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Fernando Pessoa // Michel Foucault
Variaciones Enigma - André Aciman (Un análisis de la posibilidad)
¿Quién es este extraño hombre?
Antes de hablar acerca de este libro, me gustaría introducirlos al hombre que está detrás de esta mágica combinación de palabras.
André Aciman nació en el año 1951 en Alejandría, en el seno de una familia de orígen turco. Se formó en la Universidad de Harvard para luego ser profesor de Literatura Comparada y de Escritura Creativa en Bard College, la Universidad de Princeton y la Universidad de Nueva York.
Es muy reconocido por su primera novela, Llámame Por Tu Nombre (publicada en 2007 y llevada a la pantalla grande por Luca Guadagnino en 2017), ganando muchos premios literarios (y con mucha razón) como, por ejemplo, el Lambda Literary Award.
Dato curioso (pero sobre el cuál no me voy a extender ahora): el mismo Aciman aseguró que escribir Llámame Por Tu Nombre le llevó solo tres meses!!!! Increíble, totalmente aplaudible. Pero no nos centraremos en eso ahora. Hoy estamos acá por otra de sus muy grandes obras.
El comienzo: Primer Amor.
“He vuelto por él”, así comienza esta historia que se embarca con audacia en el poder de los recuerdos, el amor y el deseo.
Variaciones Enigma es el tercer acercamiento que tuve a este autor y es, también, su tercera novela. Desde el primer momento, incluso desde antes de leer el resumen para tener una vana idea de la trama literaria, lo que más me llamó su atención fue el título. Me parecía pretencioso, demasiado rebuscado. Leyendo el libro, tiempo después, comprendo que hace referencia a una serie de catorce variaciones musicales compuestas por Edward Elgar en 1899, variaciones a las que el narrador se refiere a lo largo de toda la historia.
Variaciones Enigma fue publicado en 2017. Este libro sigue la vida de Paul desde su niñez hasta la edad adulta. En el resumen ya podemos observar la relación que el autor establece entre la ya nombrada composición musical con la vida del personaje protagonista de esta historia. “Como un mismo tema musical (el del erotismo, los recuerdos y el cuerpo) tocado en sus diversas variaciones, así son los vínculos de Paul con las diferentes personas que han ido dando forma a lo que él entiende por amor”.
Bueno, ya les conté sobre el autor y ya entendimos el por qué de ese título tan llamativo. Ahora pasemos a lo importante: la combinación de palabras y qué quiere lograr el autor con esto. Porque sí, el objetivo de mis reseñas no será hablar de la trama ni, mucho menos, spoilear la historia. Ni siquiera sé si sería adecuado llamarlas “reseñas”, ya que no soy ninguna experta en el tema. Pero sí hay algo de lo que estoy segura es de lo que estoy persiguiendo. Buscaremos desglosar citas, desmenuzar las frases, palabra por palabra, hasta convertirlas en delgadas fibras que se cuelen por nuestros poros y nos toquen los sentimientos. No es casualidad que Los Angeles Review of Books haya calificado a esta novela como “devastadora, terriblemente real”.
No voy a convencerlos de leer un libro, ni siquiera voy a intentarlo. No existen dos personas en el mundo a las que les guste lo mismo, pero si de sentimientos hablamos, no podemos negar que André Aciman le ha tocado el corazón a más de uno. Sus obras son perfectas para leerlas una y otra y otra vez, y subrayarlas, y releerlas para recordarnos a nosotros mismos el por qué de tantas cosas.
“Primer amor”, así es el título de ésta primera parte que va al grano, sin rodeos. Durante la infancia, el primer amor de Paul es Giovanni (a quien él decide llamar “Nanni”), un carpintero de veintitantos que ayuda a sus padres a restaurar muebles viejos de la casa que tienen en la isla de San Giustiniano. Paul sabe, en el fondo, que nada sucederá entre ellos. Sin embargo, la obsesión y fascinación que siente por Nanni de pronto se convierte en dependencia y no tarda en conquistarle hasta los huesos.
Hablarles de Variaciones Enigma es hablarles de una combinación de palabras que no es perfecta, es hablarles de una combinación de palabras que explicita la realidad que ocultamos, la verdad con la que uno nunca quiere chocarse.
Paul sabe que nunca, nunca va a poder estar con Nanni. Más allá de la diferencia de edad, la idea de crecer y seguir en contacto con él como para siquiera imaginar que estarán juntos en un futuro muy lejano se le hace tediosa e imposible. Y aún así decide amarlo, en secreto, a su manera, frecuentando lugares que le recuerdan a él, tocándose su piel mientras imagina cómo se sentirá tocar la suya, buscándolo en todas partes, en cada fibra de la madera de cada mueble que restaura. Paul siente que nunca podrá dejar de amarlo.
“Suponemos que nuestra vida está trazada, sin siquiera saber que lo suponemos, lo que constituye la belleza de las suposiciones: nos anclan sin el menor indicio de que lo que hacemos en realidad es confiar en que cada cambie. Creemos que la calle en la que vivimos seguirá siendo la misma y que llevará el mismo nombre siempre”, escribe el narrador. “Creemos que nuestros amigos seguirán siendo siempre nuestros amigos y que querremos siempre a los mismos que ahora queremos”, detalla, desde una perspectiva que se fundamenta en los recuerdos de aquella turbulenta niñez. “Nos confiamos”, prosigue, “y, a fuerza de confiar, nos olvidamos de que nos hemos confiado”.
¿Por qué me detengo acá? ¿Qué dice Paul que no sepamos ya, demasiado bien, llegada la edad adulta? ¿Por qué es tan sorprendentemente amargo el sabor que nos deja esta cita? Al factor “confianza” le sumaría el factor “tiempo”. Nos olvidamos de que estamos confiados debido al paso del tiempo. Tiempo que no se reduce a simples horas transcurriendo en un reloj de arena, sino el otro tipo de tiempo, el que pasa y se lleva a ciertas personas, y con ellas sentimientos, y con ellos los recuerdos. Cuando somos niños no caemos en cuenta de lo confiados que estamos hasta que somos adultos y no hay más ni menos que eso: tiempo.
El desquicie: Manfred.
“No sé nada de ti”, así comienza la tercera parte de este libro y (personalmente) mi favorita. “Manfred” es el nombre de dicha tercera parte. Manfred es, también, el amor secreto de la adultez de Paul. “Manfred” es la génesis de ésta obsesión por la pasión y el deseo de lo improbable que describió a la perfección The Boston Globe en su reseña: “El atractivo de Variaciones Enigma reside en el sentido ligero que tiene de las paradojas y los podría-haber-sido del corazón”.
