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Maybe you are so focused on how everyone else perceives you that you no longer know who you are. And that's too bad, because if you could only see what I see...
“We’re like parallel lines: always close - never together.”
Departamento de Daniel.
Seal Beach, California. Miércoles por la noche.
Desde hace días que las cosas entre ella y Daniel se habían puesto algo extrañas. No iba a negarlo. Y eso lo sabía muy bien ya que desde el baile, Aylee trataba de evitar a Daniel a toda costa fingiendo estar ocupada y soltando puras excusas baratas. Pero Kim tenía tazón, muy a pesar de que ella quesera negarlo las cosas estaban cambiando entre ellos porque la castaña le estaba dando demasiada importancia es por eso que sin pensárselo dos veces y sin siquiera avisarle a Daniel, salió rumbo al departamento de su amigo.
Aylee quiso avisarle a Daniel que iba de camino para allá por un mensaje de texto. Sin embargo, no lo hizo ya que si le avisaba que iba en camino, tal vez ella perdería el valor de ir a haber con él y regresar justo por donde iba.
“Tengo que hacerlo, tengo que hablar con Daniel; es mi mejor amigo y no puedo evitarlo para toda la vida”. Eso era lo que Aylee se repetía un y otra vez de camino para no acobardarse y salir corriendo y aun así, lo hizo ya que cuando estuvo a unas cuantas cuadras de llegar al departamento de su amigo se quedó parada, tiesa cual piedra. ¿Qué iba a decirle? ¿Cómo iba a comenzar a hablarle? Esas eran sus preguntas mientras se queda ahí parada. Y como si ya su día no fuera bastante malo, el cielo comenzó a nublarse para segundos más tarde, soltarse a llover fuertemente.
“Genial, lo que me faltaba que lloviera”, pensó para sus adentros mientras comenzaba a acelerar el paso para evitar mojarse más de lo que ya se estaba mojando pero antes de detenerse frente a los edificios donde vivía Daniel, se quedó ahí parada bajo la lluvia dejando que esta terminara de mojarla por completo y siéntenlo como las frías gotas le mojaban el rostro. Tenía que dejar de hacer tiempo y tocar la puerta.
Y ahí estaba Aylee Young parada frente a la puerta de Daniel; empapada y sin poder tocar la puerta. Era seguro que iba a pescar una neumonía. Pero finamente, y luego de darle vueltas al asunto, la castaña que en esos momentos estaba temblando debido a su ripa mojada toco le timbre del departamento de Daniel esperando que él estuviera ahí dentro y que el hecho de que se hubiera mojado no fuera en vano.
No. No, no, no. NO. Los dragones estaban llegando. —Vamos, Tiro al Blanco, tú puedes —susurró al oído de su caballo, dándole un par de palmaditas en el lomo para que se apresurara a tomar velocidad y poder así saltar el enorme abismo que los separaba de La Ciudad de la Luz. Sí, Tiro al Blanco, como el corcel de Toy Story 2, ese que era tan adorable y cómico a ojos de Daniel. La brecha se acercaba, los dragones les pisaban los talones y el animal estaba cada vez más cansado. “Menudo rollo”, pensó el joven Holmes mientras se acomodaba el sombrero de vaquero que llevaba sobre su cabeza “Si fueras Spirit, no estaríamos metidos en este problema”. Justo cuando Tiro al Blanco efectuó su brillante salto, un extraño sonido llegó a sus oídos. Pero no fue el dragón que los perseguía echándoles fuego encima, sino algo mucho más raro. Antes de que pudiera hacer algo para evitar el aparente problema que requería de su atención, sus ojos se abrieron con pesadez. Daniel se desperezó, intentando recordar lo último en lo que había soñado, pero terminó por ponerse de pie al no tener éxito. Caminó con parsimonia hasta la puerta de entrada de su departamento, ya que, después de todo, acababa de despertarse de una de esas siestas que no deberían acabar nunca, y se frotó los ojos varias veces antes de recibir a la muchacha que lo esperaba al otro lado. Ni siquiera se le pasó por la cabeza arreglarse el pelo que llevaba revuelto o cambiarse la remera de Homero Simpson que llevaba puesta, sino que se limitó a bostezar con tranquilidad antes de reponer: —Tú definitivamente no eres un dragón. —Rió, disfrutando de su chiste personal. Se hizo a un lado, permitiéndole a Aylee pasar mientras se frotaba los ojos con cansancio—. Hola —la saludó con voz ronca.
Mentalmente, Aylee ya tenía un discurso preparado de todo lo que iba a decirle a Daniel; no en vano había perdido tanto tiempo en llegar hasta donde vivía su amigo. Pero todo eso se arruino en cuanto le abrió la puerta y lo vio. Era como si todo lo que tenía para decir se hubiera esfumado y se hubiera perdido en algún lugar recóndito de su mete pero ya no importaba, ya estaba ahí y tenía que actuar con toda naturalidad; no había marcha atrás.
—No, la última vez que revise no tenía cola ni salía fuego de mi boca — respondió, algo sorprendida levantando una ceja por encima de la otra pero al juzgar por el comentario del chico y su apariencia, tenía cara de que recién ella lo había hecho despertar de una siesta —. No quise interrumpir pero recordé que tenía tu suéter y decidí traértelo… y bueno la lluvia me tomó por sorpresa.
Cuando terminó de hablar y una vez que entró al departamento de Daniel se dio cuenta de que estaba soltando una sarta de excusas para justificar la razón de su visita. Ella nunca ponía excusas, simplemente se aparecía y ya… en definitiva tenía que comenzar a actuar más normal.
—¿Qué vas a dejar que me muerda de hipotermia o me vas a prestar algo para secarme? — preguntó la castaña mientras se sacudía el exceso de agua que traía consigo como si fuera un perro que acababa de recibir un buen baño. Al momento de sacudirse unas gotas cayeron sobre el chico haciendo que este despertara un poco más deprisa.
Los ojos de Daniel se abrieron un poco más de la medida, y dio un paso hacia atrás para alejarse de Aylee y la lluvia que ésta traía consigo.
—Bueno, ¿ves aquella puerta tan bonita que se encuentra a tu derecha? —le preguntó, indicando con el dedo índice el lugar al que se refería. Sabía muy bien que la joven Young conocía su departamento de memoria, pues era consciente de lo que venía a continuación; pero no por ello calló—. Pues te presento a mi baño. Ahí tienes todas las toallas que necesitas.
Y, sin más, se giró sobre sus talones y caminó hasta su cama. Estuvo a punto de tirarse encima de ésta y continuar durmiendo hasta que se le terminara la vida, pero finalmente decidió que no podía dejar a su mejor amiga sin atender, por lo que, en lugar de ello, se dirigió hacia la cocina para poner a calentar la cafetera.
—Déjame adivinar, te sentías aburrida en casa —bromeó, aunque estaba seguro de que no se trataba de eso en lo absoluto. ¿Por qué otra razón Aylee habría abandonado su hogar para ir a verlo en un día tan horrible como ese? Y el suéter no era excusa suficiente.
La castaña puso los ojos en blanco tras escuchar el comentario irónico de Daniel con respecto a la ubicación de su baño y su enfurruñamiento aumentó cuando vio como se daba la media vuelta en dirección a su habitación. —Gracias, tu siempre tan hospitalario — ironizó a medida que caminaba al baño dejando a su paso pequeños charcos de agua debido a que su calzado igual estaba mojado.
Una vez adentro del baño, se desprendió de toda la ropa mojada colgándola dentro de la bañera para que se escurriera y tomó dos toallas; una para secarse el exceso de agua que había en su cabello y otra para envolver su pequeño cuerpo en ella. Con lo único que contaba debajo de esa toalla era su ropa interior que gracias a dios no estaba tan húmeda.
“Dios por favor dame paciencia que si me das fuerza lo mato”, pensó Aylee antes de salir del baño aun envuelta en aquella toalla.
—Siempre me aburro en mi casa, pené que a estas alturas ya lo sabrías — respondió, tan tranquila como siempre mientras caminaba a la habitación de Daniel para tomar una playera del chico y ponérsela. Y aunque su amigo fuera más alto que ella, la playera solo alcanzaba a cubrirle la mitad de sus muslos —. Pero no pensé que fuera a llover cuando salí de casa — dijo, caminando a la cocina terminado de secarse el cabello.
Luego de que Aylee apareciera en aquella habitación, Daniel se le quedó mirando por un segundo, pero rápidamente se obligó a sí mismo a seguir con su labor y sacó un par de tazas de la alacena. Había visto a su mejor amiga de todas las formas habidas y por haber: en ropa interior, con largos sacos y cazadoras, cubierta de los pies a la cabeza y hasta en camisón. Entonces, ¿por qué le resultaba tan extraño tenerla ahí de esa manera?
—¿Alguno de tus hermanos estaba siendo un pesado? —quiso saber. Aún no terminaba de entender por qué era que la joven Young continuaba sintiéndose incómoda en su propio hogar, cuando su familia siempre le había resultado de lo más agradable. Ahora, convivir con Liam… eso sí era complicado. Su padre y él se entendían, pero de tanto en tanto el primero tenía uno de esos días en los que daban ganas de partirle algo por la cabeza.
Cuando la luz roja de la cafetera se apagó, el castaño volcó su contenido en el interior de las tazas y las dejó sobre la pequeña isla que ocupaba la cocina.
—Ahí tienes. Para calentarte el cuerpo y el corazón —bromeó, sonriendo de medio lado.
—Gracias — dijo, tomando la taza caliente entre sus manos sentándose en una de la sillas de la cocina—. No, todo esta bien en casa — dijo para después agregar—: Luka sigue siendo Luka entra y sale de la casa a la hora que quiere y llega cuando quiere; los demás trabando para variar.
El tono de la castaña era neutro, siempre era así cuando hablaba sobre su familia y no era que no los quisiera. Tenía a los padres más amorosos del mundo sin mencionar a sus hermanos pero siempre sintió que el trato que tenían con ella era diferente y eso lo atribuía a dos cosas. La primera, por el hecho de que era la más joven de la familia pero vamos que eso no podía ser del todo cierto; la segunda, era por como las cosas se habían dado con respecto a su adopción. Pero ese era un tema del que ni él mismo Daniel estaba enterado realmente no sabía si su familia estaba al tanto de lo que ella sentía. Porque así era ella, se guardaba todo para sí y eso no podía ser bueno.
Pero no había ido a verlo para hablar sobre el origen de sus raíces.
—Vine porque hace días que no se nada de ti y quería comprobar que siguiera vivo — dijo recuperando su habitual tono de voz burlón y sarcástico—. ¿Y que necesito de una razón para venir a ver a mi amigo? — preguntó, encogiendo sus piernas sobre la silla sin percatarse de que la playera de Daniel había cumplido su función de cubrirla pero le restó importancia al asunto.
—Ah, eso —repuso Daniel, y su rostro adoptó una expresión extraña, como si acabara de recordar algo importante. Sin embargo, cualquiera fuera aquel pensamiento no resultó suficiente para impedirle que bebiera un par de sorbos de su café.
Ahora un poco más despierto a causa de los químicos que llevaba encima, el joven Holmes dejó su taza encima de la isla una vez más antes de apoyar sus codos sobre ésta, ubicándose así frente a Aylee.
—Estaba seguro de que me dirías que me he convertido en un fantasma —bromeó—, pero a que no adivinas qué.
Le dio a la castaña un par de segundos pero, finalmente, víctima de la impaciencia y la hiperactividad que lo definían, sonrió de oreja a oreja antes de reponer:
—He conseguido un trabajo. —Estaba orgulloso de sí mismo, y eso no tardó en mostrarse—. Sí, un trabajo como dios manda, en una empresa llena de malditos cerebros arquitectos —aclaró, y sus ojos brillaron de emoción mientras proseguía—. Sabes que no soy muy fanático de la idea de trabajar, pero es lo que he estado esperando toda la vida, y uno de los socios ha dicho que ve futuro en mí…
No significaba que fuera a dejar la universidad, claro. Presentía que su padre lo asesinaría si se dignaba siquiera a mencionar aquello como opción luego de lo mucho que le había costado pagar sus estudios todos esos años.
—Y en fin, es por eso que he estado desparecido —concluyó, volviendo a apoderarse de su taza de café para alzarla un poco a medida que decía—: Esta va por todos los esfuerzos que al fin dan fruto, salud.
Una gran tristeza se instaló en el pecho de la castaña. Y no era porque no se alegrara por su amigo, todo lo contrario estaba más que feliz por las excelentes noticias que le estaba comunicando. Su tristeza se debía a que no se lo había dicho antes como muchas otras buenas noticas que se contaban el uno al otro justo en momento en que sucedían. ¿Tan mal estaban las cosas entre ellos?
Quería creer que no era así.
—Pues sí eres un fantasma — dijo, tragándose esa tristeza para adoptar la mejor sonrisa que podía poner y felicitar a su amigo como Dios mandaba—. Me alegro mucho por ti, nadie creería que Daniel Holmes finalmente comienza a sentar cabeza.
Aylee se paró de su lugar para rodear la mesa que los separaba y abrazar a su amigo con toda la efusividad que su carácter le permitía. Porque vamos que Aylee se alegraba pero tampoco era de esas personas que daban saltitos de alegría.
—Espero que ahora que tu agenda esta más ocupada no te olvides de los simples mortales desempleado como yo — se burló, separándose de aquel abrazo para esta vez mirarlo a los ojos y dedicarle una tímida sonrisa—. Aunque también vine para hablar de otra cosa.
La joven Young soltó con decisión pero bajo la mirada al suelo para que Daniel no pudiera percibir el miedo que había que reflejaban sus ojos.
El muchacho sonrió cuando ella lo abrazó. Pocas veces se sentía tan a gusto como cuando estaba junto a Aylee, y no dejaba de recordárselo; después de todo, no por nada era su mejor amiga.
—¿Quién lo hubiera dicho, eh? —cuestionó, divertido, mientras se dedicaba a acariciar el cabello de la chica—. Puede que hasta me consiga un traje más o menos decente. No estoy muy seguro sobre ello, el tiempo lo dirá —bromeó. Ambos sabían muy bien que el joven Holmes no era precisamente uno de esos sujetos a los que les gustara mucho trabajar desde que el sol salía hasta que se ponía, y mucho menos vestirse de manera formal; pero de veras estaba alegre aquella vez, y estaba dispuesto a hacer lo que fuera posible para conservar su empleo y demostrarle a sus superiores que era mucho más aplicado y eficaz de lo que aparentaba. Evidentemente, no estaba haciendo un mal trabajo, pues sus jefes estaban maravillados, y eso no tardaba en subirle la autoestima.
Cuando oyó lo siguiente que ella decía, de inmediato arrugó el ceño y los labios.
—Hey —susurró, echando su cabeza un tanto hacia atrás para poder enfrentarla. Sus manos fueron a parar una a cada lado de su rostro, y lo alzó para buscar su mirada—. Nunca podría olvidarme de ti, por más que seas una simple mortal desempleada y una quejica —le aseguró, con una sonrisa que indicaba que eso sólo iba en chiste.
Depositó un beso sobre su frente y luego le pellizcó la nariz antes de recuperar su espacio personal.
—Pero ahora soy un chico grande, Aylee. ¿Ves que he crecido? Puede que me deje un bigote, eso me hará parecer aún más serio —repuso intentando no reír, en lo que se llevaba la mano derecha hacia debajo de la nariz y se acariciaba el lugar que ocuparía aquella supuesta porción de pelo—. Sigo pensándolo.
El contacto de los labios de Daniel sobre su frente siempre había sido un gesto que la ponía de mal humor y la hacia adoptar una postura aun más osca de lo que ya era de por si. Sin embargo, esta vez no fue así. Aquel geste le había parecido de lo más reconfortante.
Finalmente la castaña estaba dispuesta a soltar todo lo que rondaba por su mente sin embargo, cuando Daniel la tomó por el rostro para reprenderla por su comentario anterior, todo se vino abajo una vez más pero el ceño fruncido de su amigo, era un gesto de él que siempre le causaba risa.
—Ya te lo he dicho antes — se acercó a él para poner una de sus manos sobre su ceño fruncido y la otra sobre sus labios—. Si sigues arrugando así tu cara, te quedarás con ese gesto de por vida.
Aylee bajo la mano que tenía en la frente de Daniel y la bajo para ponerla en una de las comisuras de los labios de su amigo y lo mismo hizo con la otra para dibujar una gran sonrisa en el rostro de él.
—¿Lo ves? Así me gustas más — le dedicó una gran sonrisa sin alejarse de él—. Y no sé, lo de traje aun no me termina de convencer te hace ver como uno de esos muñequitos de pastel de bodas — se burló, pero no con afán de ofender a su amigo ni mucho menos—. Tal vez solo con una camisa y unos pantalones de vestir te verías bastante bien
Lo miró de pies a cabeza como si de verdad lo estuviera analizando para después agregar:
—Y olvida lo del bigote, te harás ver más viejo y aburrido — dijo tomando el dedo de Daniel que aun seguía ahí por debajo de su nariz—. Me gustas más como estas así.
Daniel arrugó el entrecejo por un momento, contemplando lo que lo que Aylee acababa dr decir, y terminó por asentir varias veces a medida que reponía:
—Ya, supongo que tienes razón en eso. —Chasqueó la lengua y suspiró, como si de veras sintiera lástima por sí mismo—. Supongo que no tengo uno de esos rostros que se ven bien con bigote. Y es que es tan extremadamente hermoso y sexy que sería un desperdicio tapar parte de él con pelo —bromeó, soltando un suspiro cual superestrella agobiada con tanta atención.
Ahora sí, hizo lo que su mejor amiga le pedía y sonrió de oreja a oreja antes de beber otro buen sorbo de su café.
—¿Y qué me cuentas tú? —inquirió finalmente, consciente de que aún no hablaban de ella—. ¿Qué es de la vida de Aylee Young?
—Cálmate tu, pobre alma torturada — se burló Aylee , poniendo lo ojos en blanco ante el dramatizo de su amigo para volver a tomar su lugar en la silla y darle un generoso trago a su café para mantenerse caliente.
Cuando Daniel le pregunto sobre que había de nuevo en su vida, la castaña se removió incómoda en su lugar. Odiaba tener que hablar sobre ella y es que a diferencia de sus hermanos, ella se sentía muy poca cosa al no estar estudiando una carrera tan prometedora.
—¿De mí? Nada interesante, lo normal. Ir a clases, saltarme algunas otras y escuchar los sermones de mis padres diciéndome que tengo que hacer algo con mi vida — dijo, restándole importancia al asunto—. Sé que nunca voy a escuchar de su boca decir que debería ser más como Logan, Alex y Dawson y menos como Luka pero sé que lo piensan.
La castaña soltó un suspiro mientas enroscaba sus piernas sobre la silla tratando de buscar el valor suficiente para hacerle frente a Daniel y extenuar lo que realmente le estaba incomodando.
—Pero la razón por la que estoy aquí es para hablar de nosotros — soltó de forma atropellada esperando cuál sería la reacción de su amigo.
Daniel la escuchaba atentamente a medida que hablaba, asintiendo de tanto en tanto en la cabeza para darle a entender que, efectivamente, estaba prestando atención. Estuvo a punto de señalar que dudaba que sus padres le dijeran cosas así, pero se contuvo. Lo cierto era que no tenía la más remota idea de qué sucedía dentro de esa casa, por lo que no podía contradecirla, por más adorable que resultara Aaliyah y genial que fuera Chris.
Estaba llegando a la mitad de su taza de café cuando escuchó aquel último comentario por parte de su mejor amiga. Casi se atragantó con su bebida, pero se las ingenió para disimularlo. Si bien las palabras de Aylee habían sonado bastante mal, decidió que no tenía que saltar a conclusiones apresuradas, por lo que se aseguró de tragar saliva e inspirar profundamente antes de hablar.
—¿Qué hay de nosotros? —cuestionó, volviendo a apoyar los codos sobre la isla, casi como si le costara permanecer erguido, para poder mirar a su amiga fijamente.
Aylee quiso darse un tiro con una pistola en la cabeza justo después de que se dio cuenta de cómo habían sonando sus palabras hasta el punto en que sintió algo de pánico. Y si algo era sabido de Aylee Young, era que las cosas no estaban del todo bien cuando algo la preocupada de verdad.
—Yo no… — comenzó a tartamudear la castaña pero rápidamente volvió a tomar el control de sus palabras—. Esas palabras sonaban mejor en mi cabeza.
Logró decir una Aylee más decidida y menos nerviosa. Definitivamente era un caos cuando de hablar seriamente se trataba.
—Lo que quiero decir es ¿estamos bien, no? Lo que paso en el baile… — comenzó nuevamente tanteando terreno para saber que tanto recordaba su amigo con respecto al baile—. Tengo vagos recuerdos de lo que pasó y realmente no llegamos a hablar sobre ello…
Daniel se limitó a mirarla con el entrecejo fruncido, como si estuviera completamente confundido ante lo que ella le decía. —¿Lo que pasó en el baile? —repitió, arrugando sus labios por un momento—. ¿Qué sucedió? Lo último que recuerdo es haberme caído de la butaca luego de tanto alcohol —bromeó. Pero lo cierto era que sí lo recordaba. Cada detalle. No ignoraba el hecho de que había besado a Aylee hacía varios días atrás, aunque a decir verdad no pensaba admitirlo. Sí, sabía que era un cretino por ello, ¿pero no dañaría su amistad de hacerlo? A ver, era una cuestión muy lógica. Habían dos opciones. En la primera, la joven Young había estado tan ebria como él al momento del beso, y le resultaba algo embarazoso recordarlo. En ese caso, no existía razón para sacar el tema a relucir, ¿verdad? Y en la segunda, le había gustado, y guardaba sentimientos hacia él. Aylee no podía desarrollar ese tipo de afecto. Entonces, ¿cómo no hacerse el idiota, si era el método al que recurría siempre que se encontraba entre la espada y la pared? —Si vas a decirme que monté una pelea, no lo creeré —señaló, a la vez que negaba con la cabeza, como si realmente lo ofendiera tal posibilidad.
Cuando terminó de escuchar hablar a su amigo, Aylee apretó los puños bajo la mesa hasta que se le pusieron blancos y comenzó a sentir las manos algo acalambradas. En realidad no sabía porque reaccionaba así.
¿No era lo que ella había querido, que Daniel no recordara nada? De ser así, ¿por qué estaba tan enojada y decepcionada? Definitivamente había sido un error haber sacado ese tema a relucir.
Ahora solo tenía tres opciones. La primera, pretender que tampoco recordaba nada y se tragaba los sentimientos que tenía por su amigo; la segunda, decirle lo que pasó y reconocer que estaba enamorada de Daniel y arriesgarse a perder su amistad; o su tercera opción, decirle que se besaron pero que no sintió absolutamente nada solo para ver la reacción de su amigo y actuar como si no fuera la cosa más importante del mundo.
En cualquiera de los tres escenarios, Aylee terminaría con el corazón destrozado ya que era evidente que Daniel no recordaba nada y aquel momento no había significado nada para él.
—No, bueno tampoco es que recuerde mucho de lo que pasó solo recuerdo que besé a alguien — dijo, tanteando terreno pero finalmente decidió abandonar aquella opción y finalmente agregar—: supongo que fue uno de los meseros o alguien de la fiesta porque honestamente fue una experiencia horrible que me gustaría poder olvidar. Fuera de eso tu y yo fuimos los mismo de siempre.
“Auch”, contestó su consciencia, aunque Daniel no emitió sonido, sino que se encogió de hombros como quien no quiere la cosa.
—Y si no recuerdas con quién fue, ¿cómo sabes que fue horrible? —inquirió, fingiendo incredulidad.
Pero ella lo sabía. Claro que lo hacía. En caso de que no recordara a quién había besado, ni siquiera hubiera mencionado el tema. Entonces, ¿qué hacía? ¿Continuaba aparentando ser idiota o enfrentaba la situación?
No, eso jamás. El joven Holmes era uno de esos que corrían de sus consecuencias hasta que se le venía al mundo encima, y no estaba a punto de cambiar ahora.
—Dime la verdad. ¿Te mordieron toda la lengua? —le preguntó, quitándole el fierro caliente a la cuestión. Un escalofrío ficticio recorrió su espalda y terminó sacudiendo su cabeza, horrorizado—. ¿Sabes qué? Mejor miénteme. No quiero conocer los detalles morbosos. Se terminó su taza de café y la dejó dentro de la mesada. Más tarde se encargaría de toda la vajilla que quedaba por lavar. Algún día. Quizás.
—Si crees que has quedado traumada de por vida, eso es porque nunca has besado a Julie Cole —agregó, y entonces sí su memoria le jugó una mala pasada cuando se le vino a la cabeza la imagen de una muchacha con la que había salido durante menos de una semana en la secundaria—. No se pone peor que eso, en serio. Y yo sé que los caballeros no cuentan, pero… —Hizo un mohín—, todo lo que tenía de linda no recompensaba sus tristes habilidades.
—¿Puedes culparme por no recordarlo? Estaba bastante borracha como para poder recordar nada. Por eso te preguntaba si no sabias algo pero al parecer ambos estábamos bastante idos esa noche.
Claro que le iba a contar los detalles de aquella noche a Daniel pero sería la versión contraria de lo que en realidad había sentido en ese momento.
—Y créeme, lo que viví ese día es algo que no se lo deseo a nadie. Al principio no me molestó que me besara creo que eran los efectos del alcohol en mi sistema — dijo, fingiendo un escalofrío de terror—. Y si, puede que estuviera bastante borracha y aunque la cara de aquel sujeto resulte algo borrosa en mi mente, sé que debió ser bien parecido, de lo contrario mis labios jamás se hubieran acercado a los de él.
Tal vez con ese comentario le estaba levantando el ego a Daniel pero de alguna manera, también se lo estaba pisoteado. Aylee en esos momentos se sentía herida y cuando eso pasaba solo había un camino posible y era regresar el golpe aunque su amigo no estuviera enterado de eso.
—Aunque si te soy honesta, solo hay una persona con la que me he besado en mi corta vida que me ha dejado con ganas de más — dijo, tratando de restarle importancia al asunto y actuar como si las cosas entre Daniel y ella fueran igual que siempre—. ¿Recuerdas a Nate Adams en la secundaria? Bueno él si que me dejó sin aliento desafortunadamente él quería algo más serio y tuve que pasar de eso.
Y por supuesto que recordaba a Julie Cole. Ella formaba parte de la lista “hagámosle la vida imposible a Aylee por estar todo el día pegada a Daniel” claro que hasta donde ella tenía conocimiento, Daniel no estaba enterado de todo ese drama.
Sin decir nada más, la castaña se terminó el contenido de su taza de café y se levanto de su lugar para lavarla junto con el resto de los platos que habían en el fregadero que estaba muy segura de que Daniel no lo iba a lavar al menos no en un futuro cercano.
Daniel no tardó en caer en la cuenta de lo que estaba sucediendo. Es que vamos, era un poco desatento, sí, pero no un completo idiota; y lo cierto era que no costaba llegar a la conclusión de que Aylee recordaba perfectamente lo qur había sucedido entre ellos cuando la muchacha continuaba haciendo mención al tema.
Entonces, ¿qué hacían? Triste, pero no tan sorprendentemente, ambos parecían estar esquivando la cuestión en lugar de admitir que lo que había pasado había sido un error. Era como si insistieran en caer en una danza forzada que no hacía más que ocultar lo que de veras les molestaba. Pero ciertamente aquel no era un tema sobre el cual Daniel estuviera dispuesto a hablar, por lo que prefería no darle demasiadas vueltas al asunto y hacer algo en lo que se había vuelto bastante bueno: ignorarlo.
—Ya, si no te acuerdas es la forma que tiene tu inconsciente de cuidarte y avisarte que no ahondes mucho más —concluyó, encogiéndose de hombros con indiferencia. “Sí, eso está bien, escóndete como el gallina que eres”, repuso una molesta voz en su interior.
Pero a decir verdad eso no le importaba. Al menos de aquella forma ambos se evitaban el drama y las discusiones innecesarias.
—No tienes que hacer eso… —la retó, aunque con un tono de voz suave, a medida que se acercaba hacia su mejor amiga para contemplar la tarea que ésta había emprendido en la cocina.
Pero todo ese tema superaba por completo a Aylee. Quería aclarar todo ese tema de una vez por todas y sin embargo sabía que solo le estaban dando vueltas al asunto.
Claro que Daniel sabía algo y también sabía que él estaba evadiendo algo. Tal vez el castaño recordaba tanto como ella pero no estaba del todo segura. Mientras seguía lavando los platos, sintió como una lágrima de impotencia recorría su mejilla y eso la hizo enojarse consigo misma por no tener el valor de enfrentar aquella situación.
—Tienes razón, puede que mi inconsciente no quiera que recuerde nada y solo me este protegiendo de un drama innecesario —dijo, tratando de que no se le quebrara la voz y cuando advirtió que Daniel se acercaba volteó la cara para limpiarse la lágrima con la manga de la playera de Daniel—. No te preocupes, que ambos sabemos que si no lavo los platos ahora dejarás que se te acumulen hasta que te quedes sin ellos — respondió, fingiendo una falsa sonrisa para que su amigo no se diera cuenta de lo que estaba pasando por la cabeza de la castaña.
Cuando terminó con los platos, se secó las manos con una toalla y sin decir más salió de la cocina; sentía que se estaba ahogando en ese lugar que era tan conocido para la chica.
—Sabes algo, no, no esta bien. Nada de esto esta bien — dijo regresando a la cocina muy decidida de lo que estaba a punto de hacer —. Se supone que somos amigo y que no hay secretos entre nosotros y sin embargo aquí estamos los dos evitando un tema que ambos sabemos que sucedió y que por la razón que sea estamos evitando hablar de ello.
Aylee se había arrepentido de sus palabras. Ya que era muy probable que estuviera a cinco segundo de arruinar la única amistad verdadera que hubiera tenido jamás pero ya era tarde y no podía retirar las palabras que había dicho.
Lo último dicho por Aylee cayó sobre Daniel como una cubeta de agua helada, y sus ojos se abrieron un poco más de la medida mientras contemplaba el enorme desastre en el que ambos estaban metidos. Tardó un par de segundos en contestar, pues en un principio se limitó a controlar su respiración en un -fallido- intento de relajarse, y finalmente soltó un suspiro antes de pronunciar:
—Eso es porque no hay nada de qué hablar, Aylee.
¿Duro? Sí, quizás lo había sido. ¿Cruel? No, eso no. Porque sería un hijo de puta si le dijera lo contrario, o si se dignara siquiera a dar a entender que no se arrepentía de lo que había sucedido entre ambos. Lo hacía, y mucho. Así que, ¿no era mejor cortar el tema de raíz y ya?
—Estábamos ebrios, eso es todo lo que sucedió. —Se encogió de hombros y apretó los labios, en un gesto que no pretendía ser despreciable, sino más bien de tristeza. Porque sí, se sentía como la peor de las mierdas por haber permitido que aquello pasara—. Dejémoslo y ya, ¿de acuerdo?
Las palabras de Daniel le vinieron con un puñetazo directo al rostro. Realmente no esperaba que su amigo fuera a sonar así de duro y directo.
—Lo entiendo, fue un error por mí parte siquiera haber sacado el tema. Para ti solo éramos dos personas borrachas haciendo tonterías — dijo casi en un susurro minetas se daba la vuelta para regresar al baño y cerrar de un portazo la puerta para entrar por sus cosas y cambiare.
Pero su ropa seguía empapada; claro que cualquier cosa era mejor que seguir en aquel lugar haciendo el ridículo. Una parte de ella se sentía mal y rota. Y es que ¿qué esperaba que pasara realmente? ¿qué Daniel le abriera los brazos y le dijera que la quería o algo por el estilo? Ni en un millón de años pasaría esa.
La castaña soltó una amarga carcajada mientras se vestía a toda prisa para salir lo más rápido que podía de ahí a pesar de que afuera seguía lloviendo.
Una vez fuera de ahí tomó una gran bocanada de aire para enfrentar a Daniel.
—Ya tengo que irme, recordé que tengo una cosa importante que hacer — dijo, tomando su boso que había dejado tirado en la entrada de forma violenta.
Finalmente la peor pesadilla de Aylee se estaba convirtiendo realidad. Había perdido por completo su amistad con Daniel. Claro que sabía que Daniel si podía seguir como su nada hubiera pasado pero ella no, no cuando tenía esos sentimientos hacia el chico.
—Voy a ser yo la que diga esto porque al parecer soy la única con los pantalones para decirlo; no creo que podamos seguir siendo amigos, no cuando tengo estos sentimientos no correspondidos hacia ti así que voy a evitarnos todo el drama y cortar esto por lo sano.
El joven Holmes se quedó completamente paralizado al oír las palabras de Aylee. De acuerdo, ciertamente no negaba el hecho de que ella quería hablar del tema; pero de ahí a que tuviera sentimientos hacia él había un largo trecho.
Es decir, ¿sentimientos? ¿Ella? ¿Hacia él?
No, tenía que tratarse de una broma pesada. Ni en un millón de años podría la castaña desarrollar ese tipo de afecto hacia él. No cuando habían sido amigos desde que tenía memoria y nunca había manifestado ningún tipo de interés amoroso. Y él tampoco lo había hecho.
¿O sí?
¿Acaso había interpretado Aylee todos sus besos burlones, sus comentarios pícaros pero irónicos y sus abrazos interminables como una señal de que sentía algo distinto hacia ella? Y, si así era, ¿no era culpa de él?
Quiso que se lo tragara la tierra y le dieran una puñalada en el pecho. Era la peor persona del mundo.
—Espera, Aylee —murmuró suavemente. Frente al intento desesperado de su amiga de escaparse de aquel lugar, se acercó hacia ella para tomarla de la muñeca con delicadeza y obligarla a que alzara su mirada hacia él—. Espera. Déjame explicarlo, ¿sí?
Pero ni siquiera sabía qué decir. Él, que nunca se callaba y parecía tener una opinión acerca de todo. Él.
Inspiró profundamente, como si eso fuera a ayudarlo a pensar.
—No sabía… —comenzó, aunque no supo muy bien cómo proseguir. Irritado por su propia incapacidad, gruñó—. No tenía idea…
Eso no estaba saliendo muy bien. “Respira, Daniel”, se recordó a sí mismo antes de intentarlo de nuevo.
—De haber sabido que tenías sentimientos, nunca me habría comportado así. —Torció el gesto—. Lo siento. He sido un cretino, ¿sí? —inquirió, deseando poder acercarla hacia él para abrazarla y demostrarle lo mucho que la quería—. No te alejes de mí por eso. Y no significa que tengamos que dejar de ser amigos. Por favor —soltó, aquello último siendo una plegaria desesperada. No podía perderla. No cuando ella era la única persona a quien amaba profundamente y en quien más confiaba en el mundo.
—Tampoco te des tanta importancia. Nunca malinterpreté la forma en la que nos tratábamos — replicó, frunciendo el ceño ante el último comentario de Daniel.
Sí, era un cretino pero no por las razones que le estaba dando a ella en ese momento.
Aylee se sentía completamente vulnerable y acorralada por las mismas palabras que le acababa de soltar a Daniel y por lo que el chico le estaba diciendo. Y todo mundo sabía que cuando ella se sentía de esa manera, levantaba un muro invisible en el que era muy difícil –por no decir imposible- de penetrar, y tan rápido como sintió el tacto del Daniel sobre su muñeca, así de rápido se soltó de su agarre.
—Estoy bien ¿de acuerdo? No tienes que hablarme con ese tono condescendiente — dijo a la defensiva levantando ambos brazos en alto en señal de que no quería que se acercara mientras retrocedía una par de pasos—. ¡Necesito que la gente deje de tratarme como si fuera una pequeña y frágil muñequea de porcelana! ¡Todo mundo me trata como si no pudiera aceptar una verdad.
Pero toda esta situación se le estaba escapando de la manos. Y un punzante dolor de cabeza se estaba apoderando de ella. No debió decirle a Daniel lo que sentía por él. ¿Por qué no pudo simplemente dejar ese tema por la paz?
Se sentía fatal, pero no solo era por lo de Daniel tenía tantas pensamientos guardas en su cabeza y finalmente le estaban cobrando la factura.
Pero la últimas palabras de Daniel pidiéndole que no se alejara de él fueron como una puñalada en el corazón. Claro que Aylee sabía de sobra que aunque los dos tuvieran los mismos sentimientos en común nada serio iba a pasar entre ellos dos principalmente por el carácter de ambos.
