LEER ES UN EJERCICIO DE MEMORIA COLECTIVA, UNA RAZÓN PARA ASISTIR AL PLACER DE LA INTELIGENCIA
¡Libros! ¡Libros! Una palabra mágica que equivale a decir: amor, amor, que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras.
La vida, decía Kafka, es un enigma del que hemos olvidado la clave. Yo creo que los libros son la llave para esa clave que no hemos hallado todavía. El mundo que nos rodea es un texto que debemos descifrar y los libros son las crónicas de tales desciframientos.
Las grandes novelas, los buenos relatos, los hermosos poemas, dan respuestas a preguntas que todavía no nos hemos hecho, que todavía no hemos encontrado. Cada vez que leemos nos embarga la certidumbre maravillosa de haber llegado a alguna parte, aunque no sepamos adónde, de haber resuelto algún enigma, aunque no sepamos cuál. Empezar es azaroso, pero terminar es imposible.
Al abrir un libro, abrimos las alas sobre las cosas que nunca acabamos de poseer. Leer es ir más lejos que nadie, entrar en los mundos que los sabios nos proponen con su particular visión, contemplar de otra forma el paisaje, aprender a vivir desde otros puntos de vista y aceptar que no estamos solos bajo las estrellas.
Los textos nos acompañan desde el origen mismo de la civilización y están presentes en todas las actividades humanas, desde los cotidianos mensajes, hasta los textos más encumbrados y complejos, todo el recuento del pasado y las ilusiones del futuro. Y es que, la misma realidad es un texto, o al menos la forma en la que el cerebro entiende el mundo. Borges decía que se podía convertir en palabras nuestra vida. La mente le da un orden al caos del mundo y lo somete a la lógica del lenguaje. Por tal motivo, no hay nada humano que no pueda ser atrapado por las palabras, o al menos transformado en un balbuceo.
Somos constructores de narraciones y no podemos perder esa posibilidad, porque nos empobrecemos de una manera lastimosa, porque se empobrece la vida de un ser humano individual, pero también, y esto es determinante, se empobrecen las posibilidades de sensatez histórica.
El ser humano se ha caracterizado por esa perenne pasión porque le cuenten historias. Igual que nos pasa con la rueda o el fuego, el arte de narrar, de contar relatos, de referir un cuento, se retrotrae a tiempos más allá de nuestra memoria, más allá del momento en el que empezamos a transcribir lo que nos acontecía en el devenir de la existencia humana.
Si alguien se ha preguntado alguna vez, si fue primero el cuento o la historia, no lo duden un segundo, primero fue el cuento. La historia es memoria y tenemos memoria colectiva desde que empezamos a anotar lo que nos sucede. Pero más allá de la historia, mucho antes, seguramente en alguna cueva del paleolítico, un hombre dejó perplejos a los miembros de su tribu con un relato sobre una cacería, o quizá fue una mujer con un cuento que se inventó sobre las nubes, o allá en las estrellas para calmar el miedo de un niño.
Hubo edades en que los libros no eran en absoluto mercancías. Cuando el mítico Homero escribió la Ilíada y la Odisea, no se les podía prohibir a los rapsodas que memorizaran los libros y los recitaran ante los auditorios en las ciudades griegas. En Grecia, no sólo se consideraba poeta al que creaba un libro sino también al que se lo apropiaba. Cuando el rapsoda afirmaba que Homero lo conmovía y lo inspiraba, significaba que para ser rapsoda también se necesitaba inspiración. El poeta creador se apoderaba mágicamente del alma del rapsoda y lo convertía en su médium.
Los libros se trasmitían de un modo oral, y era un triunfo que mucha gente se apropiara de ellos. Ello nos lleva a pensar que el proceso de apropiación de un libro es complejo: el verdadero dueño de un libro no es el que lo compra sino el que lo lee, y el verdadero poseedor de los libros no es el que más libros lee sino el que los lee mejor.
Que un libro sea el más vendido es buena noticia para el autor y los editores, pero todavía no es un triunfo para la humanidad. Podría ser mejor noticia saber cuál es el libro más prestado.