En esta tercera e intensa parte Paul se convierte en, lo que llamaríamos hoy en día, un “stalker”. Desde el comienzo de este turbulento capítulo describe con minuciosidad hasta los más ínfimos detalles de los movimientos, el atractivo físico y las destrezas físicas de Manfred, un hombre que conoce en una cancha de tenis que ambos frecuentan en el centro de Nueva York, con quien cruza algunas pocas, pero desesperadas, palabras.
“No sabes nada de mí”, quisiera decirle. Porque sí, lo que más me gustó de esta parte es que se trate de frases que componen, por sí mismas, tan solo meras posibilidades. “Me ves, pero no me ves. Todos los demás me ven y, sin embargo, nadie tiene ni la menor idea de la tormenta incipiente que hay en mi interior. Es mi pequeño y secreto infierno privado. Vivo con él, duermo con él. Me encanta que nadie lo sepa. Ojalá lo supieras tú. A veces me da miedo que lo sepas”.
Ésta cita me deja ciega cada vez que vuelvo a ella. Es como dijo Kafka una vez: “Creo que deberíamos leer sólo el tipo de libros que nos lastimen y apuñalen. Si el libro que estamos leyendo no nos despierta de un golpe en la cabeza, ¿para qué lo estamos leyendo?”. “Es mi pequeño y secreto infierno privado”, dice Paul. “Vivo con él, duermo con él”. Sin embargo, no me pareció tan obvia hasta recién la alusión que hace con “él”. “Él” es, en este caso, aquel pequeño y secreto infierno privado que sucumbe su cabeza no sólo cada vez que Manfred está rondando, sino siempre. El efecto que Manfred provoca en la profundidad de sus sentimientos es tan intenso que ha convertido su vida en un infierno en el que decide permanecer fundamentándose tan solo en las probabilidades.
Paul es un deambulador solitario y nostálgico en la gran Nueva York. Se pregunta, se repregunta, se contesta solo. Paul me hace acordar a mí (seguramente también lo identifiquen con ustedes) al cuestionarme tantas veces el por qué de las cosas. Se pregunta el porqué de sus propias decisiones con tanta frecuencia que logra que hasta la decisión más cuerda, mas meditada comience a sonar ilógica, que dudes hasta de la mente que hasta entonces entendías como racional.
“Algunas de esas noches retraso la vuelta a casa. ¿Para qué voy a irme a casa? ¿Para encontrarme con qué?”, dice. Esta frase en particular se quedó rondando en mi cabeza durante todo un verano. Qué me espera allá, que me esperaba acá, por qué me apuro tanto, qué pasará después. ¿Qué importa, después de todo? Paul posee una inteligencia emocional desmedida, tan superior que incluso le cuesta entenderse a sí mismo en este vaivén de auto preguntas y auto respuestas.
“Prefiero entretenerme en la calle e inventarme razones para ir andando hasta la siguiente parada de autobús y después a la siguiente. O entraré en esta tienda o en aquella y me olvidaré del trabajo, me olvidaré de todo el mundo y me hundiré cada vez más, porque quiero sufrir, quiero que me duela, quiero sentir algo, aunque sepa que pensar en ti nunca se alarga lo suficiente y que, barrido por los aromas y multitudes de los grandes almacenes, el pensamiento se disperse hacia otras cosas, otras caras, y te perderé entre la multitud y no recordaré tu rostro”.
Sabe que aquella necesidad surge de un interior carente de Manfred, carente incluso de sí mismo; ha llegado el punto en el que, finalmente, perdió la cabeza. Sabe lo que necesita y se pierde y se marea, una y otra vez, intentando conseguirlo.
Al final, la vida no es mucho más que esto. Hacer lo que se puede con lo que se tiene. Perderse, perder el tiempo en un negocio, sobarse magulladuras y sonreírle a un extraño en la calle mientras deseamos que aquel rostro sea aquel otro con el que tanto deseamos chocarnos de frente y al que, a la vez, tanto miedo le tenemos. Amando y odiando, deseando y perdiendo, sufriendo y llorando en silencio, en algún escondite, en la cama a la madrugada, en la pieza con la luz apagada mientras los sollozos producto de causas desconocidas se ahogan en una almohada.
Lo asombroso de este libro es que Paul, a pesar del engaño que se había producido a sí mismo que supone haberse encaprichado con Manfred, a pesar de rara vez haber interactuado e incluso a pesar de que dichas interacciones lejos estuvieron de ser románticas, él se las ingenió para crear su propio mundo de fantasía, el mundo de Manfred y Paul, el único mundo en el que se atrevía a amarlo, en donde no podía temerle a las posibilidades y mucho menos a sí mismo.
El despegue: Amor Estelar.
“Hacía mil años que no veía a Chloe”. Cuando creíamos que el fuego se iba a apaciguar un poquito aparece ella. Chloe es pasional, atrevida, sarcástica. Probablemente posee todos los atributos de los que Paul carece o, al menos, contraria. Vuelven a encontrarse, (porque sí, ya se conocían) en una fiesta donde ambos eran los “raros sin pareja”. Lo curioso acerca de Paul y Chloe es que que ya habían trazado algunas líneas de historia durante sus años universitarios. Ya se conocían en términos, digamos, carnales. Paul siempre la encontró irresistible y no se mostró tímido al recordarle los sentimientos que habían tomado posesión de sí durante su último año juntos en la universidad. Y aunque Chloe se hace la desentendida la mayor parte del tiempo, no tardan en retomar aquello que habían abandonado bastante tiempo atrás.
La relación entre Paul y Chloe se basa en un constante “tira y afloja”. Hoy los catalogaríamos como “pareja tóxica”; los típicos tortolitos que vienen y van, que disfrazan los sentimientos y que confunden el deseo con el amor. Porque sí, eso es lo que los une; el imán que los atrajo después de tantos años de ausencia del otro.
Los deseos obsesivos que se habían originado en la mente de Paul al conocer a Manfred finalmente se trasladan al plano real cuando Chloe reaparece. Sin embargo, tanto él como ella no tardarán en reconocer que sentimientos tan intensos y similares apenas siempre bastaron para satisfacer las vanas y ordinarias necesidades de un viernes a la noche. “Llevábamos funcionando con el motor auxiliar todo aquel tiempo, intentando alcanzar algo que es probable que no hubiera existido nunca o que estuviese bloqueado, sin más, menos en alguna cripta mítica que nos hubiéramos inventado”, describe Paul, mientras trata de comprenderse a sí mismo porque está resignado con entenderla a ella. Porque dependen uno del otro, se necesitan, se complementan, encastran como dos piezas que hubieran sido creadas para permanecer juntas por la eternidad y, aún así, cuando sale el sol lo único que quieren decirse es adiós.