Lo que llevó a la castaña a cuestionarse si después de haber soltado aquella bomba, ¿iban a poder pasar de página y pretender como si nada hubiera pasado?
—Yo no… — prosiguió, no muy segura de que su cerebro y su boca estuvieran sincronizando con lo que quería decir a continuación—: el problema soy yo, algo está mal conmigo que arruino todo a mi paso y alejo a las personas.
Daniel dudó si acercarse más a su amiga o si dejarle su espacio, pero finalmente decidió que mantener distancia era lo más prudente. Después de todo, si bien ahora parecía un poco más relajada, Aylee era capaz de asesinarlo si daba un paso en falso, y prefería que su cabeza se quedara sobre su cuerpo y no tirada en el suelo, muchas gracias.
—No hay nada malo contigo —le aseguró, con suavidad. Ahora sí, no pudo evitar dar un paso hacia la castaña. Quiso acariciarle la mejilla, pero optó por hacerlo con su hombro, algo mucho menos invasivo pero igual de efectivo—. Yo he sido un cretino. Lo siento.
Torció un poco la cabeza para poder mirarla mejor.
—Nunca podrías alejarme de ti, ¿sabes? —inquirió, con una ceja en alto—. Sin importar las circunstancias. Eres mi mejor amiga, y eso no cambiará jamás.
De verdad Daniel tenía que dejar de hablarle en el tono en el que lo estaba haciendo, solo lograba que se sintiera cada vez más incómoda y queriéndose dar de topes contra la pared.
—Esto es demasiado para mí… nunca debí venir en primer lugar y mucho menos nunca debí de haberte dicho lo que te dije — soltó, removiendo su hombro para que la mano del castaño soltara su hombro y nuevamente retrocedió un par de pasos pero esta vez se había quedado sin espacio ya su espalda se había topado con la puerta.
La castaña bajo rápidamente la mirada, no quería toparse con la mirada de Daniel y que él notara lo estúpida que se sentía en ese momento y lo asustada que estaba.
—Si, eres un cretino pero eso no es nada nuevo para mí — dijo en un tono seco tratando de aparentar que todo estaba bien y que no había arruinado las cosas entre ellos—. Solo olvida todo lo que te dije ¿sí?
Y sin decir nada más, la joven Young tomo la perilla de la puerta y salió disparada del departamento sin siquiera despedirse de Daniel ni decir nada más.
Hospital de Seal Beach.
Domingo por la tarde.
Llegado ese punto de la semana, eran muy pocos los que continuaban cumpliendo sus labores por aquellos lados. Los internos solían turnarse, de modo que sólo uno de ellos tenía que quedarse de guardia para que así el resto pudieran reunir sus fuerzas y recuperar energías para la semana entrante; y ese día, como si necesitara más pruebas de lo mucho que la había cagado la vida, era el turno de Lori.
La muchacha había llegado por la mañana, y había estado durante toda la jornada en Urgencias, ayudando a su superior. Claro que eso no le hacía mucha gracia, pues al fin y al cabo se trataba de Logan Young, ese hombre al que desearía poder tener a una distancia de un kilómetro... O, por lo menos, eso continuaba diciéndose a sí misma, aunque cada vez sonaba más a mentiras y autoengaños. Y es que desde que lo había conocido, hacía ya tantos meses atrás, el sujeto no había hecho más que mostrarse frío y distante -a veces, hasta despectivo- hacia ella, y eso no le gustaba en lo absoluto.
Pero se las había ingeniado muy bien a la hora de esquivarlo. Evitaba tener contacto con él de cualquier tipo, y sólo le hablaba -o lo miraba, de hecho- cuando era absolutamente necesario. Si bien no estaba para nada orgullosa de su propio comportamiento, pues resultaba más bien infantil, tenía que admitir que era una buena estrategia para escapar de la humillación que signiicaba estar en una misma habitación con aquel rubio con el que había compartido varias experiencias íntimas a lo largo de una noche.
—Entonces, ¿qué le pasó a Sherlock?
La voz de Phillip, aquel niño de doce años que la miraba fijamente con una intriga evidente, la hizo volver al ala de Pediatría, en donde había pasado las últimas dos horas. Como no había muchos casos que requirieran de su atención en la sala de abajo, Logan le había encomendado hacerse cargo de ese niño de cabellos rubios y ojos azules quien estaba a punto de entrar en cirugía, y ya comenzaba a sentir los efectos de la anestesia.
Lori sonrió y dejó ir un suspiro. Quizás no había sido una buena idea resumirle a Phil las temporadas completas de esa serie inglesa, pues ahora el curioso pequeño no dejaba de hacer preguntas, claramente atraído por la trama.
—Ah, no lo sé. Te lo contaré una vez que vuelvas a despertarte —le aseguró la castaña, acariciándole el cabello con dulzura. Sabía que sólo iban a removerle el apéndice, una operación relativamente sencilla y sin preocupaciones, pero de todas formas sentía que debía darle un incentivo para ser fuerte. Sólo por si acaso.
Mientras chequeaba los vitales del joven paciente, éste resopló.
—¿Pero estaba muerto, verdad? Nadie puede sobrevivir una caída así. —Y, sólo para enfatizar aquel hecho por si a ella no le había quedado bien en claro, agregó, con un severo tono de voz—: Nadie.
Sin poder evitarlo, Lori rió a medida que los ojitos de Phillip se cerraban. Y le picó una vez la nariz con dulzura antes de reponer:
—Luego te lo cuento. Ahora, a dormir, muchacho.
El rubio puso mala cara y se las ingenió para rodar los ojos antes de que lo secuestrara Morfeo de una vez por todas. Finalmente, Lori usó el dispositivo que llevaba en su cintura para avisarle a Logan que ya todo estaba en condiciones para que empezaran, y se quedó observando al chico que descansaba tan pacíficamente, probablemente preguntándose si Moriarty había logrado cargarse a Sherlock después de todo.
Logan estaba terminando de revisar a sus últimos pacientes antes de entrar a su cirugía con el pequeño Phillip. Mientras tanto le había encargado a Lori que lo preparara para la operación y es que era la única interna que quedaba disponible aquella tarde debido a que los otros internos estaban descansando.
Para el momento en que Lori le avisó a Logan que todo estaba listo para la operación, él ya estaba a unos pasos cerca de la sala de operaciones y no pudo evitar escuchar cómo la joven Knight le contaba al Phillip las fascinantes aventuras de Sherlock y no pudo evitar que una sonrisa se formara en su rostro.
—Sigue preguntando sobre lo que pasó con Sherlock y su enfrentamiento con Moriarty? —preguntó Logan sorprendiendo a Lori por detrás—. Tranquilo Phillip que yo me voy a encargar de que la doctora Kinight te cuente que pasó al final — el susurró al oído al pequeño niño quien aunque ya estuviera bajo los efectos de la anestesia, a Logan le gustaba pensar que entre sueños podía escucharlo.
—Espero que este lista Dra. Knight ya que hoy me va a demostrar que sabe como hacer una apendicetomía — dijo Logan, ya en un tono más serio pero sin ser lo suficientemente intimidante para no alterar a Lori pero al juzgar por el rostro de la chica resultó todo lo contrario —. Quita esa cara de susto que no te estoy pidiendo nada que no sepas hacer — la reprendió Logan como de costumbre ya que al parecer eso era lo que hacia últimamente con la chica más que con cualquier otro de sus internos.
Los ojos de Lori se habían abierto un poco más de la medida en cuanto Logan entró en la habitación, y tuvo que desviar la mirada y ocultar su rostro para que él no notara el color rojizo que habían adoptado sus mejillas. Si tan sólo no fuera endemoniadamente sexy y generoso con sus pacientes, sería tan sencillo esquivarlo y pasarlo por alto... Pero no era así, por lo que no le quedaba otra opción más que suspirar como una idiota cada vez que nadie la veía.
Por supuesto que no permitiría que los demás se percataran del hecho de que se ponía a babear cada vez que ese doctor estaba cerca de ella, pues tenía más dignidad que eso, y no quería que la incluyeran en la ridícula lista de las internas que morían por él. No, gracias. Le bastaba con admirarlo de tanto en tanto y recordar lo bien que se la habían pasado aquella noche hacía tanto tiempo atrás.
—Ya, apendicectomía —repitió Lori tras haber caído en la cuenta de que se había dejado llevar por sus pensamientos una vez más—. Completamente lista, sí —añadió, aún no muy convencida de qué estaban hablando.
Cuando lo recordó, se situó a un costado de la camilla y esperó a que Logan hiciera lo mismo para hacerla rodar por los pasillos, en dirección al quirófano número cinco.
—El niño es un amante de la televisión —le explicó a su superior al cabo de un par de segundos, pues tampoco quería que pensara que ella era ua idiota, hablando de esos temas con los pacientes.
Probablemente lo fuera. Qué fuerte.
Claro que Logan sabía lo que le gustaba a Phillip; era su paciente después de todo y como parte de su trato con los pacientes era estar a tanto de las cosas que les gustaba o lo que no para que de esa forma el niño se sintiera más en confianza claro esta sin tener que involucrarse demasiado con el paciente sin embargo no dijo nada sobre eso y solo se dedicó a escuchar la explicación de Lori.
—Por esa misma razón estarás presente en la operación, lo padres del niño confían en ti y te pidieron para que estuvieras con nuestro amiguito cuidándolo — le explicó el joven Young a la castaña mientras se dirigían al quirófano.
Claro que las palabras de Logan no eran del todo cierto. Si los padres habían pedido por ella pero ya que Logan era el superior de ella bien pudo haberles explicado las razones por la cuales, en cierto punto ella no podría asistir en la operación. Pero no lo hizo. Porque quería estar cerca de ella. Quería comprobar que lo que estaba sintiendo por ella solo eran secuelas de lo que había pasado aquella noche hace ya un tiempo atrás.
Quería comprobar que no se estaba enamorando de Lori. Pero al escuchar lo bien que se había entendido con Phillip y lo buena doctora que era y su carisma… era difícil no poder sentir nada por ella pero tenía que controlarse. Cuando llegaron al quirófano dejaron la camilla con el niño en mandos de las enfermeras y de los ahí presentes en quirófano para que Logan y Lori fueran directo a lavarse. —No estés nerviosa, lo harás bien. A demás voy a estar ahí en todo momento para asesorarte — dijo Logan para tranquilizarla ya que podía ver en su rostro algo de nerviosismo.
Lori decidió bajar sus defensas por un momento, y hasta se permitió a sí misma sonreír en dirección a Logan tras haber oído aquel último comentario. Abrió el grifo para comenzar con el largo trabajo que significaba lavarse las manos antes de un procedimiento quirúrgico, y al cabo de un rato repuso:
—¿No intervendrás en ningún momento?
Su pregunta era genuina, pues aquella era la primera operación en solo que la joven Knight hacía desde su último -y desastroso- intento, y si bien no debía significar mayores complicaciones, quería saber que podía contar con él si lo necesitaba. Aunque ahora no podría aprovechar los instantes en los que él se dedicaba a operar y no precisaba de su ayuda, que eran aquellos en los que ella aprovechaba a mirarlo y a sonrojarse, agradeciendo el hecho de que llevaba el barbijo puesto.
No le molestaría tener una pequeña dosis de Logan Young y su cara de concentración aquella tarde. Pero, ¡no! Era hora de hacer su trabajo.
Y estaba feliz. Se sentía lista. Estaba preparada para hacer eso, y no fallaría. No esta vez.
—Solo intervendré cuando lo considere necesario después de todo mi trabajo es enseñarte —dijo mientras se terminaba de lavar y esbozaba una gran sonrisa que fue tapada con el cubre boca para después entrar al quirófano para que las enfermeras le pusiera la bata quirúrgica y los guantes listo para iniciar la cirugía.
Mientras esperaba a que Lori hiciera lo mismo, se paro junto al paciente corroborando que todo estuviera en orden tal y como le gustaba a Logan.
—Hoy la Dra. Knight no hará los honores de realizar esta operación así que el quirófano es todo suyo —dijo una vez que la castaña estuvo lista para junto a él —. Phillip tuvo suerte de que su apéndice no se rompiera antes de iniciar la operación de lo contrario sería muy doloroso para él la recuperación.
Logan estaba observando meticulosamente el proceso que estaba realizando Lori. claro que le gustaría estar observándola a ella pero mientras estuvieran en cirugía, el rubio tenía que mantenerse de lo más profesional. —¿Cuál es el proceso que realizará para remover el apéndice de su paciente? — preguntó expectante ya que tenía que estar seguro de que la concentración de Lori estuviera en ambas partes y también corroborar sus conocimientos teóricos.
Lori se le quedó mirando a Logan por un segundo, intentando descifrar lo que significaba la expresión que había adoptado su rostro -o, al menos, la parte de éste que no se encontraba cubierta por el barbijo. Al cabo de unos segundos, sonrió levemente, de una manera que no resultó notoria para ninguno de los allí presentes.
Estaba ayudándola. No sólo esperaba que realizara aquella operación bien, sino que le había pedido que recitara cada uno de los pasos necesarios para que se tranquilizara antes de finalmente actuar. O, al menos, eso era lo que ella creía que aquel rubio estaba haciendo, y por alguna razón no consideraba que estuviera equivocada en lo absoluto. Y no pensaba decepcionarlo.
Por eso mismo, sin importarle que hubieran más de una docena de personas observándola y examinando cada uno de sus movimientos, inspiró profundamente para armarse de valor y pronunció:
—Incisión del lado derecho a cinco centímetros de la última costilla...
Lo había hecho. Ella, Lori Knight, había realizado su primer cirugía exitosa estando completamente sola.
De no haber sido por el hecho de que varias personas la rodeaban, ya estaría bailando la Macarena. Quizás más tarde, una vez que ya se encontrara en su departamento y nadie pudiera juzgarla.
Dio un saltito sintiéndose completamente victoriosa a medida que veía cómo las enfermeras se llevaban a Phillip para cuidar de él y sus vitales durante las horas siguientes, y una sonrisa de oreja a oreja se formó en su rostro a medida que se removía el barbijo, los guantes, el sobretodo y el gorro de plástico. Estaba tan feliz que podría morir ahí mismo.
Quizás fue esa misma alegría lo que la convirtió en una persona tan impulsiva, audaz y descabellada, porque cuando Logan salió del quirófano se encontró a sí misma acercándose hacia él para abrazarlo con una fuerza sobrehumana. Le llevó unos segundos darse cuenta de lo que acababa de hacer, y entonces se distanció del sujeto para dedicarle una sonrisa de oreja a oreja que pretendía ocultar su vergüenza.
—Bueno, al menos esta vez no he explotado ninguna arteria —bromeó, mientras encendía el grifo para lavarse las manos.
Logan estaba contento por el resultado tan favorable que había tenido Lori en la operación. Le había demostrado que era una doctora muy capaz y que había aprendido de sus errores de la operación pasada.
Antes de salir del quirófano se quitó los guates, la bata de operaciones y cubre bocas depositándolos en sus contenedores correspondientes para finalmente salir en busca de Lori para que la acompañara a darle las buenas noticias a los padres del niño.
Cuando salió del quirófano, fue interceptado por un inesperado abrazo por parte de la castaña. Pudo decir que eso le había disgustado y separarse en el momento pero no fue así. Y posiblemente si las personas ahí presentes no los estuvieran observando, seguramente Logan no se habría querido separar de ella.
Finalmente cuando ambos estaban una distancia adecuada, Logan carraspeo y recuperó la compostura.
—Si lo hiciste bien, pero tampoco alardes mucho al respecto — posiblemente las palabras de Logan sonaron muy frías cuando las pronunció pero no quería que pensaran que estaba bajando la guardia con sus internos y mucho menos que se estaba ablandando—. Ahora busquemos a los padres de Phillip para darles las buenas noticias — dijo, mientras comenzaba a caminar rumbo a la sala de espera.
De inmediato Lori se sintió como una completa idiota por habérsele acercado de esa forma, cuando Logan había dejado bien en claro que la quería a no menos de diez metros de distancia. No obstante, no permitió que aquella situación la abatiera, pues rápidamente se encontró a sí misma asintiendo con la cabeza y apresurando el paso para seguir a su superior.
Cuando finalmente llegaron a la sala de espera, sus labios se alzaron en una ancha sonrisa al ver a los padres de Phillip. Como ambos sabían que la muchacha había sido quien estuvo a cargo de la operación, la cuestionaron con la mirada y con expresiones llenas de preocupación.
—Todo ha salido bien —anunció, con una felicidad que no tardó en verse reflejada en su rostro—. Phillip está recuperándose y despertará en un par de horas —les avisó.
La madre del niño se puso de pie prácticamente de un salto y se acercó hacia ella para abrazarla, lo que asombró a Lori pero, al mismo tiempo, hizo que su alegría aumentara.
—Lo ven, no había razón de estar nerviosos — respaldó Logan las buenas noticas que Lori les había soltado a los padres de Phillip—. La Dra. Knirght hizo un excelente trabajo. Ahora si nos disculpan, tenemos otros pacientes que atender pero siéntanse libre de ir a ver a su hijo, nosotros estaremos ahí cuando despierte.
Dicho eso, Logan estrechó las manos de los padres de Phillip y con un gesto le indicó a Lori que lo siguiera dándole a entender que tenía trabajo que hacer.
Logan pudo notar la mirada confundida de la castaña cuando se dio cuenta de que no iban a ver a ningún otra paciente y que se habían metido por la puerta que daba a las escaleras de emergencias.
—Quiero pedirte una disculpa — soltó Logan sin más dejando completamente perpleja a Lori para después agregar—: desde que entraste a ese hospital no he hecho más que tratarte con indiferencia y de forma grosera incluso tengo que aceptar que he hecho mucha diferencia en el trato que tengo hacia ti en comparación con el de los otros internos.
No sabía muy bien porque le estaba diciendo todo eso, tal vez era porque ya no podía controlar los sentimientos que tenía hacia Lori; eso definitivamente lo estaba comiendo vivo y si no le decía ya todo eso estaba seguro de que iba a estallar.
Pero Dawson estaba implicado de por medio, sabía que su hermano tenía sentimientos por ella y Logan lo sabía. Tal vez si no lo supiera las cosas serían más fáciles para él. Y no quería hacerle a su hermano lo mismo que le hicieron a él… pero callar lo sentía lo estaba volviendo loco.
Tampoco podía dejar de pensar en lo que sentía por Kim pero estaba claro que entre ellos solo no podía existir más una amistad ya que de lo contrario, a estas alturas del partido, ya habría pasado algo entre ello pero no era así y tenía que aprender a vivir con eso. Claro que eso no significaba que no sintiera nada por Lori, porque ese tampoco era el caso. Todo lo contrario, tenía ciertos sentimientos hacia ella y unos muy grandes.
Lori escuchó confundida la oratoria del doctor Young, preguntándose interiormente de dónde rayos había salido aquello y hacia dónde los conducía. Le pareció muy raro que sacara ese tema a colación justo en ese momento, pero no dijo nada, sino que se limitó a permanecer en silencio a medida que él hablaba.
Y es que, cuando se ponía en cachorro mojado, le entraban ganas de saltarle encima y tomarlo por la fuerza. Tenía que aprender a controlarse.
—Te agradezco que lo reconozcas —sentenció con toda la serenidad que fue capaz de reunir. Él era súper sexy, sí, pero tampoco negaría que tenía mucha razón en lo que estaba diciendo. Lori era una mujer fuerte, que no dejaba que se le bajaran las defensas, pero había sufrido mucho en silencio por el trato que aquel hombre le había enseñado.
Cruzó los brazos a la altura del pecho, sintiéndose completamente indefensa por alguna razón, y advirtió que se hallaban solos. Aquello no le gustó para nada, pues no confiaba ni siquiera un poco en sí misma.
—Está bien, supongo —acabó, encogiéndose de hombros—. Aunque sería genial que no te comportaras como un... —Dudó por un segundo—, perdonando la falta de respeto, completo idiota de aquí en adelante.
Logan no pudo evitar soltar una pequeña carcajada. Y es que le seguía sorprendiendo con cada respuesta de Lori. Ella definitivamente no se frenaba ante nada para expresar su opinión; eso le gustaba de ella entre otras cosas.
—Claro, prometo no ser más un completo idiota de aquí en adelante — soltó, citando las palabras de la castaña con algo de diversión en su rostro—. Pero no creas ni por un segundo que voy a dejar de presionarte como doctora, tienes mucho potencial que necesita ser sacado pero ya no seré tan duro en mis enseñanzas, lo prometo.
El joven Young puso so mano sobre su pecho sobre el corazón mientras que ponía en alto la otra mano.
—Palabra de niño explorador — agregó, regalándole una amable sonrisa a Lori—. Bueno ahora arreglado este asunto, ¿te parece si vamos a revisar a Phillip? Me imagino que debe de estar impaciente por saber como terminaran las cosas entre Sherlock y Moriarty al menos yo lo estoy — admitió abriendo la puerta de las escaleras de emergencias para que Lori pudiera salir primeo a los pasillos.
Lori se descubrió a sí misma alzando una ceja y sonriendo de medio lado, genuinamente disfrutando de aquella charla. ¿Qué demonios le sucedía? Aquel era el sujeto que había hecho de sus últimos meses un infierno, y que se había esmerado tanto en sacarla de sus casillas que a le sorprendía que no le hubieran salido canas aún. ¿Y ahora reía de lo que decía?
"Pero míralo, es tan bonito", susurró una voz en su mente, aunque de inmediato descartó tal pensamiento. No, no iría allí.
—¿Niño? Me parece que te has quedado algo corto —bromeó. ¡Ella, bromeando con Logan Young, a quien había jurado detestar por el resto de la eternidad! Cómo cambiaban las cosas.
Decidió que era hora de dejar atrás la mala historia que llevaban con ellos, ya que el hombre estaba tendiéndole la mano y no podía rechazarla. A lo mejor podían trabajar como dos personas adultas de ahora en más, quién sabía. Esperaba que fuera así, al menos.
—De acuerdo, vamos —accedió ella, pero se detuvo antes de atravesar la puerta para agregar—: ¿Tregua, entonces?
Si atravesaban aquel umbral, tendría que ser sin lugar a dudas, decididos a mantener una relación cordial de trabajo. Al menos, así lo veía ella.
—Tregua será— acordó Logan asintiendo un par de veces regalándole una amigable sonrisa a la castaña—. No sé, igual y en una de esas podemos intentar ser amigos fuera de estas paredes del hospital.
Cuando Logan se dio cuenta de sus palabras dudó un poco: no porque no quisiera nada con Lori, todo lo contrario. Pero honestamente Logan no quería una simple amistad con ella. En realidad ni el mismo sabía lo que quería pero tal vez con el tiempo y con esa nueva clase de relación profesional que iban a empezar se daría cuenta realmente de que es lo que quería Logan Young.
“You should’ve seen the way he was looking at you while you were out. How? Like you’re the ocean and he’s desperate to drown…”
Quería estar cerca de ella. Quería comprobar que lo que estaba sintiendo por ella solo eran secuelas de lo que había pasado aquella noche hace ya un tiempo atrás.
Quería comprobar que no se estaba enamorando de Lori.
Decidida, la llamaban algunos. Impaciente, otros. Obstinada, los peores. “Decidida” le gustaba.
Sábado por la noche.
Ayuntamiento de Seal Beach
Tory estaba por terminar de arreglarse para el baile que secelebraba el día hoy en el ayuntamiento de Seal Beach. Y lo cierto era que ya estaba algo retrasada cortesía de que su pelo no se acomodaba de la forma e la que ella quería por lo que tuvo que recurrir a hacerse un chongo medio caído de lado que, al verlo ya en conjunto con su vestido, no se veía nada mal por lo que se solamente se puso un poco de maquillaje para finalmente ir al hospital para recoger a Dawson quién le había tocado el turno de la tarde así que ella se había ofrecido a pasar por él para que a continuación lo dos se fueran juntos al baile.
Cuando llegó al hospital y no vio a su amigo por la parte de afuera, decidió entrar para ir a buscarlo así que aparcó el auto en el primer lugar disponible que encontró y entró por las puertas del recinto. Una vez dentro buscó con la mirada por todos lados y no logró verlo cerca de por ahí sin embargó, a lo lejos logró divisar una figura masculina vestida con un traje de gala supo de inmediato que se trataba de Logan y dado que hace tiempo que no lo veía se acercó para saludarlo tal vez en una de esas él sabía en donde se encontraba su hermano.
—Hola grandote, tiene mucho tiempo que no nos vemos — lo saludó la rubia dándole un fuerte y efusivo abrazó. por su parte Logan se había sorprendido de encontrase con Tory ahí pero al suponer que estaba ahí por Dawson solo se dedicó a responderle el abrazó y dedicarle una amable sonrisa.
—Hola ahí chica problemas. Espero que no vengas a causar ningún tipo de problema por aquí.
Tory puso cara de ofendida el dio un pequeño empujo a Logan para demostrarle su falsa indignación.
—Logan Young, me ofende que pienses así de mí si yo no rompo un solo plato — se excusó en un falso tono inocente ya que si algo sabía la gente de Tory es que ella era todo menos un angelito y peor aún cuando se juntaba con Dawson y Lori; esos tres hacían de las suyas juntos. —Por cierto, estoy muy enojada contigo. ¿Cómo no dejaste que Lori acudiera al baile de esta noche? —le reclamo la rubia al joven Young cursándose de brazos y fulminándolo con la mirada.
—Yo no pongo las reglas, a ella le tocaba este turno y como sabrás nadie quiso cambiárselo —le explicó el rubio a Tory una vez más conservando esa amable sonrisa.
—Pues será tu pérdida porque te vas a perder la oportunidad de verla en un lindo vestido de noche y todo lo demás.
—¿Qué… mi pérdida? No sé a que te refieres en lo más mínimo — se defendió Logan un poco nervioso por la situación en la que Tory lo había metido.
—No te preocupes Logan, tu secreto esta a salvo conmigo — dijo la rubia guiñándole el ojo.
—Tory Carson eres el diablo uno muy atractivo pero diablo al fin.
—Muchas gracias Logan y como buen diablo le hago honor al color rojo — dijo haciendo una falsa reverencia esbozando una alegre sonrisa—. A todo esto, dónde se metió tu hermano no me digas que igual lo obligaste a quedarse hasta tarde o te voy a lastimar mucho.
—Tranquila, ya vendrá, la ultima vez que lo vi estaba en los vestidores arreglándose solo por esta vez puedes ir a buscarlo ahora te dejo que yo igual tengo que irme, me dio mucho gusto saludarte Tory.
—Lo mismo digo Logan y no diré nada, te lo prometo.
La rubia volvió a guiñarle un ojo a Logan mientras se dirigía escaleras arriba en busca de Dawson y esperando por lo menos encontrarse con Lori para abrazarla y decirle lo mal que se la iba a pasar si ella y también porque tenían rato que no la veía a vivo y a todo color.
Pero ni bien Tory se adentró a los vestuarios que compartían los internos de aquel hospital, se encontró con que sólo Dawson estaba ahí dentro. Se encontraba de espaldas a la entrada a aquella habitación, y terminaba de acomodarse la corbata frente al único espejo que había en el cuarto tras haber guardado su bolso dentro de su casillero. Odiaba llevar un nudo a la altura del cuello pues le daba la sensación de que estaba a punto de morir ahorcado; pero le había prometido a su amiga que intentaría verse formal. Intentaría.
Fue cuando su mirada se fijó en el reflejo de Tory que generaba el espejo frente a él que Dawson se dio vuelta. Entonces, sus ojos se abrieron un poco más de la medida, y sus labios atinaron a separarse un poco. Tuvo que recordarse a sí mismo que babear no estaba permitido, mucho menos cuando se trataba de una amiga. Pero es que se veía tan endemoniadamente bella, que esa regla tácita empezaba a causarle graves problemas.
—Vaya —soltó, sin poder evitarlo.
Una sonrisa de medio lado se formó en su rostro, y finalmente se acercó hacia la rubia para dejar un beso sobre su mejilla.
—No me dijiste que vestirías rojo —se quejó, aunque su tono de voz dejaba muy en claro que aquella imprudencia no le molestaba en lo absoluto—. Lo siento, pero ahora no sé si podré cumplir con mi palabra de mantener mis manos atadas detrás de mi espalda —bromeó.
La rubia se sonrojo ante la reacción de su amigo, era cierto que la confianza que existía entre ellos era enorme sin embargo no estaba acostumbrada que los chico tuviera esa reacción cuando la veían normalmente a la que notaban más era a Lori pero claro que eso no le importaba en lo más mínimo.
—Bueno, no podía decidirme entre usar rojo o negro, al final gano el rojo creo que fue una buena elección — dijo abrazando a Dawson a modo de saludo—. Pero por todos los cielos Dawson, parece que tu y la corbata tuvieron una pelea y ella gano —soltó con una enorme sonrisa en los labios mientras arreglaba el nudo de su corbata.
—Pero fuera de la corbata mal hecha te ves bastante bien y si sabes lo que te conviene, alejaras tus lindas manitas de mí —respondió ante el último comentario de su amigo mientras terminaba de estirarle el saco y quitarle las pocas arrugas que tenía.
—¿Dónde está Lori? Tenia la esperanza de verla antes de irnos, no es justo que ella tenga que trabajar en una noche así.
—Una muy buena elección —concordó Dawson, luego de haber tragado saliva y carraspeado.
Si bien cualquiera hubiera dicho que su semblante se había convertido en uno que alternaba entre la curiosidad y la inquietud, el joven Young se apresuró a romper con tal concepción al dedicarse a sonreír de oreja a oreja en dirección a la rubia.
—Pero yo presenté una buena batalla —había contestado, cuando su amiga señaló los evidentes problemas que el castaño había sufrido con la corbata que llevaba puesta.
Estuvo a punto de agregar algo más, pero se quedó en completo silencio cuando ella tendió a anudarle la prenda como se debía. Alzó un poco su mentón para facilitarle el trabajo, y finalmente asintió una vez con la cabeza a modo de agradecimiento.
—Haré mi mejor esfuerzo, lo prometo —se limitó a responder, mientras Tory se encargaba de acomodar su saco. Su sonrisa no hizo más que ensancharse cuando cayó en la cuenta de lo mucho que adoraba a aquella muchacha.
Guardó las llaves de su vehículo, las cuales había dejado sobre una de las banquetas más cercanas a su persona, antes de reponer:
—Está asistiendo en una cirugía. “Lo único bueno en un día de mierda”, citándola.
Se encogió de hombros y, posteriormente, le tendió su brazo a su amiga para que lo tomara y, de esa forma, comenzaran a caminar a la par.
—¿Estás preparada para la mejor noche de tu vida, Tory Carson? —exageró, alzando una ceja para hacerse el misterioso.
La rubia sonrió ampliamente cuando Dawson citaba las palabras de su amiga y es que la verdad es que no le sorprendía en lo absoluto que estuviera algo malhumorada por tener que trabajar aquella noche.
—Por lo menos no le fue tan mal y yo digo que hay que divertirnos mucho tu yo en honor a nuestra querida Lori. Así que sí, estoy lista para pasar la mejor noche de mi vida — asintió la rubia tomando el brazo del castaño y regalándole una amable sonrisa. —Pero no se te olvide que todas las veces que salimos son memorables unas más que otras pero fueron igual de divertidos — comentó ella haciendo memoria y se dio cuenta que desde que Lori, Dawson y ella se conocían hacían todo juntos y por un momento, solo por un momento Tory estuvo feliz de estar a solas con Dawson claro que ella sabía perfecto que Dawson no sentía lo mismo por ella y que estaba enamorado de su mejor amiga y también estaba el hecho de que Troy aún no superaba por completo su relación con Luka así que por el momento prefería mantenerse al margen de los hermanos Young y enterrar sus sentimientos por el bien de su relación con Lori y Dawson.
Dawson se encontró a sí mismo asintiendo con la cabeza para demostrar su aceptación frente a las primeras palabras de su amiga. Finalmente, y una vez que ambos se hubieron encontrado listos para salir, se encaminaron hacia la salida de los vestuarios y, posteriormente, anduvieron por los pasillos del hospital con el fin de dar comienzo a la prometedora velada.
—Y eso no lo pongo en duda, Sailor Moon —aclaró él, con sus cejas levemente arqueadas y sus labios indistinguiblemente fruncidos. Por alguna razón, la forma en la que se veía Tory aquella noche le traía a la mente la imagen de aquella caricatura, así que prácticamente no pudo evitar que éstas salieran de entre sus labios—. Estoy bastante seguro de que eso se debe a que somos tres personas sumamente geniales, y que, cuando nos juntamos, formamos un conjunto de lo más maravilloso —señaló divertido, mientras una sonrisa de medio lado empezaba a dibujarse en su rostro.
Por supuesto que no ponía en tela de juicio eso último; después de todo, siempre había considerado que sus dos amigas eran sensacionales, no sólo en lo que a su sentido del humor respectaba, sino también a todos los aspectos de su personalidad. Le gustaba tener a ese par de muchachas fuertes, inteligentes e independientes a su lado, y era por eso mismo que jamás se aburría a la hora de pasar el tiempo con ellas.
Recordaba aquella noche en la que las había conocido, hacía un par de años atrás. A Tory no la había visto nunca en su vida; con Lori, por otro lado, compartía un par de clases en la universidad y, si bien le resultaba sumamente atractiva, nunca se había atrevido a acercársele –Dawson era, sin duda alguna, un sujeto muy complejo cuando de mujeres se trataba. De inmediato, las catalogó a ambas como las personas más interesantes con las que se había cruzado en mucho tiempo. Una profunda relación de amistad se forjó entre ellos tres, y pronto llegó el momento en el que hacían todo juntos. Lo cierto era que el joven Dawson las adoraba, y tal cariño era compartido.
—Además, hay una gran verdad, y es que es imposible no pasar un buen rato conmigo —añadió, ahora con un tono de voz diferente que delataba una broma escondida detrás de su declaración.
Tory puso los ojos en blando al escuchar el último comentario de su amigo claro que no pudo evitar sonreír ante el enorme grado de confianza que Dawson tenía en si mismo.
—Claro, pero no hay que dejar se te suba a la cabeza. Sería muy doloroso tener que tirarte agua encima para que se te bajen los humos ya que te ves muy bien en ese traje —lo miró la rubia soltando una pequeña risa al tiempo que se quitaba un pequeño mechón de cabello rebelde que tapaba un poco su visión.
La pareja de amigos ya estaba lista en el auto camino al ayuntamiento de Seal Beach y cuando menos se dio cuneta Tory ya estaban ahí. Era increíble lo mucho que se divertía con Dawson hasta el punto de perder la noción del tiempo.
—Espero que la música que pongan sea buena, de lo contrario me voy a deprimir y terminaré ahogándome en la bebida y tendrás que sacarme de ahí cargando— comentó la rubia en u tono divertido y medio en broma ya que no sería la primera vez decidiera tomar de la cuenta. Claro que nunca llegó a los extremos de que la tuvieran que cargar pero bueno siempre hay una primera vez para todo.
—Por cierto, no sé si te lo había dicho antes, vi a Logan con su traje y déjame decirte que se veía de ensueño siento una gran envidia por la que será su acompañante esta noche — Tory sabía lo mucho que le incomodaba a Dawson que ella le dijera ese tipo de cosas sobre su hermano, pero no podía evitarlo era divertido ver como se ponía a refunfuñar al respecto y dado que no se encontraba Lori, con alguien tenía que halar de aquello.
Como era de esperarse, Dawson no tardó en arrugar su nariz para demostrar su disconformidad con las palabras de Tory.
—Eres consciente de que él es un Young, ¿verdad? —le preguntó, en lo que arqueaba una ceja—. Y, a que no adivinas lo que sigue… —Rodó su dedo índice varias veces frente a su rostro para que la mirada de Tory fuera a parar a él—. ¿Yo? También soy un Young —le informó, con una ironía evidente. Estaba acostumbrado a escuchar comentarios de ese tipo con respecto a Logan, pero cielo santo, que era su hermano; no tenía por qué saber cuando una de sus amigas lo encontraba hermoso, ¿verdad?
Claro que, por lo general, era sólo Tory quien decía esas cosas, pues Lori solía guardarse sus pensamientos para sí cuando estaba con Dawson. Pero, de todas formas, sabía que sentía algo por su hermano mayor; y no habían palabras para describir lo mucho que le disgustaba aquello, ya que, y eso no era ninguna noticia, el castaño estaba enamorado de la joven Knight.
