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Ayúdenos a construir el gran directorio de cocina del Pacífico en Bogotá.
Amigas y amigos, gracias por acompañarme en todo este tiempo y haberme leído. Este espacio seguirá existiendo sin nuevo contenido. Si de algo sirve, aquí queda para la historia de Internet. Me despido para emprender otros proyectos. Hasta aquí llegamos. ¡Un abrazo grande! Chao.
UN TESORO POR DESCUBRIR EN CAJICÁ
Todavía me cuesta creer que en Bogotá la gente salga a pasear a la sabana los fines de semana. Los que lo han padecido saben que solo para salir es una hora larga de trancón, si todo sale bien. Yo trato de evitarlo, pero si uno se embarca en semejante periplo, bien hace en salirse del esquema, renunciar a los restaurantes de siempre y probar algo nuevo.
Por eso hoy propongo echarse la hora larga de trancón el fin de semana, pero para conocer otra propuesta. Se llama Balú y se trata de un tranquilísimo lugar, amable, generoso y de precios justos, que ha conseguido su fanaticada a punta de voz a voz y de buenas razones.
A lo que vinimos. Cinco pretextos para ir: el primero, los dados de queso apanados en polvo de achiras sobre una base de salsa de tomates asados. Los encuentra en la carta como Cacho Balú ($9.000). El segundo, una de las hamburguesas más sabrosas que he probado por estos días -la criolla ($18.000)-, pues entre par panes artesanales de la casa hay 180 gramos de carne magra, molida en casa, afinada con queso paipa, huevo frito y bañado todo con un colorido hogao. El tercero, la punta de anca ($25.000), que está acompañada con una oportuna ensalada de la huerta y una dosis precisa de guacamole. Por último, un par de joyas que no se puede perder: el postre de fresas y balsámico ($8.000), que es una auténtica fiesta de ingredientes puestos en un plato, donde se mezcla un cremoso de yerbabuena con un granizado de fresas, una explosión de almendras y, por supuesto, fresas y balsámico; y el postre de curuba ($8.000), que en su orden, de abajo hacia arriba, trae un cremoso de chocolate blanco y curubas (cogidas del árbol del restaurante), una compota de curubas y fresas, cramble de vainilla, crema chantillí y pimienta rosa.
De lo anterior, me gustaría resaltar el buen punto en el que llega la tocineta de la hamburguesa, ni muy cruda ni hecha una galleta. Perfecta. Para la punta de anca se recomienda seguir las instrucciones del parrillero, que -dice él- se debe comer desde su parte más angosta hacia su lado más grueso. Toda la razón. De este mismo plato, toca ponerle mucha atención al rábano encurtido y las alcaparras fritas de la ensalada. Ambas cosas muy acertadas. Para los postres, solo flores, sobre todo por ese cremoso de hierbabuena que estalla todos los sabores al final de cada cucharada. ¡Qué nivel! Y para los dedos de queso apanados en polvo de achiras, como dicen en las calles de Cali: ¡original!
Claro, todo esto tiene una cara, y son dos jóvenes muy queridos, sencillos y guerreros -porque no sobra contar que antes de estar en un restaurante campestre tenían su pequeño local en una estación de gasolina-, que se complementan muy bien para hacer un menú muy apetitoso. Ellos son Felipe Cardozo, el duro de la cocina y la parrilla, y Ana María Vargas, la pastelera, la que ultima al cliente con ese dulce golpe final. Ambos apuestan sus conocimientos a la sostenibilidad alimentaria y humana, y a las buenas prácticas agrícolas, pues no en vano sus dos huertas les da para sacar parte de la oferta. El amor se nota en cada plato y por eso este sitio es, para mí, un viaje largo que vale muchísimo la pena. No hay pierde.
PD: Si es vegetariano hay opciones, pero le va mejor si llama antes.
Dirección: https://goo.gl/maps/gtFPDjLSKs62 Entrada Volmo, Finca Veracruz. Capellanía, Cajicá. Teléfono: 320 8633183
HAMBURGUESAS, UNA CUESTIÓN DE DETALLES
Escoger la mejor hamburguesa siempre será -como les encanta titular a los noticieros colombianos- una polémica decisión. Pero hay unos detalles que ayudan a formar tal sentencia. El pan, por ejemplo, es determinante. Si es industrial, de supermercado, creo que el producto final no dejará de ser del montón. La carne, por obvias razones, también debe estar en el punto. A mí me gusta quemadita por fuera y jugosa por dentro, sin que escurra demasiado líquido, y tirando a rosada. Claro, cada quien tiene sus chocheras y son respetables.