“Nos peléabamos con el amor igual que nos peléabamos el uno con el otro, pero ¿a qué precio?”. Pelearse con el amor, pelearse por no poder entender por qué uno no es capaz de amar más allá del deseo. Pelearse e indignarse con la idea de que el amor, a pesar de todo, siempre vencerá al deseo. “No podía deshacerlo ni arrancármelo, aunque, a fuerza de espantarlo como a un insecto que no conseguía matar, podía lastimarlo y dañarlo hasta que se pudriera lo que fuera que había entre nosotros”. La indecisión, la inseguridad, el constante caminar por el borde de un acantilado cuyo fondo es invisible pero dolorosamente predecible. La idea de perderla, de perder el concepto de ellos juntos, del miedo de no poder encontrar, en cualquier otro rincón del mundo, algo similar, o algo que siquiera sea capaz de despertar lo que por tanto tiempo permaneció dormido.
“Nada lo mataba, pero ¿estuvo vivo alguna vez? Y si lo observabas más de cerca, ¿era amor, siquiera? Y si no era amor, ¿qué era? Un amor estropeado, maltratado, marchito, malgastado, que temblaba en un frío callejón como una mascota herida que ha perdido a su dueño y ha sobrevivido a duras penas a una pelea contra un perro malo; ¿era amor de verdad? Sin corazón, sin bondad, sin caridad, sin amor, incluso. Nuestro amor era como agua estancada tras esclusas cerradas. Nada vivía en él”. Es desgarradora la combinación de palabras que componen esta cita. Son incluso desgarradores los adjetivos que utiliza Aciman si los tomamos fuera de contexto, como si hubiera agarrado un diccionario y se hubiera encargado de buscar las palabras más filosas de la lengua para mezclarlas, minuciosamente, en una oración tan tóxica que, para algunos interiores débiles, podría ser hasta mortal. Ni hablar de las analogías; estas frases cortas que comparan al amor con un perro herido y perdido en una noche fría y que son capaces de erizarte la piel. Amor que se puede comparar con el agua estancada tras esclusas cerradas: de colores rancios, de aromas pútridos, inmóvil y carente de vida. Lo que más me gusta de Aciman es que te pone el dedo en la llaga sin que te des cuenta. Te agarra del cuello por atrás y te asfixia de a poco; cuando lo notaste ya es muy tarde, estás leyendo la cita una y otra vez mientras te preguntas por qué son esas y no las escrituras carismáticas y felices las que te agitan el corazón.
No voy a decir qué sucede al final de esta parte. Como ya les mencioné, no pretendo dar spoilers de nada. Está en ustedes si quieren volverse locos leyendo esta maravilla. Solo les diré que el pasado y el presente de Paul se unen, congenian, interactúan en una extraña y sutil concordancia que, como suponen, no tardará en volver a desquiciarlo.
Y si bien marqué muchísimas citas en esta parte porque, a pesar de que mi favorita fue la segunda, ésta fue la que mayores reflexiones filosóficas tocó, voy a quedarme con una a la que le resalté varias palabras y la que supongo que explica, con mucha claridad, el concepto de la relación entre Chloe y Paul. “El pasado es un país extranjero, pero algunos somos ciudadanos de pleno derecho, otros turistas ocasionales y otro la población flotante que está ansiosa por irse y que, sin embargo siempre anhela volver. Hay una vida que ocurre en el tiempo normal y otra que estalla de pronto y se apaga igual de rápido. Y luego está la vida que tal vez no consigamos nunca pero que podría llegar a ser nuestra fácilmente, solo con que supiéramos donde buscarla. No tiene por qué suceder en este planeta, pero es tan real como la que vivimos. Llamémosla "vida estelar”“.
El aterrizaje: Abingdon Square.
"Queridísimo”, repite una y otra vez Paul. “Queridísmo”, porque esa era su forma de evocar los recuerdos, porque así lo llamaba en los miles de correos electrónicos que intercambiaban. No “querido”, ni siquiera “estimado”, mucho menos “Paul”, solo “queridísimo”.
Así comienza la última parte de la cual, voy a ser totalmente sincera, esperaba una especie de golpe espiritual que me convirtiera en una persona creyente. Sin embargo, tal evento no aconteció. Pertenezco a la religión de André Aciman por todo lo que sucedió en este libro y por todo lo que sucede en los demás, pero no por este final específicamente. Y no, gente, no voy a decir por qué. Me salteé escenas muy importantes para conservar la mística literaria, por lo tanto, no voy a revelar lo que supone esta parte teniendo en cuenta de que se trata de la última. Estoy tranquila. Pero, si llegaron hasta acá y no se despertaron en ustedes unas ganas desenfrenadas de ir a la librería de la esquina y comprarse este libro para desvelarse leyéndolo entonces hice algo malo, muy malo con todo esto.
Esta parte refuerza con énfasis aquello de lo que hablamos al principio; las ínfimas probabilidades que se pierden en la nada misma, la cobardía interior, los quizás perpetuos que se esfuman para dejarnos temblando de mente. La simple idea de intentar algo que, para nosotros, sabe a desconfianza, supone un esfuerzo terrible, e incluso mortal a sabiendas de que la mera imaginación de los hechos ya nos diera la fuerza suficiente para mover montañas. “La valentía, decía, proviene de lo que deseamos, por eso vamos a por ello; el escepticismo sale del precio que pagaremos, por eso fracasamos”.
No marqué demasiado en esta parte. Es una parte corta; todo lo que Paul quiso decirnos (y todo lo que Aciman intentó transmitir) ya fue repasado una y otra vez a lo largo de las 314 páginas que incluye esta fantástica novela. Recuerdo que tuve el placer de leerla en el verano de 2022; tenía mucho tiempo libre y muchas dudas en la cabeza. Cuando llegué al final me indigné. Tuve que leerlo varias veces para sacarme la amargura de la cabeza. Cada vez que la terminaba pensaba que era una manera bastante irónica de terminar un libro lleno de fantasía, pasión, deseo y aventura. Sin embargo, con el tiempo entendí lo que supone: la realidad. La realidad que nos ancla a la tierra cuando volamos muy alto, tan alto que nos falta el aire, la realidad que nos escupe de la burbuja de ilusión cuando las expectativas son tan altas que podrían, incluso, dañarnos. Amé Variaciones Enigma porque es un libro que cumple con lo que promete. Como dice The Guardian en su reseña. “Esta es una novela que le hace caso a su título: variaciones sobre un tema que equivalen a un enigma”. Es una novela que nos conduce a través de las transformaciones que suponen las tomas de decisiones; no siempre serán buenas pero, de seguro, algunas de ellas serán maravillosas.
A POEM FOR THE SKIN OF MYSELF
Así que estás cansada...
Suavidad, reposa la cabeza.
Te pediré, te exigiré que levites a mi lado solo
...por un rato.
Y te diré que te olvides de lo que no puedes escuchar,
te diré que no estaré ya cerca de ti.