Hoy ya no se queman libros ni se envía a la Inquisición tras un autor, pero se suben los impuestos a los productos culturales y se reduce el presupuesto para las bibliotecas públicas. El sistema es mas indirecto, pero igual de eficaz, incluso más, porque muchos no son conscientes de ello. Reducen poco a poco las asignaturas de humanidades en los colegios y en las universidades, eliminan horas de historia, arte, literatura, filosofía y tantas otras materias claves en la evolución del pensamiento humano. Disciplinas, todas ellas, que generan masa crítica, gente con criterio propio. Precisamente lo que no se desea desde arriba.
Los poderes en su ataque a la cultura son hoy modernos, son sutiles, pero la persecución contra todo lo que haga pensar continúa y la mano que mece la cuna es la misma de siempre. Ser conscientes de esto es lo único que puede abrirnos el camino para la revolución que más temen los que nos gobiernan: la de la inteligencia.
PODRÍA ESTAR ENCERRADO EN UNA CÁSCARA DE NUEZ Y SENTIRME REY DE UN ESPACIO INFINITO.
Todo libro en realidad es ficción, porque la realidad no es verbal. La realidad es infinita y simultánea, y convertir esa complejidad en el hilo sucesivo de un relato parece una mera simplificación. Pretender que toda Roma desplomándose esté en el libro de Gibbon, parecería imposible. Y sin embargo, cuando leemos ese libro, tenemos la nítida impresión de que estamos viendo a Roma, minuciosa y poderosa, viviendo y desplomándose. Entonces comprendemos que la ficción no es lo contrario de la realidad sino que puede ser su síntesis.
Hay libros que nos ayudan a ver hechos, libros que nos ayudan a entenderlos y libros que nos ayudan a vivirlos. Es un camino largo el que nos lleva a diferenciar entre la información, el conocimiento y la sabiduría, un discernimiento que sólo otorga la buena lectura.
No vamos a poder entender nada del Quijote, si para nosotros la locura es simplemente algo opuesto a la razón, porque precisamente la maniobra de Cervantes, es poner en boca de don Quijote, los pensamientos más razonables, su mensaje más íntimo y fundamental, su mensaje histórico.
Es una locura en el sentido de la inadaptación, es la sabiduría en el sentido de la inadaptación. El Quijote es el hombre tardío, el hombre que ha fracasado en todo durante toda su vida, que no ha sido más que un fracaso y que no se resigna a la vida cotidiana y prefiere salir, y salir quiere decir muchas cosas: nacer, enloquecerse, desadaptarse, aventurarse. “Hasta que cayó en la más extravagante idea que hubiese dado loco alguno y fue que parecióle convenible y necesario, así como para el aumento de su honra como para el servicio de su república hacerse caballero andante”. ¡Eso es música! Pero el Quijote es eso, un hombre que se iba a morir allí, en una haciendita, con un caballito, un perrito, una sobrina y una ama. Ya tiene cincuenta años y no ha pasado nada, y Cervantes tiene cincuenta años y está en la cárcel y no ha pasado nada, y ha fracasado en todo, y de pronto sale, y ese salir es un nacimiento. Y sale Cervantes y sale don Quijote... ¡Semejante maravilla! El hombre con cincuenta años de fracasos se niega a que su vida termine en una muerte solitaria, en una vida cotidiana apagada y prefiere la locura a la cotidianidad.
Pero todo eso no lo dice Cervantes, eso lo tenemos que construir los lectores al ir descifrando ese código oculto que siempre guarda un texto, que distingue a un escritor de otro.
Y estamos hablando de la más notable obra de nuestra literatura, porque en toda nuestra literatura no hay nada comparable. Porque lo que hacía Cervantes era escribir soberanamente, con las más ocultas fibras de su ser.
Cuando nosotros llegamos a abrir los ojos ante el Quijote, con asombro, nos damos cuenta de que es una crítica de la realidad, que es una fiesta y al mismo tiempo el más alto conocimiento, que es un goce con cada frase y cada página, con la historia de esa pareja dispar: el alargado caballero idealista, empeñado en transformar la realidad para que se parezca a la de sus libros y sus sueños, y su terrestre escudero, pragmático y ventral, que trata de retener a su amo en la cruda realidad para que no se pierda en las nubes de su fantasía.
