Ambas italianas, madre e hija, mantenían fija la mirada sobre la otra. La mandíbula de Ginger se apretó con fuerza, cerrando sus puños indignada cuando buscaba controlarse para no terminar escupiéndole cualquier tipo de ofensas a su madre, pero una sonrisa burlona se asomó en medio de su rostro.
Selene bajó la mirada apenada, porque sabía perfectamente lo que vendría.
-Lo único que esperaba de ti es que no siguieras esperando como idiota a un imbécil que jamás volverá -exclamó finalmente la heredera, cuyos ojos se habían tornado de un negro oscuro a medida que sus manos dejaban liberar pequeñas siluetas; la risa de unos niños revoltosos se escuchó de fondo, y Selene no se demoró en fijarse que las sombras que de su hija emanan se acercaban de forma rápida y peligrosa. Jamás podía verlas directamente, ya que Ginger era la única que compartía una unión directa con la mismísima muerte, al contrario de su madre y su hermano.
- ¿Que no lo entiendes? No hay ningún vínculo de sangre que pueda soportarte, Selene. ¡No pudiste salvar a ninguno de los dos! -la acusó al final, refiriéndose al ex exposo de su mamá y su mellizo.
La madre de la menor no demoró en erguirse con fuerza, dejando que un halo celeste se dejara a relucir a medida que su tatuaje en la mano izquierda comenzaba a moverse con fiereza, mostrándose amenazante ante las criaturas que había liberado la menor.
-Puede que no te gusten mis decisiones, Ginger -la italiana comenzó a avanzar un par de pasos hacia su hija, con una fiereza propia de años de experiencia de cacería, y hasta el mismísimo Slade se hubiera retirado de ese cuarto si hubiera sentido la presencia de los poderes que se estaban convocando en ese cuarto entre ambas-, pero yo sigo siendo tu reina -la mano de Selene se alzó, lo suficiente como levantar el cuerpo de su hija en el aire y aventarla contra una de las paredes del palacio, manteniéndola preciados segundos alejada del suelo- te guste o no -los dedos de una mano se marcaron con fuerza en la piel del cuello de la menor. Los ojos de Selene se habían tornado totalmente celestes, dándole un efecto de cristal que dejó una sensación angustiosa en medio de la garganta de Ginger.
La pantera negra de la reina no se demoró en hacer presencia en el cuarto, gruñendo detrás de la figura de Selene. Por años, ella había sido su fiel seguidora y cuidadora a cualquier precio, y solía encargarse de sus cabos sueltos.
-No por mucho, su majestad -Ginger le sonrió sarcástica a su madre, ignorando el dolor de sus pulmones para cuando un grito de una de las figuras infantiles de la muchacha se escuchó con fuerza en el cuarto, seguida por una neblina que se llevó a la heredera.
Selene bajo sus manos y le hizo una señal a su acompañante, en señal que no siguiera a Ginger.
-Avísale a Slade.













