Cuando tenía 5 años, le dije a mi mamá que me gustaban otros niños. Lo
hice desde la inocencia, desde esa misma inocencia que te dice que el
amor está en lo que puedes sentir y no en los cuerpos ni las formas ni
los géneros. Yo estaba listo sin saberlo, lo sentía. Pero hay quienes
tardan más. Cuando obligamos a alguien a salir del clóset le estamos
violentando, le empujamos a correr sin que sus pies estén listos para
hacerlo, a aceptar algo con lo que aún no puede lidiar. Aunque no
podamos entender sus razones para ocultarse, algo ocurre. Quizá algún
día para esa u otra persona será más fácil salir a la luz que quedarse
escondido. Nadie es más o menos por decirlo o no. Cada proceso es
distinto, cada historia es distinta, y muchas veces todos vivimos de
la única manera en que podemos. Salir del clóset seguirá siendo
necesario mientras lastimen personas por motivos de su identidad
sexual, mientras maten a alguien porque era trans, cuando llamen
indefinido a un bisexual o despidan a alguien por ser gay o lesbiana,
mientras los derechos sigan dependiendo de si eres heterosexual o no.
Pero incluso hay quienes no se privan de sus vidas y emociones, sin
tener que hacer una declaración, esos también son libres, a su modo,
pues la libertad no es una sola, y quizá aún estamos aprendiendo qué
significa ser libres. Algo tenemos en común, y es el miedo, el miedo a
que todo cambie, a que una sola de tus muchas partes te defina y se
quede tatuada en la frente. Pero ése es un miedo que quizás no nos
pertenece, es un miedo que alguien más nos enseñó, ése miedo lo
vencemos cuando entendemos que en cada proceso, de cada historia, de
cada persona ser lo más parecido a lo que soñamos depende de nosotros
mismos.
A los que aún no pueden decirlo, a los que el miedo les pone la voz
chiquita, les digo: Tómense su tiempo, somos una gran familia y…
¡Los estamos esperando!