Todo es deslumbrante en este libro, que simboliza, mejor que ningún otro, la riqueza de nuestra lengua, la infinita variedad del español para expresar con todos los matices y variantes, la condición humana, la fantasía que lleva a los seres humanos a transformar la vida y hacerla progresar; en otras palabras, la manera como la literatura nos defiende contra la frustración, el fracaso y la mediocridad.
El mundillo estrecho y provinciano de La Mancha, por el que peregrinan el Quijote y Sancho, se va convirtiendo, gracias al arrojo y a la voluntad del empeñoso caballero andante, en un universo de aventuras jocosas e insólitas, donde la audacia, el absurdo y el humor se mezclan, impregnados de humanidad, para mostrarnos cómo la imaginación puede mutar el tedio en aventura, y convertir lo cotidiano en una peripecia inusitada en la que se alternan lo maravilloso, lo milagroso, lo patético, todas las mudanzas de que puede estar hecha la vida.
El Quijote es la obra por excelencia que nos comprueba que… LEER ES HABITAR FICCIONES IMPOSIBLES, que no hay mayor libertad que contar con una prolífica imaginación, que le abre las puertas a nuestra mente, y nos ayuda a usarla para avanzar con audacia a explorarlo todo. Que nos regala la posibilidad de no quedarnos en la pequeñez de un escaso entendimiento. Y nada influye tanto en nuestra imaginación como la lectura, que nos transporta a universos mágicos, nos sumerge en las nubes más altas de un cielo sin fin, nos abre las puertas a un futuro menos hostil.
Pero, todo eso, tenemos que descifrarlo nosotros, Cervantes no nos puede dar eso inmediatamente, el más grande de nuestros autores, un hombre de la talla de Shakespeare, el príncipe de los ingenios, nos da un texto, que si nosotros no somos capaces de descifrar, no lo podremos entender. Sólo descifrándolo se comprende que es una verdadera fiesta del pensamiento y del lenguaje, que párrafo por párrafo es una música que se derrama una y otra vez.
Estamos instalados en un lenguaje complejo, si, pero Cervantes nos guía para que podamos descifrarlo. No muchos pueden degustar apasionada y lujuriosamente las metáforas y la manera de escribir de Cervantes.
No hay obras fáciles, no hay autores fáciles, lo que hay son lectores fáciles, pero eso no se logra de la noche a la mañana. Hay autores que son más francos, como Kafka, que de una vez te muestra que si no has logrado interpretar, lo mejor es devolverse. Hay otros que son camuflados, como Dostoyevski, uno puede leer Crimen y castigo sin darse cuenta de que no ha entendido nada, sino que un señor mató a dos mujeres y finalmente lo metieron a la cárcel y en las páginas rojas de los periódicos aparecen cosas de esas todos los días. Pero eso no quiere decir nada, eso no tiene nada que ver con Crimen y castigo.
Si tomamos el ejemplo del Quijote, el verdadero problema no es el preguntarse, qué quería decir Cervantes, el problema es, qué dice el texto, y el texto, se los prometo, siempre dice cosas que se escapan a la intención del autor. El autor no es una última instancia, tampoco lo es otro lector que trata de explicarte lo que entendió. He ahí la grandeza y el misterio de los libros, es un camino que sólo es tuyo.
Es inútil animar a otros a la lectura y a la compañía de los libros con ideas y sentimientos ajenos, es necesario conocerlos y experimentarlos para llegar a amarlos.
SE ESCRIBE PARA UNIR A LOS SERES HUMANOS Y DEFENDERLOS DEL INEXORABLE REVERSO DE LA EXISTENCIA : LA FUGACIDAD Y EL OLVIDO.
Al acto de escribir lo llamamos creación, porque se espera que en ese proceso surjan cosas nuevas, que el autor sea el primer sorprendido con ellas. Paul Valery dijo que el ser humano es absurdo por lo que busca y es grande por lo que encuentra, y Franz Kafka dijo algo aún más perturbador: el que busca no halla, pero el que no busca es hallado.