Por un rato, por tu bien.
Ya no sé por dónde empezar.
Una vez, toda tu fuerza fue arrebatada
por una brisa tenue que te congeló la cara.
Ahora corre, grita, atrévete.
Detrás de la piel que te ata
existe la vida que te debes.
No hay nada que defender.
Ni siquiera el soñar con el después.
Tuviste que ser una mujer indivisible
cuando todo lo demás estaba roto.
Stoos Ridge Hike above Lake Lucerne
Sanda Iliescu - Angel with Dog and Serpent, 2019
Aceptamos el amor que creemos merecer
“Por varias semanas me dejó a mi suerte que, no está de más decir, no era la mejor. Y tuve que sobrevivir a su inconsciente ausencia, preguntarme si no lo había imaginado, volverme loco pensando en su regreso. Pero entonces él, él, él volvía a sonar, me despertaba en la mitad de la noche creyendo que estaba teniendo un sueño hermoso que, a medida que me desvelaba, se hacía realidad. Y me quedaba en la cama, sentado, esperando, rezando incluso para que se levantara, viniera a mi pieza y me hiciera el amor mientras me convencía a mí mismo de que no me había abandonado como lo había hecho con ella”.
Bedtime Love Stories 4.3
14x10 cm. oil on paper, ink, acrylic powder
Nickie Zimov
kitty rests in a garden
Niña digiere la muerte
Hubo una época en la que las horas no existían. El tiempo se medía con el pasar del día y el oscurecer que acarreaba la noche. En esa época el pasar del día todavía era más largo. Durante la tarde el sol saturaba los colores y calentaba la piel de los brazos que se estiraban para poder tocar las nubes. Las noches eran cortas. No hay demasiadas evidencias que confirmen su existencia. No más que la antigua sensación de las frazadas pinchudas, los pijamas de estampas gastadas y los vidrios empañados delante de las persianas. En esa época todavía no había sido descubierta la madrugada, ni el brillo de las constelaciones, ni la forma de conejo que se refleja en la luna llena. Porque en esa época el día lo era todo. El comienzo y el final. En esa época era un deber subirse a la bicicleta y pedalear mientras se pensaba hacia dónde disparar. Agarrar baches, sortear pozos, esquivar tarascones de perros. En esa época todavía no había que anticipar ni organizar. Los deseos eran absurdos. Todavía todo se cumplía. En esa época abríamos la puerta de la casa de la abuela sin vacilar y sin permiso. Entredormida, todavía miraba la televisión con una sopa de letras en el regazo. Y después de unos cuantos ataques de pájaros histéricos, las manos todavía olían a cáscara de naranja y limón. Y de fondo atardecía de color rosa o anaranjado, y había que parpadear dos veces para sacar una foto mental porque, en esa época, todavía no guardábamos una cámara en el bolsillo. Porque, en esa época, las manos estaban ocupadas pelando mandarinas, cortando flores, agarrando mariposas por las alas. La inocencia se achica cuando uno se agranda. En esa época nunca se pensó en la posibilidad de tener que encontrarla porque nunca nadie se imaginó perdiéndola. La inocencia que se retuerce mientras se empapa de lágrimas la cara de una niña que entiende que un día los colores se opacan, que no se puede detener el correr de los segundos y que esa época termina.
Variaciones Enigma - André Aciman (Un análisis de la posibilidad)
¿Quién es este extraño hombre?
Antes de hablar acerca de este libro, me gustaría introducirlos al hombre que está detrás de esta mágica combinación de palabras.
André Aciman nació en el año 1951 en Alejandría, en el seno de una familia de orígen turco. Se formó en la Universidad de Harvard para luego ser profesor de Literatura Comparada y de Escritura Creativa en Bard College, la Universidad de Princeton y la Universidad de Nueva York.
Es muy reconocido por su primera novela, Llámame Por Tu Nombre (publicada en 2007 y llevada a la pantalla grande por Luca Guadagnino en 2017), ganando muchos premios literarios (y con mucha razón) como, por ejemplo, el Lambda Literary Award.
Dato curioso (pero sobre el cuál no me voy a extender ahora): el mismo Aciman aseguró que escribir Llámame Por Tu Nombre le llevó solo tres meses!!!! Increíble, totalmente aplaudible. Pero no nos centraremos en eso ahora. Hoy estamos acá por otra de sus muy grandes obras.
El comienzo: Primer Amor.
"He vuelto por él", así comienza esta historia que se embarca con audacia en el poder de los recuerdos, el amor y el deseo.
Variaciones Enigma es el tercer acercamiento que tuve a este autor y es, también, su tercera novela. Desde el primer momento, incluso desde antes de leer el resumen para tener una vana idea de la trama literaria, lo que más me llamó su atención fue el título. Me parecía pretencioso, demasiado rebuscado. Leyendo el libro, tiempo después, comprendo que hace referencia a una serie de catorce variaciones musicales compuestas por Edward Elgar en 1899, variaciones a las que el narrador se refiere a lo largo de toda la historia.
Variaciones Enigma fue publicado en 2017. Este libro sigue la vida de Paul desde su niñez hasta la edad adulta. En el resumen ya podemos observar la relación que el autor establece entre la ya nombrada composición musical con la vida del personaje protagonista de esta historia. "Como un mismo tema musical (el del erotismo, los recuerdos y el cuerpo) tocado en sus diversas variaciones, así son los vínculos de Paul con las diferentes personas que han ido dando forma a lo que él entiende por amor".
Bueno, ya les conté sobre el autor y ya entendimos el por qué de ese título tan llamativo. Ahora pasemos a lo importante: la combinación de palabras y qué quiere lograr el autor con esto. Porque sí, el objetivo de mis reseñas no será hablar de la trama ni, mucho menos, spoilear la historia. Ni siquiera sé si sería adecuado llamarlas "reseñas", ya que no soy ninguna experta en el tema. Pero sí hay algo de lo que estoy segura es de lo que estoy persiguiendo. Buscaremos desglosar citas, desmenuzar las frases, palabra por palabra, hasta convertirlas en delgadas fibras que se cuelen por nuestros poros y nos toquen los sentimientos. No es casualidad que Los Angeles Review of Books haya calificado a esta novela como "devastadora, terriblemente real".
No voy a convencerlos de leer un libro, ni siquiera voy a intentarlo. No existen dos personas en el mundo a las que les guste lo mismo, pero si de sentimientos hablamos, no podemos negar que André Aciman le ha tocado el corazón a más de uno. Sus obras son perfectas para leerlas una y otra y otra vez, y subrayarlas, y releerlas para recordarnos a nosotros mismos el por qué de tantas cosas.
