Ojalá que algo, por pequeño que sea, se ilumine dentro de tí cuando pienses en mí.
d e v o n
dirt enthusiast
KIROKAZE

shark vs the universe
Game of Thrones Daily
AnasAbdin
$LAYYYTER

if i look back, i am lost
ojovivo
Alisa U Zemlji Chuda

No title available

No title available

blake kathryn
No title available
taylor price

JBB: An Artblog!

tannertan36

Janaina Medeiros
TVSTRANGERTHINGS

izzy's playlists!
seen from Germany
seen from Iraq
seen from United States
seen from Albania
seen from United States
seen from Germany
seen from United States
seen from Türkiye

seen from Tunisia

seen from United Kingdom

seen from Türkiye
seen from Netherlands
seen from United States
seen from United States
seen from Czechia

seen from Türkiye
seen from Australia
seen from Russia
seen from South Africa
seen from Brazil
@xphotodictedx
Ojalá que algo, por pequeño que sea, se ilumine dentro de tí cuando pienses en mí.
Tengo miedo de que ahora todos los pajarillos color amarillo me recuerden a ti. Y azules. Y blancos. Y rojos.
En días como hoy te imagino mirándome mientras le prestas atención a mis lágrimas cuando te cuento que todo lo que observo me parece precioso. ¿Te conté alguna vez que suelo hacerle fotos a todo lo que me hace pensar en ti? Seguro te reirías mientras te lo digo, y mientras tanto yo seguiría llorando conmovida por tanto sentir. Siempre lloro cuando estás cerca. Siempre. Así lo haga en silencio, y no tenga lágrimas, y ni siquiera lo notes. Ojalá sí.
Entregarme de lleno a ser todo lo que amo hasta hartarme. A volverme mar, nubes, a arder. A volverme olor a tí cada vez que me saludas. A volverme fondo y que me habites sin miedo, a dejar de ser forma y que ya no puedas reconocerme. Quisiera entregarme de lleno a dejar de ser todo esto que soy, a no llamarme más, a que ya no me peses. Entregarme de lleno a ser tú, a ser yo frente a tus ojos y por fin entender la razón por la cual nunca vas a amarme.
—Eres el ser humano más extraño y extra-ordinario que he conocido en toda mi vida... y eso, teniendo en cuenta el mundillo de mierda que nos tocó habitar, es decir muchísimo. Sé que lo sabes. Te lo he dicho durante años, de tantas formas distintas, y lo haré de nuevo cuando sienta que debo. Siempre vas a ser mi Otoño. Espero que estés bien— escribió. Se quedó unos segundos frente a la ventana de chat... y lo borró todo sin pensarlo demasiado. Otra vez no tuvo el valor de decirlo, de decirle, pero estaba segura de que él lo sabía, de que lo sentía. Era imposible que no, porque esa forma suya —tan suya— de comunicarse sin hablar aún parecía suficiente para entenderlo todo. Todo lo que se le había quedado atorado en el pecho durante casi una vida entera.
Pensó entonces en el ruido del mundo, en lo rápido, en lo desechable, en lo inmediato, y por un segundo creyó que escribirle un mensaje de texto no era solo insuficiente, sino injusto, y sintió asco. Quizás ponerlo así —tan pequeño, tan breve, tan ordinario y corriente— era traicionar algo sagrado. No le hacía justicia.
Por alguna razón sintió que por ese día, ese intento cobarde de contacto bastaba. Que con eso él entendería cuánto lo extrañaba, y de ese modo sería suficiente para sobrevivir otro año sin verlo.
Y los años seguían pasando. Sin cobardía. Sin tregua.
A veces desearía no haberte conocido. No porque hayas sido cruel, ni porque me hayas roto. No así. No por rencor. Simplemente por descanso.
Lo jodido es que fuiste... demasiado. Insoportable y dolorosamente demasiado. Fuiste eso que uno no espera encontrar, eso que desordena todo, que te cambia el filtro con el que miras cada cosa y ahora no puedo dejar de comparar.
Fuiste raro. Fuiste honesto. Fuiste humano y a la vez extraterrestre en el sentido más jodido y hermoso de la palabra… y por eso me arruinaste. Todo lo que vino después se siente incompleto. Ajeno. Falso.
