No es grande, ni rara, es tierna —rió por lo bajo, dando un suave toque en la nariz contraria. Todo en Wyatt era hermoso, desde su físico hasta su personalidad, y aún no lograba entender cómo era que el mismo chico no lo veía. Tan pronto se dio cuenta que estaban más que cerca de su casa, suspiró de puro alivio, ya que podía apostar a que se caería de un momento a otro. No estaba demasiado ebrio, pero el equilibrio era algo que siempre perdía al beber—. No, creo que no se puede —murmuró, divertido. En cuanto su chico comenzó a besarle el cuello, profirió un sonoro jadeo, regresando a su vez el calor que había abandonado su cuerpo durante el trayecto. Adentrándose a la estancia, cerró la puerta tras él, todo sin alejarse ni un centímetro del castaño—. Sí, estamos sólo tú y yo, cariño —susurró sobre los labios ajenos y, sin más preámbulos, los unió con los propios, iniciando un beso ansioso.
Una sonrisa se apoderó de los labios de Wyatt cuando su novio confirmó que estaban solos. --Adoro que me digas cariño--. Susurró y, sin perder un solo segundo, correspondió a su beso con la misma ansia, atrapando los labios del chico con un deseo que nunca antes había sentido; quizá incrementado por el alcohol que todavía recorría todo su sistema. De forma apresurada, bajó la cremallera del abrigo de Mickey y se lo quitó, dejándolo caer al suelo. Poco después hizo lo mismo con el suyo y volvió a pegarse a él, no queriendo un solo milímetro de separación entre ambos cuerpos. Sonrió contra su boca antes de separarse unos segundos, y le miró a los ojos. --¿Entonces vamos a darnos esa ducha o no?--. Preguntó, alentándole a que fuera él quien le guiara donde quisiera, ya fuese el baño o el dormitorio. Aún tenían que hacer algo con lo que habían comenzado en la playa.