"Primer amor", así es el título de ésta primera parte que va al grano, sin rodeos. Durante la infancia, el primer amor de Paul es Giovanni (a quien él decide llamar "Nanni"), un carpintero de veintitantos que ayuda a sus padres a restaurar muebles viejos de la casa que tienen en la isla de San Giustiniano. Paul sabe, en el fondo, que nada sucederá entre ellos. Sin embargo, la obsesión y fascinación que siente por Nanni de pronto se convierte en dependencia y no tarda en conquistarle hasta los huesos.
Hablarles de Variaciones Enigma es hablarles de una combinación de palabras que no es perfecta, es hablarles de una combinación de palabras que explicita la realidad que ocultamos, la verdad con la que uno nunca quiere chocarse.
Paul sabe que nunca, nunca va a poder estar con Nanni. Más allá de la diferencia de edad, la idea de crecer y seguir en contacto con él como para siquiera imaginar que estarán juntos en un futuro muy lejano se le hace tediosa e imposible. Y aún así decide amarlo, en secreto, a su manera, frecuentando lugares que le recuerdan a él, tocándose su piel mientras imagina cómo se sentirá tocar la suya, buscándolo en todas partes, en cada fibra de la madera de cada mueble que restaura. Paul siente que nunca podrá dejar de amarlo.
"Suponemos que nuestra vida está trazada, sin siquiera saber que lo suponemos, lo que constituye la belleza de las suposiciones: nos anclan sin el menor indicio de que lo que hacemos en realidad es confiar en que cada cambie. Creemos que la calle en la que vivimos seguirá siendo la misma y que llevará el mismo nombre siempre", escribe el narrador. "Creemos que nuestros amigos seguirán siendo siempre nuestros amigos y que querremos siempre a los mismos que ahora queremos", detalla, desde una perspectiva que se fundamenta en los recuerdos de aquella turbulenta niñez. "Nos confiamos", prosigue, "y, a fuerza de confiar, nos olvidamos de que nos hemos confiado".
¿Por qué me detengo acá? ¿Qué dice Paul que no sepamos ya, demasiado bien, llegada la edad adulta? ¿Por qué es tan sorprendentemente amargo el sabor que nos deja esta cita? Al factor "confianza" le sumaría el factor "tiempo". Nos olvidamos de que estamos confiados debido al paso del tiempo. Tiempo que no se reduce a simples horas transcurriendo en un reloj de arena, sino el otro tipo de tiempo, el que pasa y se lleva a ciertas personas, y con ellas sentimientos, y con ellos los recuerdos. Cuando somos niños no caemos en cuenta de lo confiados que estamos hasta que somos adultos y no hay más ni menos que eso: tiempo.
El desquicie: Manfred.
"No sé nada de ti", así comienza la tercera parte de este libro y (personalmente) mi favorita. "Manfred" es el nombre de dicha tercera parte. Manfred es, también, el amor secreto de la adultez de Paul. "Manfred" es la génesis de ésta obsesión por la pasión y el deseo de lo improbable que describió a la perfección The Boston Globe en su reseña: "El atractivo de Variaciones Enigma reside en el sentido ligero que tiene de las paradojas y los podría-haber-sido del corazón".
En esta tercera e intensa parte Paul se convierte en, lo que llamaríamos hoy en día, un "stalker". Desde el comienzo de este turbulento capítulo describe con minuciosidad hasta los más ínfimos detalles de los movimientos, el atractivo físico y las destrezas físicas de Manfred, un hombre que conoce en una cancha de tenis que ambos frecuentan en el centro de Nueva York, con quien cruza algunas pocas, pero desesperadas, palabras.
"No sabes nada de mí", quisiera decirle. Porque sí, lo que más me gustó de esta parte es que se trate de frases que componen, por sí mismas, tan solo meras posibilidades. "Me ves, pero no me ves. Todos los demás me ven y, sin embargo, nadie tiene ni la menor idea de la tormenta incipiente que hay en mi interior. Es mi pequeño y secreto infierno privado. Vivo con él, duermo con él. Me encanta que nadie lo sepa. Ojalá lo supieras tú. A veces me da miedo que lo sepas".
Ésta cita me deja ciega cada vez que vuelvo a ella. Es como dijo Kafka una vez: "Creo que deberíamos leer sólo el tipo de libros que nos lastimen y apuñalen. Si el libro que estamos leyendo no nos despierta de un golpe en la cabeza, ¿para qué lo estamos leyendo?". "Es mi pequeño y secreto infierno privado", dice Paul. "Vivo con él, duermo con él". Sin embargo, no me pareció tan obvia hasta recién la alusión que hace con "él". "Él" es, en este caso, aquel pequeño y secreto infierno privado que sucumbe su cabeza no sólo cada vez que Manfred está rondando, sino siempre. El efecto que Manfred provoca en la profundidad de sus sentimientos es tan intenso que ha convertido su vida en un infierno en el que decide permanecer fundamentándose tan solo en las probabilidades.
Paul es un deambulador solitario y nostálgico en la gran Nueva York. Se pregunta, se repregunta, se contesta solo. Paul me hace acordar a mí (seguramente también lo identifiquen con ustedes) al cuestionarme tantas veces el por qué de las cosas. Se pregunta el porqué de sus propias decisiones con tanta frecuencia que logra que hasta la decisión más cuerda, mas meditada comience a sonar ilógica, que dudes hasta de la mente que hasta entonces entendías como racional.
"Algunas de esas noches retraso la vuelta a casa. ¿Para qué voy a irme a casa? ¿Para encontrarme con qué?", dice. Esta frase en particular se quedó rondando en mi cabeza durante todo un verano. Qué me espera allá, que me esperaba acá, por qué me apuro tanto, qué pasará después. ¿Qué importa, después de todo? Paul posee una inteligencia emocional desmedida, tan superior que incluso le cuesta entenderse a sí mismo en este vaivén de auto preguntas y auto respuestas.
"Prefiero entretenerme en la calle e inventarme razones para ir andando hasta la siguiente parada de autobús y después a la siguiente. O entraré en esta tienda o en aquella y me olvidaré del trabajo, me olvidaré de todo el mundo y me hundiré cada vez más, porque quiero sufrir, quiero que me duela, quiero sentir algo, aunque sepa que pensar en ti nunca se alarga lo suficiente y que, barrido por los aromas y multitudes de los grandes almacenes, el pensamiento se disperse hacia otras cosas, otras caras, y te perderé entre la multitud y no recordaré tu rostro".
Sabe que aquella necesidad surge de un interior carente de Manfred, carente incluso de sí mismo; ha llegado el punto en el que, finalmente, perdió la cabeza. Sabe lo que necesita y se pierde y se marea, una y otra vez, intentando conseguirlo.