Estás en todo. No como un recuerdo suave, sino como una ausencia que se encarga de punzarme constantemente los omoplatos. Una presencia vacía. Una versión de lo que podría haber sido, pero debo conformarme a contemplar de lejos. No pude acercarme ni tocarlo sin que algo en mí se rompiera.
Antes de ti, cerraba los ojos y dormía. Cerraba los ojos y ya. Sin más. Desaparecía por completo del mundo. La vida se sentía más liviana. La vida se sentía más simple. No había esta punzada en el pecho, ni esta necesidad estúpida de imaginar qué estarás haciendo, si también piensas en mí. Si también estás escuchando esa canción. Si te ríes solo al recordar mis chistes simplones. Si todo esto te duele al menos un poco. O si simplemente sigues. Porque eso es lo que la gente hace, ¿no?
La gente sigue.
Incluso cuando queda algo trabado en la garganta y que no se debe decir por... ¿cobardía?
Entonces la gente simplemente sigue. Yo no seguí.
Me estanqué justo en el segundo en el que entendí que estaba perdiendo la cabeza. Desde el día uno hay una versión tuya pegada a cada cosa que antes me parecía normal. Un gesto. Música. Un silencio. Pero cuando supe que nunca ibas a estar del todo para mí, eso me jodió más que cualquier abandono, más que cualquier mentira.
Porque no hubo error. Simplemente no fue. Ni será.
Y ese es un dolor distinto. Más silencioso. Más... profundo.
Hubo algo en ti que me tocó en un punto que no sabía que tenía expuesto y no sé cómo se sobrevive a eso. Me parte en mil pensar que si no te hubiera conocido podría vivir al menos un poco más liviana. Podría seguir creyendo y jurando que no existen personas como tú porque es imposible. Podría pensar que todo este tedio que me rodea es suficiente. Que lo cotidiano alcanza. Que es lo que todos merecemos eventualmente. Pero no… porque ahora sé, y saber es una maldición. Ahora sé que allá afuera hay alguien como tú. Que una noche te cruzas de frente con alguien que te entiende sin que tengas que explicarte, que te completa las frases sin que hayas terminado de decirlas por completo, que le conmueven las mismas cosas que a ti te hacen llorar… y después lo pierdes, o debes obligarte a perder lo poco que te perteneció de él. Y vives con eso. Con la certeza de que lo mejor ya pasó, de que eso fue lo mejor que pudo haber pasado así en el fondo quisieras más.
Ya pasó, y no vuelve. No conoces a alguien así dos veces.
Y no lo digo para que duela. Lo digo porque es verdad, y la verdad no siempre arde. A veces simplemente... incomoda. Quema lento. Como el saber que lo que siempre has deseado existe, pero no está hecho para ti.
Cómo me jode saber que te tuve un poco. Y que igual no alcanzó.
…y no hay manera de anestesiar ese dolor de mierda.
A veces pienso que lo pedí. Que lo quise. Que lo llamé en silencio tantas veces, que el universo se fastidió de tanto escucharme y me lo lanzó a la cara. Brusca y violentamente. Furioso.
Entonces llegó él. No era un héroe. No traía capa, ni corona. Pero tenía esa voz... esa maldita voz, suave, que sonaba a casa. Y yo, con tanta hambre, le abrí la puerta. Tenía la habilidad precisa para encontrar mis grietas. Y lo dejé entrar. Sin preguntas. Sin dudar.
Me hablaba como si me conociera. Y yo, tan rota como nunca antes, dejé que pusiera mi nombre en su boca.
En ese entonces no sabía que el amor también podía tener forma de jaula. Que hay manos que acarician y duelen como quien marca territorio. Que hay castillos que solo son fachadas para encubrir el encierro.
Creí que bastaba con eso. Con que alguien me mirara sin asco. Con que me tocara sin miedo. Con que se quedara un poco más que los otros.
Pero no. Era lo mismo. El mismo juego con otro disfraz. Y yo, otra vez, preguntándome en qué momento dejé de reconocerme. ¿Es mi culpa? Es mi culpa.
