Luis cerró la oficina con llave como sólo lo hacía al irse de vacaciones. Ya no quedaba nadie en el banco poco después de las cuatro de la tarde del 24 de diciembre. En el ascensor a la cochera cerró los ojos dispuesto a relajarse en su camino de regreso. En minutos estaría bordeando el Potomac escuchando el concierto número dos de Rachmaninov.
Antes de ponerse el cinturón de seguridad conectó el teléfono del auto. El portón de la cochera se abrió y todavía con la ventanilla abierta pudo sentir el aire frío y el sol escaso de esa tarde.
Tenía una semana de vacaciones por delante y su esposa e hijas esperándolo en su casa. Planeaba dormir una hora y después cocinar siguiendo la receta de Beef Wellington del Chef Ramsey.
Apenas empezaron a sonar las campanas del concierto escuchó el teléfono. Cuando atendió se interrumpió la música.
Una mujer que no era de la oficina lo estaba llamando. Era una llamada de larga distancia, había un retardo en la voz y no se escuchaba nítidamente.
- ¿Señor Giorgio? – insistió la mujer – mi nombre es Clara, lo estoy llamando desde Buenos Aires, desde la clínica donde está internado su padre.
A la edad de su padre, la noticia para la que estaba más preparado era para escuchar que había muerto.
- Su padre se ha extraviado, señor Giorgio. No sabemos cómo dejó la clínica, ni tampoco donde puede estar.
Luis detuvo el auto en la banquina. Había entendido perfectamente, pero no sabía qué preguntar.
- Estoy en Washington señorita, no sé qué puedo hacer.
- No se preocupe señor Giorgio, yo lo voy a ayudar. Tiene que decirme que parientes tiene su padre y pensar lugares donde podría estar. Tal vez podría darme una lista de amigos y si es posible sus teléfonos.
- No tenemos parientes señorita – le hubiese gustado retener su nombre – amigos tampoco tiene, pero déjeme pensar un minuto.
- Tómese todo el tiempo que necesite, señor Giorgio.
- ¿Usted es policía señorita?
- No señor, soy telefonista.
- ¿La puedo llamar en 20 minutos? Estoy en la ruta y me gustaría llegar a casa.
- No se preocupe, lo volveré a llamar.
Luis llegó a su casa y pasó directamente del garaje a su escritorio. No quería todavía hablar con su familia.
Amigos ya no le quedan, lugares donde ir tampoco. ¿Tendré que viajar esta misma noche? No debe ser difícil conseguir un pasaje en esta fecha.
- Esperemos un poco Luis – le dijo su esposa.
Luis se quedó sin poder pensar mientras guardaba el lomo en el freezer.
- Señor Giorgio, soy Clara otra vez.
Ahora sí retendría el nombre.
- Tengo una lista de lugares, pero no creo que ayude mucho, mi padre no reconoce ni lugares, ni personas.
- No importa señor, en una hora termina mi turno y podría buscarlo, tengo una foto reciente de su padre.
La lista no era larga, incluía la tumba de su madre, el rosedal, la fuente de Las Nereidas, algunos teatros, la librería de El Ateneo y la cancha de Racing. Rastros de lo que había sido.
- ¿Dieron aviso a la policía Clara?
Un 24 de diciembre a esta hora – pensó Luis – la policía puede estar totalmente colapsada, y peor va a ser cuanto más tarde se haga.
- Voy a empezar por los lugares más cercanos.
Luis le agradeció, calculó que ya serían las ocho en Buenos Aires, recorrer los lugares indicados podría llevarle muchas horas.
- ¿Puede ser un chantaje Luis? – le preguntó su esposa.
Se guardó la respuesta: por la voz.
- Luis, ¿cuántas veces te han engañado por las apariencias?
Reservó un pasaje para la mañana siguiente y se quedó pensando en su escritorio hasta que una de sus hijas le prendió la luz.
Durante la cena no hablaron ni comieron. Ya debía ser medianoche en Buenos Aires.
- Señor Giorgio, hemos encontrado a su padre, ya está de vuelta en la clínica.
Luis sintió que le habían sacado una piedra del pecho, le pasó el teléfono a su esposa y salió a la calle para que no lo vean llorar.
Clara había decidido empezar buscando en círculos por las comisarías, antes que recorrer los lugares indicados. Después de varias horas lo encontró. En bicicleta. Las explicaciones siguieron pero él ya no podía escuchar. Cuando se repuso preguntó:
Llamó esperando que conteste su voz, sintiendo sus propios latidos en el aparato.
- No señor, la telefonista anterior ya se retiró.
- Necesito hablar con ella, tengo...
- Es personal temporario, no sé cuándo le tocará otra guardia acá. Le puedo pasar el teléfono de la empresa.
Luis anotó el teléfono y colgó.
Se sentó a la mesa y se dio cuenta que todas lo estaban mirando y aceptó de buena gana su cariño.
Su esposa le sirvió una copa de champán.
Por la voz, no sólo las personas se reconocen por la voz.