Pero a propósito de esto, por recomendación de un amigo di con un lugar que -creería yo- le pega a varios de estos requisitos, muy personales todos, que me dejaron total satisfacción.
Se llama Downtown Burger, un local que podría definirlo como de ambiente familiar, lejano a la decoración de onda ‘hipsterosa’ que ahora impera en todos lados (no tengo nada contra lo ‘hipsteroso’, al contrario) y se viste, digamos, con un mobiliario tradicional, convencional; de ahí mi referencia al ambiente familiar.
Pero entremos en materia. Si de recomendar algo se trata, yo voy con lo que probé, como ha sido tradición en este blog. Entonces, la hamburguesa Empire State viene con 140 gramos de carne de res a la parrilla, tocineta, queso, pan de semillas de avena hecho en casa, vegetales cultivados por campesinos de La Calera y papas sacadas de tierras boyacenses.
Varias cosas para decir: el pan es una absoluta delicia y coloreado en el horno al tiempo justo, ¡gran logro!; la carne es molida y preparada en casa con buenos cortes, ¡como debe ser!; la tocineta está bien, pero a mí me gusta más quemada, ¡chocheras!; todas las hamburguesas del lugar tienen queso, ¡detallazo!; y todas cuestan lo mismo ($16.000 sola, $20.000 en combo).
Luis Carlos Gómez es el cocinero, un tipo querido y sencillo, al que le deseo mucho éxito -que ya lo tiene-, porque me parece que sin tanto ruido le ha pegado a un muy buen producto digno de mojar prensa.
Dirección: Cr 14 # 77-17 Teléfono: (1) 7552362
EL MÉXICO QUE YO CONOCÍ
¿Qué se puede decir nuevo de México cuando ya se le ha botado toneladas de tinta? Seguramente muchas cosas nuevas, porque cada persona tiene su propio viaje y una manera única de vivirlo. Aunque no deja de ser una tarea difícil.
Pero una buena salida a este lío es no improvisar, ni tratar de descubrir la rueda con guías pendejas de viaje, sino morir con la de uno. Y la mía fue así:
El D.F.
Seis días en Ciudad de México es tiempo insuficiente para escudriñar semejante maravilla, pero sí es sobrado para moverse y saber de qué está hecha. Entre mis recomendados están la Cafebrería El Péndulo, en La Roma, donde además de café, libros, películas y vinilos, también hay muy buen ambiente, rica cocina y sabrosos tragos; las tostadas del mercado de Coyoacán (Fundada en 1956. ¡Que no te engañen!, como dice el cartel), con ingredientes que van desde camarones, jaiba, pulpo, champiñones, pollo, pata de res, atún, etc., y con precios que no pasan de los 40 pesos mexicanos; la taquería Álvaro Obregón, que es una más dentro de las millones que hay en esta ciudad, pero me gustó por tres cosas: primero, por la fila que se arma en las noches para llegarle a un taco (buen indicador); segundo, porque los precios me parecieron honestos con el sector y con la comida (10 pesos mexicanos un taco al pastor, tal vez el más común); y tercero, por lo más importante: todo muy apetitoso. Por último, todos dicen que en México se debe comer en la calle, y sí, es una tarea que se debe hacer. Pero allá, como acá, usted sabe a qué se atiene. Por eso, si es de estómago delicado, haga una pausa y pregúntese: ¿qué necesidad?
Puerto Vallarta
De los cuatros días en Puerto Vallarta, dos cosas para recomendar: la primera, visitar un carrito callejero llamado Arrieros Mari Paz, que es de una señora con más de quince años en las faenas de andén atendiendo comensales (y me atrevería a decir que pocos o casi ningún extranjero), porque es un chuzo de barrio, no de zona hotelera, donde se maneja de forma magistral, como en otros lugares del país, lo que muchos le hacen el feo: labio, trompa, cachete, sesos, etc. Para terminar, hay una playa llamada Sayulita, un pueblo muy tranquilo a una hora de Puerto Vallarta. Es famosa por el surf, pero si el deporte no es lo suyo, también es un planzote pedir un aguachile playero, tomarse unos tragos y esperar a que caiga el sol.
Otros planes
Salir del mercado de Coyoacán (a reventar de tostadas) y sentarse a ver los viejos bailadores de parque; ir a las pirámides de Teotihuacán, pero sobrevolarlas en globo; entrar a las luchas en la Arena México (más mexicano, ¡difícil!); visitar la cantina Tenampa en la plaza Garibaldi; ir al campus de la UNAM, todo un ejemplo de lo que debe ser una universidad pública bien cuidada; e ir al Museo Frida Kahlo, que si conoce algo de la artista -que ya hasta raya con el cliché-, seguro se sorprenderá gratamente.