Antes de él ya me había rendido hacía mucho tiempo. Ya había visto el abismo que separa a las niñas que flotan de las que apenas sobreviven. Me sabía distinta desde entonces. Toqué mis bordes, uno a uno. Y no encajaban. La niña de los bordes quebrados. En ese punto ya sabía que nunca tuve magia, ni zapatillas de cristal, ni un destino dorado. Solo esta piel que a veces siento ajena. Solo este cuerpo que aprendí a entregar como si así pudiera sentirlo más suyo que mío.
¿Y qué si nunca quise ficción? Mentira. ¿Qué si ya sabía que no sería nunca una princesa? Guardé la esperanza en el estómago, donde duele más. Donde no se ve. Crecí creyendo en los cuentos de hadas. Los tragué, uno a uno sin pausa, sin saliva y sin masticar. No por fe. Sino por necesidad. Porque era lo único que tenía. Y cuando ya no fui la misma nunca más, igual me obligaba a creerlos. Igual me aferraba a la idea de que alguien podía quererme sin hacerme volar en pedazos. Se convirtió en un mecanismo de supervivencia. Abracé cada historia como un salvavidas. Nadaba tiritando en el agua helada, pero en el fondo amaba el frío. El filo. El abismo. El vértigo de saber que detrás de cada promesa habría una puerta cerrada. Una herida.
Pero no. El amor tampoco me salvó, como se suponía que debía hacerlo. Y el príncipe salvador —si es que podemos llamarlo de esa forma— también sabía cómo aniquilarme. Y yo solo me quedaba quieta, mirando desde abajo, intuyendo que algo en mí estaba mal hecho. Demasiado torpe. Demasiado rota. Demasiado yo.
Y ahora miro al espejo. Buscando una cara que no me devuelva miedo. Una que no baje la mirada por, al menos, dos segundos. Las princesas brillan. Yo apenas sobrevivo.
No quiero decir la verdad en voz alta. Porque la verdad duele más que él. Y no estoy segura de poder con eso. Esa es la peor parte de la historia. La promesa y la amenaza hablaron con la misma voz. Los cimientos del castillo estaban forjados con huesos de otras princesas, y de las grietas salía sangre. En el piso encharcado vi el reflejo del príncipe pero él y el monstruo eran la misma persona. Siempre lo fueron. Entendí —sin que me lo dijeran— que el amor y la crueldad a veces tienen la misma cara. El mismo tono de voz. El mismo "te quiero" dicho con los dientes apretados.
Y ahí me veo. Sentada entre ruinas que de lejos parecen lujo. Recojo mis restos con las manos. Me corto con ellos. También sangro. Pero no los suelto. No porque sea fuerte. Porque ya no me queda de otra.
Si me preguntas si lo amé, no sé qué responder.
Solo sé que me quedé. Que aguanté la respiración debajo del agua lo que más pude. Que me obligué a mentirme. Y eso también es una forma de amor. Torcida. Silenciosa. Enferma. Pero real.
¿No fue esto lo que siempre deseaste? ¿Lo que pediste?
Fuiste vista. Fuiste elegida. Fuiste irreparable.
Antes se me notaba la forma en que temblaba cuando alguien decía “final feliz”. No quiero finales felices. Ya no. Solo quiero que duela distinto. O que al menos esta vez, el dolor tenga mi nombre. Y no el suyo.
—¿Sabes qué es lo más jodido después de romperse?— preguntó, sin mirarlo y con la voz hecha polvo. —¿El dolor? —No. Aprender a vivir con lo que queda. Seguir... como si no doliera. Silencio. —¿Y cómo se hace? —No lo sé. No tengo idea. Pero supongo que te paras. Respiras. Te odias un rato. Después te miras sin miedo al espejo, aunque no reconozcas nada… y por primera vez no apartas la mirada. Te hablas, aunque no tengas nada bueno que decir. Recoges los pedazos, aunque corten y sangres. Le pones un nombre nuevo a lo que queda. Luego te lavas la cara, la sangre, y sales. Él quiso decir algo, pero no lo hizo. Tampoco es que hiciera falta. Hay respuestas que no consuelan. Solo duelen distinto. Y de esa forma se entienden mejor cuando no se dicen en voz alta. Entonces, la respuesta no es una frase. Es la herida abierta que uno aprende a dejar de esconder.
