastar dos mil pesos en una cena, dedicarle un poema largo. HarÃa de mis brazos una cuna, un refugio. PasarÃa la noche entera mostrándole figuras en el cielo, uniendo formas, pliegues y respuestas para ofrecerle en el alba y sus colores. Si por alguna suerte la encontrara, se lo dirÃa: “Eres tú la mujer que deseo y no otra“. Ella se limitarÃa a sonreÃr. No necesitarÃa otra cosa que esa única respuesta callada y llena de alivio. Esta mujer… estarÃa tan dispuesta a mà que bastarÃa con acercarme a ella para que me percibiera por completo, ella nadarÃa en mis rÃos, yo volarÃa en su aura y alcanzarÃamos entendimiento puro. HablarÃamos de la máquina, la echarÃamos a andar, nos fusionarÃamos con la máquina, nos volverÃamos cada engranaje de la máquina y el producto serÃa el legado que entregarÃamos a la eternidad. Todo serÃa sencillo, fluirÃamos al unÃsono, su compañÃa serÃa todo encuentro, todo magnÃfico. La imagino bajando por la avenida con sus vestidos, con sus piernas firmes, con su mirada mÃa, con su presencia cada dÃa más iluminada. Debe de andar por ahÃ, yo sé que un dÃa me la voy a encontrar como una casualidad, como un dÃa uno se encuentra con un diente de león y lo toma para echarlo a volar… Asà vendrá ella. Quizá la conozco o la he conocido, quizá la dejé ir y yo jamás me habré dado cuenta de que esa chica estaba ahÃ.