Un escritor no tiene que saber plenamente qué es lo que ha hecho, pero debe tener la certeza de que lo hizo con rigor, con responsabilidad y con pasión. Cervantes podía creer que estaba contando apenas la fábula divertida de un hombre que enloquece después de leer muchos libros y que se lanza a vivir aventuras que sólo ocurren en su imaginación, pero, no llevaríamos cuatro siglos extrayendo de ese libro toda clase de enseñanzas, descubriendo en sus palabras uno de los más complejos retratos de la humanidad, si Cervantes no hubiera puesto en el libro toda su capacidad creadora, su energía vital, la necesidad de darle a su vida un rumbo y un sentido.
Ese pastor de pensamientos, ese guardador de ideas que es el escritor, toma su pluma para quedarse con las palabras, ponerse a ordenarlas y luego repartirlas para que se vayan yendo a buscar muchedumbres. Pasa días, meses, años, intentando, pacientemente, descubrir al otro ser que hay dentro de él, trayendo a la vida a aquella otra persona que existe dentro de él y al mundo que lo hace ser quien es.
Que se ve forzado a huir de las muchedumbres, de la compañía, de las cosas de la vida cotidiana y encerrarse en un cuarto. Porque la verdadera literatura se gesta cuando un hombre se recluye en su cuarto con sus libros, ahelando paciencia y esperanza para poder crear un mundo intenso con su escritura.
Todo empieza como una forma de catarsis, una búsqueda de trascendencia.
Esa persona que se encierra en ese cuarto y se ensimisma, y de entre las sombras construye un mundo nuevo con palabras, de la misma manera en que alguien podría construir un puente o una cúpula, piedra por piedra, va volcando en palabras esa mirada introspectiva, y lo hace con paciencia, con obstinación y con júbilo.
Si, esas piedras son las palabras, y cuando las sostiene en sus manos, intuyendo los caminos por los que cada una de ellas se conecta con las demás, mirándolas, a veces de lejos, a veces casi acariciándolas con sus dedos y las puntas de sus lapiceras, sopesándolas, cambiándolas de lugar durante años seguidos, con paciencia y con esperanza, estan creando mundos nuevos.
Pero al consagrarse a este arte tiene que haber recibido alguna esperanza, no se puede escribir sin esperanza.
¡Háblame, oh musa…! Dice Homero, al inicio de la Odisea, invocando a esa diosa caprichosa, la inspiración, para que le cantara las hazañas…
Porque el secreto del escritor no es la inspiración, ya que nunca se sabe de dónde proviene, es su obstinación y su paciencia. El ángel de la inspiración, que visita asiduamente a unos y casi nunca a otros, favorece al que está lleno de esperanzas y al seguro de sí mismo, y cuando el escritor se siente sumamente solo y se siente muy inseguro de sus esfuerzos, de sus sueños, del valor de su escritura, y cuando el escritor cree que su cuento es sólo su historia, es entonces cuando el ángel elige revelarle historias, imágenes y sueños que harán surgir el mundo que él quiere construir.
Y entonces escribe para comprenderse, tolerarse, esconderse. Escribe para irse, para salir y no volver nunca. Escribe para dudar. También escribe para protegerse de las andanadas del destino, entonces su escritura se vuelve dulce, comprensiva, simula que todo está bien, que cada cosa ocupa el lugar preciso y que uno, con sus recursos de simulación, puede aprender a sobrevivir en un mundo que no está hecho a la propia medida.
Escribe lo grave, la angustia y el miedo, las pequeñas alegrías, los vanos contentos, sus estados de contemplación, miserables insomnios y entresueños... Pero, sobre todo, escribe por esa necesidad de decir lo que no le pasa a él, eso que ni siquiera imagina. Su pluma se vuelve un instrumento que le permite llorar por aquel que no es él.
Busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin siquiera saberlo, que la vida tal como es no le basta para colmar su sed de absoluto, y que debería ser mejor. Inventa la ficción para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiera tener cuando apenas dispone de una.
Escribe para simular vivir y sentir lo que no siente, y pensar lo que no piensa y llevar la vida que no tiene.
Los escritores crean una vida paralela donde podamos refugiarnos contra la adversidad, donde podamos volver natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, donde se disipe el caos, se embellezca lo feo, se eternice el instante y la muerte sólo sea un espectáculo pasajero.