Sacudió la cabeza y descartó aquel pensamiento. Había salido esa noche para divertirse, no considerar cuestiones que sólo lograban amargarlo.
—¿Cargarte? —inquirió entonces, observándola como si de veras estuviera extrañado—. No sé si soy capaz de hacer eso… —repuso, muy serio, aunque la sonrisa que no tardó en asomarse en sus labios dejó en claro que sólo estaba bromeando—. Es decir, ¿qué crees que tengo, súper fuerza? —Ahora sí, soltó una carcajada. Tory era liviana como una pluma (lo sabía porque ya había tenido que cargar con su peso en varias ocasiones), pero aún así era divertido molestarla.
La rubia soltó una carcajada debido al primer comentario de su amigo ya que le parecía de lo más lindo ese gesto de descontento que ponía.
—Sé perfectamente que ambos son Young y que son hermanos —contestó con una gran sonrisa en sus labios mientras detenía el dedo índice de su amigo con una de sus manos—. Pero no puedes culparme por hacer ese tipo de comentarios, no controlo lo que sale de mi boca. Lo que pienso, lo digo —le recordó a su amigo quien ya debería estar acostumbrado a que la chica Carson mostrara su opinión para todo.
Por otra parte, la chica frunció el ceño a causa del último comentario de Dawson y dado que aún tenía entre sus manos el dedo de su amigo, lo apretó un poco más de la medida para mostrarle su disgusto. Claro que ambos sabía que ella no estaba realmente molesta con su amigo y que él solo bromeaba pero aún así sintió unas enormes ganas de apretujarle el dedo.
—Espero mi querido Dawson, que no estés insinuando algo sobre mi peso o me vas a crear un gran complejo y dejaré de comer — dijo, lo más seria que pudo sin éxito alguno y es que vamos; que cuando de comida se trataba, la rubia era un pozo sin fondo y no se medía en lo más mínimo con respecto a lo que comía—. Tal vez tengas súper fuerza; pero no te vendría nada mal una ida al gym de vez en cuando — le comentó a su amigo guiñándole un ojo.
Cuando Tory se dio cuenta de que aún apretaba el dedo de su amigo, esta lo soltó.
—Bueno chico maravilla, vamos a ese baile que la noche es joven y yo tengo unas ganas de bailar que no tienes una idea.
Dawson había estado a punto de replicar ante las primeras palabras de Tory, pero decidió guardarse el comentario y dejar ese tema de lado. No era como si estuviera celoso de su hermano ni nada por el estilo; de hecho, sus padres nunca habían alentado ese tipo de sentimientos entre los miembros de su familia. Pero, de todas formas, el hecho de que sus dos mejores amigas continuaran hablando de lo genial que era Logan, de lo apuesto que se veía o de lo mucho que les gustaba encontrarse con él de tanto en tanto resultaba un poco molesto.
Sin embargo, optó por cambiar el curso de la conversación, así que se limitó a soltar una carcajada cuando ella siguió hablando.
—¡Un complejo! No podemos dejar que eso suceda… ¿Y si te mueres por hacer huelga de hambre? —inquirió, muy divertido, aunque los dos eran conscientes de que eso no era posible. Después de todo, no era ningún secreto que la joven Carson se alimentaba como si no hubiera un mañana, y esa era, quizás, una de las cosas que tanto le agradaban de ella y por las cuales la admiraban—. No, eso no puede pasar —repitió, mientras negaba varias veces con la cabeza.
Esa rubia no podía morir de inanición. Un mundo sin Tory Carson no valía la pena.
—Una ida al… —Suspiró—. Y luego te haces llamar mi amiga, ¿escuchas las cosas que me dices? —la increpó, aunque sonriendo de medio lado sin poder evitarlo.
Se quedó mirando el dedo que ella aún no soltaba y, cuando lo hizo de aquella forma tan repentina, su entrecejo se arrugó. Algo lo llevó a clavar sus ojos en los de Tory, pero rápidamente se obligó a sí mismo a recuperar la compostura, por lo que se aclaró la garganta antes de reponer:
—Entonces, a bailar se ha dicho.
La tomó de la mano y, sin esperar que ella contestara, tiró de su persona para arrastrarla hacia la pista en donde una multitud de jóvenes se movían al compás de la música.
La rubia soltó una risa por el reclamo de su amigo al dudar que la joven Carson no fuera realmente su amiga; claro que ambos sabían que era una simple broma ya que bueno ambos eran casi inseparables y siempre estaban ahí el uno para el otro.
Cuando Dawson la tomó de la mano para comenzar a bailar, ella no puso resistencia alguna después de todo era ella quien se moría de ganas por bailar. No obstante, y para ser honestos, la rubia no se espero que tan pronto como comenzaron a bailar la música pasó de ser movida a ser una balada lenta.
—Que aguafiestas, justo cuando tenía ganas de bailar algo movido llegan los encargados de la música y me ponen algo lento —se quejo aparentado estar enojada por ese cambio en el ambiente—. Suerte para ellos que igual me gusta este tipo de bailes —sonrió mirando a su amigo poniendo una mano sobre el hombro de Dawson mientras entrelazaba la otra.
—Ahora, yo quisiera saber quién rayos pone baladas a esta hora de la noche —le dijo, arrugando el ceño hacia los parlantes, como si con aquello fuera a lograr que éstos se silenciaran. Sin embargo, él no tenía supe poderes, por lo que terminó por suspirar y rodar los ojos antes de volver a clavarlos en Tory—. Digo, ¿no te parece demasiado temprano? Por lo general esperan a que sean eso de la una o dos de la madrugada, ya todos están un poco ebrios y terminan haciendo estupideces mientras bailan —repuso, sin poder evitar reír al recordar que, de hecho, eso había sucedido en su baile de graduación. Hasta habían visto a un muchacho imitar a King Kong. Había sido excelente.
Ubicó sus manos sobre la cintura de la joven Carson y comenzó a moverse al ritmo de la música mientras le dedicaba una sonrisa.
—Piensa en el lado positivo: al menos nos tenemos el uno al otro. —Le guiñó el ojo, para luego soltar una carcajada—. Imagínate si me hubiera tocado hacer guardia en el hospital, ahora estarías con un idiota que no sabría cómo divertirte. ¿Ves? Mitad del vaso vacío —la animó.
—Pero por nada del mundo hubiera permitido que te tocara guardia esta noche — le hizo saber a Dawson en un tono como de amenaza sin estar enojada realmente—. Yo me hubiera encargado de que te dejaran la noche libres —le explicó a su amigo guiñándole un ojo que vino acompañado de una amplia sonrisa—. A demás, no me hubiera imaginado pasar esta noche con alguien más que no fuera contigo.
Ese último comentario pronunciado por la rubia, logró que un pequeño rubor rojizo se apoderara de sus mejillas; y es que en realidad no había planeado que eso saliera de su boca. Sin embargo, no dijo nada más, simplemente se dedicó a seguir bailando al compas de la música bajando un poco su rostro en dirección al suelo esperando que el color rojo de sus mejillas desapareciera.
—Aunque ahora que lo dices, tienes razón, la música lenta la ponen casi al final de estos eventos — le dio la razón a su amigo con respecto a su comentario, para después agregar—: Claro que la explicación más lógica para esto es que alguno de los aquí perenes se lo pidiera como una favor especial al DJ para tener un gesto romántico con su pareja.
—Ah, es decir que si llegaban a asignarme trabajo para esta noche, habrías entrado al hospital y asesinado a todo aquel que se te cruzara en un intento de liberarme, ¿es eso? —cuestionó un divertido Dawson, a medida que una de sus cejas se alzaba y una sonrisa de medio lado se formaba en su rostro.
Notó que los pómulos de Tory se ruborizaban, y arrugó un poco el entrecejo en su dirección. Hasta ese momento, había considerado que su amiga hablaba irónicamente; sin embargo, el hecho de que estuviera tan roja como un tomate decía algo completamente distinto. Mientras intentaba definir qué demonios se escondía detrás de ese repentino cambio de color, Dawson observó a la muchacha con ternura.
—Pues yo tampoco podría pensar en mejor compañía —le aseguró, con absoluta certeza. Porque sí, él estaba enamorado de Lori; pero lo cierto era que sus sentimientos, muchas veces, lo ponían incómodo, pues se encontraba en la constante dicotomía de si valía o no la pena revelar lo que pasaba por su cabeza. Con Tory no pasaba eso; de hecho, era la persona con quien más a gusto se sentía, pues simplemente era… Tory.
Sacudió su cabeza, sin terminar de entender cómo había llegado a esa conclusión.
—Pues entonces mejor aprovechamos esta canción al máximo, ¿no crees? —le preguntó, pero antes de dejarla contestar la hizo girar sobre su eje.
—Claro que no me molestaría cambiarte por ese lindo chico que acaba de pasar por detrás tuyo y me acaba de guiñar el ojo —respondió ella saludando a la nada ya que realmente no había pasado ningún chico lindo pero esa fue la única cosa que se le ocurrió a la rubia para terminar con ese momento algo incómodo—. Pero descuida, no pienso cambiarte por nadie esta noche.
“Por esta ni por ninguna otra”, pensó Tory para sus adentros y es que se divertía tanto con su amigo que realmente no se imaginaba con alguien más. Pero la rubia debía mantener los pies sobre la tierra y entender que Dawson solo tenía ojos para su amiga Lori y que ella solo era su mejor amiga, solo eso.
Los ojos de Dawson se abrieron un poco más de la medida a medida que el muchacho fingía estar estupefacto frente a lo que ella acababa de decir.
—¿Eso es todo? —cuestionó, y sus labios se alzaron un poco para formar una sonrisa que no logró reprimir por más que intentó—. ¿Así de fácil me cambias por otro? —insistió, para luego negar dos veces con la cabeza y terminar por agregar—: Me decepcionas, Carson. Creí que lo nuestro era amor verdadero; se ve que me equivoqué. —Suspiró cansinamente—. Pero ve si quieres, sé feliz… yo intentaré hacer lo mismo.
Se sobó la nariz, como si no pudiera dejar de llorar, y desvió sus ojos de los de Tory. Se merecía un Globo de Oro por esa actuación, seguro. Rió ante aquel ridículo pensamiento.
—Menos mal. Si me dejaras solo, tendría que entablar conversaciones, hacer sociales… —Aparentó tener un escalofrío—, sabes lo mal que se me da eso. No, gracias; dejen que me quede para siempre bajo mi roca solitaria, por favor.
La joven Carson rodó los ojos divertida al escuchar el último comentario de su amigo. Había que reconocer que Dawson era una dramático.
—Estoy llegando a pensar que te confundiste de carrera — dijo Tory con cierto tono de diversión en su voz—. En lugar de estudiar medicina, debiste entrar a artes dramáticas porque mira que se te da bien el melodrama — se burló de su amigo soltando una leve carcajada. —Pero tranquilo que no vas a librarte de mi por esta noches, por hoy eres mi hombre —soltó la rubia con toda naturalidad como normalmente era propio de ella y estaba segura de que su amigo no podría malinterpretar sus palabras ya que si bien el nivel de confianza que existía entre ellos era muy grande, sus palabras no iban con segundas intenciones… no conscientemente.
Frente el primer comentario de Tory, Dawson se vio obligado a sacarle la lengua de forma burlona.
—Y eso que no me has visto llorar todavía… —ironizó, conteniendo la risa—. Mi llanto falso es lo mejor que te puede ocurrir en la vida. Si tienes suerte, algún día te lo mostraré —repuso guiñándole el ojo, como si de veras ese fuera un secreto que tenía bien guardado.
Con lo que siguió, él soltó una sonora carcajada. Porque sí, era el amigo de Tory; pero vamos, también era un hombre, y ser malpensado era parte de su naturaleza. Biológicamente hablando, por supuesto.
—De acuerdo, Carson, no me escucharás quejarme —le dijo, procurando sonar pícaro, aunque lo cierto era que contenía la risa—. Y te aseguro que pasarás la mejor noche de tu vida. Es más, podríamos saltarnos esta ridiculez del baile e ir directamente al grano… —bromeó, alzando ambas cejas varias veces en un gesto ridículamente divertido y traumático.
En ese preciso momento comenzó a sonar Fireball, y todos a su alrededor empezaron a moverse descontroladamente. Dawson reaccionó lo suficientemente a tiempo como para atraer a Tory hacia sí y evitar que un grupo de chicos de no más de diecisiete años se la llevaran puesta.
—Tu príncipe de armadura brillante reportándose —susurró en tono socarrón, intentando no pensar en lo bonita que se veía y lo cerca que la tenía.
Quiso recuperar su espacio personal para dejar de concentrarse en el delicioso perfume de la rubia, pero se obligó a sí mismo a mantenerla cerca para evitar que la lastimaran. ¿Desde cuándo no podía controlarse con ella? Se dijo a sí mismo que era porque iba de rojo y nada más que eso, y casi logró convencerse.
Al escuchar la sugerencia de Dawson sobre que salieran de aquel lugar para “ir directo al grano”, ella estaba completamente consiente de que su amigo solo estaba bromeando. Sin embargo la idea se le antojaba demasiado tentadora. Pero tenía que poner los pies sobre la tierra; Dawson no la veía de esa forma, en la forma en la que sabía como miraba a Lori cada vez que ella no lo estaba mirando así que tuvo que tragarse esas ganas de estar a solas con él de una manera bastante íntima. Tory no estaba muy segura en que momento Dawson la había atajado hacia él, pero tenía que admitir que ese gesto le gusto y fue muy lindo por parte del chico.
—Eres mi héroe, no sé que sería de mí sin ti — respondió la rubia sonriendo mientras ponía ambas manos sobre el cuello de su amigo y en la cercanía no pudo evitar oler el delicioso aroma de su loción—. Es una lastima que ya no existan tantos caballeros de dorada armadura como tu —dijo en un susurro tratando de que sonara de lo más natural posible pero es que tenerlo tan cerca la ponía mal y tratar de disimular que solo lo veía como un amigo le resultaba tan difícil.
El tiempo que se quedaron uno muy cerca del otro fue bastante largo pero Tory le restó importancia, realmente ella podía estar todo lo que quedaba de la noche en los brazos de Dawson y que ese momento nunca acabara.
—Probablemente morirías —bromeó un escéptico Dawson a medida que se encogía de hombros—. Pero tú tranquila, eh, que no tengo pensado irme a ningún lado —le prometió, sin dejar de dedicarle una sonrisa de oreja a oreja.
Desvió su mirada por un momento, ya que por alguna razón la cercanía que mantenía con Tory empezaba a parecerle de lo más extraña, pero rápidamente se dijo a sí mismo que estaba siendo un idiota, por lo que volvió a enfocar su atención en la rubia antes de comentar:
—Es que, como habrás notado, somos una especie en extinción. —Por un segundo pareció conseguir convencer a Tory con sus dotes actorales, pero su supuestos aires de soberbia se disiparon en cuanto una carcajada se hubo escapado de entre sus labios—. La mayoría de los tipos de hoy en día son unos absolutos cretinos —pronunció, alzando un poco su tono de voz para que los brutos que bailaban detrás de Tory pudieran oírlo. Como respuesta, recibió varias miradas asesinas, pero Dawson no pareció inquietarse por ello.
—Eres como un unicornio — dijo riendo toquetearlo por todos lados desde el pecho, los hombros y terminar con su rostro. Al ver la cara de confusión del chico no pudo evitar sonreír de oreja a oreja—. Tranquilo, no te espantes solo compruebo que en efecto seas real con eso de que dicen que los unicornios no existen… — le explicó a Dawson todavía manteniendo ambas manos sobre el rostro del castaño pero ya no estaba recorriendo toda la cara de su amigo; se habían quedado quietas.
Por un momento la rubia no dijo nada, simplemente se quedó ahí contemplando a su amigo. Su inconsciente le decía que dejara de verlo de esa manera o sus sentimientos hacia él iban a ser revelados y las ganas de besarlo le resultó bastante tentadora; pero no lo hizo así como tampoco había retirado sus manos de la cara de Dawson.
En ese momento, Dawson estuvo bastante seguro de que una burbuja invisible se generó entre ellos dos, atrapándolos y aislándolos del resto del mundo. La sonrisa que se había formado en su rostro luego del último comentario de la rubia comenzó a desvanecerse, y tuvo la sensación de que un hormigueo poco familiar recorría la longitud de su espina dorsal.
Sin saber muy bien si atribuir sus acciones a la falta de sueño, al vestido rojo que Tory llevaba puesto o a esos labios que no dejaban de reclamar su atención, el joven Young se encontró a sí mismo inclinándose un poco para atrapar la boca de la muchacha con la propia.
La besó con completo desconocimiento de sus intenciones, pero sin detenerse dos segundos a pensar si lo que estaba haciendo era o no correcto –lo que, a decir verdad, resultaba extraño en Dawson, quien se caracterizaba por ser un sujeto bastante sereno y precavido.
No se separó de Tory sino hasta pasados varios segundos, en los que, aún sorprendido por su propia forma de actuar, alzó las comisuras para regalarle a su amiga una amplia sonrisa.
—Te dije que no podía mantener promesas con ese vestido involucrado —bromeó, para quitarle un poco de tensión a la situación y de importancia a lo que acababa de hacer.
Tory estaba tan concentras en observar a Dawson que cuando él se iba acercando a ella, la tomó por sorpresa ya que realmente no esperaba que su amigo la fuera a besar. Por un momento trató de ser razonable y buscar una explicación lógica ante el beso de Dawson pero es que el contacto con los labios del castaño se sentían tan bien que dejo de pensar y simplemente se rindió a ese contacto.
Cuando aquel beso terminó, el inconsciente de Tory pidió más, había soñado tanto tiempo con ese beso que sintió una gran necesidad de sentir aquel contacto con él.
—Estas perdonado, ya que creo que yo tampoco voy a poder no intentar nada mientras uses ese traje —sonrió ampliamente mirando a Dawson algo sonrojada por toda aquella situación y lentamente se fue acercando más al chico para besarlo nuevamente. Al hacer eso, la rubia sabía que se estaba metiendo en terrenos peligrosos pero eso no la detuvo para seguir besando a su amigo.
En un principio lo besó con cautela, como si sintiera que Dawson fuera a rechazar aquel contacto; pero no lo hizo. Y eso fue bueno porque se sintió con la libertad de besarlo con más intensidad como si los labios de Dawson fuera una droga y ella estuviera saciando esa adicción.
Dawson intentó imponer razón a lo que estaba sucediendo en ese momento, aunque sus esfuerzos fueron en vano. No tenía idea de cómo había terminado besándose con Tory, sobre todo cuando los dos siempre habían sido amigos y nada más que eso. Por otro lado, él nunca había sido un tío de un enrollón, sino que siempre sentía algo hacia las mujeres con las que estaba.
Pues bien, siendo que la joven Carson no le gustaba de esa manera, ¿qué demonios hacía besándola?
Sin embargo, al cabo de unos instantes, acabó por decirse a sí mismo que estaba dándole demasiadas vueltas al asunto. Ellos dos eran amigos, sí; pero, ¿acaso significaba eso que no podían besarse sin poner en peligro su relación? No era como si aquello implicara necesariamente que la noche terminara en algo más. Y si así era, ¿por qué poner impedimentos? ¿Acaso Dawson no se merecía soltarse un poco y relajarse, en lugar de evaluar constantemente las consecuencias de sus actos?
Guiado por aquel pensamiento, posó una de sus manos sobre la cintura de Tory y la otra en la parte trasera de su nuca, y la atrajo más hacia sí. Ya estaba cansado de darle mil vueltas a cada cuestión; simplemente quería dejarse llevar. Y fue por ello que continuó besándola, explorando cada centímetro de su boca y sintiendo cómo una oleada de calor lo devoraba por dentro.
—¿Quieres salir de aquí? —se oyó preguntar a sí mismo tras haberse separado un poco de Tory para recuperar el aliento. Ya se castigaría por su forma de actuar más tarde, pues lo cierto era que ahora sólo tenía una idea en la cabeza, una y nada más.
Tory estaba mal, la situación en general estaba mal. Principalmente porque la joven Carson pensaba antes de actuar pero en ese momento no lo estaba haciendo. Y por su puesto que le hubiera encantado estar algo borracha para así poder justificar su falta de sano juicio; pero no lo estaba y no importaba, solo importaba el hecho de que estaba besando a su mejor amigo, a la persona por la que había estando enamorada desde hacía ya algún tiempo.
—Pensé que nunca lo pedirías — se encontró respondiendo con una enorme sonrisa a la pregunta de Dawson sin preocupación alguna para tomarlo del brazo y pasar por entre las personas en busca de la salida y poder buscar un lugar más tranquilo en donde poder estar a solas con el joven Young.
Los dos caminaron -o, más bien, trotaron- lejos de la pista de baile, soportando los empujones y propinando algún que otro codazo para despejar su trayectoria. Dawson sintió cómo su corazón latía a mil, y su cabeza estaba demasiado atontada como para permitir que él pensara mejor en sus decisiones y no se dejara guiar por su instinto más primitivo.
Cuando finalmente llegaron al coche, el castaño creyó que no sería capaz de aguantar otro segundo sin probar los maravillosos labios de su amiga, por lo que la tomó de la muñeca para hacerla girar sobre sus talones y la aprisionó contra la puerta del lado del copiloto antes de comenzar a besarla con una pasión para nada propia de él. La temperatura corporal de ambos jóvenes ya estaba por los cielos, y el muchacho se dedicó a devorarla como si la boca de Tory fuera lo más dulce y exquisito que había probado jamás. Y tal vez lo fuera.
Estaba recorriendo el cuello de la rubia con sus labios cuando cayó en la cuenta de que estaban en la entrada del Ayuntamiento, y que habían logrado captar las miradas de varios curiosos. Lo cierto es que en un principio a Dawson le importó un bledo; sin embargo, pasados unos segundos, decidió que sería mejor que encontraran un lugar más íntimo, en donde no estuvieran rodeados por molestos espectadores.
—Mi departamento queda a diez minutos —logró decir con voz ronca, clavando una mirada llena de deseo sobre los ojos de Tory.
¿Qué rayos le sucedía? Por un lado, sabía que esa era su amiga, y que no estaría bien cruzar el límite que se había impuesto de forma implícita desde un principio; pero, por el otro, su cuerpo no dejaba de reclamarle aquello que no había experimentado en meses, y que definitivamente necesitaba. ¿Por qué darle demasiadas vueltas al asunto, si los dos deseaban lo mismo? No era como si fueran a casarse después de eso, por todos los cielos.
Cuando Tory había despertado aquella mañana nunca imaginó que las velada entre Dawson y ella hubiera tomado este giro; es más, hasta ella lo hubiera llamado una locura ya que según ella conocía a la perfección a su amigo. Pero al parecer uno nunca termina de conocer por completo a las personas y le gustaba el rumbo que estaba tomando aquella situación.
Para cuando llegaron al auto del chico ella ya estaba muy dispuesta a irse ya que no quería pasar un momento más sin la cercanía de Dawson; tampoco quería que él se arrepintiera de lo que ella estaba muy segura iban a hacer aquella noche. Su sorpresa estuvo cuando Dawson la acorraló entre él y la puerta del coche y comenzó a besarla de una forma que logró que su cuerpo se estremeciera y por un momento olvidó en qué parte se encontraban, tanto que la rubia comenzó a aflojar un poco la corbata del chico para momentos después poner ambas manos alrededor de la nuca de Dawson ya sentía que si no se agarraba a algo las piernas le iban a flanquear y caer ahí desmayada. Para el momento en el que Dawson hizo es pequeña para ofrecerle que fueran a su departamento, fue cuando cayó que la cuenta de que aun estaban en el Ayuntamiento.
—¿Puedes hacer que lleguemos en cinco minutos? No creo poder aguantar más tiempo el querer quitarte ese traje —articulo la rubia en un susurro muy cerca del oído de su amigo.
Dawson se limitó a asentir una vez con la cabeza. No necesitaba decir más.
Cinco minutos le bastaban.
Viernes por la tarde.
Seal Beach, California.
Hacía un frío de locos.
En serio, Matthew estabaseguro de que se convertiría en un cubito de hielo en cualquier momento. Nisiquiera se había ocupado en colgarse una chaqueta encima de los hombros antes de salir de su casa, por lo que solamente llevaba puesta una remera oscura de mangas largas; y, gracias a que se trataba de una época del año bastante particular, especialmente en el pueblo costero, en donde los inviernos eran muy duros, necesitaba algo para entrar en calor.
Gracias al cielo, y como aquella tarde había decidido salir a caminar por la ciudad, no tardó mucho tiempo en llegar al Starbucks más cercano. Se dirigió hacia el mostrador, agradeciendo silenciosamente que no hubieran muchas personas en el interior del local, y le pidió a la rubia frente a él un Capuccino enorme.
Prácticamente se bebió su pedido de un solo sorbo luego de haber pagado por él, y se tomó un par de segundos para disfrutar de la calefacción de aquel lugar antes de salir de nuevo. Al ser un muchacho sumamente hiperactivo, le costaba muchísimo quedarse en un solo lugar, y eso resultaba más que evidente a partir del hecho de que se mostraba constantemente inquieto. Su padre siempre bromeaba alegando que Matt parecía tener una batería que nunca se agotaba metida en el culo.
Soltó una sonora carcajada sin poder evitarlo.
Admiraba la ciudad de la que había partido hacía un par de meses, y adoraba estar ahí para visitarla durante aquellas vacaciones de invierno. Lo cierto era que le encantaba Seal Beach, y creía que volvería allí en el futuro; pero ahora, sus amistades y su vida estaban en Nueva York, así que ya vería hacia dónde lo llevaba el viento más adelante.
Continuaba bebiendo su café mientras andaba, aunque ahora con menos desesperación. La camisa ya no le parecía tan liviana, ni deseaba desesperadamente tener su cazadora encima, así que eso era algo bueno.
Y entonces, cuando sus pensamientos comenzaban a desviarse hacia qué haría aquella noche con su familia, una figura se apareció ante él, y logró llamar su completa atención. Porque vamos, Alexandra Roden siempre tenía ese efecto sobre Matt, aún cuando pequeños.
Claro que se había acostumbrado a ocultar su atracción hacia ella con bromas y comentarios que simulaban ser irónicos, pero cualquiera que se tomara un segundo para leer entre líneas entendería que, en realidad, sus palabras no dejaban de ser ciertas.
Cuando se encontró a tan sólo un par de metros de distancia de ella, decidió que era hora de llamar su atención.
—Lexie Roden —anunció, con un tono de voz lo suficientemente alto como para que ella lo oyera. Ni bien notó que la joven alzó sus ojos de la acera para clavarlos en él, le dedicó una sonrisa de oreja a oreja, una que tenía reservada para ella nada más—. Un placer para la vista, como siempre —la halagó, tal y como tenía por costumbre.
Era viernes por la tarde y Lexie estaba sola en su casa. En algún momento del día se había quedado dormida y se había quedo sola en el transcurso de su pequeña siesta. Así que al momento de despertar y darse cuenta de que estaba completamente sola, se puso algo de ropa abrumadora encima y se dispuso a salir; seguramente algo encontraría para hacer fuera. Ya que quedarse en su casa y ademas sola, no era un plan que se le antojara.
Al salir de su casa se dio cuenta de que el frío de la tarde le calaba hasta los huesos claro que eso no le importó en lo más mínimo ya que seguramente mientras se pusiera a andar entraría en calor sin mencionar el chocolate caliente que pretendía comprarse.
Finalmente la morena había conseguido su bebida caliente y se disponía a cruzar hacia el otro lado de la calle claro que se tardó un poco más de la cuenta ya que el tráfico de ese momento le hacía imposible que ella pudiera dar un solo paso sin resultar lastimada. No obstante, le alegró que los autos no la dejaran pasar ya que una voz bastante conocida llamó su atención. Es cierto que en un principio se asustó cuando alguien la llamaba por su nombre completo a mitad de la calle, pero al levantar la vista y mirar en dirección de donde provenía esa voz y darse cuanta de quién se trataba una sonrisa se formó automáticamente en su rostro. Pero no era de esas sonrisa fingidas que sólo pones por compromiso cuando vez a alguien conocido ya que en esa ocasión, no era el caso.
La persona de quien provenía esa voz era nada más y nada menos que de Matthew Fells, su gran amigo de la infancia y su primer gran amor de la infancia. Para ella fue una gran sorpresa encontrarlo ahí y sin pensarlo dos veces, la morena caminó en dirección de él y lo estrechó en un gran abrazó que por un minuto pensó que ambos se iban a caer ya que ambos se tambalearon un poco debido a la gran efusividad de la morena.
—¡Que alegría encontrarte por aquí! — dijo mientras se separaba del abrazó sin abandonar la sonrisa de su rostro —. Siempre es bueno ver una cara amigable por estos lugares.
Matt no tardó en corresponder el abrazo de Alexandra, a medida que las comisuras de sus labios se alzaban aún más para recibir aquel contacto con una amplísima sonrisa. Cuando la fragancia a jazmín que llevaba impregnado en su cabello fue percibido por su nariz, deseó ser capaz de inhalar profundamente para guardar aquel delicioso aroma en su memoria; sin embargo, tuvo que contenerse, porque aquello sería muy obvio, y no necesitaba que ella creyera que era un desesperado.
Se echó un poco hacia atrás y se tomó un segundo para admirarla. Cielos, se veía preciosa. Aunque claro que aquella no era una novedad. Vamos, era Lexie Roden, ella siempre estaba así de guapa.
Algún día dejaría de sorprenderle lo mucho que se alegraba cada vez que la veía. Tal vez debería ir a Seal Beach con mayor frecuencia, a ver si se convertía en algo frecuente encontrarla caminando por ahí. Le gustaría eso.
—Pues no puedo decir que a mí me moleste haberme topado contigo tampoco —admitió, con una sinceridad absoluta. Se encogió de hombros antes de agregar—: Es, más bien, todo lo contrario. Me gusta verte. Sería genial poder hacerlo todos los días. Ya sabes, porque te ves tan bonita que le alegras el día a cualquiera…
Cerró el pico de un segundo al siguiente. Ese era, sin duda, su mayor defecto. Matthew hablaba mucho. Demasiado. No sabía muy bien de dónde rayos había aprendido aquello, pues siempre había estado en la genética Fells el ser encantadores, pero él no era más que un idiota que no pensaba antes de decir las cosas.
—¿Cómo estás? —le preguntó, pero antes de esperar a que ella respondiera, se encontró a sí mismo añadiendo—: ¿A dónde vas? ¿Quieres que te acompañe?
De nuevo estaba haciéndolo. Se mordió la lengua para evitar el torbellino de palabras que se acumulaban en su cabeza y pedían salir a gritos.
Lexie ya estaba acostumbrada a todas aquellas palabras que Matt solía decirle, sin embargo, no pudo evitar sonrojarse y sonreír ante las palabras pronunciadas por su amigo.
—Tranquilo amigo, son demandadas preguntas para responderlas todas al mismo tiempo —soltó la morena acompañada de una pequeña risa mientras ponía ambas manos en la boca del castaño para taparla—. ¿Te das cuenta de que esas son las preguntas que haría algún tipo de acosador? —le preguntó en un tono amigable aun sin poder abandonar aquella sonrisa de su rostro. Y es que vamos, se trataba de Matthew Fells, la persona que más quería en este mundo muy aparte de su familia.
—Estoy bien, gracias y no voy a ningún lugar en particular pero me encantaría que lo hicieras sabes que disfruto mucho de tu compañía — respondió ella dándose cuenta de que aún mantenía sus manos sobre la boca de Matt y aunque no le molestaba el contacto con él, le apenaba que el castaño se diera cuenta de que ella aún tenía sentimientos amorosos hacia él.
—Pero ahora que lo recuerdo, yo estoy enojada contigo — espetó la morena de un momento a otro frunciendo el ceño—. ¿Poe qué no me dijiste que estabas en Seal Beach?— preguntó ella dándole a su amigo pequeños golpes en el hombro con ambos puños en forma de disgusto.
El castaño torció un poco su cabeza a medida que ella hablaba, para poder admirarla desde otro ángulo. Sin importar de dónde se la observara, la morena seguía siendo increíblemente perfecta, y eso no dejaba de sorprenderlo. Cuando Lexie finalmente liberó su boca de la obstrucción que había logrado con sus manos, una fuerza invisible tiró de las comisuras de Matt para llevarlas hacia arriba.
—¿Estás diciéndome que soy un acosador? —inquirió, mientras enarcaba una ceja—. Me rompes el corazón, Alexandra —murmuró, y arrugó un poco su nariz para adoptar una fingida expresión de abatimiento. Pero, como los dos sabían muy bien que la joven Roden podía decirle lo que quisiera y, aún así, él seguiría adorándola como un perrito a su amo, no tardó en volver a sonreír.
Entonces sí, comenzó a caminar lentamente, esperando a que ella lo siguiera.
—Bueno, pues, ahora que lo mencionas… —musitó, aunque no supo muy bien cómo seguir. ¿En serio le interesaba a ella cuándo iba a Seal Beach? Lo dudaba seriamente. Pero entonces, ¿por qué le preguntaba aquello?—. Ha sido una decisión de último momento, prácticamente tirada de los pelos —se sinceró, encogiéndose de hombros—. Mi madre básicamente me advirtió que, si no venía en el receso de clases, me asesinaría, así que no me quedó otra opción. —Rió por lo bajo, y luego chasqueó la lengua—. Hay que quererla.
Tan sólo recordó que aún le quedaba un poco de café en su taza cuando ésta empezó a quemarle la mano. Se apresuró a beber un poco antes de volver a hablar.
—No te enojes conmigo. Sabes que no podría vivir con eso —le dijo, medio en chiste y medio en serio, aunque estaba seguro de que Lexie no percibiría la verdad detrás de la broma.
La morena emprendió el paso a medida que Matt lo hacia. En realidad no sabía porque le había reclamando el hecho de que no le avisara sobre su inesperada visita. Sí, hablaban de vez en cuando pero ya no era tan a menudo como a ella le gustaría que fuese.
—Pues tu madre hizo bien en amenazarte, quiero decir si lo hubiera hecho lo habrías venido y no nos hubiéramos encontrado. Tengo que agradecerle eso — dijo como quien no quiere la cosa encorvándose de hombros y mirando hacia el suelo—. Pero tranquilo, no estoy realmente enojada, no podría hacerlo aunque quisiera.
Y es que era cierto, la joven Roden quería demasiado a su Matthew Fells como para enojarse con él. Y lo que realmente rondaba por su mente era un gran nerviosismo ya que tenía tiempo sin verlo y encontrárselo ahí de la nada, la sorprendió mucho y no sabía realmente como reaccionar.
—¿Y dime que haces tu aquí en una noche tan fría como esta y sin nada abrigado encina? — preguntó la morena quitándose se encima su bufanda para ponérsela al joven Fells sin preguntarle si la quería o no pero ella temía que el chico fuera a pescar un resfriado.
Frente a las primeras palabras de la morena, él se vio obligado a sonreír. El hecho de que la muchacha mencionara que era necesario que le diera las gracias a Deborah lo condujo a creer que ellas hablaban de tanto en tanto, y lo cierto era que, en realidad, no le sorprendía en lo absoluto. En primer lugar, porque sus padres eran amigos íntimos de los progenitores de Alexandra; por otro lado, sabía muy bien que su madre consideraba que Matt nunca había superado sus sentimientos hacia la chica, y ella apoyaba completamente la posibilidad de una relación. La castaña adoraba a la joven Roden, y tampoco era como si se pudiera juzgarla por ello; después de todo, Lexie era sensacional en todo aspecto de la palabra, ¿o no?
En fin, siguió el hilo de la conversación escuchando atentamente cada comentario que ella formulaba, admirándola de reojo cuando ella se decidía a mirar para otro lado y preguntándose cómo era posible que siguiera siendo tan maravillosa como el primer momento en el que la había conocido, y el estúpido y pequeño Matthew Fells se había enamorado de ella.