Bueno, tantos otros planes que hice y miles más que dejé de hacer, pero tampoco me preocupa, porque es un país al que siempre se quiere volver. No lo dude.
QUESADILLAS PODEROSAS
Las quesadillas no son aburridas en sí mismas. De hecho, podría comerme varias en una misma sentada. Pero siempre he creído que algo les falta (¿un poco de diversión, tal vez?), algo que me saque de ese lugar monótono en el que empiezo a patinar después de un par de ellas. Eso me pasa.
Juan Pablo Parra, creo yo, también pensaba lo mismo y, me atrevo a decir, por eso se imaginó un local como Chidas, un sitio de quesadillas poderosas, donde sin llegar al extremo del hastío y la exageración en ingredientes, le da un toque muy entretenido a este sencillo clásico.
La dinámica es así: la quesadilla, hecha con una tortilla de trigo y queso tipo Oaxaca, se puede pedir en combo (quesadilla, acompañante y bebida: $18.500). Para mí, esto vale como un almuerzo; eso sí, de acompañante voy con la sopa de tortilla (aunque el pozole, la sopa típica mexicana, también le hace guerra). Pero por el lado de la quesadilla me quedo -¡lejos!- con la de bondiola, B.B.Q de chiles, cebolla encurtida, aguacate y queso. También hay de pollo marinado en chiles ahumados, sobrebarriga asada, tocineta crujiente y vegetariana. Las lorenzas ($6.500), unas tostadas de harina de maíz fritas, también están muy bien y se pueden ordenar con los mismos ingredientes de las quesadillas, salvo algunas excepciones. Es decir, ¡opciones hay!
Lo que me gusta de este lugar es que se toma el trabajo de convertir la comida rápida en algo mucho más elaborado y cercano a la alta cocina, donde las carnes pasan por largas cocciones, al igual que los vegetales, y donde los toques de fina bacanería, como dejar que el queso del borde de la tortilla se dore hasta un punto crujiente, por no mencionar la traída de los chiles desde México, hacen de este un local que además de comida, también le da cariño a los clientes.
Y no es para menos. Todos estos detallitos, Juan Pablo, el duro de Chidas, los ha aprendido por la única e inobjetable razón de que ha estado metido en una cocina desde los 17 años; primero, como ayudante de Harry Sasson, donde años después también fue jefe de cocina, y después porque estuvo al mando de los fogones de la embajada sueca en Colombia cuando apenas si tenía los 20 años; por no contar un sinnúmero de otros lugares en Colombia, Europa y Estados Unidos donde igual ha estado al frente de la candela.
Toda una vuelta de años para tomar la decisión de renunciar al sofisticado y complicado mundo de los restaurantes a manteles y así ponerle, por fin, el tumbao a un popular platillo de otras tierras.
Dirección: calle 90 # 17 – 45, local 2 y calle 93A # 13ª - 28. Bogotá Teléfono: (1) 257 17 46 Horarios: lunes a viernes de 12:00 m. a 8:00 p. m. en la calle 90 y 8:30 p. m.en la 93A. Sábados hasta las 4:30 p. m.
LA PANADERÍA DE BARRIO
Está muy bien que las panaderías se reinventen, que traigan nuevos sabores, que ahora sean tan sofisticadas que ya ni siquiera luzcan como panaderías, que aparezcan los panes de cien granos, los postres de nombres raros, los productos sin gluten, los ingredientes orgánicos y las ganas de ser más saludables; que queramos pagar un poco más, que no nos importe y que nos atiendan en la mesa, como lo harían en cualquier restaurante. Está perfecto.
Pero hay un punto en el que tengo que volver al origen, a la panadería de barrio. Y la panadería del lugar donde crecí, la de mi barrio y la que a mí más me gusta, se llama La casa del pandeyuca. Queda en Cali, hay varias (el primer local se abrió en 1974, en el centro), pero la mía es la que está en toda la Pasoancho con 66, local que perfectamente puede tener más de 20 años, y creo que por ahí ya pasó hace rato.
Claro está, el cuento de la trayectoria no es un factor importante para medir una buena panadería (cuántos locales no llevan años, llenos a toda hora, y siguen siendo igual de malos). No. Lo que determina si una panadería es buena o no, para mí, está en el hecho de que siempre hay algo caliente. Lo que sea. Y en esto, señoras y señores, estos tipos son unos expertos. Puro horno, cero microondas; como nunca debió ser.