No le damos la debida importancia a la soberanía de la palabra, que es un imperio sin fronteras. Un palacio en el que cada ladrillo reluce transformando la civilización. Todo lo que somos está construido por la palabra, por eso la palabra es tan poderosa.
ES LO QUE LEES CUANDO NO TIENES QUE HACERLO, LO QUE DETERMINARÁ LO QUE SERÁS CUANDO NO PUEDAS EVITARLO.
Si algo me ha enseñado la lectura es que, leer en realidad es leerse, que lo que se encuentra en los libros depende mucho del lector. El autor nos ofrece una partitura, el lector es un intérprete, que pone la ejecución, la manera y la música. Creo que cuando terminamos de leer un libro, no sólo hemos conocido al autor, sino que nos conocemos un poco más a nosotros mismos.
Mi abuela, que era refranera por excelencia, nos decía cosas como: dime qué lees y te diré cómo piensas, dime con quién andas y te diré quién eres...
Si me atengo a eso, entonces, si yo ando con Shakespeare, seguramente empezarán a salir perlas de mi boca, porque la lectura es un misterioso acto que nos pone a hablar con seres que ya no existen en el tiempo ni en el espacio. Y si hablo con Homero, estoy hablando con una de las mentes de mayor dignidad de la historia humana, y si hablo con él, me voy a dignificar y a enriquecer porque estoy en su territorio.
Hay que elegir con cuidado lo que leemos, buscar aquellos volúmenes que fortalezcan nuestras debilidades y sometan a análisis nuestras virtudes.
Cuidar lo que leemos como nos cuidaríamos a nosotros mismos, porque la atmósfera de memes en la que habitemos, nos convertirá en otra clase de persona. Leer con cuidado, como si en la tapa de los libros hubiese una pegatina que dijera: “material radioactivo”. Si, elegir con cuidado, porque nuestra vida depende de ello.
Las lecturas que elegimos nos ayudan a forjar nuestro pensamiento, lo que leemos cala en nuestro interior y determina nuestra capacidad de analizar, de comunicar…
Nunca debemos leer un libro porque es un deber, o porque es importante, la lectura no puede ser una obligación. Borges decía que la lectura es una de las formas de la felicidad, y no se puede obligar a nadie a ser feliz.
Al comienzo leemos los libros que llegan a nuestras manos y luego con el tiempo aprendemos a buscarlos, incluso, hay ciertos libros que se las ingenian para llegar a ciertos lectores. Los libros de Hermann Hesse, por ejemplo, tenían y quizá la conservan, la curiosa capacidad de caer en nuestras manos cuando teníamos catorce años y perturbarnos la vida.
Siempre es mejor que sean los libros los que encuentren a los lectores, y los lectores, los que encuentren los libros, como en un juego de azar ligeramente dirigido, y no que se imponga toscamente la obligación. Todo requiere sutileza, todo requiere una pequeña fracción de misterio, y las pesadas obligaciones no suelen tener lo uno ni lo otro. Más eficaz es el contagio, más poderosa es la tentación. Y tal vez más misteriosa fue la iglesia católica que volvió tan populares a Voltaire y a Vargas Vila por el curioso camino de prohibir su lectura.
La lectura, siendo tantas cosas tan altas y tan profundas, es también un vicio, y es acaso, en esta tremenda edad de adicciones, la más noble y salvadora de las adicciones humanas.
SI EL LIBRO QUE LEEMOS NO NOS DESPIERTA DE UN PUÑETAZO EN EL CRÁNEO, ¿PARA QUÉ LEERLO?… UN LIBRO TIENE QUE SER UN HACHA QUE ROMPA EL MAR DE HIELO QUE LLEVAMOS DENTRO
Los libros deberían afectarnos como un desastre, dice Kafka, deberían lastimarnos, apuñalarnos, dolernos profundamente como la muerte de alguien que quisimos más que a nosotros mismos, como estar desterrados en los bosques más remotos, como un suicidio...
En lugar de hacernos felices, como dice la mayoría.
Más que leer por entretenimiento, que sobra decir que tiene sus componentes placenteros, profundamente gozosos, que trazan senderos hacia lugares ignotos, habría que considerar leer porque el mundo es más que los hechos del mundo. Porque hay demasiadas cristalizaciones dentro de nosotros, que sólo un hacha como la lectura íntima y honda podría romper.