—Pues yo… —comenzó, pero se vio interrumpido cuando la morena rodeó su cuello con su propia bufanda. Clavó sus ojos sorprendidos en la prenda y, al comprobar que era de un tono rosado, soltó una sonora carcajada—. Ya, ¿qué tan afeminado me veo con esto? Vamos, Lexie —musitó, con las comisuras de sus labios en alto, para dejarle bien en claro que sólo estaba bromeando. No era de esos que creyera que el estilo o las apariencias influyeran en la sexualidad de una persona. Y tampoco era como si le importara demasiado aquella última característica de los demás—. Pero es que es tan calentita… —admitió, moviendo un poco su cabeza para enterrar su cuello tanto como era posible en esa cálida bufanda.
Parpadeó un par de veces y arrugó el entrecejo mientras intentaba definir qué era aquello de lo que estaban hablando antes de que se efectuara tal interrupción. Cuando finalmente lo tuvo, asintió una vez con la cabeza.
—Necesitaba un café —le explicó, alzando un poco la taza de plástico que cargaba en su mano derecha para que Lexie pudiera reparar en ella—, porque estaba muriéndome de frío. Claro que no lo pensé muy bien, porque me dejé la mitad del abrigo en casa.
—Yo creo que ese color te va bastante bien si me lo preguntas a mi — respondió la joven Roden ante el primer comentario de su amigo sonriendo ampliamente contemplando lo bien que se veía—. Sí, no consideré el color y de haber sabido que te iba a encontrar por aquí me habría puesto una bufanda de un coló más neutro pero es la mas abrigada que tengo y además esta hecha por mi — comentó Lexie tomando uno de los extremos de la bufanda para enseñarle a su amigo la pequeña etiqueta que tenía que decía “hecho a mano por Lexie Roden”—. Nunca sabes que alguien es capaz de tejer una bufanda hasta que lo intentas — sonrió su amiga percatándose en la taza de plástico de Matt.
—Sabes, no es bueno para tu sistema que tomes tanto café — soltó la morena como si de verdad lo estuviera regañando pero en realidad su tono denotaba diversión más que otra cosa—. Si de por si nunca puedes estar quieto imaginar como te pones con tanta cafeína en tu sistema. Para estos casos es mejor tomar algo de chocolate caliente.
Sin poder evitarlo, Matt soltó una sonora carcajada al ver la etiqueta que Lexie le señalaba.
—A ver, a ver… —comenzó, entre risas, mientras intentaba recuperar el aliento para continuar hablando—. ¿Me dices que le has anotado esto a la bufanda? ¿Y por qué era eso necesario? —le preguntó, sin poder contenerse. Eso era, sin lugar a dudas, lo más divertido que había presenciado en la semana.
Cuando la joven Roden hizo aquel comentario sobre el café, el castaño alzó un poco su taza para poder examinarla, y finalmente la movió un poco para que aquel objeto captara la atención de Alexandra.
—Agh, en eso tienes razón —comentó, tras haber chasqueado la lengua—, pero es un placer necesario. Me pone más hiperactivo que lo normal, lo admito, pero es la bebida de los dioses —le aseguró, con una ceja arqueada y las comisuras de sus labios levemente alzadas—. Aunque debería dejarlo. Algún día, promesa de Scout —mintió, aunque haciendo un gesto con su mano derecha y todo para disipar dudas.
Se terminó el contenido de su taza de Starbucks de un gran sorbo y botó la basura en el vertedero más cercano. Acto seguido, metió sus manos en los bolsillos delanteros de su pantalón, intentando de esa forma que éstas entraran en calor.
—Debería tenerte cerca más seguido, Roden —pronunció casi en un susurro—. Puede que termines por quitarme los malos hábitos y todo —sentenció, con una sonrisa de medio lado marcada en su rostro.
—Vamos, no te rías —soltó ella también en una pequeña risa al ver lo divertido que se encontraba Matt al ver esa etiqueta—. Que es una buena estrategia de negocio, si a la gente le gusta verán que lo la hice y me pedían que les haga una. Puede que en una de esas estés viendo a una futura diseñadora de bufandas muy famosa y exitosa —afirmó Lexie como su ya fuera un hecho su futuro negocio cuando en realidad no se creía capaz de llegar tan lejos, pero bueno uno nuca sabe.
—Yo siempre tengo razón aunque no siempre quieras aceptarlo — dijo, riendo tratando de darse aire de grandeza. sin embargo, todo quien conociera a la joven Roden sabía perfectamente que ella era la persona más noble y sin ninguna tipo de mala intención dentro de ella.
Cuando la morena escucho las palabras de su amigo con referencia a sus malos hábitos, no pudo evitar sonrojarse y encogerse de hombros de forma algo tímida. —Bueno es que me preocupo por ti y tus malos hábitos así que si no te cuidas me tendrás pegada a ti todo el día como si fiera tu conciencia pepe grillo.
—Ahora que lo dices, no lo había visto así —contestó Matthew frente al primer comentario de la morena, y asintió una vez con la cabeza antes de añadir—: ¿Aún me recordarás cuando seas famosas? Es decir, no espero que me lleves a las pasarelas y toda la cosa, sinceramente no podría interesarme menos la moda; pero me mencionarás constantemente en tus entrevistas y me harás conocer gente genial, ¿verdad? —Enarcó una ceja, y fingió que esperaba una respuesta, aunque lo cierto era que simplemente la observaba porque era imposible desviar la mirada de ella.
Dado que andaban sin ninguna dirección en particular, el joven Fells tomó casi por impulso natural el camino que daba a la playa. No la había visitado desde que llegó a Seal Beach, y recordaba lo mucho que le gustaba pasear por ese lugar que, a su parecer, resultaba de lo más especial y mágico. ¿Quién mejor para compartir tal excursión que Alexandra Roden?
—Pues tampoco es como si fuera a molestarme mucho tenerte pegada todo el tiempo, en realidad —replicó rápidamente, mucho antes de que pudiera evitar el torrente de palabras que se escapaban de entre sus labios—. De hecho, creo que la idea me agrada bastante. Me daría una excusa para poder mirarte, y esa no es precisamente una tortura, ¿sabes? —le dijo, con una sonrisa de medio lado que no dejaba bien en claro si estaba bromeando o si iba en serio. Pero lo cierto era que Matt no podría estar tonteando aún si quisiera. ¿Cómo no ser sincero con ese tópico, cuando la belleza de Lexie merecía ser admirada a diario, todo el tiempo, de forma permanente?
—Por supuesto que te recordaré, es más te llevaré a todas las fiestas que se hagan cuando sea muy famosa y reconocida por todo mundo y te presentare a quien quieras —le respondió a su amigo siguiéndole el juego muy entretenida.
La morena se sonrojó con cada una de las palabras que Matt pronunciaba y es que recibir tantos cumplidos por parte de su amigo (aunque siempre le decía ese tipo de cosas) nunca se iba a acostumbrar a ello pero eso no significaba que le molestara que lo hiciera.
—Bueno, ya que me quieres pegada a ti todo el día que te parece si comienzo desde ahora —dijo la joven Roden pegando a su amigo mientras entrenaba su brazo con el de su amigo para caminar muy pegadita a él.
—A quien quiera —repitió él, con una sonrisa de oreja a oreja que demostraba que estaba muy conforme ante esa idea—. ¿Inclusive a Scarlett Johansson? —le preguntó, evidentemente conforme con esa posibilidad. Después de todo, no era ninguna noticia que Matthew sentía un profundo y platónico amor hacia aquella personalidad, por más que la mujer ni siquiera se percatara de su existencia. Algún día la conocería y acabaría por casarse con ella. Algún día.
El joven Fells no pasó por alto el hecho de que Lexie acababa de sonrojarse, y eso produjo que las comisuras de sus labios se alzaran un poco más. Al menos ella no quería asesinarlo cuando mostraba uno de esos estúpidos y para nada exitosos intentos de flirteo, algo era algo.
—Pues… —comenzó, pero de inmediato notó cómo ella lo tomaba por el brazo. No le molestaría tenerla así de cerca por el resto de su vida, pensó. Tuvo que sacudirse la cabeza para volver a la realidad—. Así que, cuéntame qué ha sido de tu vida desde la última vez que nos vimos. ¿Cómo está tu familia? Me imagino que todos me extrañan demasiado y sienten como si les faltara una parte elemental de sus vidas —ironizó. Sí, los Fells eran amigos de los Roden, y los padres de la morena le tenían bastante estima; sin embargo, eso no significaba que fueran a hacer o deshacer sus vidas sin él.
Lexie hizo una mueca de desagrado al escuchar que Matt se moría de ganas por conocer a la actriz a lo que ella se negaba rotundamente. —Te presentaré a quien quieres menos a Scarlett Johansson —admitió la morena sin tratar de ocultar el hecho de que ella se pusiera algo celosa al pensar que Matt pudiera conocerla realmente—. No me mal entiendas, no tengo nada en contra de la chica pero tu te mereces a alguien mejor —“yo por ejemplo” pensó para sus adentros sintiéndose algo tonta por pensar realmente en eso. Y es que no era un secreto que la joven Roden tuviera sentimientos por el joven Fells pero pensarlo y decirlo eran dos cosas totalmente diferentes.
—Todo ha estado bien en casa y claro toda la familia te extraña como no tienes idea, se la pasan llorando por tu ausencia — “yo lo hago algunas veces” pensó nuevamente par sus adentros aunque no era realmente que llorara porque no lo tuviera todos los días a su lado pero si extrañaba tenerlo por ahí cerca—. Pero todos nos las arreglamos viendo una fotografía tuya todos los días — dijo la morena con una enorme sonrisa mientras le dedicaba una mirada de soslayo.
Al oír las primeras palabras de Lexie, Matt enarcó una ceja, alarmado.
—¿Aún mejor que Scarlett Johansson? —cuestionó, como si de veras la posibilidad fuera de lo más remota. Y es que, a decir verdad, no existía para él mujer más perfecta que aquella rubia actriz.
Bueno, en realidad sí se le venía un rostro a la mente, pero no estaba a punto de admitirlo ni mucho menos.
Nervioso, se aclaró la garganta y se obligó a sí mismo a recuperar el hilo de la conversación.
—¿Todos los días? —repitió, divertido—. Vaya, vaya, que si no será mucho… —repuso, de veras intentando imaginarse por un momento a toda su famiia y amigos conmemorándolo y extrañándolo. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que tal imagen mental lo llevara a soltar una sonora carcajada llena de ironía—. De todas formas, no llores por mí, Argentina, que soy como la viruela o el dengue… —comenzó, y la miró de reojo mientas hacía una pausa para agregarle mayor suspenso a lo que seguía—, siempre vuelvo.
Cuando bajaron a la playa, Matt observó que la brisa marina removía ferozmente los cabellos de la morena y que golpeaba contra su piel oliva con brusquedad, por lo que se descolgó la chaqueta de cuero que traía consigo para ponerla sobre los hombros de la joven Roden. Le dedicó una sonrisa de medio lado antes de volver a hablar.
—Prometo no volver a desaparecer del mapa. —Fijó su mirada en el horizonte, disfrutando de la belleza del sol cayendo sobre las olas del mar—. Necesito más Lexie Roden en mi vida, eso está claro —susurró, con un tono de voz que no dejó lugar a dudas.
Sentir el calor de la chaqueta de Matt fue algo que definitivamente le gustó a Lexie sobre todo porque olía a él y era como si de alguna manera Matt la estuviera abrazando para mantenerla caliente. Pero realmente la chica se preocupo de que su amigo se pudiera enfermar debido a que solo tenía una bufanda (la bufanda de ella) encima. Pero no dijo nada, realmente no quería arruinar el hermoso gesto que había tenido Matt.
Escuchar las palabras de Matt fueron realmente reconfortantes, le alegraba saber que siempre, de una forma u otra, regresaba pero realmente no era suficiente. Matt y Lexie siempre fueron muy unidos; hasta que dejaron de serlo. Y estar ahí con él le proporcionaba una alegría que probablemente en joven Fells desconocía.
—Mas te vale que regreses o de lo contrario si no regresas, voy a tener que ir yo por ti jalándote de las orejas— dijo la chica tratando de sonar tan amenazadora como su voz se lo permitía pero vamos que la joven Roden no podía sonar amenazadora aunque lo intentara—. Yo también necesito de Matthew Fells en mi vida —admitió, mientras sus mejillas comenzaban a ruborizarse mirando en dirección al mar tratando se sonar tan relajada como sus nervios le permitieron.
Sábado por la noche.
Ayuntamiento de Seal Beach.
Kim estaba muyconcentrada colgando unos preciosos y delicados aritos de perla en sus orejascuando su mente comenzó a divagar, y entonces no pudo evitar que el corazón lediera un vuelco a la vez que una sensación de déjà vu la invadía. De pronto, se creyó nuevamente aquella jovencita de diecisiete años que se preparaba para asistir a un baile de graduación con el único hombre al que había amado en su vida, y la piel se le puso de gallina.
No era idiota. Sabía que ahora ellos dos estaban en una situación muy diferente, que no eran más que amigos y que el rubio (su rubio) había movido página. Pero es que le costaba tanto dejarlo ir, aceptar que Logan había seguido con su vida y que no había forma de que la esperara para siempre, luego de que ella partiera hacia Massachausetts y él, hacia la otra punta del país.
Y dolía, por supuesto que lo hacía. Porque, a pesar de todos los pronósticos y lo inusual de las condiciones, ella sí lo había esperado. Y eso dolía.
Intentó no pensar en ello y enfocarse en otra cosa, por lo que se dedicó a acomodar su cabello (el cual llevaba suelto, con tan sólo un mechón recogido con un hermoso broche plateado) y, posteriormente, el vestido azul que había elegido para aquella ocasión, el cual resaltaba a la perfección el color de sus ojos a causa de la similitud que guardaba con ellos. Estaba retocando el poco maquillaje que había puesto sobre su cara e intentando controlar sus nervios cuando oyó que alguien llamaba a la puerta de su departamento.
Suspiró sin poder evitarlo, y luego volvió a inspirar profundamente, como si la acumulación de aire en sus pulmones fuera a ayudarla a armarse de valor. Sabía que sólo podía ser Logan al otro lado, y fue por eso que, tras haber agarrado con su mano derecha su pequeña cartera de mano que hacía juego con sus zapatos de tacón alto, caminó con lentitud hacia la entrada, como si el hecho de aplazar el encuentro con aquel hombre fuera a ser suficiente para tranquilizarla. Cuando se percató del hecho de que le sudaban las manos, se las frotó contra el vestido, muy inquieta, y luego se obligó a sí misma a girar el pomo de la puerta para recibir al joven Young. Inmediatamente, y casi por reflejo, la piel volvió a ponérsele de gallina. Se veía tan bonito con ese traje… No seguía siendo la misma chica de diecisiete años, pero dios santo, que en ese momento las hormonas comenzaron a agitarse en su interior como si lo fuera. Tuvo que hacer un gran esfuerzo por no ruborizarse ante aquel último pensamiento.
—Hola ahí, extraño —lo saludó, con un tono de voz dulce y una sonrisa que se dibujó de oreja a oreja.
Lo cierto era que Logan ya estaba algo retrasado principalmente porque había sido un día bastante ajetreado en el hospital pero como ya estaba acostumbrado a que esas cosa pasaran, había decidido llevarse su traje para arreglarse ahí quedar como la gente decente. Igual gran parte de su pequeño retraso es que su última operación había tardado más de lo que había imaginado.
Pese a esos contratiempos, el joven Young hizo hasta lo imposible para llegar lo más puntual por su amiga. A lo largo del trayecto del hospital hasta el departamento de la rubia, el recuerdo de sus bailes de la secundaria se apoderaron de la mente de Logan y no pudo evitar sonreír para si mismo ya que siempre por una u otra razón, siempre se le hacia algo tarde pera eso a Kim nunca le molestó ya que siempre se alegraba de verlo y lo recibía con un beso. Claro que en esta ocasión sería todo diferente ya desde hace mucho tiempo ellos habían dejado de ser aquellos niños de 17 años.
Cuando llegó al departamento de Kim, Logan golpeó la puerta un par de veces y se quedó ahí parado esperando a que la rubia le abriera se cercioró de que el ramillete que había conseguido seguía intacto lo cual así era. Fue entonces cuando Kim abrió la puerta que Logan quedo boquiabierto con lo hermosa que se veía en ese vestido azul que parecía como si hubiera hecho específicamente para ella.
—Wow, te ves hermosa definitivamente vamos a ser la envidia de todo el baile.
El comentario de Logan fue recibido por una sonrisa por parte de Kimberley, quien ladeó la cabeza una vez antes de reponer:
—Por supuesto. Eso nos pasa por ser tan hermosos, ¿ves? Generamos celos.
Su tono se encargó de dejar bien en claro que sólo estaba bromeando, y finalmente se encogió de hombros antes de clavar, de una vez por todas, sus ojos en el ramillete que Logan llevaba en su mano.
—¿Son para mí? —le preguntó, emocionada, pero de pronto se sintió como una idiota. ¿Para quién serían sino? Deseó poder ocultar su cara con sus manos, pero se dijo a sí misma que esa no era forma de ocultar su vergüenza, por lo que rápidamente agregó—: A ver, las pondré en agua.
Tomó las flores con las comisuras de sus labios ampliamente en alto, y lo invitó a entrar a su departamento con un movimiento de cabeza, mientras ella se encaminaba hacia la cocina. Era consciente de que Logan nunca había estado en ese lugar antes, así que se felicitó mentalmente por haber dejado ese espacio en buenas condiciones antes de que él viniera.
—¿Has tenido el día libre? —inquirió, con fingida tranquilidad, mientras se encargaba de reemplazar sus jazmines algo marchitos por las nuevas flores. El aroma que estas últimas dejaban era completamente diferente al anterior, pero de todos modos le gustaba.
El primer cometario de la rubia logró que Logan esbozara un amplia sonrisa. Adoraba que su amiga tuviera ese gran sentido del humor y que tuviera esos comentarios tan acertados para cada tipo de situación.
—En realidad las flores son para mi otra cita pero si te gustan te las puedes quedar — bromeó Logan entrando al departamento de Kim y se dio cuenta de que desde que había llegado a Seal Beach nunca había entrado ahí. Es más era la primera vez que la recogía en su casa ya que normalmente su lugares de encuentro eran o el hospital o en algún otro lugar.
—Tienes un departamento muy lindo, se ve bastante hogareño — comento a medida que seguía a Kim por el lugar aun con la sonrisa tan característica de Logan—. Y no, ayer tuve el turno de la noche y recién pude salir hasta en la tarde afortunadamente me dieron la noche libre para y no tengo que regresar al hospital hasta mañana en la noche — le dijo a Kim tan sonriente como siempre sin dejar de contemplar lo bien que se veía vestida así. Y no que Logan pensara que la rubia no fuera linda, todo lo contrario era la persona más hermosa que conocía pero esa noche se veía aun mas hermosa si es que eso era posible.
—Por cierto es mentira lo de las flores, desde que las traje fueron pensadas especialmente para ti — le aclaró Logan como si de verdad fuera cierto lo de su otra cita pero sintió que si debiera dejar claro ese asunto.
Ante las primeras palabras de Logan, la rubia tuvo que reprimir la carcajada que amenazaba con escalar por su garganta. De esa forma, se limitó a arrugar sus labios en un gesto que intentaba, sin mucho éxito, ocultar su sonrisa, y a asentir varias veces con la cabeza.
—Ah, pero si es para otra mujer, me las quedo con mucho gusto —repuso, con un tono de voz claramente burlón—. Ya sabes lo mucho que me gusta arruinar las veladas ajenas.
Las comisuras de los labios de Kim se alzaron un poco cuando ella cayó en la cuenta de que ella nunca había sido así. Ni siquiera antes de que su relación con el joven Young comenzara hacía años atrás. Ella siempre había estado enamorada de él, desde que tenía uso de memoria; y, si bien los celos la invadían cada vez que veía cómo ese muchacho besaba a otras chicas o las tomaba de la mano y les preguntaba inocentemente si querían ser sus novias, jamás había hecho nada para evitar su felicidad. Sus ganas de mojar a todas esas adolescentes con bombitas de agua habían sido reprimidas cada vez.
Recordaba a la perfección el día en el que Logan se había percatado de su existencia. Hasta ese momento, solían cruzarse en ciertas clases o en los pasillos durante el recreo; pero él era un joven atlético, popular, y ella, una rata de laboratorio. Era uno de esos romances que cualquier otra persona podría haber catalogado de “imposible”. Pero el rubio se sentó a su lado en el laboratorio durante la primera hora de Biología de los Jueves cuando los dos tenían quince años. Él olía a perfume y a brisa marina, y Kim tuvo que hacer un gran esfuerzo por no caerse rendida al ver que el único lugar que le quedaba a él para ubicarse se encontraba junto a ella. Las manos le sudaban y sus enormes lentes amenazaban por resbalarse de su nariz, pero ella no se encargó de corregirlos, sino que se quedó quieta como un cubito de hielo, casi como si moverse presentara un problema. Logan la saludó con una amabilidad muy propia de su persona, y le preguntó cómo estaba. Ella titubeó antes de contestar y, cuando lo hizo, sus palabras salieron en un estúpido tartamudeo. Quiso que la tierra se la tragara, pero el rubio lo encontró muy divertido; la carcajada que soltó fue suficiente como para aliviar el ambiente y convertirlo en uno más cálido y amistoso.
Si hasta ese entonces Kimberley había estado segura de que estaba enamorada de él, en ese momento aquel sentimiento no hizo más que reafirmarse.
Era extraño pensar cómo eso había sido el comienzo de todo, de una relación cargada de buenos momentos, amor, lealtad y, lamentablemente, desencuentros.
—Gracias —agregó con respecto a su departamento, para seguir el hilo de la conversación. Su cabeza tendía a hacer eso, dispersarse, dirigirse por caminos sinuosos; y lo cierto era que no le gustaba ni un poquito, sobre todo porque la llenaba de melancolía y añoranza hacia momentos pasados—. Me ha llevado semanas decorarlo —admitió, tras haber carraspeado—. Y puede que haya recibido ayuda de algunas amigas, pero decido quedarme con el mérito porque soy así de humilde y genial, muchas gracias —bromeó, en lo que volvía a asentir con la cabeza.
Cuando terminó de llenar de agua su florero, caminó hacia la sala de estar para dejarlo sobre la hermosa mesa de roble que adornaba el ambiente. Fue entonces que se acercó a Logan y lo tomó del brazo sin siquiera pedirle permiso, con una iniciativa muy propia de ella.
—¡Especialmente para mí! —repitió halagada, sin poder evitar sonrojarse un poco—. ¿Listo para la mejor noche de tu vida, cariño?
Que se la tragara la tierra.
“¿Cariño?”
Sus ojos se abrieron como platos, pero de inmediato se obligó a sí misma a serenarse. Tal vez, Logan no había notado su imprudencia, o simplemente había encontrado aquel apodo como uno propio de una amiga. Una cosa estaba clara: tenía que aprender a pensar antes de hablar.
Logan se sorprendió bastante cuando Kim pronunció la palabra “cariño”; ella no lo llamaba así desde que eran novios. Sin embargo, optó por la opción de no tomárselo muy a pecho después de todo era solo una palabra que iba acompañada con la oración que había soltado Kim hace unos momentos.
—Por supuesto que estoy listo, ambos nos vamos a divertir mucho porque bueno tu sabes, ambos somos así de geniales — dijo Logan con una sonrisa alegre y poniendo su mano libre sobre la mano de la rubia mientras guiñaba un ojo. El joven Young no quería que su amiga se sintiera mal y tampoco iba a ser comentario al respecto. Simplemente iba a dejar que la cosa pasara—. Vamos que la noche es joven y nosotros también lo somos. Una vez que salieron del departamento de la rubia, Logan se adelanto un poco a Kim para abrirle la puerta del copiloto y ayudarla a subir. Eso era algo muy característico de Logan, él nunca dejaba de ser un caballero.
Cuando se aseguró de que su amiga ya estuviera bien instalada dentro de su coche, Logan pudo subirse del lado del conductor para así poner el marcha el auto.
—Sabes, acabo de recordar algo. Aylee estará ahí en el baile con Daniel…— comentó el rubio mirándola de reojo ya que el auto ya estaba en marcha rumbo al ayuntamiento y tenía que mantener su vista fija en el camino. No obstante Logan esbozando una pequeña sonrisa para evitar que el ambiente siguiera algo tenso ya que al juzgar por la cara de Kim algo le pasaba—. Necesito que me prometas que vas a evitar a todo costa que sea e típico hermano celoso cuando ellos dos estén juntos — realmente no era como que Logan se fuera a poner TAN celoso sin embargo eso lo dijo para que la mente de su amiga se ocupara en otra cosa y volviera a ser la misma de siempre.
Kim sonrió, agradecida porque Logan hubiera decidido pasar por alto aquella estúpida palabra que, realmente, no cambiaba nada entre ellos dos. Cuando finalmente se subió al vehículo del joven Young, no pudo evitar soltar el aire que había contenido en sus pulmones en un suspiro de alivio, y las comisuras de sus labios se alzaron nuevamente luego de que el rubio se montara en el coche.
—Pero claro que lo evitaré… ¡Hombre, que necesitas darles un poco de espacio a esos dos! —exclamó, tras haber recuperado su natural carisma—. Van a terminar juntos, yo sé lo que te digo, y si te metes en medio, no harás más que presentarte como un obstáculo para su amor —señaló, con una convicción innegable acompañando su tono de voz. Siempre había dicho que Daniel y Aylee compartían algo más que una amistad, por más que ellos no lo supieran aún; resultaba muy evidente para todos, en realidad, y Kimberley creía que tenía un ojo especial para captar esas cosas.
Se acomodó la falda de su vestido delicadamente, pues ésta se le había subido un poco luego de que se sentara, y volvió su mirada hacia su acompañante antes de volver a hablar.
—Y también estarán Dawson y Tory ahí, ¿verdad? —inquirió, claramente emocionada ante esa noticia—. Ya va siendo hora de que esos dos empiecen a salir, que la cosa va para largo… Sí, siempre había sido así de Cupido. Y no, no pretendía cambiar.
—Sabes, dudo mucho realmente que Aylee acepte lo que sea que siente por Daniel, la coraza en la que vive es bastante dura de penetrar pero quien sabe en una de esas y hasta el sujeto logra romperla — confesó Logan muy a su pesar ya que era cierto; no cualquiera lograba ver a través de su hermana y Daniel Holmes era si bien el único capaz de lograrlo.
El joven Young no tardó mucho de salir de su pensamientos hasta que escuchó a su amiga nombrar a Dawson y a Tory.
—Sí, ellos igual estarán ahí, justamente me encontré a Tory en el hospital. Y para ser honesto, aquella rubia se veía realmente bien en aquél vestido — comentó con la tranquilidad que tanto lo caracterizaba ya que solo estaba haciendo una pequeña observación sobre lo bien que se veía la amiga de su hermano. Por supuesto que sus palabras no tenían una segunda intención y aunque Tory Carson fuera realmente hermosa, él solo la podía ver como la mejor amiga de Dawson y también como la ex de Luka. —Sabes, no creo que pase algo serio entre ellos dos debido a la historia que hay entre Tory y Luka y no se realmente cuales sean los verdaderos sentimientos de Dawson. No soy la persona más observadora cuando de sentimientos se trata — las palabras de Logan no ser más ciertas ya que el rubio nunca pudo distinguir cuando una chica se moría por él solo hasta que ella le plantaba un beso; soló así se daba cuanta.
Al sacar a flote todo eso de los sentimientos, no pudo evitar pensar en como había sido su ración con Kim cuando eran novios; todo había sido diserte ya que si bien Logan era un rompecorazones no lo hacía consiente claro que Kimberlry Robbis lo veía de forma diferente. Logan sabía que ella veía a la persona que era y no solo por su cara bonita. Tal vez era por eso que se fijo en ella más que en cualquier otra persona; ella tenía o mejor dicho, tiene un carisma que estaba casi seguro que no había visto en ningún otra persona y era hermosa realmente hermosa. Y si de algo estaba seguro Logan Young, era que la persona que se ganara el corazón de aquella rubia iba a ser realmente feliz y solo el rubio la sabía ya que él había vivido en carne propia tosa esa felicidad. Posiblemente las cosas hubieran sido más fácil para Logan si no hubiera terminado su relación porque honestamente había arruinado por completo lo que tenían.
Ante las primeras palabras de Logan, la rubia no hizo más que apretar los labios y ladear la cabeza varias veces.
—Pero eso es cuestión de tiempo, ya verás. Ni siquiera una coraza puede servir como impedimento cuando las cosas están destinadas a ser de una forma —señaló, demasiado concentrada en la relación de Aylee y Daniel como para llevar sus palabras hacia lo que ella misma sentía por el joven Young—. Y créeme, esos dos están destinados. Suena a cursilería, lo sé, pero no puedes decirme que no parecen dos mitades de una naranja, por más que sean como el agua y el aceite —insistió, a la vez que se encogía de hombros, como quien no quiere la cosa.
Cuando Logan habló de Tory, una sincera sonrisa se formó en el rostro de Kimberley. Había visto a esa chica muy pocas veces en su vida, y eso había sido hacía varios años atrás; pero lo cierto era que siempre le había agradado.
—Pues no sólo de sentimientos, déjame decirte —comentó ella, medio en chiste y medio en serio, para luego soltar una risita por lo bajo—. Eres, tal vez, la persona más ciega que he conocido en mi vida, mi queridísimo Logan. Pero no importa, así todo te queremos —le aseguró, y luego le dio dos palmaditas a la mano que él había dejado sobre la palanca de cambios. Ese simple contacto provocó que se le pusieran los pelos de punta, y tuvo que recordarse a sí misma que a cada uno le correspondía su espacio personal.
Se aclaró la garganta y desvió su mirada hacia la ventanilla, como si las farolas que continuaban pasando con el coche fueran de lo más interesante del mundo.
—Recuerdo que esa misma ceguera provocó que pasaran meses antes de que nos diéramos nuestro primer beso —conmemoró con cierta melancolía, aunque teniendo la precaución de teñir sus palabras con alegría para que él no sospechara nada.
Logan estaba muy atento a cada una de las palabras que su amiga pronunciaba, ella tenía razón sobre Daniel y Aylee; ellos estaban destinados a estar juntos ya que por un lado, el joven Holmes era posiblemente la única persona que sabía que pensaba realmente su hermana. Así que en efecto solo el tiempo lo diría.
El rubio ya se estaba estacionando en el estacionamiento del ayuntamiento cuando las últimas palabras pronunciadas por la rubia llamaron por completo su atención. Al principio se mostró algo confundido ya que no sabía si era más como un reclamo o solo un simple comentario, pero al voltear para mirar a su amiga, se dio cuenta al instante que sus palabras no tenían ningún significado oculto y una vez aclarado ese pensamiento, no pudo evitar que una sonrisa se le escapara al instante.
—Vamos, que no estaba tan ciego del todo; claro que quería besarte solo que no quería apresurar las cosas —dijo, de lo más tranquilo como era de esperarse en Logan para después de agregar—: teníamos muy poco tiempo de salir y aun no te pedía que fueras mi novia y llámame chapado a la antigua pero no me parecía correcto besar una chica sin antes saber que quería tener una relación en forma con ella.
Las palabras que pronunció Logan no podían ser más ciertas ya que era lo que realmente pensaba. Claro que muchos podrían decir que en su juventud se besaba con cuanta chica se le pusiera en frete y por mucho que sonara a excusa, era ella quienes lo besaban él simplemente les ponía un alto. De ahí que corrió el rumor de que Logan Young no era hombre de una sola mujer hasta que conoció a Kim. Después de esa pequeña confesión y sin decir nada, se bajo del auto y antes de que la joven Robbins pudiera hacer o decir algo, él ya estaba del otro lado del auto para abrirle la puerta y ayudarla a bajar del vehículo.
A Kim se le subieron los colores cuando oyó las primeras palabras de Logan. Se dijo que era una estúpida; por supuesto que él había querido besarla, ¡de lo contrario nunca habrían sido novios! Pero es que escucharlo mencionar aquello le traía tantos recuerdos y, una vez más, se encontraba a sí misma mirando hacia atrás y deseando volver a pasar el tiempo con él como lo hacía antes.
“Kimberley, pareces una niña de diez años”, señaló una voz dentro de su cabeza. “Siempre estancada”.
Sabía que era cierto. Algún día tendría que dejarlo ir, seguir con su vida, buscarse otro hombre quizás. Pero es que esa idea le resultaba tan remota, tan impensable…
—Graaaaaacias —se oyó decir a sí misma cuando el joven Young la ayudó a abandonar el coche. Una vez que se hubo encontrado abajo, atrapó el brazo del rubio con una de sus manos, y se le quedó mirando por unos segundos con una ceja en alto—. ¿He mencionado que te ves muy mono con el traje? —quiso saber, con una juguetona sonrisa de medio lado—. Deberías usarlo todo el tiempo, quizás hasta irías enamorando internos por la vida —bromeó, a medida que comenzaban a caminar.
A Logan le causó algo de gracia ver como a su amiga se le subieron los colores al rostro pero también le pareció un lindo gesto por parte de la chica ya que a pesar de los años, aun tenia la capacidad de ponerse roja por algún comentario que le causara algo de vergüenza. El último comentario de la joven Robbins logró que Logan esbozara una leve sonrisa.
—Bueno, pues gracias espero que la gente no me confunda con un mesero ni nada por el estilo —dijo caminado a lado dela rubia para después abrirle la puerta del ayuntamiento para que ambos entraran al gran salón—. Pero sabes, no creo que sea buena idea llevar un traja a todas horas en el hospital; ya que bueno no es bastante cómodo para operar a una persona — le explico a su amiga con su habitual sonrisa que podía cada vez que estaba con Kim—. Además, no es como que este muy interesado en ir enamorando por la vida a las internas del hospital.
El joven Young seguía muy atento en la conversación que mantenía con su amiga hasta que la gran decoración del salón llamó por completo su atención. “Si que se han esmerado mucho para este evento” pesó Logan para sus adentros. Y en ese momento se alegró de poder haber asistido en compañía de Kim ya que no se imaginaba a otra persona con la cual pudiera divertirse en esta noche.
—Claro que no —repuso la joven, a la vez que asentía varias veces con la cabeza. A juzgar por su tono de voz y por la expresión que había adquirido su rostro resultaba más que evidente que no se creía eso en lo absoluto—. Porque no hay internas lindas en el hospital. Y también vas a decirme que los unicornios existen y que las vacas vuelan —pronunció, socarrona.
Cuando vio el salón frente a ella, Kimberley esbozó una sonrisa de oreja a oreja. Le encantaba lo que veía, por supuesto, y eso estuvo claro cuando clavó su mirada en Logan.
—¿No te dije yo que recordaríamos nuestros días en la secundaria? —inquirió, divertida—. Lo único que nos falta es tener a los reyes del baile, y estamos completos —bromeó—. Vamos a bailar, y ni siquiera intentes resistirte —lo animó, tomándolo de la mano para, sin más, tirar de él para arrastrarlo hacia la pista—. Hora de divertirnos y empezar la f-i-e-s-t-a —deletreó, con ese carisma y esa felicidad tan propios de ella.
Antes de que Logan pudiera decir o hacer algo para evitar que la rubia se lo llevara a bailar, el ya se encontraba sobre la pisa de baile y riendo por lo bajo ya que en efecto, eso le recordaba a su baile de la secundaria ya tal y como había pasado en ese momento, hace un par de años atrás Kim se lo había llevando a bailar sin siquiera preguntarle. Por su puesto que Logan en ningún momento iba a negarse a bailar con Kim aunque eso significara que todo lo el mundo se diera cuenta de lo mal bailarín que era.
—Sigo sin comprender como lo haces en un momento estamos platicando y luego nos encontramos en la pista bailando — le dijo a Kim entre risas acercándose un poco a l oído de la chica ya que debido al volumen tal alto de la música era poco probable que ella lo escuchara a una distancia normal—. Solo espero que recuerdes que soy un pésimo bailarín y que no te burles de ello.
Kim rió.
—Es que tengo súper fuerza, súper velocidad, súper… —enumeró, acompañando cada palabra con un movimiento de su cabeza. Hasta se había encogido de hombros y arrugado los labios, como si de veras fuera consciente de su genialidad.
Al sentir el aliento de Logan contra su oído, la rubia pudo notar cómo un escalofrío recorría la longitud de su espina dorsal y los pelos se le ponían de punto. Era la primera vez en mucho tiempo que lo tenía tan cerca, y creía que en cualquier momento sus piernas flaquearían y terminarían por fallarle. Ni siquiera podía concentrarse en lo que pasaba alrededor de ella.