Los buñuelos, pandeyucas, panquesos y pandebonos (estos dos últimos mis preferidos), solo cuestan $1.300. También hay empanadas, muy buenas, aunque no son la especialidad. Y la famosa avena. Ganadora.
Muchos dirán que esta no es la preferida, que la de su barrio es mejor. Claro, precisamente de eso se trata. Pero lo cierto es que si en la de su barrio no hay pan caliente a toda hora, amigo, es hora de replantear todo, porque algo no anda bien.
¿PARA QUÉ SIRVE LA EMPRESA PRIVADA?
Hace unos días me invitaron a un evento con algunos de los deportistas clasificados a los Olímpicos Río 2016. La idea era aprender a usar los productos de una marca haciendo jugos y otras preparaciones. De todo, me quedé con lo que hace Óscar Figueroa antes del entrenamiento. Sencillo: fresas, almendras, miel y agua. Todo a la licuadora. Pura energía.
Me fui con una nueva receta en la cabeza. Bueno, y con otra reflexión: más allá del tema comercial, decidí ir a ese evento porque siempre he sido un idólatra del deporte. Cualquiera. Y quedé convencido de que le hace bien el apoyo de la empresa privada a estos muchachos. Porque si no son los empresarios, ¿quién? ¿El Gobierno? Así tendría que ser, pero no lo es. No como debería. Algunos no estarán de acuerdo con este argumento y me parece respetable. Pero, por mi lado, sé en qué país vivo.
LA TERRAZA DE LA ALIANZA
Si Bogotá es caótico, el centro lo es aún más. No importa el alcalde. Pero por naturaleza, creo que esto pasa en todas las capitales de este país. Sin ese barullo infinito, el centro de una ciudad perdería su gracia. O, al menos, así pienso hoy, como ser inconforme que soy, porque en otras ocasiones he dicho que el silencio es lo máximo. En fin.
Pero para evitar introducciones pendejas, lo que vine a decir es que hay un lugar en el centro de la capital para evadir un rato (o sobrellevarlo desde otro ángulo) el lío que se arma al medio día. L’Artisan, el local del que les hablo, está en la terraza de la Alianza Francesa, junto a la estación de Transmilenio de Las Aguas.
El menú tiene varias opciones, pero siempre me ha sonado muy bien el plato del día y por aquí me he ido. En la última visita probé las albóndigas a la pimienta, jugosas y bien condimentadas, acompañadas con papas a la francesa y ensalada ($18.000). Muy rico todo, eso sí, poquito. De hecho, no sé por qué nos han querido vender la idea de que en Francia se come poquito. ¿No les parece?
Bueno, no me alargo y aquí les paso este dato, por si los coge el medio día en el centro y buscan un lugar sabroso para comer, ver los cerros, tomar un poco de sol (si hay) y echarle el cuento a alguien, si quieren.
Dirección: carrera 3 # 18-45 Teléfono: 7460383
LA COCINA DE LA ABUELA SARDA
Hace unos cuatro años, cuando empecé a trabajar en La Candelaria, conocí un restaurante italiano muy encantador a media cuadra del Chorro de Quevedo. Se llamaba Nuraghe y era atendido por madre e hija. En aquel entonces ofrecía un plato que ellos llamaban la bandeja sarda, y consistía en lo siguiente: pasta con salsa pomodoro, carne de cerdo al vino y laurel, salsa de zanahoria, ensalada mediterránea, tarta con puré de papa, champiñones, jamón ahumado y salsa bechamel ($15.000). Muy a mi pesar, un día aquella trattoria sencillamente desapareció.
Para mi sorpresa, tal vez hace poco menos de un año, la madre -una abuela que apenas si hablaba algunas palabras en español- y la hija -una señora de hablar fluido, pero con marcado acento italiano- reaparecieron con el mismo nombre un poco más abajo, en la calle 12 con 6, y con mucho arrojo reinventaron la carta, redecoraron el viejo local de una antigua casa colonial y convirtieron su trattoria en algo mucho más sofisticado, pero igual de accesible, en mi opinión.
Así que ahora ellas traen todo el poder de la cocina italiana y de la isla de Cerdeña, de donde proviene esta familia, y se sirven en la mesa platos como el Fettuccine terra sarda ($22.000), que es pasta en salsa pomodoro preparada con una selección de carnes maduras, queso pecorino, parmesano y un toque de queso ahumado. O también está el Malloreddus Mari Pintau, que también viene con salsa pomodoro, pesto de rúgula y peperoncino, calamares, camarones, champiñones, aceitunas negras, zucchini y un pimiento relleno de atún ($25.000). Todos muy bien logrados.