Al final, la vida no es mucho más que esto. Hacer lo que se puede con lo que se tiene. Perderse, perder el tiempo en un negocio, sobarse magulladuras y sonreírle a un extraño en la calle mientras deseamos que aquel rostro sea aquel otro con el que tanto deseamos chocarnos de frente y al que, a la vez, tanto miedo le tenemos. Amando y odiando, deseando y perdiendo, sufriendo y llorando en silencio, en algún escondite, en la cama a la madrugada, en la pieza con la luz apagada mientras los sollozos producto de causas desconocidas se ahogan en una almohada.
Lo asombroso de este libro es que Paul, a pesar del engaño que se había producido a sí mismo que supone haberse encaprichado con Manfred, a pesar de rara vez haber interactuado e incluso a pesar de que dichas interacciones lejos estuvieron de ser románticas, él se las ingenió para crear su propio mundo de fantasía, el mundo de Manfred y Paul, el único mundo en el que se atrevía a amarlo, en donde no podía temerle a las posibilidades y mucho menos a sí mismo.
El despegue: Amor Estelar.
"Hacía mil años que no veía a Chloe". Cuando creíamos que el fuego se iba a apaciguar un poquito aparece ella. Chloe es pasional, atrevida, sarcástica. Probablemente posee todos los atributos de los que Paul carece o, al menos, contraria. Vuelven a encontrarse, (porque sí, ya se conocían) en una fiesta donde ambos eran los "raros sin pareja". Lo curioso acerca de Paul y Chloe es que que ya habían trazado algunas líneas de historia durante sus años universitarios. Ya se conocían en términos, digamos, carnales. Paul siempre la encontró irresistible y no se mostró tímido al recordarle los sentimientos que habían tomado posesión de sí durante su último año juntos en la universidad. Y aunque Chloe se hace la desentendida la mayor parte del tiempo, no tardan en retomar aquello que habían abandonado bastante tiempo atrás.
La relación entre Paul y Chloe se basa en un constante "tira y afloja". Hoy los catalogaríamos como "pareja tóxica"; los típicos tortolitos que vienen y van, que disfrazan los sentimientos y que confunden el deseo con el amor. Porque sí, eso es lo que los une; el imán que los atrajo después de tantos años de ausencia del otro.
Los deseos obsesivos que se habían originado en la mente de Paul al conocer a Manfred finalmente se trasladan al plano real cuando Chloe reaparece. Sin embargo, tanto él como ella no tardarán en reconocer que sentimientos tan intensos y similares apenas siempre bastaron para satisfacer las vanas y ordinarias necesidades de un viernes a la noche. "Llevábamos funcionando con el motor auxiliar todo aquel tiempo, intentando alcanzar algo que es probable que no hubiera existido nunca o que estuviese bloqueado, sin más, menos en alguna cripta mítica que nos hubiéramos inventado", describe Paul, mientras trata de comprenderse a sí mismo porque está resignado con entenderla a ella. Porque dependen uno del otro, se necesitan, se complementan, encastran como dos piezas que hubieran sido creadas para permanecer juntas por la eternidad y, aún así, cuando sale el sol lo único que quieren decirse es adiós.
"Nos peléabamos con el amor igual que nos peléabamos el uno con el otro, pero ¿a qué precio?". Pelearse con el amor, pelearse por no poder entender por qué uno no es capaz de amar más allá del deseo. Pelearse e indignarse con la idea de que el amor, a pesar de todo, siempre vencerá al deseo. "No podía deshacerlo ni arrancármelo, aunque, a fuerza de espantarlo como a un insecto que no conseguía matar, podía lastimarlo y dañarlo hasta que se pudriera lo que fuera que había entre nosotros". La indecisión, la inseguridad, el constante caminar por el borde de un acantilado cuyo fondo es invisible pero dolorosamente predecible. La idea de perderla, de perder el concepto de ellos juntos, del miedo de no poder encontrar, en cualquier otro rincón del mundo, algo similar, o algo que siquiera sea capaz de despertar lo que por tanto tiempo permaneció dormido.
"Nada lo mataba, pero ¿estuvo vivo alguna vez? Y si lo observabas más de cerca, ¿era amor, siquiera? Y si no era amor, ¿qué era? Un amor estropeado, maltratado, marchito, malgastado, que temblaba en un frío callejón como una mascota herida que ha perdido a su dueño y ha sobrevivido a duras penas a una pelea contra un perro malo; ¿era amor de verdad? Sin corazón, sin bondad, sin caridad, sin amor, incluso. Nuestro amor era como agua estancada tras esclusas cerradas. Nada vivía en él". Es desgarradora la combinación de palabras que componen esta cita. Son incluso desgarradores los adjetivos que utiliza Aciman si los tomamos fuera de contexto, como si hubiera agarrado un diccionario y se hubiera encargado de buscar las palabras más filosas de la lengua para mezclarlas, minuciosamente, en una oración tan tóxica que, para algunos interiores débiles, podría ser hasta mortal. Ni hablar de las analogías; estas frases cortas que comparan al amor con un perro herido y perdido en una noche fría y que son capaces de erizarte la piel. Amor que se puede comparar con el agua estancada tras esclusas cerradas: de colores rancios, de aromas pútridos, inmóvil y carente de vida. Lo que más me gusta de Aciman es que te pone el dedo en la llaga sin que te des cuenta. Te agarra del cuello por atrás y te asfixia de a poco; cuando lo notaste ya es muy tarde, estás leyendo la cita una y otra vez mientras te preguntas por qué son esas y no las escrituras carismáticas y felices las que te agitan el corazón.
No voy a decir qué sucede al final de esta parte. Como ya les mencioné, no pretendo dar spoilers de nada. Está en ustedes si quieren volverse locos leyendo esta maravilla. Solo les diré que el pasado y el presente de Paul se unen, congenian, interactúan en una extraña y sutil concordancia que, como suponen, no tardará en volver a desquiciarlo.
Y si bien marqué muchísimas citas en esta parte porque, a pesar de que mi favorita fue la segunda, ésta fue la que mayores reflexiones filosóficas tocó, voy a quedarme con una a la que le resalté varias palabras y la que supongo que explica, con mucha claridad, el concepto de la relación entre Chloe y Paul. "El pasado es un país extranjero, pero algunos somos ciudadanos de pleno derecho, otros turistas ocasionales y otro la población flotante que está ansiosa por irse y que, sin embargo siempre anhela volver. Hay una vida que ocurre en el tiempo normal y otra que estalla de pronto y se apaga igual de rápido. Y luego está la vida que tal vez no consigamos nunca pero que podría llegar a ser nuestra fácilmente, solo con que supiéramos donde buscarla. No tiene por qué suceder en este planeta, pero es tan real como la que vivimos. Llamémosla "vida estelar"".
El aterrizaje: Abingdon Square.