Quería besarlo. Moría por besarlo. Daría lo que fuera por besarlo.
Sacudió su cabeza.
—No te preocupes por eso, yo te guiaré —le aseguró, tras haberle guiñado un ojo. Sin embargo, se obligó a sí misma a desviar la mirada del joven Young, pues tenía la extraña sensación de que él podía comprender lo que pasaba por su mente, y no necesitaba eso en lo absoluto. Nerviosa, carraspeó antes de agregar—: Aunque no prometo no reírme, es más fuerte que yo.
Ahora un poco más relajada, comenzó a moverse al ritmo de “Fireball”, la elección del DJ para ese momento. Ladeaba la cabeza de tanto en tanto a medida que saltaba, y su sonrisa se fue ensanchando más y más a medida que veía cómo Logan empezaba a soltarse y disfrutar de la velada.
—¡Te gusta…! —exclamó, pero ni siquiera se trataba de una pregunta. ¡Y a ella le encantaba verlo tan alegre! Con tanto trabajo, prácticamente no tenía tiempo para divertirse.
Pues Kimberley no tenía problema en ayudarlo a divertirse de todas las maneras posibles.
Otra vez, desvió la mirada, aunque ahora no pudo evitar soltar una carcajada, divertida ante su propia estupidez.
Logan bailaba y se movía con dificultad. La verdad que no sabía como se había dejado llevar arrastrando hasta la pista de baile, pero la respuesta era tan simple: por Kim estaba dispuesto a hacer todo incluso hasta hacer el ridículo lo cual estaba haciendo en esos momentos. Pasadas ya una cuantas canciones y mil intentos fallidos de que el joven Young pudiera bailar como una persona normal, Logan decidió que necesitaba un descanso y algo para tomar.
—Vamos ya deja de torturarme y vamos por algo de tomar — le dijo a Kim nuevamente muy cerca de su oído para que la rubia lo pudiera escuchar y sin esperar respuesta por parte de ella, Logan la tomó de la mano para que no se separaran.
Tanto Kim como Logan tuvieron problemas para pasar entre la marabunta de personas que seguían bailando así que para que su amiga saliera ilesa de ahí, Logan la rodeo con uno de sus brazos acercándola más a él.
—Perdón por sacarte de la pista de baile, pero mi orgullo herido y yo necesitamos algo de valor líquido —le explicó a ella con media sonrisa mientras esperaba a que uno de los cantineros terminaban de atender a otras personas—. Una cerveza y lo que quiera tomar la hermosa señorita que esta a mi lado.
Las últimas palabras pronunciadas por el rubio salieron de lo más natural para él, tanto como si aun siguiera en el baile de la secundaria y los años no hubieran pasado ya que cada detalle de ese baile le recordaba cada vez más a su baile de la secundaria.
—Vaya… ¿herí tu orgullo? —inquirió la rubia, intentando parecer triste por su amigo, pero lo cierto era que no podía esperar a desternillarse de la risa—. ¡Qué horror! Mira las barbaridades que puedo hacer con un poco de baile nada más…
Ahora sí, no pudo evitar reír. Su carcajada fue tan melódica, tan llena de alegría que, a pesar del alto volumen de la música, llamó la atención de varias personas que se encontraban alrededor de ellos.
Sin embargo, toda su felicidad se disipó en cuanto sintió el brazo de Logan rodeándola. Los pelitos de los brazos se le erizaron, su cabeza empezó a darle vueltas y sus piernas amenazaron con flaquear. ¿Es que no podía controlarse cuando estaba cerca de él? ¿Qué demonios le sucedía?
“¡Díselo! ¡Dile que lo amas!”, insistía una molesta vocecita en su cabeza. “Si no se lo confiesas ahora, nunca lo harás, y entonces lo perderás para siempre”.
Ese pensamiento le generó una sensación de malestar que no supo muy bien cómo demonios sobrellevar. Ahí estaba, abrazada del hombre al cual quería con todo su corazón, y ni siquiera podía revelar todas las cosas que se le pasaban por la cabeza. ¡Si tan sólo supiera cómo se sentía Logan hacia ella… todo sería mucho más sencilo!
Pero lo triste era que lo hacía. Era bien consciente del hecho de que el joven Young la veía como una amiga y nada más que eso; de lo contrario, ya habría hecho un movimiento hacía un buen tiempo atrás. Pero le dolía tanto, porque era como si tuviera una espina clavada en su corazón de forma constante, hasta el punto de que le costaba respirar cuando estaba cerca de Logan, pues cada vez que lo hacía le dolía el pecho. Que le dijeran que estaba loca o que era muy melodramática, pero era la verdad.
—Para esta hermosa señorita, un Margarita —agregó con sorna cuando finalmente logró salir de su ensimismamiento. El barman les dio la espalda y ella aprovechó ese momento para volver su mirada hacia Logan, regalándole una sonrisa de oreja a oreja—. Entonces, ¿qué dices? —le preguntó, con una ceja en alto—. ¿Te alegras de que te haya arrastrado hasta aquí? —inquirió, divertida. Ambos sabían que el rubio no era muy partidario de salir a fiestas por la noche, al menos no ahora que ni siquiera tenía tiempo para dormir como se debía; pero lo cierto era que Kim no podía imaginarse aquella velada con otra persona más que con él.
—Así es, heriste mi orgullo pero no me da pena admitirlo — dijo Logan con su peculiar sonrisa mientras soltaba una pequeña sonrisa y le daba un trago a la cerveza que le había dado el barman —. Pero siendo honestos, fuera de que mis pasos en la pista de baile sean un asco sé lo mucho que te gusta bailar y eso es algo de las muchas cosas que no te puedo negar —admitió Logan, guiñándole un ojo a su amiga. Y es que era cierto; muy a pesar de la distancia que había entre ellos en cuanto a algo sentimental, no había nada que Logan pudiera negarse para que Kim fuera feliz.
Al escuchar las últimas palabras de la rubia, Logan se quedó callado como si de verdad se estuviera penado mucho la respuesta que le daría a Kim. Claro que se estaba divirtiendo, eso no estaba puesto en duda pero lo cierto era que no necesitaba de un baile para divertirse y recordar los viejos tiempos en los que Kim y Logan eran inseparables y hacían todo juntos.
—Creo que me conoces lo suficiente bien como para saber que no me gustan estos eventos pero no, no me arrepiento de estar aquí contigo y gracias por sacarme de mi rutina diaria de trabajo, trabajo y más trabajo —Logan contempló por un momento a Kim y se enfocó en sus ojos, dios como amaba esa mirada, si por él fuera nunca apartaría su mirada de la de ella. Logan seguía enamorado de Kim, mejor dicho la seguía amando y posiblemente las cosas serían más fáciles si él le dijera que lo que siente por ella pero esa incertidumbre de no saber si el sentimiento seguía siendo muto lo estaba matando por dentro ya que en primer lugar, fue Logan quien propuso la idea de que terminaran su relación; y en segundo lugar, Logan aún seguía casado y esas heridas aun no terminaban de sanar y que realmente no sabía si lo harían algún día. Definitivamente no podía hacerle eso a Kim, ella se merecía ser feliz con alguien que pudiera darle algo de estabilidad y que la mereciera.
Como era de esperarse gracias a que Logan se le había quedado mirando, a la rubia se le subieron los colores, y sus mejillas se tornaron ridículamente rojizas. Tuvo que agachar su cabeza por un momento para intentar disimularlo, porque no podía dejar que él se percatara del efecto que tenía en ella, ¿verdad?
Pero si era demasiado obvia. A veces hasta le daban ganas de asesinarse a sí misma por ser tan poco sutil. Tenía que dejar de observarlo de esa manera, como si se le cayera la baba cada vez que aparecía; tenía que aprender a notar la existencia de otros hombres además de él; tenía que seguir con su vida y quitarse de la mente esa estúpida idea de las almas gemelas que había tenido desde la primera vez que lo había visto, hacía ya tantos años atrás.
No. Eso nunca. Porque ni siquiera intentándolo podría Kimberley Robbins dejar de amar a Logan Young.
—Ah, ¿ya ves? Si algún día de éstos terminaré por convertirme en tu propio payaso personal —bromeó apresuradamente, esperando que su tardanza en contestar no hubiera delatado sus pensamientos. Gracias a dios todavía no se había inventado un aparato para leer mentes; cuando eso sucediera, estaría completamente perdida—. Para eso estoy, hombre. Si no estuviera yo para despejarte un poco, ¿quién lo haría? —le preguntó, enarcando una ceja. Le tocó el brazo para darle ánimos a medida que le dedicaba una alegre sonrisa de oreja a oreja.
“Bésalo. ¡Bésalo de una buena vez!”, pedía a gritos su instinto más primitivo.
—¿Sabes? Te he extrañado mucho —soltó, sorprendiéndose a sí misma por su atrevimiento. Ni siquiera pudo morderse la lengua para evitar hablar, pues las palabras empezaron a salir de entre sus labios con una rapidez agobiante—. Tú me entiendes, pasar el tiempo, salir contigo… —No podía parar. ¡Tenía que parar!—. No me refiero a “salir”, salir contigo, sino a… bueno, salir —agregó. Que se la tragara la tierra—. Sé que es la misma palabra, pero significa algo distinto en mi cabeza.
Si un rayo bajara del cielo en ese momento, atravesara el techo y la partiera en dos, no le molestaría demasiado.
Logan solo se dedicó a contemplar a la rubia y le causaba algo de gracia como ella misma se enredaba con sus palabras. Lo cual no le sorprendía en lo más mínimo; bien era sabido por él que de tanto en tanto Kimberley decía cosas que, estaba muy seguro ni ella podía entender. Pero eso era algo que amaba de la rubia entre muchas otras cosas.
—¿Pero sabes una cosa? — preguntó Logan a su amiga aun con esa mirada divertida—. La última vez que comprobé en mi diccionario de palabras, la palabra “salir” siempre ha tenido el mismo significado — aclaró regalándole una sonrisa a la rubia pero realmente sabía a lo que se refería su amiga. Hace unos años ellos sabían en citas como la pareja que eren y ahora, solo salían como dos buenos amigos. Pero lo cierto era que la única diferencia entre sus salidas del pasado y el presente era que cuando eran novios, él la podía besar y abrazar y estar pegado como muégano a ella y ahora no, fuera de eso sus platicas y sus salidas eran igual de divertidas que hace años.
Logan quería besar a la chica, de verdad que si. Se lo había planteado prácticamente desde que pasó por ella a su apartamento y la vio más hermosa que nunca porque Kimberley Robbis era preciosa y eso no estaba en duda pero por alguna razón no podía extenuarle a la chica lo que todavía seguía sintiendo por ella.
—Y que conste, yo también te he extrañado mucho pero no te preocupes que esta vez no pienso irme a ningún lado — dijo Logan acercándose más a la rubia para abrazarla con uno solo brazo y depositar un pequeño beso en su frente.
Kim cerró sus ojos al sentir aquel contacto y pudo notar cómo un grupo de mariposas comenzaban a revolotear en su interior. Ojalá pudiera ser besada en la frente de esa forma todos los días por el resto de su vida; lo cierto era que no le molestaría en lo absoluto. No pudo evitar ruborizarse, y tuvo que hacer un gran esfuerzo por disimular la sonrisa que amenazaba con formarse en sus labios.
Sin poder evitarlo, aprovechó el abrazo parcial que Logan le había dado para apoyar su cabeza en el hombro del rubio, en un gesto que pretendía ser amistoso pero que no podría estar más lejos de serlo, e inspiró profundamente para olfatear el delicioso perfume que él llevaba. La alegró percatarse de que era el mismo que hacía años atrás. Los recuerdos comenzaron a dar vueltas por su cabeza, y la joven Robbins sintió cómo la recorría una oleada de añoranza y nostalgia.
—Más te vale —consiguió articular, procurando que todo lo que revoloteaba por su mente pasara por desapercibido. Sin embargo, se sentía tan cómoda y feliz en ese lugar que había ocupado su cabeza que se rehusó a moverse un centímetro—. Si desapareces de nuevo, tendré que ir a buscarte —anunció, con un tono de voz que no dejaba lugar a dudas.
Y es que ella no podía pasar mucho tiempo separada de él… Esos últimos años habían sido una completa tortura y, si bien Kim había intentado autoconvencerse de que había superado a Logan y que era hora de pasar de página y seguir con su vida, toda la fortaleza que había logrado reunir se había visto reducida a sus cimientos cuando lo vio de nuevo. La distancia los había separado alguna vez, pero ahora que estaban juntos, ¿cómo se suponía que ella pasara por alto un sentimiento así?
—Éramos buenos juntos, ¿no crees? —le preguntó, sin saber muy bien de dónde había sacado las fuerzas para pronunciar aquello. Quizás se había visto inspirada por la pareja de jóvenes que se besaban mientras se movían lentamente al ritmo de ‘All of Me’—. Funcionábamos muy bien —prosiguió. Su tono de voz no era de reproche, sino más bien afirmativo; no escondía segundas intenciones, sólo buscaba recordar lo que alguna vez habían sido—. Claro que yo lo hago con muchas personas, porque vamos, es imposible no adorarme y sentirse complementado conmigo —bromeó, para quitarle un poco de seriedad a sus palabras.
Logan sabía que entre Kimberley y él solo había un bonita amistad; estaba consiente de eso se lo repetía a si mismo todas los días y antes de dormir. Sin embargo, el gesto de la chica de recargarse sobre su hombro, era algo se hacía mucho cuando eran novios y él la abrazaba de la misma forma en la que lo estaba haciendo en ese momento. Claro que podía equivocarse y no ser más que un alto reflejo por parte de la chica pero quien era Logan para poder interpretar lo que pensaba la gente en general.
Y sin más, el comentario de la joven Robbins lo tomó con la guardia baja; ralamente no esperaba que ella le dijera eso.
—No lo haré, prometo que pase lo que pase estaré aquí para ti — dijo Logan con una tierna sonrisa, de esas que solo Logan ponía cuando estaba siendo lindo con Kim—. Y si, funcionábamos bastante bien, creo que eras la única persona en toda la secundaría que podía ver más allá de mí y que me conocía mejor que nadie, todavía aun lo sigues haciendo —admitió Logan con seriedad en su voz pero aun con ese tono amable. En realidad no sabía a donde iba a parar esta plática pero realmente no le molestó hablar sobre ello.
—Tienes razón, es imposible no adorarte y quien no lo haga es porque están completamente ciegos — confesó, poniendo una mano sobre su rostro y con el pulgar le hizo una suave caricia.
La muchacha ronroneó frente a ese contacto, pues en algún momento del camino había dejado de estar acostumbrada a los mimos y muestras de amor ajenos, y el hecho de que fuera Logan quien le recordara cómo era eso le llenó el corazón de alegría.
—Ya, dices eso porque eres medio miope tú mismo —comentó con tono burlón, ya que no terminaba de decidir si lo anterior había sido un cumplido o solamente palabras vacías echadas al aire. De todas formas, no evitó que ese pensamiento la alegrara menos—. Pero así todo te quiero, señorito.
Tomó el Margarita que el barman le entregaba con una sonrisa y una frase de agradecimiento, y finalmente bebió un sorbo antes de reponer:
—¿Y qué me dices de Theodora? —Sintió que estaba tocando una vena delicada ahí, pero como siempre, no habían secretos entre ellos, y a decir verdad a Kim se le complicaba bastante no decir lo primero que se le pasaba por la cabeza. Ya se había encargado de demostrarlo en repetidas ocasiones—. ¿Vas a decirme que no te conocía muy bien? Vamos, que por algo te casaste con ella, ¿o no? —lo animó. Nuevamente, su tono no era de reproche o fastidio, sino de genuina curiosidad.
Al escuchar la mención del nombre de Teddy fue como si a Logan le hubieran tirado un balde de agua helada en la cabeza y es que la sola mención de su nombre lo ponía mal y le hacia recordar todo lo que había pasado que, claramente aun no podía olvidar.
—Teddy… ella era la persona que mejor me conocía en Nueva York creo que desde que llegue ahí y la conocí fue la única que se tomó el tiempo de conocerme —Logan nunca había hablando de Teddy, ni de cómo la había conocido pero ahí estaba frente a Kim nuevamente contándole todo como si ella le diera una seguridad que nadie más podía darla al joven Young. —Es verdad, cuando nos casamos fue porque ambos así lo queríamos y pensábamos que sería para siempre pero al final, uno no termina de conocer a las personas — dijo en un tono seco, casi amargo mientras le daba un trago grande a la cerveza que momentáneamente había dejado sobre la barra.
La aludida arrugó los labios, comprensiva. Por un momento, se arrepintió de haber propuesto tal tópico de conversación; sin embargo, lo cierto era que nunca habían hablado demasiado de Teddy, por lo que el bichito de la curiosidad no dejaba de picarle a cada rato. Naturalmente, estaba ansiosa por conocer qué era lo que había hecho aquella bruja arpía para enamorar a Logan y, así, obligarlo a caer en sus maliciosas redes.
—Bueno, pero es que entonces simplemente no era la mujer indicada, ¿eh? —señaló, dispuesta a aligerar un poco ese tenso momento. Aprovechó a darle dos palmaditas en el hombro antes de agregar—: Ánimo, que tu Cenicienta sigue esperándote en alguna parte. —Sonrió de oreja a oreja, genuinamente convencida de que eso sucedería.
Se le quedó mirando fijo un poco más de la cuenta sin poder evitarlo, y se ruborizó antes de terminarse su Margarita y tirar de ese rubio hacia la pista de baile.
—Vamos —le ordenó, con un humor renovado. No quería hablar de Teddy, de ex-novias ni de hermosos recuerdos; esa noche era para ellos dos, era de Logan y Kim, de Kim y Logan, y pretendía disfrutarla al máximo—, que tu Cenicienta de turno quiere mover un poco las cachas.
Le regaló una última sonrisa antes de colarse entre las personas que ocupaban ese lugar y comenzó a moverse al ritmo de la música. No quería que esa noche acabara jamás.
"El día que nos conocimos, ¿recuerdas cómo fue? Yo sí lo recuerdo, lo recuerdo muy bien. Tenías puesto ese poncho que a nadie en el mundo le quedaría bien salvo a ti, y tu gorro naranja con un pompón que hacía juego. Estabas pálida, salvo en las mejillas y en la nariz, que estaban rojas por el frío. Afuera había estado nevando. ¿Sabes qué fue lo primero que pensé cuando te vi? No me refiero al primer golpe de vista, cuando divisé a mi perro tirándote el piso y abalanzándose sobre ti para besarte hasta el cansancio. No. Hablo del momento en el que te levantaste y pude verte a la cara. Pensé, y cito, "oh, Dios mío, eso es un ángel". Pensé que me había golpeado la cabeza tan fuerte cuando me caí, cuando Firulai me empujó, que había muerto y estaba en el cielo; porque no concebía la idea de que una criatura como la que estaba viendo en ese entonces tuviera lugar en otro lado que no fuera allí arriba, con el resto de los ángeles. Y aunque ya no pienso que esté muerto, aún sigo preguntándomelo. ¿Cómo puedes ser real? Me lo pregunto todos los días, Frances. Todos los días. Estoy enamorado de ti, Frances. Estoy profunda, perdida, y locamente enamorado de ti. Te amo más que el aire que respiro. Te amo más de lo que me gusta molestar a los gatos. Te amo. Y no te lo dije nunca porque tenía miedo de perderte. Así que preferí todo este tiempo ocultarlo y fingir que no era nada, pero tenerte a mi lado; que admitir lo que sentía y arriesgarme a perderte para siempre."
Hospital de Seal Beach.
Jueves por la tarde.
Había sido, sin lugar a dudas, una de las semanas más complicadas de su vida. O, al menos, en lo que respectaba al trabajo, pero como éste ocupaba casi la totalidad de sus preocupaciones, era bastante acertado decir que estaba a punto de volverse loco.
En los últimos tres días había programado tantas cirugías que hacía una hora, cuando se había recostado para dormir una breve siesta antes de seguir con su oficio, no había hecho más que soñar con órganos y la anatomía humana. Sumamente triste.
Y su tarde no hizo más que empeorar cuando Alexayne Young le avisó que su intento de comunicarse con Lyedin Wayne había sido fallido. Ambos eran conscientes de que la pelirroja no había ido al hospital desde hacía semanas, y que, de hecho, se había perdido la última sesión de quimioterapia. Como no los había llamado para anticipar su ausencia ni reportar la razón por la que faltaría, tanto su enfermera como el moreno se habían preocupado, y este último le había indicado a Alex que se pusiera en contacto con la paciente.
Pero como ella no respondía al celular que había anotado en el registro y su ficha médica indicaba que su contacto de emergencia era Xavier, la joven Young había optado por poner al día a Mason antes de llamar a Darrel. En un principio, el doctor consideró molestar al amigo de Winehouse, pero finalmente optó por no preocuparlo. En definitiva, su turno en el hospital terminaría en un par de minutos nada más, y entonces podría ir a la casa de Lyedin para comprobar por sí mismo que ella se encontrara bien.
Sí, sabía en dónde vivía. Y no, no era como si estuviera acosándola; simplemente prestaba mucha atención a los detalles de las fichas de sus pacientes, y su memoria era lo suficientemente buena como para permitirle recordar información tan precisa como una dirección.
Vamos, ¿a quién engañaba?
Cuando finalmente terminó su horario de trabajo, despidió al resto de sus colegas, que se encontraban en la sala de descanso, y se encaminó hacia su Toyota. Desactivó la alarma del coche antes de subirse a él, y pudo sentir cómo los músculos tensos de su cuerpo se tranquilizaban a la vez que el motor ronroneaba para encenderse. Por alguna razón, hallaba ese sonido sumamente relajante.
Se puso en marcha en un abrir y cerrar de ojos, aunque siendo lo suficientemente precavido como para manejar a una velocidad prudente, considerando que no había dormido bien hacía días y, por lo tanto, sus reflejos no estaban en su mejor forma. Se desvió de su ruta usual para conducir hacia la casa de Lyedin y, cuando finalmente encontró la numeración apropiada escrita en una placa colgada en la puerta de entrada, silenció su automóvil e inspiró profundamente. Era hora de prepararse para lo peor.
Desde que la joven Winehouse había pedido que lo asignaran como su doctor de cabeza, Mason no había visto más que mejorías en ella. Por un tiempo, se había dicho que, tal vez, la pelirroja tendría un período de vida más duradero del que habían sentenciado sus anteriores médicos; sin embargo, cuando ella no se había presentado para su último chequeo, tal esperanza se había disipado. ¿Y qué si estaba tan mal que hasta le costaba salir de la cama para ir al hospital? ¿Y si había decidido que el esfuerzo era inútil, y que prefería pasar el poco tiempo que le quedaba ahí, encerrada con su familia?
Llamó al timbre antes de llevar sus manos hacia las mangas de su camisa para acomodársela. Se felicitó por haber sido capaz de abotonar dicha prenda con precisión antes de salir del hospital, a pesar de su cansancio. Con el pasar de los años, se había vuelto muy bueno a la hora de ocultar su agotamiento, de eso no quedaban dudas.
Esperó pacientemente a que alguien respondiera a su llamado, irguiéndose y encuadrando los hombros para mejorar su postura.
En la casa habían varias personas que podrían haber respondido al llamado de Mason Karev.
En primer lugar, estaba Lyedin, claro. Ella era la persona a la que el doctor buscaba, y la que definitivamente hubiera facilitado las cosas en caso de haber atendido la puerta. Pero Lyedin estaba en el patio trasero de la casa, terminando de hacer la sobremesa con su madre y platicando de todo un poco. Por supuesto, también había podido atender Ginebra, pero ella tenía toda su atención puesta en su hija, más desde que se había enterado de que le había transmitido a su hija la misma enfermedad a la que ella misma había tenido que hacerle frente más de veinte años atrás, así que pasaba de atender a quien fuera que estuviera llamando.
Como miembros de la familia, también estaban Palatinus y Wylla, las hijas menores del matrimonio Wayne-Winehouse. Pero la primera había salido con su amigo (así conocían dentro de la casa al joven Brown), y la segunda se encontraba en su habitación mirando televisión con Carl Rhys, el amigovio que prácticamente formaba parte de la familia porque siempre se encontraba allí.
Y luego estaba la persona que atendió la puerta.
Daniel Wayne se encontraba en la cocina luego de haber levantado los platos de la cena cuando llegó a sus oídos el sonido del timbre. Se dirigió hacia la puerta por ser el que más próximo se encontraba. Permaneció inmutable y para nada sorprendido cuando observó a Mason Karev al otro lado. No lo había visto en su vida; y tampoco tenía la menor idea de qué hacía allí.
Daniel no sabía que su hija era una enferma terminal de cáncer.
—¿Puedo ayudarlo en algo? —inquirió al arrugar un poco el ceño. Su mano derecha aún se encontraba apegada al pomo de la puerta, en una clara señal de sus pocas intenciones de dejar pasar al hombre, y mucho menos de ponerse a escucharlo si se trataba de un testigo de Jehová o algo por el estilo. Pero el moreno no parecía un testigo de Jehová ni nada por el estilo.
Mason se tomó un segundo para examinar al sujeto que se había aparecido frente a él. Rápidamente descartó la idea de que se tratara de la pareja de Lyedin; después de todo, ella nunca había mencionado tener algún tipo de relación seria y, además, ese hombre parecía tener muchos más años acumulados que la pelirroja. Debía tratarse de su padre, pero el moreno fue lo suficientemente listo para mostrarse cauteloso por sobre todas las cosas.
—Espero que sí. ¿Es ésta la casa de Lyedin Wayne? —le preguntó, aunque antes de permitir que el aludido contestara, y porque ya sabía que la respuesta a su pregunta era afirmativa, agregó—: Soy su doctor de cabecera. Me gustaría hablar con ella, si es posible.
Su tono de voz era respetuoso, pero no por ello menos determinante. Mason Karev no era precisamente un hombre que anduviera con muchas vueltas, y tampoco era muy sencillo intimidarlo, aún cuando se esforzaba continuamente por resultar cortés y educado.
—¿Su médico de cabecera? —repitió de inmediato Daniel Wayne, quien había alzado las cejas por la sorpresa. Se había esperado que ese moreno fuera un tipo que estaba detrás de su hija, no se hubiera extrañado; pero, ¿el médico? Eso le llevaba a preguntarse qué hacía el médico de cabecera de su hija en la puerta de su casa pasadas las ocho de la noche.
Pero como Daniel Wayne era incapaz de relacionar el hecho de que Mason estuviera allí, con la apariencia física que su hija tenía últimamente, o el hecho de que Lyedin y Ginebra estuvieran mucho más unidas de un tiempo a esa parte, el hombre terminó por encogerse de hombros y dejar ir un resoplido.
—Esta es la casa, si —respondió, asintiendo con la cabeza. Había cruzado los brazos sobre su pecho, y una de sus manos se alzó a modo de puño con el pulgar señalando hacia atrás, el codo apoyado en el otro brazo—. Déjame traértela; acabamos de terminar de cenar.
Wayne giró sobre sus talones, a punto de cerrarle la puerta en la cara a Mason, pero algo lo detuvo antes de hacerlo. Se volvió sobre sí mismo hacia el doctor, llevando el ceño fruncido y la nariz arrugada.
—¿Está todo bien con mi hija? —inquirió, cauteloso pero preocupado.
Fue entonces que Mason, quien había asentido una vez con la cabeza para agradecerle que le informara a su hija que él estaba allí, se quedó completamente petrificado. Sus ojos tendieron a abrirse un poco más de la medida; sin embargo, se obligó a sí mismo a permanecer inmutable, pues era consciente de que cualquier gesto, por simple que fuera, revelaría muchísimo, y estaba bastante seguro de que Lyedin no le había confiado a su padre los datos sobre su enfermedad. ¿Quién era él para oponerse a la voluntad de la pelirroja?
—Si no le molesta, señor Wayne… —comenzó—, esa es una pregunta que debería hacerle a ella.
Por la expresión que adoptó el rostro del hombre, creyó que era apropiado determinar que comprendió de inmediato que algo no iba bien, pero de veras confiaba en que siguiera su consejo. Después de todo, no olvidaba que parte de su trabajo era mantener la confidencialidad doctor-paciente, y que su juramento hipocrático le impedía revelar más información de la que los atendidos pretendían.
La respuesta del doctor no hizo más que generar dudas en el padre de Lyedin, quien se quedó donde estaba por un momento, observando al moreno que acababa de decirle algo que Daniel encontraba muy acertado. Algo que curiosamente le daba más forma a todo lo que había estado viendo y viviendo en esa casa. El color pálido, casi enfermizo, de la piel de su hija, quien siempre había tendido a permanecer bronceada incluso en invierno, por ejemplo. ¿Sabía algo Ginebra? ¿Por eso estaba tan pendiente de Lyedin? ¿Qué tan grave era?
Daniel balbuceó una respuesta que no llegó a entenderse. Estaba abrumado.
—Sí —dejó ir finalmente, lo primero que tenía sentido en todo eso que había intentado decir. Señaló hacia sus espaldas con un dedo—. Voy a… —Pero no terminó la frase. Se daba por sentado que iba a buscar a Lyedin, y realmente no tenía más ánimos de seguir hablando con ese extraño moreno que acababa de soltarle una bomba en la cara de la manera más indirecta posible.
Daniel se giró sobre sí mismo, dejando la puerta abierta y se dirigió hacia la sala, que comunicaba a la casa con el espacio verde de atrás. Antes de pasar por el umbral hacia el salón, se giró y le hizo una seña al hombre para que pasara.
—Adelante. Iré a por ella —dijo al doctor, o más bien tartamudeó sin mucho sentido. Luego se perdió tras la pared de la sala.
Afuera, en el patio trasero, Lyedin y Ginebra continuaban platicando cuando la joven colorada divisó a su padre acercarse. Estaba más pálido que la mismísima Lyedin.
—¿Papá…? —inquirió, sin ocultar su asombro. Su padre siempre había sido una persona muy expresiva. Podías leerle lo que estaba pensando en el rostro sin necesidad de que abriera la boca. En ese momento, la colorada supo que el hombre no estaba bien.
—Hay un hombre preguntando por ti —la interrumpió Daniel, torpe debido al malestar que sentía. Señaló hacia atrás una vez más, ésta vez en dirección a la casa—. Quiere verte. Lo he hecho pasar.
El ceño de Lyedin se frunció. Intercambió una rápida mirada con su madre, quien le indicó con un leve movimiento de cabeza que se dirigiera hacia la casa, mientras ella se quedaba con su padre. Ginebra siempre era la que lidiaba con Daniel, a quien decirle las cosas nunca era sencillo.
—Ya vuelvo —dijo la colorada ya de pie—. Mamá… —Pero no llegó a decirle que se guardara lo que sabía porque ella quería ser quien le comunicara la mala noticia a su padre (su mamá no tenía por qué hacerlo sola, no era su responsabilidad), ya que Ginebra le dedicó una mirada que la obligaba a salir andando hacia la casa.
—Siéntate, papá. Ya vuelvo —insistió Lyedin, dejando una mano sobre el hombro de su padre. El hombre, blanco como el papel, se deslizó hacia el asiento.
—¿Qué sucede, Ginebra? —lo oyó preguntarle a su madre mientras ella se adentraba en la sala.
A Lyedin no le llevó mucho tiempo llegar hasta la recepción. Lo cierto era que en una ocasión común hubiera necesitado apoyarse de los muebles o de las paredes para andar más tranquila. Sin embargo, saber que tenía los ojos de su padre a sus espaldas la hacía querer comportarse. Además, estaba la curiosidad, el deseo de saber quién era el que había ido a arruinar la paz de su hogar. ¿Xavier había abierto la boca? ¿Se había aparecido finalmente en su casa, sólo para arruinar el secreto? No lo creía capaz de semejante cosa, incluso aunque llevara días sin saber de él, sin poder comunicarse con el joven Darrel, debía estar borracho, tirado en algún lado bebiendo, no yendo puerta por puerta dispuesto a arruinar la vida de las personas que se interesaban por él. Eso quería creer ella.
Y por último, claro, estaba el hecho de que había descubierto que si no cenaba (fingía hacerlo pero se las arreglaba para dejar la mayoría del plato, cuya ración era de por si pequeña) se sentía mucho mejor no sólo durante el resto de la noche, sino también al día siguiente. Es decir, se evitaba devolver el estómago tras cada cena, eso ayudaba mucho.
—Tú —soltó Lyedin Wayne al pasar el umbral que comunicaba a la sala con la recepción del hogar. Sus ojos claros estaban coléricos y eran tan acusadores como su tono de voz.
Las formalidades habían desaparecido. La última vez que lo había visto, lo trataba de usted. Ahora, sabiéndolo culpable de haberle abierto los ojos a su padre (porque nada sino justificaba lo que acababa de suceder), no había más lugar en la ya de por sí corta y colmada paciencia de la joven Winehouse como para guardar las apariencias. Ni que hablar de mostrarse correcta.
—¡¿Qué le dijiste?! —chilló, o eso parecía por cómo se había crispado su rostro, pero lo hizo en voz baja, para que nadie más que Mason Karev la oyera.
Fue entonces que Mason, quien había cerrado la puerta principal detrás de sí y que ahora admiraba el interior de la residencia Wayne, se quedó completamente paralizado. Sus ojos se abrieron un poco más de la medida mientras intentaba asimilar lo que ella le preguntaba, y no le llevó ni siquiera dos segundos comprender que, de hecho, el padre de Lyedin no tenía idea de la enfermedad que aquejaba a su hija.
Si hasta ese entonces consideraba que había metido la pata, en ese instante cayó en la cuenta de lo mucho que había minimizado su error.
—Sólo le dije que tenía que verte y que era tu doctor de cabecera —respondió, al cabo de un par de segundos. A juzgar por la expresión que adoptó el rostro de la muchacha, rápidamente se arrepintió por haber metido el término “sólo” en aquella frase.
El moreno se vio obligado a carraspear, pues podía advertir la presencia de un fastidioso nudo en su garganta.
—¿No lo sabe? —cuestionó, siendo lo suficientemente cauteloso como para que sólo ella pudiera escucharlo. Sin embargo, inmediatamente después de haberle preguntado aquello se sintió como un completo idiota. ¿Acaso no era evidente que el señor Wayne no tenía conocimiento sobre la condición de Lyedin? ¿Qué ganaba con señalar lo obvio?
Estuvo seguro de que la pelirroja le saltaría al cuello en cuestión de segundos, por lo que se decidió a agregar:
—Quería saber cómo estabas. Faltaste a tus últimos controles, y comenzábamos a preocuparnos.
El desconcierto se sumó al rostro de por sí furioso de Lyedin, quien de manera automática alzó una de sus manos que con los dedos como garras barrió su cabello rojo hacia atrás, en una clara señal de nerviosismo. La otra mano la depositó en su cintura, como si sostenerse de sí misma fuera suficiente y no necesitara una pared o un mueble para apoyarse y quedarse de pie. Dejó ir una carcajada irónica y burlesca mientras negaba con la cabeza, en una muestra de lo poco que se creía lo que estaba ocurriendo.
—¡Por supuesto que no lo sabe! —ladró la joven Wayne, intentando que su tono de voz se mantuviera bajo incluso a pesar de su efusividad—. ¡Preferí mantenerlo apartado del hecho de que voy a morirme! Pensé que él no necesitaba saberlo aún, era lo correcto. —A medida que Lyedin hablaba y se escuchaba a sí misma, se encontró con que estaba dándole explicaciones al doctor. Ella no tenía por qué rendirle cuentas, se encargó de decirse para sus adentros—. Ni que te importara —bufó por lo bajo. La mano cuyos dedos estaban entrelazados en su cabello descendió hasta su cintura, poniendo los brazos cual jarra.
Lyedin Wayne se sintió culpable apenas pronunció aquellas palabras, aunque era demasiado tarde para contradecirse. Ella no era de las que fácilmente retiraban lo dicho. Ni siquiera cuando los ojos verdes de Mason Karev la estaban observando como si acabara de soltar la peor de las atrocidades.
—Podrías haber enviado a alguien más precavido para chequear que tu paciente no estuviera muerta, ¿no? —espetó con rabia. De haber dicho que no sabía de dónde salía toda esa furia, hubiera mentido. Lyedin era muy consciente de la leona que llevaba adentro; una que Mason no había tenido la desdicha de conocer porque jamás la había hecho enojar. Hasta ese momento.