Esta historia empezó en el 2009 y ahí siguen. Por eso, de los restaurantes italianos que hay en La Candelaria, este tiene un muy buen puntaje; además porque si la que lleva los hilos es una abuela sarda, que luego de muchos años aún anda con el español medio embolatado, no sé a ustedes, pero a mí sí me da muy buena espina.
Dirección: Calle 12b # 6-58 Teléfono: 3414457 - 3107566089
Aquí pegándole a la Jaggeroblea, donde la Jaggerseñora. Él la pidió de mora con arequipe, pero a mí me gusta más de arequipe solita.
LASAÑA EN SOPA
Es ridículo todo el tiempo que se puede perder en Facebook, no solo chismoseando a los amigos, sino viendo videos y casos inauditos de cosas que pasan en el mundo: el niño que baila salsa de manera envidiable con una catana deliciosa, el arquero de un país desconocido que se pifia y hace un gol de no creer en su propio arco, la rata que se mimetiza en el rin de un carro mientras un gato la huele, la busca y no logra dar con ella; en fin, para perder el tiempo, una red social. Cualquiera.
Y en esas se la pasa uno ahora tratando de dejar esa adicción a Internet, aunque sin mucho éxito. Pues bien, uno de esos días apareció en mi línea de tiempo la foto de una sopa de lasaña; sí, una sopa de lasaña. La compartían unas blogueras muy queridas que se hacen llamar las Salchichitas y me causó mucha curiosidad, porque además de que se veía buenísima, el lugar estaba cerca de mi casa.
Así que en una visita de mi hermano recordé aquel sitio y lo llevé a probar la tal sopa a la Pequeña Italia, local donde se cocina esta delicia ($16.574), que para mí es un verdadero golazo, un plato sin artimañas rebuscadas ni productos raros. No es más que un pequeño recipiente con una salsa de carne un poco más líquida de lo normal, unas tiras de pasta adentro y parmesano fundido. Un muy respetable descubrimiento cuyo mejor ángulo podría ser una buena foto en Facebook, pero no, en la vida real sabe mejor.
Dirección: AK 45 # 97 - 96 L-2 (costado oriental de la autopista, media cuadra al sur del puente de la 100).
EL TESORO DE CARTAGENA
Te confieso que me resistía a creer que en Cartagena todo estuviera inflado, que en cualquier parte nos cobraran como gringos y que la única forma de comer bien era pegándole un guamazo a la billetera. ¿Qué les pasa? Si esto es Colombia, decía yo.
Pero todo pintaba que iba a ser así, porque alquilamos un apartamento en Morros, en uno de esos condominios con piscina digna de foto de Tripadvisor. Aunque tú, tan recursiva siempre, me contaste que conocías un pequeño local en el barrio popular contiguo a nuestra zona, donde había pescado fresco y, claro, a buen precio. Y mientras caminábamos por la playa para visitar tu lugar, un negro convincente nos abordó para recomendarnos la Cooperativa de los Pescadores, y nosotros, creo que solo por el nombre, le creímos.
Róbalos, pargos y otros pescados que, dependiendo del tamaño, solo costaban entre $20.000 y $35.000, todos con sopa (de pescado, por supuesto), arroz, ensalada y plátano. Y ya llenos nos dimos cuenta de que no teníamos suficiente dinero para pagar y recuerdo que en el restaurante nos fiaron los $5.000 que nos faltaron. ¿En qué lugar te dejan hacer eso? ¡Qué gente bella, Dios! Prometimos volver.
Y me acuerdo que ese mismo día fuimos a cenar como gringos. Me invitaste de cumpleaños a Don Juan y de su menú escogimos el pulpo a la brasa con tocino, papas confitadas, tomates secos y crema agria ($28.000); risotto de langostinos con tomates frescos, mascarpone y parmesano ($49.000); y pargo a la sartén, salteado con salsa de camarón y coco, y puré de yucas rotas ($42.000). No nos quedó espacio para el postre.
Entonces decidimos caminar por la ciudad amurallada hasta llegar a Getsemaní, donde bebimos y bailamos champeta, y cuando se nos apagó la chispa salimos a caminar y, diagonal al Centro de Convenciones, un barcito de poca pinta, de locales y gringos buscando noche, nos convenció de entrar solo porque sonaba Ámame del Gran Combo y porque no había cover, y porque la cerveza era barata, y porque había salsa toda la noche.