Tengo una debilidad por Kafka, como lo habrán notado, su obra me ha acompañado desde muy temprana edad, para mi fortuna.
Kafka, me presentó a Gregorio Samsa, cuando apenas era una niña, y al tratar de entender la situación de este personaje, empecé a entender la sociedad en la que vivo y el papel que todos jugamos, el nivel de cosificación en el que estamos inmersos, y cómo a pesar de saberlo, seguimos atados a este aparato inteligente, a la monotonía, a una relación, a la moda, a una tendencia y a un sinfín de cosas. Tal vez por miedo a sentirnos como Samsa, aislados, rechazados. Pero nos vamos convirtiendo en seres inmorales, porque anulamos nuestra existencia y nos transformamos en cosas. Preferimos seguir a las masas, hacer parte del lote, que encontrar la libertad.
Parece que Kafka, se anticipó en la ficción al horror que se venía en la realidad.
Kafka llevó el dolor más descarnado al rango poético, ese dolor que queremos evitar a toda costa, seguramente por eso nos propone una lectura que nos desarme. Sin embargo, esa visión demanda de antemano la valentía del lector, que no es algo que se encuentre tan a menudo. Pero, si la lectura es esa manera de experimentar lo que no nos alcanza la vida para experimentar, tanto en los sentidos como en las emociones, ser valientes para recibir ese “golpe en la cabeza”, que nos despierte de un letargo helado, podría salvarnos de algo que ni siquiera sabemos que nos oprime… la lectura, entonces, sería la libertad.
Porque la lectura no sólo nos construye sino que además crea en nosotros una conciencia crítica, removiéndonos, inquietándonos y haciéndonos reflexionar, y esas conexiones son las ruedas dentadas del engranaje que afina la libertad.
El encuentro con algunos libros es un milagro, es un salto al vacío y en ese salto uno aprende a flotar. Y la relación que se establece con esos libros es mas entrañable que cualquier relación de carne y hueso.
No hay gesto más generoso en la vida que regalar un libro que uno ama, es el sello del amor verdadero, el sello del amor incondicional. Uno podría comprar otro ejemplar, pero el de uno, no lo reemplaza nada, porque es tan personal como la almohada misma.
Yo nunca podría terminar mi relación con Kafka, porque es un escritor inagotable. Cada vez que busco su pluma, su palabra se actualiza a medida que pasa el tiempo y su relectura me aporta nuevas formas de entender la literatura, de entender el mundo y de entenderme a mi misma. Por eso cualquier análisis de su obra termina por ser incompleto, cualquier comentario que uno haga, rebota.
Kafka triunfó como escritor, pero fracasó como fugitivo del mundo. Su pluma no lo salvó de su sufrimiento psíquico y tampoco lo acercó a otros, porque vivió en una lejanía perpetua, extraviado en las brumas de la neurosis, pero sus lectores lo sentimos muy cerca, casi como a un hermano que alivia nuestra sed cuando la fatiga de vivir hace que perdamos toda esperanza.
Con Kafka siente uno la posibilidad de vencer a la muerte con las palabras, de resucitar a los muertos con ellas. Se da uno cuenta que sólo con las palabras se puede creer en la inmortalidad, que lo único inmortal son las palabras.
¡Qué belleza de sensibilidad la de Kafka!
Todo en kafka es hueso, no hay sustancia, no hay adorno alguno. Todo es honestidad y desnudez, y nada es más humano que la desnudez sin consuelo y la invención de nuevos sentidos para seguir viviendo. Yo leo y releo a Kafka, para desconectarme de mis propias certezas y volver a construirlas.
Por eso hay que dejarse afectar, perturbar, trastornar por un texto del que uno todavía no puede dar cuenta, pero que ya lo conmueve. Hay que ser capaces de habitar largamente en él, antes de poder hablar de él; como hacemos con todo, con la novena sinfonía, con la obra de Van Gogh, ser capaces de habitar mucho tiempo en ellas, aunque todavía no seamos capaces de decir algo.