Sin embargo, su argumento no tenía razón de ser y lo sabía. Que Mason sólo se hubiera presentado como su médico de cabecera no era el peor de los crímenes, así como tampoco lo era comentarle al padre de la enferma que mejor era que le preguntara qué ocurría a la paciente y no a su doctor. Pero nada de eso le molestaba realmente a Lyedin. Lo que la sacaba de sus casillas era que él se había creído capaz de ir hasta su casa, llamar a la puerta, y esperar a ser cordialmente invitado a pasar. ¿Quién se creía que era para molestarla allí? O, peor aún, ¿para interesarse por ella?
Eso era. Eso le molestaba. Los ojos verdes del doctor súper lindo que se preocupaba por ella. No necesitaba más motivos para estar enojada con Dios y todo lo que le estaba ocurriendo en su vida, como para agregar a Mason Karev a la lista de injusticias en contra de Lyedin.
Por un momento, el moreno se limitó a observarla de una manera que no podría haber sido catalogada de otra forma que escrutadora. Si bien era lo suficientemente inteligente como para comprender cuáles eran las razones que acompañaban las quejas que la pelirroja exponía, no terminaba de comprender cómo era que él se había convertido en una amenaza para la tranquilidad de Lyedin. Él, que no había querido hacer más que ayudarla. Él, que sólo se había preocupado por ella.
Demasiado. Ese era el problema. Se había preocupado demasiado, y era consciente de ello; aunque lo cierto era que no terminaba de entender por qué. Además, ¿desde cuándo era un crimen que un doctor se interesara en el bienestar de sus pacientes?
Aunque sabía que la joven Wayne tenía un punto, principalmente cuando ella se dedicó a aclarar que alguien más podría haber hecho aquella visita en su lugar. “Atrapado”, soltó una voz en su interior, provocando que el hombre se sintiera como un completo inútil.
¿Cómo explicarle que necesitaba comprobar por sus propios ojos que ella estuviera bien?
—No era sólo eso —se limitó a contestar, lo suficientemente precavido como para evitar soltar algo de lo que pudiera arrepentirse más tarde—. Necesitaba hablar contigo —murmuró. Hizo una breve pausa, en la que se dedicó a soltar un suspiro, antes de agregar—: No te he visto en el hospital en mucho tiempo, y has faltado a tu última sesión de quimioterapia. Y, como tu médico de cabecera, tenía que asegurarme de que… —Se interrumpió a sí mismo. ¿Cómo decirlo sin sonar como un cretino? Evaluó rápidamente la situación para elegir cuidadosamente las palabras que seguían—, bueno, de que no hubieras tomado una decisión precipitada, como por ejemplo, digamos, dejar tu tratamiento.
Esperaba que no fuera ese el caso. Quería creer que había visto algo en Lyedin, algo bueno; tenía que guardar algo de esperanza en ella y su salud, aún cuando ni siquiera terminaba de comprender de dónde provenía dicha necesidad.
Lyedin intentó mantenerse impasible, dentro de sus posibilidades, claro. Ya estaba de por sí furiosa porque el doctor Karev hubiera llegado para arruinarle la noche diciendo algo que no debía y que había seguido con su padre haciendo preguntas (¡Daniel Wayne, quien nunca veía un elefante en una habitación, haciendo preguntas!); pero lo que de verdad la hacía enojar eran los ojos de Mason, que delataban su interés por el estado no sólo de salud sino más bien general de Lyedin. La preocupación en su mirada verde.
Ella odiaba que se preocuparan por ella. ¿Por qué sino había dilatado el asunto de contarle a su madre todo lo posible? ¿Por qué sino se había encargado de alejar a todo a quien pudiera importarle ella? Sólo no quería que sufrieran su pérdida cuando el momento llegara. No había podido evitar a Xavier, porque se había pegado a ella como una garrapata y había exigido tener participación en el asunto; ella se lo debía, porque el joven Darrel siempre había sido leal a Lyedin, y eran amigos desde pequeños. Por supuesto, sus padres y sus hermanas tampoco podían ser tachadas del mapa y ya; eran su familia, y en ese sentido se permitiría ser egoísta y tenerlos a su lado hasta el último de sus días, cuando quiera que éste fuera.
Pero con el doctor Karev era distinto. No era su amigo que se había pegado a ella para permanecer a su lado; ni era su familia, a quien no podía obviar de la ecuación. Mason Karev era su médico de cabecera porque ella se lo había pedido. Era su culpa que él estuviera metido en todo eso; ella lo había hecho legalmente obligado a interesarse por ella. ¿Podía culparlo por cumplir con su trabajo? Por supuesto que no. El tipo estaba cubriéndose el trasero.
—Yo… —Lyedin, incapaz de encontrar las palabras correctas, se quedó con los labios separados observando a Mason, sintiéndose horrible—. Lo siento. —Pronunciar esas dos palabras era algo que siempre había encontrado extremadamente difícil, principalmente porque ella no solía arrepentirse de sus acciones. Ese caso era distinto; era consciente que había metido la pata—. Reaccioné terrible, muy mal. —Negó con la cabeza. Se había cruzado de brazos, en un gesto inconsciente de autoprotección—. Tú estás haciendo tu trabajo, y acabo de tratarte como si fueras la maldad en persona. Lo siento mucho.
La colorada pasó una de sus manos por su brazo, acariciándolo de arriba abajo algo nerviosa e incómoda consigo misma. Miró por encima de su hombro hacia la sala que comunicaba la casa con el patio trasero. Se encontró a sí misma siendo paranoica, esperando que su padre se apareciera de un momento a otro para hablar con ella y comenzar a recriminarle cosas. Así que, cuando se volvió hacia Mason Karev, estiró una mano hacia el perchero en el que todos los Wayne dejaban sus abrigos y tomó el propio, una campera de retazos de cuero marrón por fuera, y peluche beige por dentro con mangas que también eran del color claro del interior de la tela. Se la puso con la máxima rapidez de la que era capaz, pretendiendo no ser torpe y comiéndose cada mueca de dolor que las comisuras de sus labios atisbaban a dejar ir. Cuando llevó las manos hasta su nuca, para quitarse el cabello rojo de debajo de la campera, señaló con la cabeza hacia la puerta.
—Vamos —estiró la mano hacia la puerta—. Aquí estamos en territorio enemigo, cualquiera podría verte. —Tan pronto como atravesó el umbral de la puerta y él no pudo verla, sonrió de costado. Se sentía como la colegiala que había traído a escondidas a su novio tantas veces que no lograba contarlas. En aquel momento, su padre no había tomado consciencia nunca de lo que ocurría; en cambio ahora Mason aparecía, hablaba con Daniel, y a ella la bomba le explotaba en la cara. Se había vuelto descuidada, pensó.
—Está bien —se había apresurado a responder Mason, cuando ella se disculpó. Sus palabras salieron, quizás, con demasiada rapidez, casi como si estuviera esforzándose. Una vez más, tuvo que recordarse a sí mismo que él era un doctor que se preocupaba por todos y cada uno de sus pacientes, y nada más que eso.
Observó a Lyedin entre paciente e incómodo, siguiendo los gestos nerviosos que ella llevaba a cabo, y terminó por sacudir su cabeza cuando ella volvió a dirigirse a su persona.
Con el entrecejo fruncido, y preguntándose qué rayos sucedería a continuación, el hombre apuró el paso hacia la salida. Cerró la puerta detrás de sí y, finalmente, se dedicó a seguir el trayecto que la joven Wayne marcaba.
—Así que… —comenzó. Estuvo a punto de hacer una broma, pero fue lo suficientemente precavido como para recordarse a sí mismo que estaba allí para aclarar dudas—, ¿vas a contarme qué está sucediendo, o prefieres guardarte el misterio para después? —le preguntó. Sin embargo, no esperó a que ella respondiera antes de agregar—: Podrías empezar contándome por qué es que has faltado a tus controles, ¿qué dices?
Las comisuras de ella se alzaron de manera automática, sin que pudiera ni quisiera evitarlo, formando la sonrisa en la que mostraba los dientes y arrugaba la nariz que tanto la caracterizaba.
—No vengo haciéndolo a propósito, si es lo que te preocupa —se defendió ella, quien aún sonreía—. Ni pretendo ser misteriosa —soltó con cierto tono quejoso, alzando las cejas hacia él a modo de recriminación. La calidez en los ojos de él le hacía sentirse cómoda; era uno de los motivos por los cuales lo había escogido como su médico.
En cuanto Lyedin bajó los tres peldaños que separaban el recibidor de la casa con el patio delantero, no pudo evitar sentir la necesidad de tomarse de algo para ayudarse a andar. Pensó en estirar su brazo y alcanzar el del hombre que andaba junto a ella, pero Lyedin Wayne no podía permitirse una señal de debilidad y dependencia semejante, así que se guardó los brazos, cruzándolos sobre su propio pecho. Pudo fácilmente fingir que era por lo fresca que estaba la noche.
—Tú conoces a mi amigo Darrel, ¿no? Lo has visto varias veces. —Se sintió extraño estar tuteándolo y conversar con él como si se tratara de un viejo conocido; mucho más caminar junto a él hacia la acera. Esperó a que Mason relacionara el apellido con una cara, y luego agregó—: Pues él ha estado teniendo muchos problemas. Su familia, más bien —se corrigió, arrugando la nariz, pero manteniendo la curva de sus labios—. Eso me ha tenido bastante ocupada. —Miró al doctor Karev por el rabillo del ojo—. Soy una persona ocupada, doc, ¿qué pensabas?
El aludido asintió una vez con la cabeza mientras asimilaba la información que ella le proporcionaba, y finalmente sus labios tendieron a formar una sonrisa que resultó involuntaria, pero no por ello indeseada.
—Y uno que está acostumbrado a creer que las vidas sociales de sus pacientes no van más allá del hospital… —ironizó, para luego soltar un suspiro que pretendía ser dramático—. Lo cierto es que no dejan de sorprenderme.
Su mirada fue a parar a los brazos que Lyedin había cruzado a la altura de su pecho, y examinó tal acción con una ceja por encima de la otra. Había ejercido su profesión durante el tiempo suficiente como para reconocer el agotamiento y exhaustividad de las personas cuando los veía. Pero, ¿qué hacer? ¿Le tendía su antebrazo para que lo usara de apoyo? ¿Ignoraba el hecho y continuaba caminando? La pelirroja no había mencionado su cansancio, así que, ¿le correspondía hacer algo para ayudarla?
Esa última pregunta provocó que se le pusieran los pelos de punta. Ni siquiera tenía que dudarlo.
Asomó su brazo a Lyedin, sin pronunciar palabra. No creía que fueran necesarias explicaciones. Los dos eran conscientes de lo que ocurría, y estaba seguro de que ella lo conocía lo suficientemente bien como para saber que no se rendiría con tanta facilidad.
—Creo que he oído algo al respecto —afirmó, mentalmente cruzando los dedos para que ella no repudiara su intento de ayudarla—. Su padre, ¿verdad? —le preguntó.
La colorada observó el gesto por el rabillo del ojo y, de no haber estado enferma, sus mejillas se hubieran encendido envalentonadas como lo hacían en su época de chica-ruda-que-va-contra-el-mundo. Pero no sintió rabia al notar la ayuda que Mason Karev le ofrecía de manera tácita, como hubiera hecho en otro momento; sino que más bien agradeció el gesto, valorándolo en demasía.
Pese a que le agradaba lo que él acababa de hacer, su orgullo no le permitía aceptar el brazo y mostrarse consciente del gesto agradeciéndolo a viva voz. Entonces, en lugar de decir algo, Lyedin simplemente tomó el brazo que el doctor le ofrecía y no dijo nada a cambio. Actuó como quien no quiere la cosa, y fingió que allí nada había pasado. Su orgullo y personalidad batalladora no le permitían menos; esperaba que Mason le siguiera el juego.
—Encarcelado, sí —respondió ella a la pregunta del médico—. Pero en realidad no logro dar con él. No sé dónde se ha metido; sólo ha desaparecido del mapa, así que estoy un poco preocupada. —La colorada clavó sus ojos azules delante de ella, bien a lo lejos, con la mirada casi perdida.
Reconocer que algo le preocupaba significaba para ella demostrarse débil. Era algo muy importante para Lyedin Wayne dejarse ver frágil; significaba que confiaba en la persona con la que estaba hablando.
—Y bueno, tampoco voy a mentirte, es lo menos que puedo hacer ya que te molestaste hasta aquí. —Lyedin dejó ir un suspiro—. Intento pasar el menor tiempo posible dentro de ese hospital, doc. Lo odio. Odio los controles, el tratamiento, la quimioterapia… —Parpadeó varias veces, como si acabara de darse cuenta de algo—. Sí, demonios, odio esa cosa. Veneno inyectándose en tus venas y corriendo libremente por tu cuerpo de manera regular… —Chasqueó la lengua y negó con la cabeza, fingiéndose fuerte, tonteando de esa forma para buscar minimizar su odio hacia aquel procedimiento que le ocasionaba tanto dolor recurrentemente—. Nop.
La colorada hizo una leve, casi inexistente pausa. Giró su cuerpo y miró al doctor, frunciendo el ceño.
—¿Por qué te empeñas en vivir la vida de tus pacientes? —inquirió con un tono que pretendía ser teatral, casi buscando parecerse al que él había utilizado—. ¿Qué no tienes otro lugar en donde estar ahora mismo? ¿Algo mejor que hacer a oírme a mí quejarme sobre drogas? —Lyedin sonrió de costado. Él era un hombre apuesto, joven, inteligente—. ¿A tu novia no le molesta que andes haciendo visitas a domicilio después del trabajo? —¿O sería esposa? No tenía anillo. Pero un tipo como él obviamente estaba tomado. Los buenos siempre estaban tomados.
Sí, estaba utilizando la antigua y por todos conocida técnica de preguntar por una novia dando por sentado que el interlocutor ya la tenía, para así finalmente averiguar si esa novia en efecto existía o no. Y Lyedin sabía que no debía estar preguntando aquello; que no debía ni siquiera interesarse por la vida privada del doctor. Pero se consolaba diciéndose a sí misma que él había sido el que se había acercado a su casa fuera del horario de sus consultas, y no ella. Así que era culpa de Mason, según como Lyedin lo veía.
—Y, aún así, toda esa cosa sigue siendo necesaria —se había dedicado a señalar Mason, como si realmente fuera necesario que le recordara aquello.
Pero lo cierto era que Lyedin sabía tan bien como él que, a pesar de que no le quedaba mucho tiempo de vida, la negación hacia la quimioterapia no haría más que empeorar su situación. No era hipócrita, y era consciente de que a él no le había tocado vivir tal tortura; pero, de todas formas, entendía que ese veneno al que se refería la pelirroja era lo único capaz de prolongar, por lo menos unos meses, su esperanza de vida.
Aunque, ¿a qué costo? No podía darse el lujo de juzgar las decisiones de la joven Wayne, menos cuando, una vez más, no era él quien padecía de tal enfermedad.
Decidió dejar aquella cuestión de lado, al menos temporalmente, para concentrarse en lo siguiente que le preguntaba la mujer. Una sonrisa de medio lado no tardó en aparecer en su rostro antes de que comenzara a hablar.
—Admito que paso mi vida encerrado en ese hospital. No es como si estuviera todo el tiempo ahí dentro tampoco, pero, cuando salgo del trabajo, por lo general termino yendo a casa para disfrutar de una cerveza fría y una pizza recibida por delivery… y, ahora que lo digo, suena tan aburrido —confesó, rascándose la nuca con la mano que le había quedado libre.
Y entonces, de la nada, soltó una sonora carcajada.
—No hay una novia —aclaró, y luego se encogió de hombros para quitarle importancia al asunto—. Ya no, al menos. Cuando tu trabajo se convierte en la prioridad, todo lo demás pasa a un segundo plano, y no es el mejor lugar para una pareja —le explicó.
Decidió dejar de lado el nombre de Julie, la mujer con la que había salido durante años y con quien había estado comprometido. Ella había roto con él hacía un par de meses atrás, argumentando que Mason se centraba demasiado en su carrera y no le prestaba la debida atención. El moreno no podía decir que la culpara.
—¿Y qué hay de ti? —cuestionó, dispuesto a mover el foco de atención hacia Lyedin nuevamente—. ¿Cómo es tu vida lejos del hospital, de tu familia y de tu mejor amigo? —quiso saber, tomando una nota mental a modo de recordatorio de volver a insistir sobre su tratamiento luego.
Se felicitó por haber sido lo suficientemente cuidadoso como para no preguntarle de forma directa si estaba involucrada con alguien.
—Oh, no quieres ir por ese camino, doc, créeme —respondió de manera inmediata Lyedin, en cuanto oyó al hombre preguntarle sobre su vida lejos del hospital—. No hay nada bueno ni agradable que pueda venir en esa respuesta. —Sonrió de lado a lado mostrando los dientes, y arrugó la nariz conformando una muy particular sonrisa suya.
La réplica a esa pregunta no era algo que nadie quisiera escuchar. Su pasado debía quedar enterrado, moriría con ella; su futuro era tan prometedor como “paciente de cáncer terminal” indicaba; y su presente se basaba en prácticamente arrepentirse de sus decisiones pasadas y lamentarse por el poco futuro que le quedaba. Lyedin no creía que Mason quisiera saber eso.
Sin embargo, la colorada se permitió aplaudir internamente al oír que Karev no tenía una novia. Sabía que estaba mal, porque ella tenía una opinión muy formada y rígida respecto a intentar tener una relación con un hombre a esa altura de su partido: no sería justo encariñarse con alguien a quien luego tendría que obligar a verla partir. Pero no podía evitar alegrarse por la falta de compromiso del moreno, y endemoniadamente sexy, doctor.
—Ya decía yo que me parecía verte demasiado por el hospital; cada vez que caigo por allí, estás trabajando, como si te tuvieran esclavizado ahí dentro —repuso Lyedin, pretendiendo devolver la conversación a un tema mucho más cómodo y agradable para ella: la vida de Mason Karev.
La idea de no hablar de ella misma y descubrir más sobre él le resultaba mucho más atractiva, así que se mantuvo con eso.
—No te culpes. El delivery y las relaciones fallidas van de la mano de las carreras estresantes y esclavizadoras. —Lyedin hizo una leve pausa, mirando hacia delante. Sin saber qué la impulsó a revelar algo sobre ella misma y su pasado, volvió a separar los labios y agregó—: Es muy noble de tu parte haber elegido la carrera que elegiste; ser médico, ayudar… Yo, por mi parte, elegí ser maestra de primaria, porque quería ayudar en la formación de las pequeñas personas, los futuros ciudadanos. —Sus ojos azules se iluminaron por un momento; podría decirse que se debía a los faroles de la calle, pero en realidad aquella luz en su mirada tenía vida propia—. El trabajo nunca terminaba en el colegio. Pero supongo que nunca se acaba, no dejas de pensar en ello simplemente porque se hicieron las cinco de la tarde, o cualquiera sea el caso de tu extraño horario.
La colorada giró la cabeza hacia Mason, y le dedicó una cálida sonrisa de costado.
—No eres culpable de nada —sentenció Lyedin, incapaz de mantener sus opiniones para ella misma. Él no la había pedido, y sin embargo ahí estaba, diciendo lo que pensaba.
La sonrisa de Mason no tardó en ensancharse.
—Eso me parecía, que estaban empezando a esclavizarme —murmuró, en un tono burlón. Al fin y al cabo, le encantaba su trabajo, y no le molestaba en lo absoluto pasar tanto tiempo en ese hospital.
Claro que se arrepentía de algunas cosas. Julie era una de ellas. Pero ya no había nada que pudiera hacer al respecto. Ella había seguido con su vida, y él no era nadie para juzgar su decisión.
—¿Maestra de primaria? —cuestionó, enarcando una ceja. Aquella no se la había visto venir, pero tampoco era como si lo sorprendiera. Después de todo, Lyedin tenía una personalidad que a él no le costaba imaginar a cargo de un grupo de niños—. No eres culpable de nada tampoco —agregó, pues él también notaba el cambio en la voz de Lyedin.
No la presionaría, pues no le correspondía averiguar cosas que ella no tenía ganas de soltar.
—Pero suficiente de eso. —Giró un poco su cabeza para mirarla—. ¿Has cenado ya?
Esas palabras salieron como un torbellino, sin que él pudiera evitarlo siguiera. Aunque tampoco era como si deseara haberlo hecho.
Se produjo un silencio de repente, en el que Lyedin intentó determinar cuál era la respuesta correcta para la última pregunta de su médico de cabecera. Técnicamente, ella había cenado, aunque simplemente se hubiera dedicado a picotear algo de su plato, cuya porción era ya de por sí pequeña; era la forma que tenía de mantener la comida en su estómago. De todos modos, la implícita invitación del doctor a cenar con él le resultaba de lo más atractiva. Lyedin se odió a sí misma por eso; no debía involucrarse con Mason Karev, tenía que dejar bien en claro el límite de su relación con el doctor.
Pero tenía tantas ganas de conversar con él, acompañarlo mientras cenaba…
—Lo he hecho —respondió finalmente la colorada, asintiendo con la cabeza y apretando los labios en una mueca que atisbaba a ser una sonrisa—. Pero supongo que puedo sacrificarme y acompañarte de todas formas.
Mientras llegaban a la esquina y ralentizaban el paso para ver hacia ambos lados antes de cruzar la calle, Lyedin observó al doctor por un momento. Más le valía que su pregunta hubiera resguardado la invitación que ella había imaginado o, de lo contrario, se sentiría como una idiota; y Lyedin Wayne no estaba acostumbrada a permitirles a las personas que la trataran como tal.
—Después de todo, viene siendo hora que haga algo por ti —agregó sinceramente y sin pensárselo.
Ella se sentía en deuda con Mason por todo lo que llevaba haciendo por ella desde que lo había conocido. Llevaba lidiando con sus caprichos y la forma en que Lyedin se rehusaba a ser ayudada desde que la conocía, al punto tal que la había hecho sentirse tan cómoda que la colorada había decidido cambiar de doctor. Así que podía tomarse el rato para cenar con él. No era como si quisiera observar su precioso y moreno rostro mientras él lo hacía; no, claro que no.
Una fuerza invisible tiró de las comisuras de los labios del hombre y las llevó a alzarse nuevamente.
—Eso me basta —murmuró, y esas palabras fueron acompañadas por un breve pero adecuado movimiento de cabeza.
Continuaron caminando en silencio por un rato, pero no fue uno de esos momentos incómodos, sino que, sorprendentemente, Mason se encontró bastante a gusto sin tener siquiera que emitir sonido. Fue raro, pero impresionante. No podía decir que se hubiera sentido bien con respecto a un estúpido silencio alguna otra vez en su vida; o, de haber sido así, lo cierto era que no lograba recordarlo.
Cuando finalmente divisaron el restaurante al que el moreno solía asistir cuando se cansaba de ordenar pizzas por teléfono, abrió la puerta y esperó a que ella se adentrara al lugar antes de seguirla. Tomaron asiento en una mesa próxima al gran ventanal que daba a la calle, y él tuvo la precaución de ayudarla a ubicarse en su silla al impulsarla hacia atrás.
Bastaba echarle un vistazo nada más para caer en la cuenta de que Mason había sido educado como todo un caballero. Él, sin embargo, no parecía caer en la cuenta de ello.
—Así que, y si me permites preguntar… —comenzó, hablando con lentitud, como si pudiera usar tal mecanismo como una especie de armadura ante la futura reacción de la pelirroja—, ¿cuál es el rollo con tus padres? ¿Ninguno de los dos sabe lo que te pasa?
Supuso que decir eso sonaba mucho más prudente que soltar un simple “¿Por qué aún no les has dicho que tienes cáncer?”, pero dedujo que Lyedin entendería su cuestionamiento.
A ella le tomó desprevenida la pregunta, y por eso su rostro pasó de estar alegre y agradecido por la forma en que Mason acababa de comportarse con ella, siendo todo un caballero, a adoptar una expresión sorprendida. Sus dos codos estaban en la mesa y sus manos recorriendo su cabello para barrerlo hacia atrás cuando el doctor Karev inquirió aquello, y ella se quedó prácticamente petrificada; le llevaron un par de segundos aceptar lo que había oído, entenderlo y procesarlo, sólo entonces sus manos terminaron de recorrer su cabello, dejándolas sobre la mesa, entrelazadas. Sus ojos estaban un poco más abiertos que lo normal, y la sonrisa que había aparecido en su rostro cuando Mason le acomodó la silla se quedó ahí, algo más extraña porque ya no era natural, sino que se esforzaba por mantenerla.
—El “rollo” con mis padres —pronunció ella con la lengua un poco picante, haciendo las comillas con los dedos. Volvió a dejar las manos sobre la mesa, y se relamió los labios de manera inconsciente—. A ver, pues… —Lyedin miró hacia afuera, por el ventanal de vidrio que le permitía apreciar la bella noche sin tener que sufrir su frescor. Sintió cómo el calor subía por su garganta; esa necesidad eterna de hacerle frente a todo llevándolo al choque, peleando.
Se tomó un momento para serenarse. Él no había dicho la palabra “rollo” para molestarla; simplemente la definición de dicha palabra se adecuaba a la situación que mantenía su familia en torno a la realidad que Lyedin Wayne estaba enfrentando. “Rollo”. Le gustaba “rollo”, pensó; era de lo más acertado.
—En un principio, no lo sabía ninguno de los dos, y por mucho tiempo pretendí mantenerlo así —dijo, volviendo la cabeza hacia delante para mirarlo a los ojos, como le gustaba hacer siempre, se tratara de un asunto importante o no—. Pero no era justo, era lo que Xavier se encargaba de decirme; él era el único que lo sabía para ese entonces. —Se encogió levemente de hombros—. Yo no quería verlo así, como una injusticia; más bien pensaba que les estaba haciendo un favor, y creo que estás en condiciones de apreciar lo testaruda que puedo ser, así que a mi pobre amigo le llevó tiempo convencerme.
Lyedin se sonrió. Recordaba perfectamente cómo se había comportado con Mason Karev ante la idea de un trasplante de riñón. Él había aprendido por experiencia propia que ella podía ser insensata y terca.
—Mi madre es la única que sabe la verdad ahora —confesó cabizbaja, volviendo rápidamente a alzar la cabeza—. Es… complicado. Ella tuvo el mismo tipo de cáncer de joven, y el hecho de que yo lo tenga la hace… —Carraspeó. Ella era fuerte, podía hablar de esas cosas sin quebrarse a mitad de camino. Lyedin Wayne acababa sus oraciones cuando las comenzaba, así como lo hacía para cualquier aspecto de su vida; punto—. La hace sentir terriblemente culpable, por supuesto.
La colorada apoyó mejor un codo sobre la mesa, y ladeó su cabeza dejando recaer una de sus mejillas sobre la mano. Parpadeó varias veces, pensativa, aún observando al doctor.
—Mi padre no sabe nada, porque no es ni la mitad de fuerte que mi madre. Sé que en el momento en que lo sepa, el mundo se le vendrá abajo con sólo imaginar a su hija mayor falleciendo antes que él. —Lyedin inspiró profundamente, llenándose los pulmones e inflando el pecho—. Es un fastidio. —Se encogió levemente de hombros y dejó ir un suspiro, pretendiendo restarle importancia al asunto y hablar con normalidad—. Mis dos hermanas menores no saben nada aún. Aún estaba trabajando en la parte de “soltarle la bomba a papá”, pero creo que ya no tengo que preocuparme mucho; debo agradecerte por eso —bromeó, sonriendo de costado.
Mason se quedó en completo silencio y se limitó a asentir lentamente con la cabeza a medida que asimilaba toda la información que ella le brindaba. Cuando la pelirroja acabó con su oratoria, arrugó sus labios, y decidió que era su momento de hablar. Porque tenía que hacerlo, tratándose de su médico de cabecera, ¿verdad? Se lo debía. Desde lo profesional, por supuesto.
—Yo creo… —comenzó, pero se vio interrumpido por el camarero que se acercó a entregarle a cada uno la carta del restaurante.
Se silenció por completo luego de haberle agradecido cortésmente, pero mantuvo el menú cerrado y su mirada clavada en Lyedin. Su rostro había adoptado una expresión pensativa, tal y como si el moreno estuviera intentando resolver una difícil ecuación. Evidentemente, estaba intentando decidir si le correspondía proseguir con su discurso o si sería más prudente de su parte cerrar la boca.
Luego de haberse tomado unos segundos, y habiendo ordenado sus pensamientos, optó por terminar de hablar.
—Lo siento mucho —susurró, con una sinceridad innegable—. De veras lamento haberle soltado esa bomba a tu padre. Estuve fuera de lugar, y de veras no fue mi intención —admitió, sin permitirse a sí mismo desviar la mirada de los ojos de la joven Wayne.
Hizo una breve pausa, en la que se dedicó a comprobar que Lyedin no quisiera saltarle al cuello aún. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no suspirar al ver que estaba a salvo.
Aunque, por supuesto, ahora venía la parte complicada.
—Y entiendo lo de querer privarlos del dolor. De veras lo hago. —Se aclaró la garganta y tragó saliva antes de continuar—. Pero creo que decírselos es la mejor opción. Y no lo digo sólo por ti —se apresuró a aclarar—, sino también por ellos. A veces, nos olvidamos de lo importantes que son algunas personas, hasta que ya no están alrededor. Las das por sentado. Y si a alguien a quien quieres le queda poco tiempo… —murmuró, odiándose a sí mismo por tener que decir eso en voz alta, por más cierto que fuera—, quieres saberlo. Para poder, hacia el final, decirte a ti mismo que hiciste todo lo posible para poder disfrutar de cada momento con ese alguien.
Una vez que hubo concluido, no dirigió su mirada hacia la carta para evaluar las posibilidades, sino que la mantuvo fija en la mujer sentada frente a él. Esperando su reacción. Intentando reconfortarla en silencio.
Como era de esperar de alguien como Lyedin, no se vio fácilmente tocada por las agradables y muy sinceras palabras del doctor. Ella no se consideraba a sí misma una persona a la que era difícil de llegar, porque era consciente de que escuchaba a todo quien se aproximara a ella y expresara lo que pensaba; sin embargo, sí consideraba que era extremadamente complicado hacerla cambiar de opinión, o verdaderamente hacerle ver algo desde un punto de vista que no fuera el propio. Si bien entendía lo que Mason Karev decía, una parte de ella incluso lo compartía, y comprendía que él sólo lo decía porque buscaba ayudarla y porque consideraba que así eran las cosas, Lyedin no sólo se mostraba reacia a dejarse mover por palabras tan nobles, sino que además le costaba trabajo aceptarlas como para ponerlas en práctica.
Mantuvo sus ojos azules levemente entrecerrados fijos en la mirada clara del doctor. En vez de quebrarse o sentir que el médico tocaba algo dentro de ella, alguna fibra cálida que pocas personas sabían que ella tenía, Lyedin no pudo evitar preguntarse cómo hacía él para saber aquello.
—¿Habla la experiencia profesional o personal? —inquirió la joven Wayne-Winehouse, entrecerrando apenas sus ojos un poco más. Ladeó la cabeza hacia un costado—. Y ya deja de pedir disculpas, por favor. —Dijo aquello en un ruego—. Si creyera que lo has hecho a propósito, no estaría aquí sentada cenando-sin-cenar contigo. —Sonrió hacia un lado—. De hecho, deberías ordenar —sugirió con las cejas alzadas hacia el menú que él sostenía entre manos.
Lyedin analizó la expresión de Mason. Sintió la necesidad de estirar la mano y apoyarla sobre la de él, aquella con la que sostenía la carta de menú, para agradecerle y lamentarse si es que a él le había pasado algo que lo había llevado a vivir aquello de primera mano. Aún así, permaneció quieta, con ambos brazos cruzados sobre la mesa, incapaz de cruzar la línea imaginaria que había delineado entre ella misma y el doctor.
Ahí estaba, de nuevo, su cara de ecuación difícil. Como si estuviera intentando decidir si responder honestamente la pregunta de la joven Wayne o si evitarla con alguna especie de broma. Luego de un par de segundos, llegó a la conclusión de que, si esperaba que la mujer fuera sincera con él, tenía que hacer lo mismo también. Suspiró profundamente antes de empezar.
—La personal —respondió, y por un momento consideró dejar ahí su declaración, pero finalmente optó por agregar—: Mi padre estaba enfermo. Cáncer de pulmón. Lo que es bastante irónico, ya que me consta que nunca fumó un cigarrillo en su vida. —Soltó una leve carcajada—. Pero esas cosas pasan. —Chasqueó la lengua y se encogió de hombros—. Sucedió cuando tenía once años. Ni él ni mi madre quisieron agobiarme con los detalles, así que simplemente me dijeron que él estaba enfermo. Supuse que se trataba de la gripe o un resfriado, ya sabes, pues es con lo que la cabeza de un niño está acostumbrada a lidiar.
Hizo una breve pausa y se dedicó a tragar saliva. Odiaba hablar de ese tema, pero la situación de Lyedin lo llevaba a pensar que contárselo no estaba de más.
Y, también, sabía que ella lo entendería.
—Murió en menos de dos meses. Y lo vi todo: los mareos, los dolores constantes, la tos incesante, la dificultad a la hora de respirar… —enumeró, arrugando la nariz—, pero no entendía qué sucedía. Y, cuando se fue, no terminaba de comprender cómo era eso posible. La gripe no era sólo eso. Y había tantas cosas que quería decirle, tantas cosas que quería hacer con él… —Clavó su mirada, la cual había desviado hacía un par de segundos, en la pelirroja una vez más antes de añadir—: Pero nunca fui consciente del poco tiempo que le quedaba. Y no terminas de hacer las paces con eso jamás.
Cuando terminó de hablar, y por más que sabía que eso era estúpido, se sintió increíblemente expuesto. No solía sacar ese tópico a colación, así que estaba un poco fuera de su elemento. Pero se alegraba de habérselo contado; quizás, le ayudaría a la hora de hablar con su padre, ¿o no? Tenía que creer que ella no caería en el mismo error que el Mason Karev de once años había cometido.
Se tomó un momento para evaluar las opciones de la carta, aunque tal acción no le llevó mucho tiempo. Dejó su menú de lado, pero aprovechó que el mesero aún no se hubiera acercado a recogerlo para enarcar una ceja en dirección a Lyedin.
—¿Cómo has estado comiendo? —le preguntó con tranquilidad, aunque de una forma tan directa que no permitía que la pelirroja le otorgara una respuesta ambigua. Sabía que, a cierta altura de su enfermedad, los pacientes dejaban de tener apetito, y era por eso que se consumían como si fueran flores a las que se les venía el otoño encima.
La última pregunta de Mason la dejó tan fuera de juego que Lyedin no respondió al instante. Aún estaba demasiado ocupada intentando descifrar cómo se esperaba que reaccionara ante todo lo que su doctor de cabecera acababa de contarle. Pero, entendiendo que no había forma correcta o incorrecta de reaccionar, la joven de cabello rojo supo que no había nada que decir, porque no había palabras que fueran a cambiar el pasado, ni a ayudar a Mason a sobrellevar lo que había ocurrido. Él era un hombre grandecito, pero Lyedin consideraba que esas cicatrices se quedaban para toda la vida. Ella no podía decirle nada que aliviara su pena, ¿no?
—Comer no es el problema, doc —respondió la colorada, que aún pretendía entender qué debía hacer o decir para dejarle saber a Mason que su historia la había conmovido y le había llegado. Se encogió de hombros, y sonrió de costado para luego pasar una de sus manos por su cabello, echándoselo para atrás—. El tema es que se quede ahí —agregó con indiferencia, haciéndose la dura. Ya no recordaba cuándo había sido la última vez que había actuado de esa forma porque de verdad lo era, no porque estaba fingiéndolo.
Entonces, de la nada, una fuerza invisible obligó a una de sus manos a viajar hasta una de las de Mason, apoyando la palma sobre el dorso y moviendo el dedo pulgar para acariciar la piel morena con la yema. Le sonrió de costado sin mostrar los dientes, de manera sincera y sentida.
—Lamento muchísimo lo de tu padre —dijo Lyedin Wayne, procurando transmitirle fuerza al doctor a través de aquella caricia de su mano.
Ella sabía que aquello había sucedido mucho tiempo atrás, pero de todas formas era doloroso y lo afectaba; le había visto los ojos al doctor y lo había notado.