... Eres un cobarde, y la verdad es que me das lástima. Lo eres porque, aunque sabes perfectamente lo que debes hacer —lo sé, lo sientes— simplemente no tienes el valor. Te rendiste ante ti mismo, y esa es la derrota más amarga de todas. Sabes muy bien que los seres como nosotros no encajamos en este lugar, hemos nacido para sentir distinto, para romper moldes, para habitar de formas extrañas, intensas y rebeldes. Jamás seremos como los demás. Provenimos de un mundo ajeno a este, pero tú elegiste negarlo y traicionar tu esencia. ¿Para qué? ¿De verdad crees que valdrá la pena? Me repugnas. Tienes ante ti la oportunidad de tu vida, ese instante que esperaste desde siempre para, por fin, ser tú mismo, ser amado por quien eres… y simplemente lo dejas pasar. Me dejas ir como si yo fuera a suceder en tu vida dos veces, pero no. Te equivocas. Después de hoy no volverás a saber de mí jamás. Desapareceré por completo de cualquiera de tus posibilidades. Me perderás, y cargarás cada día de tu triste vida con el remordimiento de haber sido un cobarde, de haberte negado la oportunidad que anhelaste desde que llegaste a este mundo. Me decepcionas. Nunca pensé que alguien como tú se rendiría tan fácilmente. ¿Qué esperas que ocurra? ¿De verdad crees que puedes engañarte fingiendo que renunciar a tu verdadera naturaleza te traerá paz? Estás equivocado. Te ataste de brazos y permitiste que el miedo te consumiera desde adentro sin siquiera intentar resistir. Siempre le temiste a las jaulas, pero terminaste siendo tú mismo tu propia prisión, y permanecerás atrapado en ti lo que te reste de vida... y eso es triste. No hay amor que salve a un alma que decide encerrarse y pudrirse mientras espera un milagro. Ese milagro no existe más. Este fue el milagro y lo rechazaste. Se resbaló de tus manos y se ha quebrado en pedazos, incluso más que tú. Ahora tendrás que afrontar las consecuencias.
Después de un punto de quiebre, uno debe volver a aprender a vivir en muchos aspectos. Volver a reconocerse, a encontrarse, a amarse a uno mismo. Debe volver a reconciliarse con lugares que frecuentaba en esa vida que ya no es, ni será. Debe perder el miedo a ciertas películas o canciones. Aprender de nuevo a habitar el mundo hace que sea inevitable sentirse pequeño, vulnerable y ajeno. Se nace de nuevo, sin duda.
Sentir, y llorar de alegría mientras eso sucede.
Alguna vez sentí que mi único talento era caminar sin saber a dónde ir realmente. Simplemente eso... caminar por horas, sin rumbo, sin sentido y sin una razón. Solo caminar. Pensaba que si lo hacía, tendría que llegar a algún sitio eventualmente, y quizás ese sitio se sentiría por fin como un lugar del que no querría huir jamás. Ya no sería necesario seguir caminando.
—Uf, ¡tu sí que estás helada!— dijiste al tropezar tu mano contra la mía y automáticamente me devolviste al presente. Por un momento olvidé que estábamos allí, juntos, y que caminabas conmigo esa madrugada como si fuera el plan más cotidiano del mundo.
No supe qué decir, como normalmente me sucede cuando tengo todo por decirte. Aún no terminaba de salir el sol, y era verdad, hacía frío, así que simplemente decidí suspirar y tomarte de la mano. Fue un reflejo, una necesidad y un experimento; las tres cosas al mismo tiempo.
Te sobresaltaste porque no lo esperabas. Lo sé. Yo también lo hubiera hecho si hubieses sido tú el del impulso. Era la primera vez que por iniciativa propia tomaba tu mano y sinceramente no lo pensé demasiado. Simplemente lo hice.