LA LITERATURA ES SIEMPRE UNA EXPEDICIÓN A LA VERDAD
Con el tiempo la historia se vuelve fantasmal e intangible, pero si queremos volver a tener noticias de su grandeza, tendremos que buscarla en los libros. Hay autores en los que todo parece nuevo y revelador: un continente apareciendo ante los ojos de los exploradores, un volcán arrojando magmas desconocidos. Todo lo nuevo arroja luz sobre sus precursores.
La lectura engendra dicha, incluso la historia más cruel y desgarradora, contiene la semilla, la simiente de una mejor comprensión del mundo. Los libros pueden desterrar de nosotros la inocencia, hacernos saber, por ejemplo, que no hubo paraíso y, de paso, evitar el desconsuelo que produce la idea de haber sido expulsados de un lugar que no existió.
Cada lector, mediante su biblioteca vital, establece un vínculo secreto con sus ancestros literarios, que a diferencia de los familiares, son elegidos y no impuestos por los genes. En mi caso, el vínculo con Franz Kafka es muy especial, es intenso y luminoso, es un laberinto que, por tortuoso que parezca, siempre desemboca en la revelación de un misterio, porque en realidad toda la buena literatura se construye desde estas dos perspectivas: misterios y revelaciones.
En cada etapa de nuestra existencia nos encontramos con ese libro que nos marcó de manera especial y al final descubrimos que... Dorian Gray vivió más allá de su retrato, que don Quijote no es un loco, es un buen imitador que se hace pasar por loco, engañándonos a todos, incluso a Cervantes; que gracias a Cervantes conocimos la grandeza del alma, la belleza del ser humano y lo más maravilloso de la imaginación.
Que los hermanos Karamazov representan el centro mismo de la experiencia literaria más entrañable, que los cuentos infantiles no tienen edad, que las memorias de Adriano, no sólo nos cuentan la vida de un emperador, sino del hombre que mira con la luz de los siglos cómo se apaga y se extingue su poder, que Madame Bovary es la representación del ser humano insatisfecho, que Juan Rulfo nos permitió entrar al mundo de las ánimas en pena, quizá para alertarnos y que no fuéramos de los que dan "patadas en la tumba", que los Demonios de Dostoyevski han seguido reencarnándose hasta nuestros días...
Al final descubrimos que los libros cuentan eso y mucho más, porque son una referencia personal, consultable, en las estanterías de nuestra memoria. Gran parte del placer de la lectura proviene de la posibilidad del nuevo asombro, pero también de la necesaria constatación de algo que ya intuíamos, de algo que sabiamos muy en el fondo. Es decir, hay muchas cosas que sabemos que sabíamos, pero la mayor parte nos asombra.
No comprenderemos lo que es leer hasta que nos adentremos en el mágico bosque de hojas escritas, dispuestos a encontrarnos con seres sobrenaturales que cuentan la historia del hombre, su sentido del amor, de la amistad y de la vida.
Leer es comparar nuestra pobre existencia con los héroes cantados por los sabios griegos, es descubrir nuestra insuficiencia ante el imparable discurrir de la tragedia, es comprender que somos personajes del gran teatro del mundo, una obra que nos sitúa en el papel que por nuestro mérito se nos otorga.
La excelencia adquirida con la lectura es tan sublime, que no se acepta en el currículum por temor a que un simple lector pueda explicar, con claridad meridiana, que la garantía no está en el currículum sino en el ser. Leer nos otorga el título de experimentado en los avatares de la vida, de persona educada y abierta a todas las ideas y culturas, es adquirir el grado de ciudadano cosmopolita, de persona sensible y preparada para disfrutar del milagro de nuestra existencia.
La satisfacción maravillosa que aporta la lectura, sólo la puede explicar el que ha vuelto de decenas de viajes fantásticos y conocido a todo tipo de personas en las circunstancias más adversas o en el disfrute de su felicidad, el que regresa, incluso de la muerte, para explicar un mundo prodigioso que sólo vieron sus ojos.
UN CLÁSICO ES UN LIBRO QUE TODO EL MUNDO QUISIERA HABER LEÍDO, PERO QUE NADIE QUIERE LEER.