Al siguiente día volvimos donde nuestros amigos los pescadores, pedimos de nuevo nuestro plato, pero esta vez sí pagamos lo del día y lo que nos fiaron. Y descubrimos juntos que sí había buenas opciones sin precios de gringos; pocas y rebuscadas, eso sí, pero había.
Creo que cuando ya se acababa nuestro viaje me dijiste: "es que tú eres muy fácil de hacer feliz", y sentí que me empelotaste, en serio; como si hubieras revelado un secreto que ni yo mismo sabía. Y sí, la había pasado muy bien, todo había sido fácil.
Y unos días después, ya en Bogotá, cuando fui a reclamar un libro que se me había quedado en tu cartera, lo abrí y había una nota que decía: Alejo, gracias por Cartagena. Y ese fue mi tesoro, que aún conservo celosamente. Y ya no estamos juntos, pero tampoco te he olvidado, Cartagena.
BUENAVENTURA ES EXQUISITA
Siempre me pregunté por qué me conmovían tanto un par de líneas de Buenaventura y Caney, donde Álvaro del Castillo, cantante de Niche en aquel momento, decía: "Ahora me voy a meter un pargo rojo con bastante salsa. Y un sancocho de ñato. ¡Y te cuento compa!". Luego me di cuenta de que esas frases me llevaban años atrás al local de doña Mery, un puesto en la galería de Buenaventura que era el preferido de mi papá y parada obligada antes de regresar a Cali, luego de nuestros paseos a Piangüita, una playa a media hora en lancha del puerto.
Hace poco volví a Buenaventura a trabajar, pasé por la galería, que no ha cambiado mucho en todo este tiempo, y por recomendación de una negra muy querida, que se conoce -creo yo- casi todos los laberintos de esta ciudad, nos sentamos esta vez en El sazón de la ñata, un sencillísimo local, como todos aquí, donde evité improvisar y me dejé llevar por lo que mi compañera de mesa ordenara. Así que por $35.000 llegó un plato de jaiba, piangua, camarón, calamar y, lo digo desde mi trinchera, carne de tollo (sí, tollo), el tiburón azul que está en peligro de extinción y que se vende sin ningún problema en gran parte del Pacífico colombiano. Duro.
No esperaba otra cosa y antes de probar todo ya sabía que esos sabores me acercarían al cielo, como efectivamente pasó. Pero tampoco puedo negar que quedé con esa angustia del pecador, esa que entiende que algo estuvo mal. Sin embargo, dejando todo esto a un lado, que no es de poca monta, también digo que estas cocineras con esa humildad que las cobija y ese peso de la vida que llevan en la cara, no tienen ni idea de lo bien que lo hacen, porque preparan los más sofisticados platos, solo que sin tanta bulla, pero eso sí con todo el gusto. Todo.
Por eso no me queda duda de que a la galería hay que volver, repetidas veces. Solo que para la próxima trataré de ser un comensal responsable, que, a la final, también hace parte del plan, mi gente.
BASTARDOS AL FOGÓN
Yo sí quiero unirme a las flores que le vienen echando blogueros y periodistas al restaurante Tres Bastardos; primero, porque conocí hace algún tiempo cuando trabajaba en otro local bogotano a Francisco del Valle, uno de los argentinos que hace parte de este trío de cocineros, y la verdad es que me pareció un bacán, un tipo sencillo; y segundo, porque es de esos locales que nació en medio del arribismo y el despilfarro capitalino, pero que a mi modo de ver se creó con los pies en la tierra: una mesa, 14 puestos, todos con todos, una pequeña esquina, pocos lujos, pero sí mucho gusto. Eso es todo, sin más.
El cuento es así: hay tres cocineros, uno de ellos, Francisco del Valle, prepara lo suyo de lunes a sábado entre las 12 m. y las 3 p.m.; el otro, Nicolás López, coge el timón de jueves a sábado entre las 8:00 p.m. y las 11:00 p.m; y el tercero, Julián Hoyos, de quien no he tenido la fortuna de probar lo que hace, está de lunes a miércoles en horas de la noche. Ahora bien, si se pregunta por qué alguien le podría dar este particular nombre a un restaurante, la respuesta está en un artículo que hizo la periodista Liliana Martínez Polo, así que bien puede revisar este enlace.
En mi primera visita, el menú de Francisco del Valle empezó con una ensalada de rúgula, mango y queso azul; y siguió con un cordero al vino tinto y polenta. Lo anterior, más el jugo, por $25.000. El final, el postre, fue una panacota con jalea de curuba ($9.000). Una delicia. Y aunque está pensado de forma estratégica, creo yo, como un menú oficinero, para mí esto es de mucho nivel.