"Queridísimo", repite una y otra vez Paul. "Queridísmo", porque esa era su forma de evocar los recuerdos, porque así lo llamaba en los miles de correos electrónicos que intercambiaban. No "querido", ni siquiera "estimado", mucho menos "Paul", solo "queridísimo".
Así comienza la última parte de la cual, voy a ser totalmente sincera, esperaba una especie de golpe espiritual que me convirtiera en una persona creyente. Sin embargo, tal evento no aconteció. Pertenezco a la religión de André Aciman por todo lo que sucedió en este libro y por todo lo que sucede en los demás, pero no por este final específicamente. Y no, gente, no voy a decir por qué. Me salteé escenas muy importantes para conservar la mística literaria, por lo tanto, no voy a revelar lo que supone esta parte teniendo en cuenta de que se trata de la última. Estoy tranquila. Pero, si llegaron hasta acá y no se despertaron en ustedes unas ganas desenfrenadas de ir a la librería de la esquina y comprarse este libro para desvelarse leyéndolo entonces hice algo malo, muy malo con todo esto.
Esta parte refuerza con énfasis aquello de lo que hablamos al principio; las ínfimas probabilidades que se pierden en la nada misma, la cobardía interior, los quizás perpetuos que se esfuman para dejarnos temblando de mente. La simple idea de intentar algo que, para nosotros, sabe a desconfianza, supone un esfuerzo terrible, e incluso mortal a sabiendas de que la mera imaginación de los hechos ya nos diera la fuerza suficiente para mover montañas. "La valentía, decía, proviene de lo que deseamos, por eso vamos a por ello; el escepticismo sale del precio que pagaremos, por eso fracasamos".
No marqué demasiado en esta parte. Es una parte corta; todo lo que Paul quiso decirnos (y todo lo que Aciman intentó transmitir) ya fue repasado una y otra vez a lo largo de las 314 páginas que incluye esta fantástica novela. Recuerdo que tuve el placer de leerla en el verano de 2022; tenía mucho tiempo libre y muchas dudas en la cabeza. Cuando llegué al final me indigné. Tuve que leerlo varias veces para sacarme la amargura de la cabeza. Cada vez que la terminaba pensaba que era una manera bastante irónica de terminar un libro lleno de fantasía, pasión, deseo y aventura. Sin embargo, con el tiempo entendí lo que supone: la realidad. La realidad que nos ancla a la tierra cuando volamos muy alto, tan alto que nos falta el aire, la realidad que nos escupe de la burbuja de ilusión cuando las expectativas son tan altas que podrían, incluso, dañarnos. Amé Variaciones Enigma porque es un libro que cumple con lo que promete. Como dice The Guardian en su reseña. "Esta es una novela que le hace caso a su título: variaciones sobre un tema que equivalen a un enigma". Es una novela que nos conduce a través de las transformaciones que suponen las tomas de decisiones; no siempre serán buenas pero, de seguro, algunas de ellas serán maravillosas.
ínfimamente infinito
Yo existo y es raro, pero me detengo a pensarlo y existo, de verdad, existo. Detrás de mi se despliegan extensos milenios que contemplaron el mundo pasar, donde otras personas como yo pensaron, quizás, en la catarata de siglos que se avecinaban y que, como yo, no verán transcurrir a causa de la infimidad de la existencia.
Yo existo. Es raro, ya lo dije. Ahora que lo pienso, la palabra infimidad e infinidad difieren en sólo una letra.
El mundo es grande, pero más inmensa y persistente es la oscuridad del universo, y yo existo. Algo negro y luminoso a la vez que me envuelve a la mañana, cuando pienso que el cielo y la tierra no son lo mismo, aunque cuando diviso el cielo inmóvil y hermoso a la tarde piense que sí lo son.
Estoy en la playa. Cuando te digo que quiero ir a la playa, no es que me interese el verano.
Es la tardecita y, como el sol se está ocultando, la gente se va porque, en general, se resiste a los decesos.
Estoy flotando de espaldas mientras dejo que las olas me rompan, saladas, en la boca entreabierta. No me molesta en absoluto; es un recordatorio más de que existo.
Y es raro. Pero me toco la piel de los brazos, erizada y húmeda, y estoy todavía más viva que hace un rato.
Al final del día la arena queda pisoteada, la melodía tenue de una cumbia entretiene a algunos borrachos en algún parador, las aguavivas quedan aplastadas y rendidas al filo del agua salada, entre la vida y la muerte. Me gusta la playa cuando está vacía porque nada se interpone entre el final del mar y yo.
Yo existo. Es raro, sí, pero es más raro que el sol que muere en la playa en una tarde de verano sea el mismo que presenciaron extensos milenios que se cansaron de contemplar el mundo pasar. Y es raro, pero será el mismo sol el que muera, una y otra vez, cuando los nombres de todos hayan sido olvidados. Infimidad e infinidad difieren en una sola letra y es raro, también, que difieran en algunas otras al nombre que me dieron al nacer.
Mientras más pienso en ello creo que quizás aquel final no es más que una ilusión óptica que en realidad está mareándome, confundiéndome.
Yo existo. Lo sé. Lo pienso. Floto de espaldas en el mar, el agua salada me entra en la boca y me toco la piel erizada de los brazos.
Cuando te digo que quiero ir a la playa quiero la sal secándome la boca, el sol muriendo y el final del mar. Quiero recordar por qué infimidad e infinidad difieren en una sola letra.