Quizás no era una forma de transmitir fuerzas. Quizás aquel contacto poco profesional y formal era su forma de decirle que había alguien que lo sentía por él; que odiaba que él hubiera tenido que pasar por eso; que agradecía que él hubiera decidido contarle algo tan íntimo, personal e importante a ella, su mera paciente. Que quizás consideraría lo que acababa de decirle para poner su consejo en práctica antes de que fuera demasiado tarde. Quién sabía.
El contacto que ejercía la mano de la joven Wayne lo tomó por sorpresa, pero intentó que eso no quedara patente en la expresión que adoptaba su rostro. Hizo un gran esfuerzo por permanecer inmutable, y arrugó sus labios en lo que asentía una vez con la cabeza.
—Gracias —murmuró él en respuesta, entre titubeante y sinceramente conmovido por las palabras de Lyedin.
Y ahí estaba, otra vez, el silencio de antes. Mason no pudo explicar por qué, pero se encontró a sí mismo clavando su mirada en la mujer y examinando la profundidad de sus ojos, y de pronto no se sintió tan expuesto, a pesar de haber revelado una cuestión de su pasado que rara vez sacaba a relucir.
No supo determinar con exactitud en qué momento apareció el mesero a su lado, pero se vio obligado a volver su atención hacia el sujeto cuando éste se aclaró la garganta. Le dedicó una sonrisa forzada y volvió a saludarlo luego de que el camarero hiciera lo mismo.
—Un bistec con papas al horno —mencionó, y esperó a que el empleado terminara de anotar aquello antes de agregar—: Y, para beber, una Miller pequeña.
Le tomó tan sólo un segundo caer en la cuenta de que acababa de cometer un error. ¿Acaso estaba bien que la pelirroja lo viera bebiendo alcohol, por más que se tratara de una simple cerveza? ¿No estaba amenazando su imagen profesional?
Pero vamos, que esa cena nunca había sido sobre algo del trabajo. O eso fue, al menos, lo que insistió en remarcar una voz en su mente, la cual no tardó en silenciar al sacudir levemente su cabeza.
—Y una botella de agua para la señorita —articuló antes de devolver la carta a quien correspondía. Porque Lyedin ya había cenado, sí, y no podía mantener comida en su estómago, pero líquidos… esa era una cosa completamente distinta. Era muy importante que ella se mantuviera hidratada.
Cuando el hombre volvió a dejarlos solos, la mirada del doctor Karev se enfocó nuevamente en su acompañante.
—Aunque te ves bien —musitó, y ese comentario salió de entre sus labios con tanta rapidez que no pudo reaccionar y guardárselo para sí—. Digo, mucho mejor de lo que se esperaría en esta etapa del tratamiento —se apresuró a añadir.
Que la tierra se lo tragara ahí mismo.
—Alex te manda saludos —repuso, y entonces una fuerza invisible volvió a tirar de las comisuras de sus labios para que éstas dibujaran una sonrisa.
Lyedin había quitado la mano de encima de la del doctor en cuanto el mesero hizo su aparición, disponiendo ambos brazos cruzados sobre la mesa mientras oía el pedido de Mason. Se sorprendió a sí misma cuando, tras separar los labios con intenciones de pedirse un agua mineral, el médico se le adelantó y lo hizo por ella como si le hubiera leído la mente. Lyedin volvió su mirada hacia él, y una curva en sus comisuras dejó entrever algunos de sus dientes blancos. No ocultó la sorpresa, pero le dio mérito por su acertada elección. Ella sabía que el hecho de que su médico de cabecera acabara de pedirle un agua mineral mientras lo acompañaba a cenar no era nada del otro mundo, pero no podía evitar sentirse atraída por lo que fuera que había llevado al doctor a pronunciar aquellas palabras sin siquiera consultárselo a ella. ¿Lo había hecho porque simplemente se sentía responsable de cuidarla por ser su médico de cabecera, o porque era un caballero e insistía en que bebiera algo y tenía en cuenta sus limitaciones físicas?
—¿Alex, eh? —inquirió la colorada, sonriendo debido a la rapidez con la que había intentado el moreno ocultar su comentario desafortunado—. Dime la verdad, doc. —Se removió un poco en el asiento, acercándose algo más a la mesa para poder hablar en voz algo más baja como si se tratara de un secreto, aunque manteniendo las distancias—. ¿Alex y tú arrojaron una moneda a ver cuál se acercaba a mi casa esta noche? O quizás fue más bien un “hey, Alex, ¿a quién le toca la visita a domicilio esta semana?” —Lyedin se sonrió.
Le causaba gracia aquello, porque ella se tomaba lo que le estaba ocurriendo con cierta normalidad, y él era su médico, aquel que sabía exactamente lo que estaba ocurriéndole, pero de todas formas se empeñaba en tratar el asunto con delicadeza, como si quisiera proporcionarle a Wayne la suerte de andar entre algodones.
—No te engañes, doc. En realidad es el maquillaje —agregó la colorada mientras apretaba los labios para esconder su diversión, pese a que sus ojos la delataban.
Pero Mason negó con la cabeza para darle a entender que no estaba de acuerdo con lo que ella decía.
—Dudo que sea sólo eso —murmuró, y torció un poco su cabeza para observarla desde otro ángulo mientras en sus labios se formaba una sonrisa que se esforzaba por ser solamente amistosa.
Tenía que controlarse ahora mismo, y recordar cuál era su posición en todo eso. Se trataba de una comida con una paciente, como tantas había tenido sin que significaran absolutamente nada. Y sí, que Lyedin luciera tan hermosa aún con tanta ropa de abrigo le llamaba la atención, pero eso no tenía por qué representar un problema.
Así que se obligó a cambiar de tema para evitar soltar algún otro comentario imprudente.
—Ya, es eso —se encargó de decirle, mientras se encogía de hombros, como quien no quiere la cosa—, nos has pillado. Lo de la moneda fue idea de ella, pero lo cierto es que la suerte nunca ha estado de mi lado —admitió, y dejó ir un suspiro que pretendía ser melodramático, pero que en realidad solamente era burlón—. Así que aquí me ves. —Extendió sus brazos para señalarse a sí mismo—. Con un padre desorientado y una pelirroja que casi me asesina cuando me vio. El sueño de todo hombre.
La joven Wayne dejó ir una carcajada que se le escapó entre los dientes mientras sonreía de lado a lado. Negó con la cabeza, como recriminándole algo a Mason, sin dejar de mirarlo a los ojos. Lo que le causaba gracia era que la mayoría de los hombres hubieran encontrado eso de la pelirroja asesina bastante excitante. Se preguntaba si aquel sería el caso del doctor Karev, quien acababa de sugerir sin ser indirecto que ella se veía bien sin importar el maquillaje; quizás era ese otro de los motivos por los cuales ella se reía, pero pretendió pasar aquello por alto.
—Sí, ¿no? —Lyedin alzó ambas cejas y abrió un poco más los ojos—. Se te nota que te han obligado. Dime, ¿sales a comer con todos tus pacientes, o sólo las pelirrojas asesinas? —inquirió ella, medio en broma y medio en serio.
Lyedin no había pasado por alto el hecho de que Mason acababa de pedir una cena que al cocinero le llevaría un buen rato preparar, y a él degustar. Sin embargo, prefería no pensar en ello como algo que el doctor había hecho de manera deliberada, sino que más bien no se había percatado del pequeño detalle. Si bien Wayne había sido una joven con la autoestima muy alta durante toda su adolescencia y los mejores años de su adultez, era bien cierto que aquel cariño que sentía por sí misma había ido disminuyendo con el correr del tiempo luego de que tanta tragedia arremetiera contra su vida. El desamor y la enfermedad le habían hecho perder bastante el amor propio.
Por alguna razón, la imagen de Lyedin esperándolo en la cocina con una expresión cargada de rabia y de instinto asesino se le apareció en la mente de un momento al otro, pero lo cierto era que esa ilusión no le desagradó en lo absoluto. Se vio obligado a sacudir su cabeza para quitarse tal idea de su mente. ¿Qué rayos le ocurría?
Había pasado mucho tiempo solo, eso era. Necesitaba volver a salir, ponerse ahí afuera, ver a otras mujeres. Porque si de lo contrario seguía imaginándose a sus pacientes de esa forma… entonces, tendría un severo problema.
Aunque, por supuesto, tampoco era como si le sucediera eso con cada una de sus pacientes.
—Pues con todos —respondió rápidamente, enarcando una ceja a medida que una leve sonrisa comenzaba a formarse en sus labios—, obviamente —enfatizó—. Pero por lo general a una pizzería nada más, así que en realidad no cuenta, ¿o no? —inquirió, divertido.
Chasqueó la lengua y se encogió de hombros, como quien no quiere la cosa.
—¿Y qué me dices de ti? ¿Sales a cenar con tus doctores usualmente, o debería sentirme especial?
Estaba haciéndolo otra vez, forzando el límite. Encuadró los hombros y desvió su mirada por un momento, intentando serenarse, y tuvo que recordarse a sí mismo con quién estaba sentado. ¿Qué demonios le pasaba aquella noche?
Lyedin agradeció no tener nada en el estómago, pues de lo contrario la revolución nerviosa que se apoderó de la zona céntrica de su cuerpo, sumada a la incapacidad general de contener la comida, hubieran significado una corrida al baño para devolver cualquier vestigio de alimentos. La gente común y corriente las llamaba mariposas, pero a ella no le gustaba aquel término, que lo hacía lucir demasiado gráfico y aniñaba aquella sensación que nada tenía de inocente. La piel se le puso de gallina en cuanto le correspondió la sonrisa al doctor, siendo muy consciente de por qué lo estaba haciendo, pero queriendo detenerse en aquel preciso instante, antes de que fuera demasiado tarde.
Contrario a Mason, Lyedin sabía por qué se interesaba en él. El doctor era inteligente, serio cuando debía serlo pero también divertido, además de endemoniadamente apuesto; pero, más importante, a él le importaban sus pacientes, más precisamente ella. Lyedin era consciente de la atracción que sentía por ese hombre, pero se había puesto un freno a sí misma semanas atrás, poco después de conocerlo, prometiéndose no involucrarse con ese hombre, pues eso significaría eventualmente terminar lastimándolo.
La joven Wayne tenía la confianza lo suficientemente elevada como para saber que implicarse con ese hombre significaría que él tarde o temprano sintiera algo por ella y, cuando muriese, él se quedaría solo con nada más que dolor. Ella ya lo había pensado; sus principios le prohibían hacer ningún movimiento sobre el doctor Karev. Sin embargo, le sonreía de lado a lado mostrándole los dientes como si se tratara de una niña de diecisiete años, y su estómago estaba tan revuelto que, de haber tenido una sesión de quimioterapia horas más temprano, le hubiera atribuido los efectos físicos a la misma.
—¿Pizzerías, entonces? Doc, no vayas a creer que voy a sentirme especial o diferente sólo porque me trajiste a un restaurante y a ellos no —pronunció la colorada, alzando una ceja al igual que lo hizo él—. Ni siquiera he ordenado algo, en realidad es esto lo que no cuenta —bromeó, guiñándole un ojo mientras se sonreía.
El mesero trajo las bebidas de ambos mientras Mason terminaba de hablar. Lyedin, para hacer algo, se sirvió el agua en la botella y le dio un sorbo. Mientras lo hacía, alzó las cejas sorprendida por las palabras del moreno. Ella se rió agachando la cabeza al mismo tiempo que soltaba el vaso y lo dejaba sobre la mesa.
—Pues, en realidad siempre he tenido médicas mujeres —dijo Lyedin, enseriándose un poco pues estaba siendo sincera con aquello. Se encogió de hombros y agregó con un tono más ligero—: Ya sabes, para evitarme que mi doctor se sintiera atraído hacia mí, y la tensión sexual y todo eso. —Se encogió de hombros y sonrió de costado, dejando en claro que bromeaba; sus ojos parecían ir más serios—. No quería sentirme en el compromiso de acceder a salir a cenar con uno cuando me lo pidiera… —comentó encogiéndose de hombros de nuevo, ya buscando molestarlo y quizás hacerlo sentir algo incómodo.
Lyedin adoraba ver cómo reaccionaba la gente ante distintas circunstancias, y averiguar cómo se sentiría Mason Karev con sus últimos comentarios pasó a ocupar el primer lugar de la lista de curiosidades de la colorada.
La sonrisa del moreno fue ensanchándose más y más a medida que pasaban los segundos. De hecho, no podía recordar cuándo había sido la última vez que la había pasado realmente bien, lejos de sus inquietudes y de las exigencias de su trabajo.
—¿En serio no cuenta? —le preguntó, enarcando una ceja para luego arrugar sus labios y adoptar una expresión que rozaba la desilusión—. Vaya. Bueno, al menos lo tendré en consideración para otra vez —le prometió, cuando la pelirroja señaló con sorna que esa cena dejaba bastante que desear.
Se sentía como un adolescente, rozando lo peligroso, lo prohibido, dirigiendo estúpidas insinuaciones que no exponían nada en concreto. Decidió justificar su comportamiento bajo la excusa de su agotado estado, aunque lo cierto era que, por más que no fuera a admitirlo ni siquiera para sí mismo, ese pretexto estaba muy lejos de ser genuino.
—Pues, ahí me tienes. La tensión sexual es algo imposible de evitar —ironizó, a la vez que se encogía de hombros y soltaba un suspiro, como si de veras aquella cuestión estuviera fuera del alcance de cualquiera de los dos—. Aunque la verdad es que prefiero creer que has salido a cenar conmigo por algo más que simple compromiso, así que me quedo con la teoría de que, en realidad, te caigo bien.
Las comisuras de sus labios se alzaron de medio lado, regalándole a Lyedin una de esas sonrisas a las cuales él estaba tan acostumbrado y que siempre lo sacaban de apuros cuando era necesario.
—Y la sostengo argumentando que te he hecho sonreír, lo que no es un dato menor —terminó por agregar, sin dignarse siquiera a ocultar el orgullo que aquello último le causaba.
—¿Que me has hecho sonreír, dices? Te mereces una galleta —añadió una divertida Lyedin Wayne que, naturalmente, sonrió de lado a lado al decir aquello, inconscientemente volviendo a darle la razón al doctor Karev: estaba pasándosela bien—. A falta de galletas, vamos con la cena. Te mereces la cena que están por traerte. —Asintió con la cabeza—. No es como si tú estuvieras pagando por tu propio premio, —ironizó.
No comprendía cuándo se había vuelto tan bromista, pero creía que era culpa del doctor, y lo fácil que era divertirse cuando se estaba cerca de él. Lyedin lo había notado durante sus visitas al hospital, las formas del moreno siempre la hacían sentir cómoda y hasta le dedicaba alguna que otra sonrisa condescendiente; pero ahora, fuera del trabajo de él, la joven de cabello colorado podía apreciar que pasar con él no era simplemente “fácil”, sino también de lo más ameno, y que le gustaba hacerlo. Aquello encendió una luz roja de alerta en su interior; peligro: que le gustara pasar con él no era una buena señal.
Ella no había pasado por alto el comentario sobre la cena y el otro sobre la tensión sexual. El primero indicaba un posible próximo encuentro que Lyedin pudiera admitir a viva voz que “contaba” como salida. El segundo databa de lo que ya comenzaba a ser no sólo evidente sino también alarmante, pues las largas miradas estaban poniéndolo en una situación de riesgo y él ni siquiera lo sabía; Lyedin podía saltarle encima sin problemas, incluso yendo en contra de sus propios códigos, porque siempre había sido una mujer sin tabúes ni muchos miramientos, lo que quería, hacía.
—Me gustaría decir que es fácil hacerme sonreír, pero no puedo porque estaría mintiendo, así que muy bien, doc —admitió ella con serenidad, sonriendo de costado para luego encogerse de hombros—. Tienes ingenio y algo de cerebro, una chica inteligente como yo lo aprecia —bromeó, bien sabiendo que Mason Karev tenía un poco más que “algo” de cerebro. Pero picarlo empezaba a volverse divertido.
Y al aludido no le faltaba agudeza como para comprender que molestarlo se había convertido en un pasatiempo para Lyedin, por lo que se vio obligado a corresponderle una sonrisa antes de hablar.
—Cuidado, Wayne —le advirtió, en lo que enarcaba una ceja—. Recuerda que este hombre con “algo” de cerebro es el que se encarga de tu historial médico —murmuró, como si de veras pensara que ella pudiera olvidarlo.
Claro que él no lo hacía. Mason era el doctor de aquella pelirroja; y ella, su paciente. Ese era su relación, el límite que existía entre los dos, y no había forma de negarlo. No podía pasarlo por alto, por más que la presencia de Lyedin estuviera provocándole una extraña sensación que ni siquiera sabía cómo caracterizar.
Paciente. Doctor.
Quizás si se lo repetía a sí mismo alrededor de mil veces más terminaría por conformarse con el estado de las cosas.
—¿Y por qué, si se puede saber, es que no sueles sonreír? Estoy seguro de que enamoras a más de uno cuando lo haces —le concedió, con un tono de voz que no dejaba lugar a dudas. Aunque se esforzó porque eso sonara como un halago y no una insinuación, por supuesto.
Era linda. ¿Cómo era que no se había dado cuenta antes de lo bonita que era? De pronto, se sintió como un completo idiota.
—¿Es esa una amenaza, doc? —había inquirido Lyedin, alzando las cejas con un aire juguetón y ánimos de seguir molestando. Después de todo, la mención del historial médico le había sonado a la colorada como un ardid para que mantuviera la lengua controlada; algo que la joven Wayne sabía muy bien que era incapaz de hacer—. ¿Siempre utilizas tu situación de doctor para tu conveniencia? —Chasqueaba la lengua—. Muy mal, doc. Muy mal —soltó, aunque le guiñó un ojo para hacerle ver que sólo estaba bromeando mientras sonreía.
Entonces, lo que siguió al discurso del doctor Karev hizo que sus comisuras se alzaran aún más, aunque la colorada apretó los labios, para no dejar ver sus dientes. Seguía teniendo un aire juguetón y vivaracho, que se manifestaba a través de la sonrisa que se molestaba en controlar, y sus ojos azules, entrecerrados pero poderosos, astutos, divertidos.
—Es por eso que no lo hago. Por eso precisamente —dejó ir ella, alzando una ceja. Humedeció sus labios de manera lenta, algo pensativa. La última vez que alguien se había enamorado de ella, las cosas habían salido mal—. La gente se enamora demasiado rápido —comentó con cierta pesadumbre, medio en serio pero también medio en broma, utilizando esa pizca de chiste para alardear y hacer el comentario menos significativo.
Frente a la primera pregunta de la joven Wayne, Mason se dedicó a encogerse de hombros con parsimonia, casi como si ese simple movimiento significara un esfuerzo increíble.
—Simplemente una advertencia —la corrigió, con esa frase tan cliché que ya había oído en más de una película—. Y no, no siempre. Sólo cuando las circunstancias son adecuadas.
Gracias al cielo que fue lo suficientemente rápido como para morderse la lengua y evitar agregar algo más, quizás sobre lo bonita que era ella y lo mucho que eso beneficiaba a la cuestión de las condiciones fundamentales. Maldita sea, parecía un endemoniado adolescente al que le costaba no babear frente a una de esas muchachas que llamaban la atención de todo el mundo.
Tarea para el hogar: conocer a un par de mujeres, tal vez descargar tensiones de una vez por todas, recitó para sus adentros. Sí, eso no estaría para nada mal.
Pero es que cuando Lyedin se humedecía los labios de esa forma y no dejaba de sonreír, era imposible considerar que la atracción que sentía hacia ella esa noche se debiera a su continua y prolongada falta de acción.
—Y se desenamora con la misma rapidez —contempló él, una vez que las últimas palabras de la pelirroja llegaron a sus oídos. Creía aquello fervientemente, pues hablaba desde la experiencia propia.
¿Cómo podía ser posible que resultara sencillo dejar de querer a alguien con quien se habían compartido tantas cosas, tantos momentos, de un día para el otro? Un amigo se había ocupado de señalarle que eso se debía a que, en realidad, si eso sucedía era porque nunca había existido entre esas dos personas un verdadero sentimiento de amor. Y, si bien en un principio creía que esa afirmación era errónea, pues él adoraba a Julie, pronto descubrió que su relación con ella jamás había sido así de profunda.
—Pero, de todas formas, insisto en que deberías sonreír todo el tiempo. Sólo para alegrarnos la vida a quienes estamos mirando —concluyó, con una sonrisa de medio lado.
—Ya lo creo, sonreír para el resto, no para mí —repuso ella. Aunque una fuerza invisible tiró de las comisuras femeninas para formar una curva que dejaba entrever sus dientes, Lyedin no tardó mucho tiempo en apretar los labios con disimulo. Dejó sus ojos analíticos, que acababan de reemplazar a los juguetones y cálidos, fijos en los del doctor.
Ella no era una joven tonta, sino todo lo contrario. Se creía capaz de interpretar cada comentario, cada gesto, cada pausa en la conversación o en un monólogo. Pese a su naturaleza lanzada, frontal y valiente, en el interior de Lyedin Wayne también convivía una muchacha sumamente racional. Era impetuosa, sí; sus impulsos solían ganarle la jugada a cualquier tipo de meditación. Sin embargo, aquellos enviones, esas acciones que llevaba a cabo aparentemente sin pensar, eran de verdad el resultado de la suma de sus reflexiones, sus pensamientos, prejuicios, valores y principios. Eran impulsos basados en sus creencias. Impulsos que, en caso de tener que hacerlo, la joven Wayne era capaz de explicar con total racionalismo y coherencia, a diferencia de muchas otras personas que se llamaban a sí mismas “impulsivas”.
Por eso, cuando la joven divisó que el mozo traía la cena de Mason Karev, vio la oportunidad que estaba buscando. Había dejado que todo eso llegara muy lejos, y debía terminarlo antes de que fuera demasiado tarde.
—¿Sabe qué, doc? Debo irme. —Con la pasión y el ímpetu que la caracterizaban, Lyedin se incorporó mientras hablaba, arreglándoselas para no tambalearse mientras lo hacía; llevaba meses practicándolo, y era hora que sus esfuerzos dieran frutos—. He accedido a acompañarlo… acompañarte —se corrigió, alzando las cejas y meneando la cabeza—, a cenar pero he sido egoísta. Probablemente mi padre tenga muchas preguntas que mi madre no sepa ni desee responder; además, es mi problema, no el de la pobre mujer que ya tiene bastante. Y yo tengo que hacer lo que tengo que hacer —sentenció, vehemente. Ni su tono de voz ni sus ojos dejaban lugar a insistencias de ningún tipo para que se quedase, pues estaba convencida de que debía irse—. Así que, lo siento, tengo que dejarte comiendo solo.
Lyedin había rodeado la mesa mientras lo hacía. El mesero había dispuesto un plato y dos bebidas sobre la mesa, pero la colorada le pidió que devolviera la botella de agua antes de que la abriera. Al menos no se sentiría culpable por haberlo hecho comprarle un agua mineral que no se molestaría en tomar.
Ella extendió una mano, ofreciéndosela al doctor a modo de saludo. Tanto su oratoria, como su postura y también sus ojos marcaban distancia; una distancia que estaba dispuesta a poner antes de que fuera demasiado tarde.
Él estaba que se derretía solo, como si fuera un queso de primera calidad de esos que Lyedin no comía desde que había enfermado. Estaba para partírselo, sí. Pero el doctor Karev no sólo era su médico de cabecera, sino que tampoco parecía un hombre que frecuentara lo de “una noche y ya”. Lyedin no se imaginaba dejándolo durmiendo sobre su cama, y que él despertara al otro día sin rastros de ella. El moreno era de los que preparaban el desayuno y lo traían a la cama.
Porque, sí. A la cama era a donde se dirigían si él seguía mirándola con esos ojos, y sonriéndole de esa forma, e insinuándose de manera tan implícita pero percibidle. Y si eso ocurría, entonces el moreno era un buen candidato para enamorarse de la colorada loca y apasionada a la que le quedaban pocos meses de vida. Sería candidato a que la colorada loca le rompiera el corazón cuando ya no estuviera. Candidato a jamás volver a abrirse con otra mujer porque había sufrido demasiado con el trágico amor anterior. Un amor y un sufrimiento futuros que ella podía impedir porque estaba a tiempo de hacerlo, allí y en ese instante, con ese apretón de manos y término de la velada.
Lyedin no estaba siendo altanera ni egocéntrica creyéndose que era capaz de enamorarlo, no. Sólo estaba siendo racional. Racional e impulsiva. Lo suficientemente analítica como para ver cómo estaba manejándose la situación y hacia dónde iría si no le ponía un tope. Impetuosa como para saber cuándo era hora de tomar el timón y dar un viro significativo de la nave, antes de que fuera demasiado tarde.
Mason estaba tan compenetrado en las acciones y palabras de la pelirroja que prácticamente no se percató del hecho de que el mesero acababa de llegar. El sujeto se les quedó mirando con los labios levemente separados y el entrecejo indistinguiblemente fruncido, sin poder ocultar del todo su curiosidad; permanecía sereno, por supuesto, pero su necesidad de comprender lo que ocurría con esos dos provocaba un extraño destello en sus ojos. Esa era la cosa más interesante que había visto en el transcurso de la noche, evidentemente.
El doctor pestañeó varias veces, sorprendido al encontrar la mano de su paciente frente a él. Su boca se abrió, y estuvo a punto de pedirle que se quedara; porque, claro, por un lado moría por ver en qué dirección iba esa velada… pero, por el otro, era consciente de que lo más prudente era avanzar como Lyedin proponía. Después de todo, existía esa innegable línea entre ellos, una que ninguna de los dos podría borrar jamás.
Fue por eso mismo que volvió a apretar sus labios, acallando los posibles comentarios que su garganta amenazaba con revelar. Extendió su mano hacia la de la joven Wayne para estrechar la extremidad que ella le había tendido anteriormente, y asintió una vez con la cabeza cuando el contacto de ambas finalmente se efectuó.
—Claro, no quisiera retenerte —acordó, forzando una sonrisa. Sin embargo, y a pesar de sus palabras, era eso precisamente lo que deseaba hacer.
Pero se guardó todo eso. Tenía que tranquilizarse, y un momento a solas no le vendría mal para lograrlo.
—Espero que tengas suerte con eso —le dijo, con sinceridad, ahora con el semblante serio—. Y recuerda que estoy a un par de cuadras de distancia nada más. Digo, por si alguien intenta cometer un homicidio —bromeó, intentando parecer un poco más relajado.
Lyedin sonrió de lado, pensando que la que querría cometer homicidio probablemente sería ella, pero consideró que mejor era no seguir bromeando, o sino la despedida perdería seriedad, y ella terminaría cediendo a las ganas de quedarse viendo cenar al doctor endemoniadamente lindo.
—Gracias —soltó ella, convirtiendo la sonrisa divertida en una sincera y de agradecimiento.
Él era un buen hombre, y un excelente doctor. Sus meses extra de vida se los debía a la irracional decisión de trasplantarle un órgano a una muchacha cuya sentencia de muerte estaba firmada por anticipado, y no había palabras ni miradas que pudieran agradecerle tan noble gesto nunca.
—Disfruta de tu cena y que tengas buenas noches. Nos estamos viendo en la semana —dijo con cordialidad y un tono de voz neutral. Asintió con la cabeza, y se encaminó a la puerta, queriendo salir de allí cuanto antes.
Andaría con paso lento hasta su casa, porque no tenía especiales ánimos de llegar muy rápido. Más bien pensaría en lo que acababa de suceder, y se preguntaría si, de haber sido el mesero una mujer, no se habría quedado igual de atontada con la última sonrisa por parte del doctor. Era encantador. Peligrosa y malditamente encantador.
Sábado por la noche.
Ayuntamiento de Seal Beach, California.
Un traje… ¡se había puesto un traje! Él, Daniel Holmes, conocido como el ser humano más ridículo e impredecible de aquella ciudad costera, y quien, por cierto, odiaba las formalidades, llevaba una corbata cortándole la respiración, una camisa que le daba demasiado calor a pesar de la época del año y un pantalón que provocara que le picaran zonas irreproducibles. Y ni hablar del saco. Esa prenda odiosa. La detestaba.
Pero le había dicho a Aylee que la llevaría a aquel evento, por lo que tenía que tragarse todas sus quejas y comportarse como dios mandaba. Lo cierto era que ninguno de los dos eran partidarios de asistir a aquel tipo de fiestas o, si lo hacían, era simplemente para burlarse de los demás; los eventos de etiqueta no eran precisamente sus puntos fuertes. Y ahí había estado, una vez más, la varita mágica de Alexayne Young; la muchacha, que estaba muy convencida del hecho de que su hermana menor y el joven Holmes terminarían conformando una pareja que duraría para siempre, había insistido innumerables veces en que fueran a la celebración, alegando que, de esa forma, tendrían algo entretenido para hacer el sábado a la noche. Si bien los dos habían intentado negarse, lo cierto es que la postura de la morena fue creciendo en Daniel, quien finalmente decidió que pasar esa velada con su mejor amiga no podía ser tan malo después de todo.
Y ahora tenía puesto un maldito traje. Quizás su veredicto no había sido tan acertado al fin y al cabo.
Suspiró profundamente y rodó los ojos cuando, luego de varios intentos fallidos, optó por dejar que su cabello adoptara la forma que quisiera. Se rendía. Lo peor que podía pasar era que Aylee criticara su presencia tras haberle dado un rápido vistazo, ¡pero vaya noticia! Si ya estaba acostumbrado a generar esa reacción en su pequeña amiga. Una de las cosas que más adoraba de ella, sin duda alguna, era su absoluta sinceridad.
Tomó las llaves de su motocicleta y, sin más, condujo hacia la casa de Luka y Aaliyah Young. Si su pelo hasta ese entonces era un desastre, ahora no hizo más que empeorar. Se preguntó por qué demonios era que su padre no tenía un coche a esta altura de su vida, y decidió que, cuando él fuera mayorcito, ya no andaría sobre su vehículo de dos ruedas, sino que se compraría algo más sofisticado.
Porque Daniel crecería algún día, ¿verdad? A veces, hasta él lo dudaba.
Se acomodó el molesto saco soltando un respingo y, con una pereza que era muy característica de su persona, caminó hacia el umbral de la casa de su mejor amiga. Tras haber llamado a la puerta dos veces con los nudillos de su mano izquierda, se detuvo por un segundo a considerar si había recordado ponerse colonia. Inclinó levemente su cabeza para oler la prenda superior negra que llevaba puesta, y descubrió que, en efecto, se había perfumado. “Muy bien”, pensó, “diez puntos para Gryffindor”.
Como no podría haber sido de otra forma, fue Aaliyah quien abrió la puerta. Le resultaba sorprendente cómo aquella mujer de cuarenta y tantos años se las ingeniaba para verse estupenda todo el tiempo; por un momento, se preguntó qué tan bella habría sido de joven, sin las leves arrugas que comenzaban a formarse alrededor de sus ojos y sus labios. Se dijo a sí mismo que luego se encargaría de molestar a Aylee con aquella cuestión.
—Hola ahí, apuesto —lo saludó la mujer, haciéndose a un lado para dejarlo pasar.
A Daniel no le sorprendió que la señora Young lo recibiera con un abrazo, porque vamos, ella ya le había mencionado varias veces que él era otro miembro de la familia a sus ojos. Él no tardó en corresponder aquel cálido gesto, y le dedicó a la madre de su amiga una sonrisa cargada de alegría, como todas las que él proporcionaba.
—Hola, señora Young —respondió él.
Aaliyah estuvo a punto de regañarlo, pero supuso que el esfuerzo sería en vano. Después de todo, había intentado que Daniel la llamara por su nombre de pila durante años, y nunca había conseguido sacarle aquella costumbre.
—¡Aylee, tu pareja está aquí! —exclamó la fémina, con un tono de voz lo suficientemente alto como para que su hija, quien se encontraba escaleras arriba, la escuchara. Y entonces, no tardó en agregar—: ¡Chris, cariño, ven, es hora de la foto!
El joven Holmes rió por lo bajo. Le resultaba extremadamente gracioso cómo Aaliyah adoraba guardar distintos momentos a modo de imágenes y fotografías: las fiestas de disfraces, graduaciones, reuniones familiares… Algún día, se ocuparía de echarle un vistazo a los innumerables álbumes que debía tener ella con dichos recuerdos.
—Te ves muy bien, cielo —continuó diciendo la señora Young—. Están tan grandes los dos…
Daniel pudo percibir cómo los ojos de la mujer comenzaban a llenarse de lágrimas, y eso lo llevó a sonreír de medio lado. A causa de la falta de una madre propia, tenía que reconocer que Aaliyah se había comportado como una. De veras adoraba tenerla cerca.
Cuando notó que Chris bajaba las escaleras, se acercó hacia él para extenderle la mano, como siempre hacía cuando lo veía.
—Señor Young —lo saludó, con tanta calidez como respeto.
Aylee llevaba bastante tiempo contemplándose en el espejo de su habitación. Pero no lo hacía porque sintiera que se veía hermosa ni nada por el estilo; se veía en el espejo porque sentía que se veía ridícula vestida de esa manera lo cual aumento su enfurruñamiento aún más. La joven Young llevaba puesto un vestido negro de manga larga con encaje de flores que se ceñía perfectamente a su figura y que dejaba ver sus hombros desnudos; el cabello lo habían ondulado y dejado suelto y le habían puesto un broche plateado para que agarrara dos mechones por la parte de atrás de su cabello; el maquillaje era bastante sencillo y solo le pusieron algo de sombra en los ojos para que resaltara su azul intenso.
La castaña adoraba a su madre y a su hermana de verdad que sí pero el hecho de haberla casi obligado a asistir a un baile y arreglarse de esa manera solo acrecentó más su enojo y sus ganas de no ira ese dichos baile.
Sin embargo, cuando su madre le gritó escaleras abajo y su padre tocaba la puerta de su habitación para anunciar que su cita había llegado solo logaron que se pusiera más rígida. —En un momento bajo papá, es solo que no encuentro mis zapatos — intentó excusarse para ganar más tiempo y evitar esa sesión de fotografías que sabía que si madre haría. Chirs por su parte soltó una leve carcajada la notar que su hija tenía puestos los zapatos que supuestamente estaba buscando. —Vamos cariño esconderte no te servirá de nada, Daniel te espera abajo ya no tardes mucho — el hombre se acercó para besar su frente y salir de su habitación para bajar y saludar a Daniel y rogar que su hija no escapara por la ventana. —Hola Daniel me da mucho gusto verte en un momento baja Aylee pero te advierto que no esta de muy buen humor hoy — dijo sonriendo mientras se acercaba a su esposa para ponerse junto a ella mientras esperaban a que la castaña bajara.
Luego de unos segundas más, y darse cuenta de que no tenía otro remedio, la joven Yung se digno a bajar. Su paso era lento y pausado principalmente porque no quería matarse mientras bajaba las escaleras y segundo porque estaba tratando lo más posible de hacer tiempo. Al terminar de bajar completamente los escalones y ver a su amigo, no pudo evitar que una sonrisa se escapara de su rostro y segundos más tarde una pequeña carcajada. Y es que ver a Daniel usando un traje como Dios mandaba y estar peinado como la gente desnate le parecía algo bastante cómico de ver dado que en sus bailes de la escuela ambos se vestirán de la manera menos apropiada posible.
—Por favor dime que no viniste en limusina ni en nada ostentoso porque me regreso corriendo a mi habitación —le dijo a su amigo en un tono serio e irónico que lo único que logró fue que su padre la reprendiera con la mirada lo que ella decidió ignorar y poner los ojos en blanco restándole importancia al asunto. —Bueno es hora de irnos que mientras más rápido lleguemos más pronto terminaremos y podré quitarme esta cosa que me impide respirar y le llaman vestido.
—Por cierto Daniel ¿qué te pasó en el cabello tuviste una pelea con el peine y perdiste? — preguntó la castaña mientras veía el cabello rebelde de su amigo mientras iba rápido al baño para tomar un peine y tratar de arreglar los daños que él mismo había causado en su cabello—. No era necesario que usaras tanta goma para peinarte, me gusta más tu cabello al natural — dijo arreglando lo mejor que pudo el peinado de Daniel logrando que quedara lo más decente posible.
Daniel estuvo a punto de decirle a Chris que no se preocupara, pues estaba muy acostumbrado a que Aylee se presentara con su característico malhumor; sin embargo, decidió que era mejor guardarse tal comentario para sí mismo, por lo que se limitó a asentir una vez con la cabeza y agradecerle al señor Young aquel pedazo de información.