Nicolás López tiene otra onda diferente, porque su menú es de cinco o nueve pasos. Yo probé el de cinco, que cuesta $58.000, pero como siempre está cambiando, si usted va le puede tocar algo distinto a lo mío. Lo que sí me arriesgo a contarle es que los ingredientes, a pesar de que todos son muy básicos, están preparados con una desbordada creatividad, y de esto me quedaré con el sabor del calabacín quemado. ¿A quién en sus cinco sentidos se le podría ocurrir quemar una hortaliza y servirla en una mesa? Pues este señor lo hace, y lo hace muy bien.
Así que, aunque podría ser uno de los restaurantes más sencillos a los que he ido -hablando por su mobiliario-, creo que sí es un lugar que descresta por su gran espíritu, pero sobre todo por su enorme personalidad.
Dirección: Calle 71 #10-81. Teléfonos: 320 981-3836 y 320 326-5188.
ADIÓS AL VERANO
Justo antes de empezar con esta última entrega, me encontré la historia de un tipo al que le cobraron en un chiringuito de Formentera, España, €337 por un pescado fresco, una botella de vino, una ensalada, pan con alioli, una botella de agua, una cerveza, un tinto de verano y un helado. Desconcertado por semejante gancho al hígado, el ingenuo turista solo atinó a compartir su factura en Twitter -como si de algo sirviera-, pero lo único que recibió fue la solidaridad de miles de vaciados.
París
Y eso pasa, al turista siempre le ponen la trampa. Yo también caí. Para empezar, siempre desconfíe cuando en la carta lo enredan con cosas así: Fondues, mínimo dos personas; precio por una persona €15,50. ¿Entendió? Relájese, no es necesario, porque solo comprenderá de qué se trata cuando llegue la cuenta. Lo anterior me pasó en uno de tantos restaurantes de esta ciudad. Mis amigos y yo queríamos almuerzo y encontramos en Internet, como ya me había pasado en otra oportunidad (lea la anterior entrada de este blog), un local de buena pinta llamado Pain, vin, fromages. Bien reseñado, bien recomendado, allá fuimos a dar y empezamos con una fondue savoyarde, que es una exquisita y poderosa mezcla de quesos; seguimos con una fondue bourguignonne, que trae 250 gramos de carne; y para finalizar, un postre y una botella de vino. Lo anterior llegó por €94,50, que a mi modo de ver es un escándalo. Pero pensé, bueno, es París.
Sin embargo, a mi llegada a Colombia le conté a un amigo francés mi experiencia y se me rió en la cara; primero, porque en verano no se acostumbra a comer fondue; segundo, porque la tradición es hacerlo en las montañas. Y nosotros, pensando que la rompíamos con la visita a un auténtico restaurante francés, no hicimos ni lo uno ni lo otro. ¡Qué ignorancia! Pero bueno, nos la gozamos -porque rico sí estaba-, aunque pagamos sin una gota de vaselina tremenda inaugurada en esta ciudad de mujeres divinas y malmiradas; lo cual, la verdad sea dicha, las hace más divinas.
De consolación nos quedaron unos buenos crepes en el Barrio Latino, que aún hoy y después de ver muchas veces cómo los hacen, no deja de sorprenderme la facilidad con la que manipulan la mezcla para rellenarla. Sabrosos.
Berlín
Alguna vez le dije a una amiga venezolana que de seguir así, la llegada de sus paisanos a Colombia terminaría por influenciar de alguna manera, y creo que a largo plazo, la gastronomía del país; cosa que me parece excelente. De hecho, ya no es extraño encontrar arepas venezolanas en Bogotá. Pero bueno, todo esto para contar que luego de un par de días en Berlín me acordé de aquella conversación, porque en esta ciudad los turcos pisan duro. Hay restaurantes en todo lado y mis amigos, cada uno por su lado, me recomendaron un par de sitios con aquel sello. También fui a un marroquí, y aunque tiene sus diferencias con el turco, para un paladar desprevenido como el mío podría ser casi lo mismo. Todos muy buenos y baratos (entre €5 y €10), pero recomendar uno como el mejor, habiendo tantos en todos lados, me parece muy arbitrario. Claro, como en todo viaje son más las cosas que uno deja de probar, pero aquí cuento como yo lo viví.