Resulta muy agotador para mí pensar todo el tiempo en cómo actuar cuando estás cerca, o qué decir, o qué callar. Por primera vez me permití ser yo a través de mi mano, y vaya que logré sorprenderte. ¿Puedes verme a través del poco calor que se desprende de mi mano? ¿Puedes adivinar qué estoy pensando? ¿Tienes alguna idea de todo lo que guardo adentro y se ahoga con el solo hecho de pensar que podrías un día simplemente irte y no volver jamás?
Una de las cosas que más odio y amo de ti al mismo tiempo es cómo logras que todo se sienta tan natural aunque por dentro me esté muriendo de miedo. ¿Cómo puede ser eso posible? ¿Cómo puede alguien asumir un rol de huracán y revolcarte todo de tal manera que incluso las contradicciones se sientan así de acogedoras? Nunca te había abrazado ni me había acercado lo suficiente por temor a incomodarte, pero ahí estábamos, tomados de la mano en silencio, caminando, como si fuese una escena que hubiéramos repetido cientos de veces ya. Nunca habíamos estado en silencio por un tiempo tan prolongado y podría haber apostado mi vida a que tú también estabas pensando lo mismo hasta que tu teléfono sonó y tuve miedo de que todo desapareciera de repente justo al momento en que decidieras tomar la llamada. No lo hiciste, la ignoraste, y fue entonces cuando supe que compartíamos también el mismo miedo: de perdernos.
—¿Crees que si tomo el autobús de las 7, haya menos tráfico al llegar y pueda regresar mucho más pronto a casa?— te atreviste a preguntar, y al mismo tiempo volverme a anclar a la realidad. — ¿A casa, dices? — Sí, a casa. — Esto es casa, cariño— te respondí arrastrando los dientes, pero no me oíste, entonces agregué—Quizás debamos detenernos aquí. Me duelen un poco los pies. ¿Quieres un café?— Y sonreíste... justo como lo haces cuando crees saberlo todo.
Una parte tuya estará siempre conmigo, porque básicamente estoy hecha de pedacitos de ti. Pedacitos pequeños que brillan cada vez que alguien menciona tu nombre. Me hiciste tuya sin quererlo, sin quererme, sin tocarme. Te quedaste para siempre, aquí, en mí. Conmigo.
Las soledades caminan, se juntan, tienen formas, caben, se deshacen. Las soledades quieren pertenecer, sonríen, se abrazan, se hieren entre sí porque algo habrá que sentir. Las soledades se miran fijamente y se dicen la una a la otra que no será para siempre. Las soledades se encuentran, se reconocen, se condenan y se olvidan para que, al separarse, duela un poquito menos. Las soledades se toman de la mano, tímidamente, como si no quisieran volver a estar solas nunca más. Las soledades se extrañan, se pierden, se quiebran y pretenden volver a ser las mismas aunque en el fondo sepan que no tiene caso. Las soledades parpadean para que en los ojos no se les note que esperaron, que siguen esperando y que siempre esperarán el momento en que otra soledad suspire y les descubra de frente. Mi soledad obedeció y suspiró frente al espejo deseando encontrarse con la tuya. Espero haber llegado a tiempo.
Yo fui uno de tus tantos Abriles, pero tú, tú fuiste mi único Otoño.
01 enero.
¿Qué tengo por decirte? Todo y nada. Nada, porque contigo no se ha tratado nunca de decir, sino de sentir. Siento tanto adentro que no sé cómo ponerlo en palabras porque muchas veces he llegado a odiar la mediocridad de una palabra. Es injusto e incluso ofensivo llegar a considerar la idea de que tantísimo puede pretender caber en una simple unión de caracteres tan corrientes como los que lees ahora mismo.
Vuelvo al sentimiento inicial para buscar respuestas. Vuelvo al momento exacto en el que te vi, aquella tarde, en donde tu sola presencia me quebró en pedazos. Me atravesaste como un relámpago y te me quedaste aquí, muy profundo, desde entonces.