Millie Amber
Mi amiga, yo
La pantalla siempre fue una ventana para nosotras, ¿por qué se te ocurriría cerrarla ahora? Me pregunta mi amiga. Nos encontramos después de mucho, es raro verle la cara. Hace doce años que nos conocemos gracias al predominio de las palabras. Nos encontramos solo tres veces. Feliz era un término ambiguo. Si hubiera tenido que describir en una palabra cómo me había sentido durante los últimos cinco días, hubiera tenido que inventarla. La ventana está abierta hace mucho, pero no lo estuvo siempre. Abierta de par en par, sin cortinas, sin postigos. Nada queda excento de pasar por ella. La pantalla es una ventana sin vidrios de la cual me cuelgo cuando la soledad adentro es grande y el mundo, afuera, muy chico. Las personas del mundo chico no paran, se ausentan, te aturden, se esfuman. Aquel mundo es muy chico para alguien como yo, una persona que se cuelga de la ventana para escuchar otras voces, para colgarse de otros diálogos. Para chocar con personas de otros mundos, quizás aún más chicos, que tendrán voz para para mis oídos, que tendrán oídos para mi voz. Mi amiga me agarra la mano, la aprieta bastante fuerte. ¿Por qué?, insiste. No la miro; no es necesario. Su voz encaja en mis oídos a la perfección. Quiero inventar esa palabra que todavía no existe, que la oiga de mi voz primero, que choque y colapse todo lo que ya conocemos. Rara vez cerré la ventana. Cuando lo hice, fue tras intensos días de divagación, de considerar que ya no tenía sentído vivir en la fantasía, de pelear contra la conciencia, de vanos esfuerzos por entrometerme en el mundo chico, de encontrar un lugar vacío para que pudiera caber en él. Y lo que siguió no fue esperanzador. Nostalgia por la incertidumbre de los descubrimientos que entonces ya no sucederían porque se habían deshecho en la nada, la pérdida progresiva de la luz que entraba por la ventana y el escalonado extravío de una misma. La pantalla es una ventana de la cual me cuelgo para ver otras ventanas. Ventanas que están abiertas de par en par o que se cierran y se abren permanentemente como, durante un tiempo, hizo la mía. Ventanas como la de mi amiga. Ventanas desde la cual voces desconocidas gritan en letras mayúsculas palabras que esperan chocar con otras palabras y permanecer, por ejemplo, doce años, o veinte, o un minuto. Insensato, fantasioso, disparatado e incluso tonto. Los gritos que provienen del mundo chico son tan desalentadores como motivadores para no cerrarla ya nunca. Mi amiga sabe que no voy a cerrarla ya nunca. Colgada de ella me encuentro, escucho el encajar de las voces, me topo de frente con todas mis razones para seguir soñando. A veces me cuelgo de solo la punta de un dedo, a veces con la fuerza de todo el brazo. A veces puedo más, a veces me puede todo. Pero pasó tanto tiempo y tuve tantas vistas que he llegado a pensar que lo que veo cuando me asomo es incluso mejor que el cielo.
Crecer y no olvidar
“En esa época, cuando todavía era un chico, lo que más me aterraba de volverme adulto era olvidar. Había visto a varios adultos deambular como máquinas programadas, dejarse consumir por el trabajo como mi papá, o por la nada –o quizás el todo- como mi mamá. Los había visto en algunos profesores, en el cajero del supermercado de la vuelta, en Jesús, el naranjita; pierden la cabeza, se olvidan de sí, son momias. ¿Qué fue de vos? ¿Qué te diría tu adolescente fluorescente si te lo chocaras de frente? Y miren que mi vida en ese entonces era la mierda misma, pero así y todo no quería dejar atrás aquellos años, mucho menos cuando, en una conversación casual, alguien mencionaba que los siguientes son peores. Acurrucado en la cama, con el peso encima de una enfermedad que no vacila. Así y todo, me daba miedo olvidar de dónde venía, perder el norte, caminar hasta donde no quería. Llegar a viejo para darme cuenta de que la vida me llevó por delante y de que no llevé la vida que quería.
Quiero cambiar todo y no quiero cambiar nada, me decía. Hablarle al yo de ayer cuando todavía no es tarde. Pedirle que se quede tranquilo, decirle que nada es tan grave. ¿Qué es más importante que el punto de partida? No encontraba respuestas. Mi pasado pisado me dejó una huella que no me define pero que sí me determina, eso lo tenía claro. El rumbo, de una forma u otra, ya está marcado. Posiblemente no me guste demasiado, pero es mi deber no perderlo de vista”.
MATAR AL SOL
Es como hablarle a una pared, pero la pared te sonríe y, a pesar de todo, la querés. ¿Qué le voy a decir? No es su culpa no estar en mi franja y, a veces pienso, qué suerte que no estamos en la misma.
Mi franja es fina, camino sobre ella y me balanceo como puedo. En cualquier momento me voy a caer, ya sé, y me estoy preparando. El precipicio es infinito, el vacío es eterno. Lo conozco, me conoce; nos acercamos y nos alejamos constantemente. Nos miramos desde hace mucho, necesitamos tenernos en cuenta el uno al otro.
El otro día terminé un libro que no conoce nadie. Una frase pretenciosa siempre se me clava en la cabeza como una flecha. Siempre digo que la literatura es la cuarta pata de mi vida: Me sosteniene y me cambia la vida cada vez que termino un libro, y cuando empiezo otro, me entusiasma saber que el ciclo del cambio vuelve a empezar.
Despues salgo a la calle y los edificios siguen en pie, los supermercados abiertos, la gente enloquecida.
No entiendo cómo es posible que el mundo siga igual. Me da impotencia no saber por qué.
El mundo real no me gusta demasiado. Un grillo siempre canta en mi ventana. Una vez que lo escucho, no se calla más. Me pongo algodones en los oídos.
Lo que pasa con este mundo es que se siente aún más real, de noche, a la madrugada bien tarde, cuando la gente loca se duerme y los enfermos de nostalgia inventamos los sueños. Rara vez se me cumplió un sueño, pero me gusta crearlos, moldearlos, teñirlo de emociones, imaginar mis reacciones.
En mis cumpleaños nunca recibo regalos que me gusten. A veces pienso que es porque nadie me conoce. Pero tampoco me importa porque hasta ahí nomás me conozco yo misma. La gente me dice que siempre hablo de lo mismo. La gente no se cruza de franjas, pero nadie anda en la nada misma.
Una de mis canciones favoritas tiene una outro hermosa. Cada vez que la escucho se siente como asomar la cabeza por la ventana, cuando el auto anda fuerte en la ruta, mientras el aire te pega con fuerza en los ojos cerrados y el sol anaranjado de ese día se muere en el horizonte, allá bien lejos, donde no voy a ir nunca.
No me pone triste que el sol se muera. Los sueños nacen en los atardeceres.
Es lo que hay, trato de pensar, es lo que tengo. Mi franja es rara, distante, difícil de tratar. Lo sé y estoy tranquila. Cuando me entra la desesperación pienso que siempre fui la mejor acróbata de esta cuerda floja.
Recuerdos
Me voy y vuelvo a este lugar porque recordar es difícil, no porque me cueste rememorar los momentos; esa es la parte más sencilla. Recordar lastima cuando el final ya no es incierto. Recordar días lejanos que también están alejados de sentirse como una caricia mental. ¿Por qué lo hago?, me pregunto entonces, cuando intento dormir. ¿Por qué no sigo adelante, por qué me sostengo de un hilo de recuerdos que clama piedad a medida que lo aprieto? Recuerdo el nombre de alguien que ya no conozco, sobrevivo a base de verdades que quizás siempre fueron mentira. Escribir sobre uno mismo requiere pensar, escarbar en la memoria, torturarse a veces, arrepentirse de lo que uno se prometió, de lo que uno no hizo, darse cuenta de cosas antiguamente imperceptibles pero actualmente obvias, visibles, decirse a uno mismo que ya no hay nada por hacer, que el pasado no se pisa porque la historia es eterna.
Edwin Smith. Amongst the Daisies, circa 1939.