Varsovia
Aunque los polacos son locos con los pierogi, un plato típico de la cocina del país, y que se trata de una especie de ñoquis rellenos de diferentes vegetales o carnes -que se mojan en salsas hechas de quesos u hongos-, yo me quedo con los nudillos de cerdo de The Red Hog, un restaurante que a mi parecer solo podría ser conocido por un polaco, pues de la ciudad vieja -que es de lo más turístico- está bien retirado. Este plato, a pesar de su nombre un tanto tosco, solo tiene carne magra y piel crocante hechas al horno, que se desprenden con enorme facilidad. El restaurante dice que la receta conserva la tradición de la República Democrática Alemana, lo que lo hace aún más nostálgico. Esto está, sin ninguna duda, en la parte más alta de mi escalafón de las cosas que llegué a probar en 28 días de viaje. No siendo más, me despido de este verano.
EL VERANO ES CON AMIGOS
Las ciudades las hacen los amigos, la familia, el parche. Cuántos no se devuelven de las capitales más fascinantes del mundo solo porque algo les falta; que no es otra cosa que eso que menciono. Claro, no le pasa a todo el mundo, no hay que generalizar, aunque lo cierto es que se puede estar solo y aburrido en la ciudad más linda, o muy feliz en el roto más caótico e inseguro, pero siempre acompañado por los que son. En este viaje sentí que las cosas son así (lea la primera entrada de este viaje), y a pesar de que andar solo también tiene su encanto, yo prefiero comerme una empanada con un amigo, que una langosta sin compañía en la mesa. Barcelona Llevo treinta años hablando de lo mismo con los mismos cinco güevones de toda la vida. Son los mismos temas, los mismos recuerdos. De ahí no salimos. Uno de ellos, que ahora vive en Barcelona, se puso en la tarea de hacerme un generoso recorrido y de este salieron dos lugares para contar. El primero se llama La Paradeta Sagrada Familia, que es un local para atragantarse (y no exagero) de todos los frutos del mar posibles. Todo depende del peso que uno le ponga a las porciones, así que este almuerzo para dos terminó así: atún (€9,27), pulpitos (€6,86), ostras (€1,50), chipirones (€5,93) y gambas saladas (€9,38). Una exageración, pero muy satisfecho, eso sí. El segundo es Pura Brasa, local del que leí por ahí que podrían ser las mejores hamburguesas de Barcelona; arriesgado juicio. Pero sí podría asegurar que la hamburguesa de Payés es una de las más sabrosas que he probado en mucho tiempo y está equipada con 200 gramos de carne de cerdo, queso, cebolla y papas ($10,25). Yo sé, son muy pocas líneas para una ciudad tan completa.
Madrid
Opciones para comer bien es lo que esta capital tiene, pero de todas esas yo llegué a las siguientes: Docamar, donde ensayé por primera vez, y con gran gusto, la oreja de cerdo a la plancha (€5,30) y las patatas bravas (€3,90), que según la amiga que me mandó hasta allá podrían ser las mejores de Madrid, cosa que no podría asegurar, pero vale el apunte. Después di con el Museo del Jamón, sitio del que había escuchado mil versiones. Pero como a mí me gusta probar todo de primera mano, pues me copié de lo que tenía la gente en su mesa y le llegué a un plato de arroz, un sánduche de jamón ibérico y una copa de cerveza, todo por €3,40. Y sí, es un lugar guerrero, pero no todo tiene que ser sofisticado para ser bueno. Por último, una amiga me llevó a Lateral, donde probé el tempura de verduras con salsa de yogur (€5,60); tartar de aguacate, salmón ahumado con salsa de limón (€4,70); y croquetas de jamón (€6,95). Y claro, comí muchas tapas en toda parte.
Roma Estaba solo en Roma. Solo. Con mucho tiempo para pensar y echar globos. En una de esas noté que muchos locales de la zona turística hacen su propia pasta; o eso dicen, vaya uno a saber. El cuento es que se come muy bien y casi que se va a la fija cuando se entra a cualquiera de estos. Pero yo, muy juicioso, me di a la tarea de descubrir algo diferente, lejos del hormigueo de la gente enloquecida que llega cada verano. Así que salí a buscar La Tavernaccia, un restaurante muy bien reseñado en algunos periódicos y donde comí por primera vez una pasta llamada tonnarelli, que venía acompañada de pulpo, tomates cherry y especias (€15). A lo anterior le sumé un postre de yogur, mango y jengibre (€5); todo un lujo. Pero si volviera, sin dubitaciones pediría todo lo que llegó a la mesa vecina y que provenía, aún sacando chispas, de un poderoso horno que ha jugado un papel clave en los cuarenta y siete años del local. Mucho nivel, en serio.
Próxima entrada: París, Berlín y Varsovia. Y ya no los jodo más con esto.
NOTA: Las diferencias entre el Pisco Peruano y el aguardiente Chileno están en soyvino.com