Y entonces, a pesar de que ella pensaba que estaba haciendo el ridículo y no podría verse más avergonzada e irritada por lo que le había tocado usar en aquella ocasión, el joven Holmes no pudo evitar quedarse boquiabierto.
Por un segundo, consideró que esa no fuera su mejor amiga, sino más bien una visión o, tal vez, una hermana gemela de Aylee que había sido escondida del resto de la humanidad durante todos esos años. Porque vamos, siempre había sabido que la muchacha era muy bonita, pero ahí mismo, con ese vestido negro y el cabello suelto cayéndole por delante de sus hombros, resultaba más que capaz de quitarle el aliento a cualquiera.
Sin embargo, cuando la escuchó hablar, rió por lo bajo, y de inmediato reconoció a su querida amiga. Sólo ella podía mostrarse tan enojada por tener que ir a un baile; porque, si bien reconocía la existencia de muchachas a las que no les agradaba la idea de asistir a tal celebración en lo más mínimo, solamente Aylee podía expresar su malestar con esa expresión de fastidio que se veía marcada en su rostro. Daniel sintió la inmensa necesidad de abrazarla y revolverle el cabello, pero tuvo que resistirse al recordar que los padres de la chica estaban ahí presentes, y quizás no les agradara el gesto en lo absoluto.
Así que se limitó a carraspear y centrar su absoluta atención en su compañera.
—Me conoces lo suficiente como para saber que no me subiré a una limusina ni siquiera cuando el Presidente decida invitarme a tomar el té a su casa —le dijo, y luego asintió una vez con su cabeza, como si no tuviera dudas de que eso sucedería algún día.
Definitivamente, a Daniel le gustaba hacer el ridículo.
—Pues esa “cosa que te impide respirar y le llaman vestido” te queda muy bien —le aseguró, con un tono de voz que impedía que ella replicara. Le regaló una sonrisa para hacerle entender que le hablaba en serio, y que no se trataba de una broma.
Sin poder evitarlo, le dejó un beso en la coronilla. El hecho de que aquel gesto fuera sumamente amistoso no sirvió para que Aaliyah se guardara su suspiro de alegría para sí, pero tanto Daniel como Aylee ya estaban acostumbrados a que todos a su alrededor malinterpretaran sus actitudes como románticas, por lo que ninguno de los dos protestó.
—¿Tan mal se ve…? —comenzó a preguntar sobre su pelo, mientras su mejor amiga intentaba emparejarlo.
La señora Young, como no podría haber sido de otra forma, volvió a suspirar, y Dan tuvo que reprimir una carcajada.
—Ya, ya, que no me puse nada —se quejó él, y fue cuando Aylee terminó de acomodar su cabello que la madre de la muchacha insistió en tomarles una fotografía—. Espera, espera.
Extrajo una cajita del interior de su saco, y la abrió para mostrarle a la joven Young una orquídea, de esas que nunca faltaban en las películas. Debido al hecho de que la castaña detestaba tener que asistir a un baile, con todas las formalidades que eso implicaba, no pudo resistirse a la hora de gastarle aquella broma.
—Hay que mantener las tradiciones, ¿no crees? —le preguntó, arqueando una ceja y disimulando una sonrisa que indicaba lo gracioso que encontraba el sufrimiento de su mejor amiga.
Estuvo bastante seguro de que los ojos de Aaliyah se llenaban de lágrimas.
Había muchas cosas que Aylee podía soportar pero una sesión de fotografías mientras iba vestida como un muñequito de pastel era algo que definitivamente no podía soportar y menos aún cuando Daniel sacó una orquídea de su saco. —Muy bien toda esta situación me sobrepasa, los bailes no son lo mío y si crees que voy a ponerme eso por más linda que se vea estás muy equivocado mi amigo —se quejó la castaña alejándose de Daniel para evitar que le sacaran una fotografía más y también para salir corriendo de ahí como un gatito asustado. Claro que su intento de escape resultó fallido ya que Daniel la tomó por el brazo y le dedicó una de esas sonrisas a las que no podía negarse por más enojada que estuviera ella.
Claro que Aylee adoraba a su amigo, había estado con ella en las buenas y en la malas incluso cuando ella se comportaba como toda una perra loca pero es que de verdad que detestaba los bailes. No necesitaba de un tonto baile para pasar un buen rato con su amigo pero al parecer nadie parecía entenderlo, todos estaban tan empeñados en que Aylee fuera más femenina y alegre que no se daban cuenta de que al hacer eso la estaban cambiando por completo. Sin embargo, y luego de soltar una gran bocanada de aire comprendió que tal vez estaba exagerando un poco con su actitud enfurruñada de todas maneras Daniel igual había hecho el esfuerzo de ponerse un traje y verse como la gente decente.
—Bien me pondré esa orquídea pero no más fotos se los suplico todo esto resulta una tortura para mí —la castaña miro a sus padres y luego a Daniel nuevamente tratando de poner la mejor cara que pudo en ese momento—. También iré al baile pero solo una canción y si se pone aburrido el asunto tu y yo nos vamos a cualquier otro logar —advirtió ella esbozando media sonrisa a su amigo quien al parecer no iba a negarse ant aquella propuesta.
—Por cierto, tu tampoco te ves tan mal vestido así —Aylee quiso decirle que se veía extremeñamente guapo en ese traje y que el olor de su colonia le encantaba pero no lo hizo no porque no le tuviera confianza nada de eso, simplemente se sintió apenada por alguna razón así que decidió dejarlo así.
Daniel hizo un mohín.
—Pff, yo me veo como un mono con traje —contestó, a modo de queja. Se encogió de hombros para restarle importancia a las palabras de su amiga, y finalmente agregó—: Pero si tengo que vestirme así para verte con vestido, estoy muy dispuesto a hacerlo más seguido.
Su tono de voz, acompañado por la ceja que no tardó en arquearse, se encargó de dejar bien en claro que no estaba bromeando en lo absoluto.
—Y una sola canción, un cuerno —le advirtió, señalándola con su dedo índice a modo de reprimenda—. Nos quedaremos en el baile hasta las cinco de la mañana. —La observó fijamente—. Como mínimo —se apresuró a añadir, antes de que la castaña tuviera oportunidad de meter bocado.
Entonces, sus amenazas se vieron desplazadas por una sonrisa que no tardó en aparecer cuando Aaliyah les pidió una vez más que posaran para la cámara, como si estuvieran en una importantísima sesión de fotos. El joven Holmes encontraba tan divertido el fastidio de su pequeña amiga que no pudo evitar soltar otra risa por lo bajo.
—Vamos, una última para la posteridad —la animó, tan alegre como nunca.
Finalmente, saludó a los padres de la muchacha y le extendió su brazo para acompañarla hacia el exterior de su casa. Una vez que se hallaron afuera, las miradas de aquel par fueron a parar a la motocicleta de Daniel, y él no tardó en dedicarle a Aylee una sonrisa que pretendía ser inocente.
—Menos mal que no te has hecho un peinado al estilo de María Antonieta, porque entonces tendríamos un severo problema —bromeó, sin ningún tipo de problema a la hora de demostrar lo entretenida que encontraba toda esa situación.
Aylee puso cara de pocos amigos cuando Daniel le dijo que se quedarían más tiempo del que a ella le gustaría, claro que no podía decirle que no a su amigo ya que al parecer al chico le agradaba esa idea de estar en el baile más de lo que dejaba ver. —Está bien muñequito de pastel, tu ganas seremos los últimos en irnos y trataré de poner mi mejor cara — aseguró ella sonriéndole a su amigo de forma honesta ya que ella no podía fingir que no se divertía cuando estaba con Daniel, era algo imposible no parara bien cuando estabas con él.
Al momento de que su madre quisiera tomar una foto más, la castaña puso los ojos en blanco y no le quedó de otra más que abrazar a Daniel de una forma demasiado cariñosa para su gusto y dándole un beso en la mejilla. Tal vez con eso su madre quedaría tranquila con esa sesión de fotos.
—Bien, ya nos retrataron para la posteridad y esto es más de lo que mis nervios aguantan, de verdad los quiero pero si me toman una foto más, no se como reaccionaré —advirtió Aylee a sus padres mientras les daba un beso en las mejillas a cada uno antes de salir por la puerta con Daniel.
Cuando salieron y la castaña se encontró con la motocicleta de Daniel, ella puso una cara de desaprobación con una mezcal de alegría; no porque odiara viajar en moto, todo lo contrario pero ella sabía perfectamente que el aire iba a terminar con el peinando que tanto se había negado a que le hicieran. —Por suerte para ambos no tendremos que dejar que el viento nos despeine y nos veamos desarreglados cuando lleguemos — dijo mientras sacaba una par de llaves que tenía metidas en su pequeña cartera que al parecer hacia juego con toda su vestimenta—. Papá me dejó las llaves de su jeep para que llegáramos con bien al baile, no es que él desconfié de ti pero se sentiría más tranquilo que por esta ocasión fuéramos en coche — Aylee le dedicó una amable sonrisa a su amiga y le pasó las llaves a Daniel para que él manejara.
El castaño fingió estar ofendido, pero claro que la sonrisa que comenzaba a formarse en su rostro se encargó de desacreditar cualquier tipo de molestia.
—Qué poca fe me tienen. En serio, es ridículo —repuso, aunque lo cierto era que no estaba enfadado de veras ni mucho menos, y los dos lo sabían muy bien. Fue por eso mismo que no perdió mucho tiempo más, sino que se limitó a encogerse de hombros antes de agregar—: Ya, pero es que si me dan una Jeep, yo no me quejo.
Arrastró su motocicleta hasta el garaje, pues lo que menos necesitaba era que alguien se la llevara y quedarse sin el único medio de transporte con el que contaba. Una vez que ésta se hubo encontrado en donde correspondía, atrapó en el aire las llaves que Aylee le entregaba.
—Vaya, esto sí que es sofisticado —no tardó en decir una vez que los dos se encontraron en el interior de la camioneta—. No puedo casarme con una Cherokee, ¿o sí? —preguntó, y sus ojos brillaron de una manera que sólo podría haber sido descripta como esperanzadora.
Puso en marcha el motor y se encargó de sacar el vehículo del interior de la cochera antes de mirar de reojo a Aylee.
—De veras te ves bonita hoy, enana —le aseguró, con un tono de voz que no dejaba lugar a dudas.
La castaña esbozó una leve sonrisa ya que el cometario de Daniel le había causado algo de risa ya que, una de las múltiples cosas que ella sabía de él, era que los autos y las motocicletas le encetaban. —Lo siento amigo, aun se hace legal el matrimonio entre una persona y cualquier tipo de objeto — dijo tranquilamente poniendo una mano sobre el hombro del chico.
Aylee ya se estaba poniendo el cinturón de seguridad cuando el último cometario del castaño llamó por completo su atención. En realidad no se esperaba esas últimas palabras por lo que se encontró a si misma poniéndose realmente colorada de las mejillas. —Si, nada que un poco de maquillaje no pueda logara en cualquier persona — contestó muy tranquila como quien no quiere la cosa tratando de ser tan sarcástica como de costumbre pero lo cierto era que por dentro se estaba muriendo de la vergüenza ya que no estaba acostumbrada a recibir tantos cumplidos en una sola noche.
—Tu tampoco te ves mal, aunque te veas como un muñequito de pastel pero si no nos vamos ahora el baile llegará a su fin y no tendrás el placer de verme bailar aunque… realmente no me molestaría no llegar a tiempo — dijo pensándolo seriamente ya que esa idea no le molestaba en lo absoluto. Sin embargo solo estaba bromeando ya que muy en el fondo si le daba algo de emoción asistir a ese evento con su amigo. Claro que para su orgullo iba a ser muy difícil admitirlo.
Daniel soltó un bufido a modo de queja como respuesta a las primeras palabras de su amiga.
—Maldita sea —masculló—. De acuerdo, entonces seguiré esperando a que eso pase —se limitó a añadir, a la vez que se encogía de hombros—. Ya verás. Me casaré con la Jeep de tu padre y mi motocicleta será mi amante —prosiguió, asintiendo varias veces con la cabeza para reafirmar su comentario—. Nuestra historia de amor saldrá publicada en cada una de las revistas de nuestro país, y hasta del mundo… ¡ya verás! —exclamó, con un tono de voz triunfal, como si no dudara ni siquiera por un segundo de la popularidad de su potencial matrimonio.
Giró el volante entre sus manos para dar la vuelta a la esquina y, finalmente, volvió a enderezarlo. No estaban muy lejos del ayuntamiento, pues los Young vivían a tan sólo un par de cuadras de aquel lugar. Por lo tanto, mantuvo la velocidad de la camioneta a un nivel un poco más bajo que lo normal, pues lo cierto era que no tenía apuro en llegar; quería disfrutar cada momento de esa noche con su compañera, pues últimamente sentía que no la veía mucho, por más que se encontraran al menos tres veces a la semana. La vida del universitario era una gran mierda.
—Pues, te llevaría a cenar y luego a algún hotel de lujo; pero, dado que tu padre y tus hermanos me matarían si se enteraran de tal hazaña, mejor nos limitamos a ir al baile y disfrutar ahí, rodeados de personas que puedan funcionar como testigos —le dijo, medio en chiste y medio en serio, esbozando una sonrisa de lado a lado.
La castaña soltó una carcajada ente el comentario de su amigo sobre el matrimonio con la jeep de su padre y su amorío con su motocicleta— Claro y yo seré testigo del gran amor que le tienes a ese par de vehículos. Lo que me hace preguntarme ¿en qué lugar quedo yo? — pregunto ella fulminándolo con la mirada como si de verdad se creyera que algún día se fuera a hacer legal ese tipo de matrimonios.
—Pero si, te conviene que lleguemos pronto al baile o serás testigo de la furia de Logan y de Dawson que resulta que también asisten al baile. En realidad todos mis hermanos estarán ahí menos Luka claro a él rara vez se le ve el polvo —este último comentario lo dijo con un claro tono de nostalgia. Y es que la castaña quería demasiado a su hermano y el hecho de que actuara de manera muy extraña desde hace tiempo realmente la afectaba. Claro que no quería ponerse triste en esa noche y rápidamente cambio la conversación a algo más animado. —A demás, si no me puedes llevar a mi a un hotel de lujo, siempre puedes llevar a una de las múltiples chicas que se mueren por ti a pasar una noche de ensueño. Hasta en una de esas puede que yo igual encuentre a mi príncipe azul.
Las palabras que había pronunciado hace unos momentos eran parte ciertas normalmente Daniel se iba a pasar un buen rato con alguna de esas chicas. Pero si algo había que reconocer de Daniel, era que nunca lo hacía cuando salían ellos dos, sería como una falta de respeto a sus salidas que para los dos eran algo así como sagrados. Solo lo habían hecho una vez cuando ambos habían decidido pasar una rato con las personas que había conocido cada uno en uno de esos bares que frecuentaban pero todo había resultado ser un fiasco y realmente a Aylee le encetaba pasar tiempo con su mejor amigo y no lo cambiaría por nada del mundo.
—Tú serías la dama de honor, por supuesto —había contestado Daniel a la primera pregunta de la muchacha, con tal rapidez que quedó patente que no dudaba en la necesidad de que ese puesto le fuera asignado a su mejor amiga, aún cuando se tratara simplemente de una boda ficticia. Porque vamos, Aylee Young era una de las dos personas más importantes de su vida, así que ni siquiera podía contemplar el dejarla a ella de lado en una situación como esa, por más que no fuera real.
Cuando la castaña hizo aquel comentario sobre Luka, el muchacho arrugó los labios en un gesto solemne. Sabía lo mucho que a ella le dolía el distanciamiento que su hermano mayor había llevado a cabo respecto de su familia durante los últimos años, y que eso había afectado a Aylee más que a nadie, pero lo cierto era que no había mucho para hacer. Por lo tanto, y porque sabía que a ella no le gustaba mucho hablar del tema, decidió que era mejor desviar la conversación hacia terrenos menos sinuosos.
—No, de eso, nada —murmuró, a medida que negaba con la cabeza para enfatizar sus palabras—. Ni loco abandonaré a mi joven Jedi para reemplazarla con otra mujer. Esas cosas no se hacen, son de muy mal gusto —aclaró, sólo por si era necesario. Sin embargo, los dos sabían muy bien que ese no era el caso; al fin y al cabo, en más de una ocasión se le había presentado a Daniel la oportunidad de irse a casa con uno de sus ligues de clubes nocturnos, pero él nunca dejaba a Aylee sola, porque sabía que los amigos iban primero. Y sobre todo cuando dichos amigos eran chicas pequeñitas como un duende, quienes fácilmente podían ser sometidas contra su voluntad.
Por supuesto que no dudaba de las habilidades de la joven Young a la hora de defenderse a sí misma, pero su lado caballeresco le prohibía abandonarla de todas formas.
—Además, ¿cuándo te darás cuenta de que yo soy en realidad tu príncipe azul? —inquirió, con sorna.
Para el momento en el que Daniel había dicho ese último comentario, la joven Young se percató de que ya estaban en el ayuntamiento estacionados. Lo cierto era que el trayecto había pasado bastante rápido. Pero eso no era novedad ya que cuando estaba con Daniel el tiempo se le iba muy rápido por lo mucho que se divertían. —Vamos, sabes que yo no creo en eso del príncipe azul, son puras tonterías que se inventan las mujeres desesperadas que idealizan a un hombre en particular —soltó la castaña con una carcajada bajándose del auto en dirección a Daniel quien ya estaba fuera también—. Pero admito que tu ocupas un lugar muy grande aquí dentro — soltó Aylee en un tono meloso y puso su mano sobre su pecho específicamente en donde esta ubicado su corazón.
Cuando comenzaron a caminar, Aylee entrelazó su brazo con el de su amigo para tener un apoyo y no se fuera a matar gracias a los zapatos que le había escogido su hermana Alex para esa ocasión.
Si bien Daniel era consciente de que Aylee estaba haciendo el tonto, decidió creer sus palabras. No porque esperara que la relación de amistad que ellos compartían evolucionara hacia otra mucho más íntima y profunda, sino porque le gustaba creer que era una persona tan importante para la joven Young como ella lo era para él.
—Dices eso porque aún no me he puesto en plan amoroso —comentó, mientras arqueaba una ceja. Su tono era socarrón, como no podía ser de otra forma, y una sonrisa de medio lado se asomaba por sus labios cuando agregó—: Ya verás. Espera a que te muestre mi lado romanticón, y entonces te darás cuenta de que soy todo un príncipe azul.
Estaba bromeando, por supuesto. Daniel Holmes no podía resultar más diferente a una figura de ese tipo, y quizás era por eso que no dejaban de reírse de eso.
Cuando finalmente llegaron a la puerta principal del Ayuntamiento, éste la sostuvo e hizo una leve reverencia para esperar a que Aylee se le adelantara.
—Las damas primero, señorita Young —anunció, como si fuera el botones de un importante hotel—. A ver esa sonrisa —insistió cuando se percató del gesto adusto que se había marcado en el rostro de la castaña. Detuvo la puerta con su trasero y llevó ambas manos a las comisuras de los labios de Aylee, para tirar de ellas hacia arriba—. Ahí va muuuucho mejor —le aseguró, sin poder evitar soltar una risa por lo bajo.
—Dios mío, por lo visto esto de ser todo un caballero y un galán va muy enserio —contestó secamente y medio en burla ante el comportamiento de su amigo. La castaña estaba por pronunciar algo más, sin embargo los dedos de Daniel sobre su rostro fueron lo suficientemente rápidos como para evitar que ella se pudiera burlar.
—Sabes, soy muy capaz de sonreír por mi misma —le dijo, tomando ambas manos de Daniel para quitarlas de su rostro ahora si con una sonrisa verdadera ante el gesto de su amigo—. Solo que hay veces que decido no hacerlo — afirmó, mirándolo aun con una gran sonrisa en sus labios contemplando a su amigo por un momento.
En ese momento Aylee confirmó lo que ella ya sabía; que Daniel era la mejor persona que conocía. El castaño tenía tantas cualidades, no solo era guapo, también era divertido, ocurrente y sabía como sacarte una sonrisa incluso cuando uno tratara de no hacerlo. En definitiva estaba agradecida por tener al chico en su vida ya que muy posiblemente de no hacerlo, ella seguiría encerrada en su habitación sin nada mejor que hacer un sábado por la noche.
—Ahora si entremos que me muero de ganas por ver a mis hermanos con sus respectivas citas — dijo mirando a Daniel a quién aun tenia tomado de las manos y quien aun seguía detenido la puerta—. Por cierto, ya le encontramos un buen uso a tu lindo trasero, es muy útil para detener puertas.
—¿Lindo? —preguntó él sin perder el tiempo, y una juguetona sonrisa de medio lado se formó en sus labios—. Yo no tenía idea de que lo veías así, las cosas que me vengo a enterar... —bromeó, sin poder evitar soltar una carcajada. Sabía que Aylee no había hecho aquel comentario con segundas intenciones, pero definitivamente molestarla resultaba de lo más divertido.
Ni bien volvió su mirada hacia el gran salón en el que se encontraban, Daniel abrió sus ojos un poco más de la medida, claramente sorprendido. Habían adornado el lugar como si se tratara de un bosque en pleno invierno, claramente reverenciando la estación del año en la que se encontraban. A su alrededor se posaban varios árboles artificiales que no lo parecían en lo absoluto, y cuyas copas se adornaban con una nieve artificial que también decoraba en parte el suelo sobre el cual pisaban. Las luces de color celeste claro le otorgaban al ambiente una sensación de frío que ayudaban aún más a crear la atmósfera que los encargados de poner aquel evento en marcha habían buscado.
—Es precioso —repuso finalmente, con un destello de admiración en sus ojos. Enfocó su vista en Aylee y, bajo el leve esplendor de las luces blancas y celestes, tomó la nota mental de que se veía muy bonita. Claro que él era consciente de la belleza de la pequeña Young, pero aún así, en ese momento pareció ser aún mayor. No pudo resistir su impulso de dejar un beso sobre su frente; y, antes de que ella pudiera protestar, la animó—: Vamos a la barra. Necesitamos un poco de alcohol si pretendemos terminar esta noche vivos y sin intentar suicidarnos.
Por su parte, la castaña no dijo más nada sobre el comentario que ella había soltado sobre el trasero de su amigo; simplemente se dedicó a esbozar media sonrisa ante el asombro de su amigo.
No obstante, cuando entraron al gran salón y vio toda la decoración que los rodeaba y escuchar que su amigo admiraba lo bien que se veía todo, Aylee no pudo evitar mostrar su lado sarcástico e irónico. —Sí, es tan lindo que me dieron ganas de vomitar un arcoíris justo ahora— la castaña no iba a negar que el lugar se veía bastante bien, pero no era su estilo; en realidad nada en ese lugar era realmente su estilo. Y al escuchar el comentario de su amigo sobre el trago, ella no pudo estar más de acuerdo.
—Pensé que nunca lo dirías, llevo todo el día necesitando un poco de alcohol en mi sistema para poder aguantar todo esto— dijo mientras tomaba del brazo a su amigo para que ambos caminaran a la barra y así poder pedir unos caballitos de tequila que buena falta le hacían.
—Antipática —se apresuró a responder él ante el primer comentario de Aylee. Arrugó los labios y mantuvo el semblante muy serio durante unos segundos hasta que, finalmente, agregó—: Vamos, sabes que te quiero, enana, pero es que si te pegara una foto de Grumpy Cat en la cara, no notaría la diferencia. —Puso los ojos en blanco y soltó un suspiro, para luego negar varias veces con la cabeza, en un gesto fingido que buscaba agregarle cierto dramatismo a la situación.
Sin embargo, cuando ella se mostró de acuerdo con él en cuanto a la necesidad de alcoholizarse, la expresión serena de Daniel fue rápidamente reemplazada por una cargada de felicidad y entretenimiento.
—Hell yes —festejó, con un tono de voz que resultaba similar a un susurro, sobre todo por el volumen de la música que soltaban los grandes parlantes ubicados en distintos sectores del salón—. Terminaremos en AA algún día, yo te lo advierto —comentó, con una ceja en alto y una amplia sonrisa marcada en su rostro—. Por lo menos estoy seguro de que conoceremos a gente sumamente genial ahí, sí, señor; con grandes historias para contar y... —Pero se silenció a sí mismo cuando llegaron a la barra, pues entonces la gran cantidad de botellas situadas frente a él lograron captar su absoluta atención—. Empezaremos con una ronda de... tequilas —murmuró en dirección al barman, luego de haberle dedicado a Aylee una mirada de reojo para ver si ella estaba de acuerdo con su elección.
Las comisuras de sus labios se alzaron de una forma que sólo la joven Young fue capaz de entender, pues no era noticia que ese par se comunicaba sin necesidad de pronunciar palabra. "Porque somos guay", logró transmitir sin ninguna dificultad.
—¿Tantos años de conocernos y aun te sorprende cuando saco mi Grumpy Cat interno? —preguntó a su amigo de forma retórica poniendo su habitual sonrisa de “yo no rompo un plato pero si todo la vajilla”, par después agregar —: No, no solo me quieres; me amas secretamente pero no lo quieres admitir — dijo aun con esa sonrisa tan característica de ella.
El comentario de su amigo en donde los dos terminarían en AA, le causó bastante gracia y es que en realidad no le sorprendería en lo absoluto si ambos terminaban en ese lugar por cortesía de das fiestas.
—Tequila será entonces —afirmó sin queja alguna ya que la idea de empezar con algo de tequila era una muy buena idea ya que la joven Young sabia perfectamente que cuantos shots de tequila serían la medicina ideal para olvidar que se encontraba en una fiesta de gente estirada pero sin olvidar que se lo estaba pasando de lo mejor con Daniel.
Daniel soltó una risotada, echando su cabeza hacia atrás y todo.
—No me sorprende, simplemente era una observación —admitió, divertido. De hecho, había sido amigo de Aylee desde hacía ya varios años, por lo que no le llamaba lo atención en lo más mínimo cuando ella se presentaba con ese malhumor que tanto la definía.
Lo siguiente que ella dijo lo llevó a arrugar el entrecejo, y el joven Holmes negó una vez con la cabeza antes de reponer:
—Sí que te amo, y no tengo problema en admitirlo. —Sin más, la abrazó por encima de los hombros y la atrajo hacia sí para dejar un beso sobre su frente. Lo cierto era que no se cansaba de decirle lo mucho que la quería; no era ninguna noticia, después de todo, que Aylee era la persona más importante de su vida, y sinceramente no sabría qué hacer sin ella.
Cuando los vasitos de tequila comenzaron a aparecer delante de ellos, Daniel chocó el primero contra el de la castaña y lo bebió de un sorbo. Hizo una mueca al sentir cómo esa bebida le quemaba la garganta, e inmediatamente después le dedicó a su amiga una renovada sonrisa.
—¡Otra! —exclamó, dándole un golpe a la barra para darle más fuerza a su exigencia—. Probablemente deberíamos haber traído un conductor designado, pero a quién rayos le importa.
Ya habían transcurrido un par de horas desde que Daniel y Aylee habían llegando a aquel baile, lo que significaba que la castaña ya tenia varios tragos encima y su buen juicio ya comenzaba a nublarse. Claro que no era nada para preocuparse, no realmente ya que si bien Daniel por mas borracho que también estuviera él no iba a dejar que la castaña hiciera algo de lo que después pudiera arrepentirse. Simplemente que Aylee se ponía más cariñosa y feliz de lo que todo mundo estaba acostumbrado.
—Ven vamos a bailar un rato — dijo la castaña de la nada tomando a su amigo por el brazo para llevarlo a la pista de baile y comenzar a moverse sin ritmo alguno. De la nada, la música que había estado bastante movida desde hace un rato, había cambiado a una más lenta; al parecer había mucho gente que quería bailar canciones lentas con sus parejas—. ¡Buuu! Acaban de arruinar mi momento — se quejo la joven Young como si realmente eso sirviera de algo. Sin embargo no le importo que clase de canción fueran a bailar en ese momento ya que en el estado en el que se encontraba ella le era realmente indiferente.
Así que Aylee rodeó con ambos brazos el cuello de su amigo mientras el ponía sus brazos al rededor de su cintura y ambos comenzaron a bailar al compas de la música. Por supuesto que los pasos de la castaña eran bastante torpes así que mientras bailaban, ninguno dijo nada claro que eso no importaba porque entre ellos nunca existieron los silencios incómodos
—Realmente me alegro de poder estar aquí contigo creo que ya te lo había dicho pero o tal vez no, la verdad es que no lo recuerdo — dijo rompiendo el silencio para después agregar —: Y creo que esto nunca te lo he dicho pero eres una persona muy importante para mi y no sé que sería de mi si tu y yo un día dejáramos de hablarnos por alguna tontería —la castaña se sonrojó levemente y para esconder ese gesto escondió su cara sobre el hombro de su amigo algo apenada.
Cada palaba que había pronunciado la castaña eran ciertas, siempre lo había pensando pero debido a su carácter tan osco y malhumorado no se lo había dicho nunca al chico. Para cuando levantó la mirada le dedicó una sonrisa tímida a su amigo y contempló su rostro por unos segundos y fuera de la borrachera que tenia en ese momento, se dio cuenta de algo que no había querido aceptar desde hace algún tiempo. Aylee Young estaba enamorada de su mejor amigo y sin decir agua va, ella le plantó un beso en los labios a su amigo de esos que se daban los protagonistas en las películas románticas.
Daniel se jactaba de conocer a las mujeres, de comprender cómo funcionaban esas extrañas cabezas. Después de todo, había estado con tantas que había logrado convertirse en una especie de experto en el tema. Sin embargo, ninguna de las cualidades que creía que eran propias de todas las mujeres, ninguna de las reglas que normalmente regían su comportamiento, le ayudó a anticipar lo que estaba a punto de suceder cuando Aylee finalmente lo besó, por más que sus anteriores palabras deberían haber servido como advertencia suficiente.
Fue por eso mismo, y muy a su pesar, que cuando sintió que la joven Young apoyaba sus labios sobre los propios se quedó completamente inmóvil, helado, como hecho de piedra. Estaba tan pasmado que su rostro no lograba adquirir otra expresión que no fuera la del entrecejo fruncido y los ojos inquisidores. Por un segundo, no pudo hacer más que observarla de esa manera, intentando descifrar qué demonios había pasado por la cabeza de su amiga para hacer aquello. Porque vamos, no era la primera vez que se besaban; de hecho, Daniel no se cansaba de hacerlo cuando quería fastidiarla. Pero siempre había sido sólo eso: un intento de molestarla, de meterse con ella, de cerrarle el pico cuando hablaba de más. Aylee jamás había atisbado a besarlo a él, dejando de lado aquella noche, y eso fue exactamente lo que lo dejó confundido y con cara de idiota.
Aquello, claro, sumado al hecho de que los labios no dejaban de arderle como si acabaran de impactar contra un hierro caliente.
Sin embargo, eso fue lo que duró su desconcierto: tan sólo un segundo. Después de todo, en el momento en que comenzó a sonar una canción mucho más movida, no pudo evitar soltar una sonora carcajada. Estaba haciendo una bola de un copo de nieve y poniendo preguntas en donde no debía. Aylee era la persona más cercana a él, por todos los cielos; ¡claro que había sido un beso de amigos! Negó un par de veces con la cabeza y contempló golpearse a sí mismo por semejante estupidez.
—Yo también te quiero, enana —respondió, con un tono de voz que no dejaba lugar a dudas. Le regaló a la castaña una sonrisa de medio lado y le pellizcó la nariz con sorna antes de añadir—: Pero por favor no nos pongamos sentimentales, ¡que esto es una fiesta!
El alcohol estaba haciendo efecto, y eso se notó a medida que el ruido que despedían los parlantes continuaba dañándole los tímpanos y a él ni siquiera le importaba. Se movía muy alegremente dando saltos, probablemente acompañado por alguna especie de ángel guardián que le prohibía caerse al suelo y desmayarse. Hasta había llevado las manos hacia las caderas de Aylee, como si de lo contrario la muchacha fuera a escaparse.
—Got me looking so crazy right now… —canturreaba con una alegría muy propia de él. De tanto en tanto se carcajeaba al caer en la cuenta de que estaba siguiendo la letra de una canción de Beyoncé; sin embargo, aquello, que podría haber sido embarazoso para algún otro hombre, no lo era para él en lo absoluto. Después de todo, no era ninguna novedad que Daniel tenía un gusto musical muy raro para ser alguien del sexo masculino, pero no era como si eso le importara demasiado.
No supo muy bien si fue Beyoncé sonando de fondo, el constante roce con el pequeño cuerpo de su amiga, la bebida o qué demonios, pero de un momento al otro se sorprendió a sí mismo acercándose a Aylee para besarla de nuevo. Sólo que esta vez no se trató de un contacto breve y casto como antes, sino que detrás de él se escondía una intención completamente diferente que la de molestarla. Y lo sintió de nuevo: ese fuego que le quemaba los labios y se extendía para hacer que cada centímetro de su cuerpo le ardiera.
Fue lo suficientemente precavido como para no devorar dicho fuego sin preámbulos, y sus movimientos fueron suaves y delicados. Así fue, por lo menos, al principio, pero luego sus labios se volvieron más ávidos, más desesperados. Porque el fuego quemaba, sí, pero también daba calor, y en ese momento era un idiota que buscaba agitadamente esa extraña sensación, como si se tratara de una especie de droga.
El beso que la castaña le había dado a Daniel no iba con la intención de solo amigos pero al parecer el castaño no pudo captar la doble intención de sus palabras pero estaba bien porque eso significaba que ambos estaban lo suficientemente borrachos como para no darse cuenta de las cosas y para ser honestos fue mejor para ella que fuera de esa manera ya que no quería que todo se arruinara entre ellos dos así que simplemente le siguió la corriente a Daniel y siguió bailando al ritmo de la canción de Beyoncé que estaba sonando y riendo de tanto en tanto por lo mal entonado que se encontraba su amigo —Tendrías que escucharte como cantas — seguía riéndose Aylee de su amigo.
Luego de ese intento de beso fallido y de tratar de demostrarle sus sentimientos a su amigo, ella ya se había resignado a que algo más pudiera pasar esa noche; que equivocada estaba porque sin previo aviso ya tenía a Daniel nuevamente muy cerca de ella y se estaban besando. La sensación que corría por el cuerpo de la castaña era difícil de describir. Primero le atribuía que era parte del alcohol que había ingerido pero a quién engañaba, en ese momento se encontraba más consiente que nunca y estaba agradecida por eso. Tener tan cerca de Daniel de una forma que nunca antes había experimentado antes la aterraba y muchísimo per el contacto con los labios del chico le gustó. Por un momento sentía que le faltaba el aire, sin embargo no quería alejarse de él ni un centímetro pero si no tomaba aire sentía que iba a desfallecer por toda esa adrenalina así que se obligó a separase unos centímetros de él.
Tomó una bocanada de aire y se le quedó contemplando a los ojos por un momento, y esbozó una media sonrisa. No dijo nada al respecto, porque ralamente no había nada que decir, sin embargo Aylee quería seguir probando el sabor de los labios de Daniel como si fuera una droga a la cual no pudiera resistiese por lo que tomó al chico del rostro con ambas manos y continuó besándolo como si la vida se le fuera en eso. Sabía que la gente los estaba mirando pero no le importaba, en ese momento solo importaban ellos dos.
Y, de hecho, a él le sucedía exactamente lo mismo, pues si bien sentía las miradas fijas de los curiosos que los rodeaban sobre su nuca, eso no se presentó como un obstáculo a la hora de seguir besándola y atrayéndola hacia sí, como si de lo contrario fuera a escaparse.
Daniel, por su parte, estaba bastante borracho, pero eso no le impidió actuar de esa forma. Sabía que más tarde se arrepentiría de todo aquello -si lograba recordarlo, al menos-, pero no le importaba. En ese momento, nada más lo hacía.
Así que estuvieron así varios minutos, horas, la noche entera en realidad, olvidándose de todo y de todos. Ya podrían llenarse de preguntas o decidir ignorar lo sucedido luego, pero ahí mismo, en el concurrido ayuntamiento de Seal Beach, el joven Holmes no se dispuso a dejar ir a Aylee y a la sensación que ella le provocaba en cada poro de su cuerpo.