No fuimos humanos en ese instante. Dejamos este cuerpo, esta piel, estas manos. Juntos transcendimos más allá de este plano y regresamos en cuestión de milisegundos. Viajamos años luz buscándonos y ahí estábamos de nuevo, frente a frente. Pero ahora... ahora he visto a tu yo humano y no me ha quedado otro camino más que abrazar esa humanidad antes de volver a sentir que debo perderte y encontrarte, de nuevo, en otras vidas.
No quiero perderte de nuevo. Por favor, no de nuevo.
Quise sostenerte en medio de ese sentimiento de pérdida y de reencuentro al mismo tiempo. Míranos, atravesamos la existencia juntos, una vez más, y aquí estamos.
Me quito lo humano que hay en mí y me quedo con lo esencial solo para decirte lo mucho que te quiero. Te quiero demasiado, enorme y profundamente sería la forma de decirlo si el querer pudiera caber en alguna unidad o forma de medida, y lo sé porque lo siento en cada pedacito de mi ser.
Desde aquí te hablo, desde el sentir, desde lo que soy y no puedo realmente explicar, ni siquiera a mí misma. Te hablo desde lo que brilla en mí, muy adentro, y que brilló aún más fuerte esa tarde que te vi, y no solo brilló, sino que se estremeció por completo ante ese mínimo contacto: una mirada.
Te quiero desde ahí, cielo, desde eso que sabes que existe, y yo también, y nadie más podría entender. Hemos vivido tanto, tantísimo juntos. Hemos vivido tanto, que son experiencias más allá del tiempo conocido, de la memoria, de los recuerdos, y es algo que atesoro porque de alguna manera sé que es real. ¿Cómo podría algo tan mágico no serlo?
Todos somos luz y sombra. Todos.
He visto en ti lo esencial, lo que no puede explicarse, lo he visto con ojos que no detallan lo obvio, ni lo físico, ni lo intelectual. Lo he visto con ojos internos, con ojos dispuestos a tratar de entender lo que desafía lo lógico. También he visto en ti lo humano, lo que a veces quisiéramos obviar en busca de perfección, pero sabemos que es inútil porque debe estar ahí, debe existir. A veces pienso que debemos herirnos para saber qué tanto estamos dispuestos a soportar y cuánto decidimos que valga la pena. Debe haber un equilibrio entre esas dos fuerzas. Nos debemos también a esa oscuridad de alguna forma.
Somos entonces ese equilibro entre esa luz y esa sombra inherente a nuestra esencia, a lo que inútilmente a veces quisiéramos ocultar, pero entre más lo intentamos, más humanos nos mostramos. Es duro y doloroso entenderlo, pero necesario. Es algo que va más allá de nosotros.
Perdóname si sientes que sueno reiterativa o redundante. Simplemente estoy obedeciendo a esa necesidad necia de que entiendas lo más fiel posible esto que tengo aquí, tan adentro, tan mío, a veces tan contradictorio, tan destructivo, tan vivo, tan humano. Me ha costado mucho hilar estas ideas. Llevo varias horas tratando de hacerlo, básicamente porque concluí que contigo nunca se ha tratado de decir, sino de sentir. De eso se ha tratado todo contigo desde siempre: de sentir. Me ha costado enormemente indagar en mí y tener una certeza en cuanto a qué querer decirte de manera genuina y pura. Intenté ponerlo en voz, en enviarte un audio y me quebré. No puedo hacerlo. No aún. Tampoco había podido escribirte antes, llamarte, responderte o contactarte de la forma que fuera. He estado muy débil para siquiera contemplar esa posibilidad. De hecho, he estado muy débil para establecer cualquier tipo de contacto con quien sea.
Creo que esto es lo mejor que puedo hacer por ahora, entonces simplemente me concentré en lo único importante, hablándote más allá de mi sombra y quedándome sentada bajo mi luz: te quiero enormemente y deseo para ti lo más hermoso, puro, bello y genuino que el universo pueda ofrecerle a alguien.
Es lo que siento y deseo.
Feliz año nuevo.
¿Cómo puede seguir sucediendo la vida de forma ordinaria luego de haber besado la magia con tus propios labios? ¿De sentirla muy en el fondo y hacerla palpable?
Es que no lo entiendo.
Me rehúso a entenderlo.