Y ahí estaba de pequeña sentada en ese trono formado por dos ramas gruesas de ese gran árbol de pera. Podían pasar las horas pero el tiempo no existía para ella. Ese era su mundo, su espacio favorito del que se sustraía de toda la vida de la ciudad. Un libro, una revista, o simplemente para respirar al unísono con su árbol bastaban y ella sentía que ese lugar había sido creado para ella. Mientras tanto, su familia desesperada pensaba se escapaba a jugar a la calle y mientras ella observaba de lejos mucho movimiento, hasta que después de horas gritaban su nombre y ella respondía: -¡Aquí, aquí!- aclarada la emergencia caía la noche y ella permanecía en las alturas, nunca se aburría ni cansaba, le bastaba con mirar el aire jugando con las hojas, con las ramas, con las peras que pendían aún verdes. Ella se imaginaba a sí misma cerrando los ojos mientras el aire acariciaba sus castaños rizos. Extendía los brazos y sentía el viento envolviéndola, el viento le tomaba de las manos y la hacía girar al ritmo de un vals que solo ella podía percibir. El sonido de las hojas acariciadas por lo invisible y sutil recorría centímetro a centímetro cada espacio de ese mágico árbol.
La escuela terminaba, la comida servida en la mesa era devorada como si fuera mero requisito, ansiosa corría al terminar, a reunirse con su árbol, situado al lado izquierdo de su casa, en una fracción de terreno bordeada de una cerca improvisada con madera, su árbol se encontraba casi al frente pero pegado a la pared de la casa contigua. Tenía que correr a toda prisa pues a veces las gallinas asustadas cacareando de miedo hacían que un pequeño gallo corriera hacia ella como defendiendo un posible ataque de cualquier intruso. Le gustaba retarlo, a veces corría directamente hacia el mientras el pobre gallo asustado retrocedía esponjado hacia el extremo opuesto al árbol de pera. Pero sin tener nada personal contra el emplumado de color negro, le gustaba correr en círculos entre los demás ciruelos y duraznos. Se mantenía siempre al pendiente de ver si las gallinas ponían huevos, lo que hacían en un cobertizo situado hasta el fondo del terreno, lo cual era toda una aventura pues ahí no solo el gallo estaba al acecho sino todas las demás gallinas que se sentían invadidas. Después de rato de curiosear era hora de ir al encuentro con la magia. Esta vez era piloto de una nave espacial, se acomodaba en sus asiento y daba órdenes a la tripulación para alistarse para despegar, cerraba los ojos y era el viento el que propulsaba a la maravillosa nave, el aire mecía las ramas desde la parte más alta hasta donde se encontraba ella. Imaginaba que podía tocar las nubes. Es más, un día se atrevió a posarse en una, donde todos bajaron para mirar su mundo, su universo cercado de madera, donde imaginaba a sus gallinas y su gallo mal encarado, podía ver las láminas de cobertizo e imaginaba el nido con los huevos que ponían las que cacareaban. Podía ver de cerca las ciruelas y a veces se atrevía a arrancarlas con sus propias manos, cuando esto ocurría, regresaba a tierra firme llena de regalos, dulces y jugosos regalos.
Al extremo lateral del terreno cercado se erigía una enorme casa de dos pisos, sin ninguna ventana hacía el terreno, simplemente era un enorme pared blanca que se extendía más allá de dos pisos de altura. Justo antes de la imponente pared de la casa, el terreno se encontraba bardeado con un muro también blanco de aproximadamente dos metros de altura, el cual se encontraba rematado con ladrillos rojos colocados de manera perpendicular los cuales creaban un pasillo de unos 25 centímetros de ancho a lo largo del terreno. 25 centímetros que en la imaginación de la pequeña era un ancho camino que debía recorrerse. Trepando desde su árbol podía acceder fácilmente al pasillo de ladrillos, pero no le bastaba comenzar desde ahí, recorría los cerca de siete metros que separaban el árbol del frente del terreno, lo cual aprovechaba del todo para echar un vistazo a la calle, la cual era una cerrada y donde nunca ocurría nada interesante, aún así, se asomaba y algunas veces trataba de imaginar caminar por el borde de la pared del frente, pero esta idea era desechada cuando también se imaginaba que alguien la descubriera ahí arriba, caminando como gato sigiloso sobre la barda. Y así pasado rato, le venía a la mente la razón por la que se encontraba ahí trepada. Daba media vuelta y paso a paso comenzaba la aventura. Por alguna extraña razón que ella desconocía, algo le impedía pisar más de una línea de separación formada por los extremos de cada ladrillo, y así como si fuera una fórmula matemática, colocaba su pie justo en medio de dos ladrillos, paso a paso, uno tras otro, sin saltarse ninguno, un paso perfecto, para líneas perfectas. 30 metros separaban la pared del frente de la del fondo, al llegar le fascinaba esa curva generada por dos ladrillos colocados en diagonal justo en el rincón del terreno. Se preguntaba si ahí habían comenzado a colocar los ladrillos para terminar justo en el frente de manera perfecta o habían sido colocados primero los del frente. Imaginaba a los constructores contando con la palma de la mano los ladrillos que cabrían a lo largo del muro. Una vez superada la curva, que más bien era un ángulo recto casi perfecto, unos cuatro metros bastaban para alcanzar el techo del cobertizo, el cual estaba coronado con láminas plateadas que sobresalían unos 20 centímetros del pasillo de ladrillos, al llegar ahí algo le hacía primer probar con un pié si el techo que se extendía hasta la pared aguantaría su peso, un pie a la vez, luego otro, trataba de no tropezar entre los ondulados canales de las láminas, también trataba de evitar los tornillos que sobresalían, imaginaba que eran los detonadores de un campo minado, y que esta misión tenía que ser concluída sin ningún rasguño. Le gustaba pararse justo en medio del techo y algo le decía “¿Y si caminas hacia el frente del cobertizo?” y seguido se imaginaba cayendo dentro del cobertizo con su amigo gallo como testigo, era algo que no se podía permitir. Ese gallo no le iba a ganar una de tantas. A veces, cuando el gallo la miraba, creía que podía ver en los ojos del pobre gallo esa mirada de quien espera a la defensiva ser molestado. Mezcla entre miedo y hoy no me dejaré, lo cual a veces, casi a veces ella se prometía no molestar al gallo. Pero era inevitable, ese gallo era tan molestable y ella no soportaba la arrogancia con que recorría su terreno, y peor aún si osaba acercarse a su árbol, el árbol que ella solo quería para ella y no pensaba compartir con nadie y mucho menos con el flemático gallo.
De nuevo el sol se escondía y el camino de regreso al árbol parecía mucho más lejano que lo que ya había recorrido, no quedaba otra que caminar hacia la cerca cercana al cobertizo y terminar la aventura del día bajando a través de las maderas secas y empolvadas. Un día más había terminado.