Hay muchos libros que se estigmatizaron, por antiguos, por contener un lenguaje más complejo, obras que el común de la gente simplificó como aburridas por extensas, y esa percepción se popularizó. Pero resulta que cuando los lees te das cuenta que había muchísimo más. Por eso a veces es mejor arriesgarse a descubrir sin previo aviso.
Cuando preguntas, por ejemplo, por la obra: Matar a un ruiseñor, te van a decir en automático que se trata del racismo, y claro que está presente, pero hay mucho más debajo del telón.
En los pasillos de las facultades de derecho, en las clases de ética, hay un manual que no puede faltar: Matar a un ruiseñor.
La obra se centra, en gran parte, en la defensa que emprende Atticus, para demostrar la inocencia de Tom Robinson, un hombre de raza negra a quien se le acusa de haber violado a una mujer blanca. Sin embargo, dentro de la novela hay varios temas, o mejor lecciones. Y entonces todo parece más claro.
A un estudiante de derecho se le recomienda el libro, no porque el protagonista sea un abogado, no porque se lleve a cabo un juicio dentro de la obra, no para que tenga un acercamiento más o menos real al ejercicio profesional, sino para que aprenda sobre algo ya casi olvidado: principios y honor. Y para que sepa que lo importante nunca será ganar un juicio, que la justicia también es injusta y que el alivio más grande que deberá aprender a tener es que hizo lo que pudo, aunque lo que hizo no haya podido ser, al menos no como esperaba que fuera.
Los habitantes de Maycomb, un pueblo ficticio, ubicado en Alabama, Estados Unidos, no aceptan que sea Atticus, quien defienda a Robinson, ya que de antemano culpan a este hombre, sólo por ser negro, lo condenan por el color de su piel. Pero Atticus, no cambia de decisión, no se deja llevar por las voces que hay a su alrededor, él sabe escuchar su propia voz. No le importa ser fiel a los demás, sino a él mismo. Sus convicciones, sus principios lo guían. Se gana enemigos a causa de ello, pero toma el riesgo. Se aleja de los rumores y decide hacerse su propia idea, deja los prejuicios a un lado, se ocupa de lo esencial: valentía, coraje, fortaleza. Todo eso en un solo personaje. ¡Imagínense! ¿Clase de ética? Pero claro que sí. ¿Lecciones para la vida? Todavía más.
Pero no sólo es Atticus, el que tiene cosas por enseñar, hay otros personajes que te invitan a dejarte sorprender por el otro, a no dejarte llevar por aquello de las apariencias, esas que poco dicen, esas que tanto engañan, esas que no salvan... como sí lo hacen las personas.
Gracias a Atticus se demuestra la inocencia de Tom Robinson. Sin embargo, los jueces, conociendo la sociedad en la que se encuentran, plagada de ideas racistas, deciden declarar culpable a Robinson. La justicia es inoperante, la justicia es para unos pocos. Entonces se evidencia que el color de piel te puede hacer libre o te convierte en un prisionero, define si vives o mueres.
Siglo XXI, año 2020. Un virus se expande sin parar, la gente muere. Se escuchan voces de cambio, como si un virus fuera capaz de hacer reflexionar a las personas, como si fuera un mal necesario, necesario para cambiar. Pero en un lugar ocurre un hecho que le da la vuelta al mundo. Un hombre negro es asesinado, deja de respirar, no aguanta la presión en su cuello, aunque logra luchar por ocho minutos y cuarenta y seis segundos. Un billete falso parece ser el causante. Tres policías son grabados, los verdaderos culpables. La gente sale a las calles y se les unen más y más. “Black Lives Matter” (las vidas negras importan), se escucha por todas partes. I can’t breathe (no puedo respirar), las últimas palabras de un muerto acompañan el lema.
Año 2021, Matar a un ruiseñor es elegido por los lectores de The New York Times, como el mejor libro de los últimos 125 años. Dudas surgen y la respuesta obvia sería que todo es moda. Pero luego uno lee la obra y se da cuenta de los motivos detrás de la elección. Las vidas negras importan, pero es que toda vida es valiosa.
En 1962 la novela fue adaptada al cine. La película fue un éxito taquillero. Gregory Peck fue el encargado de darle vida a Atticus, su actuación fue memorable y se hizo merecedor del premio Oscar a mejor actor.
Yo he visto muchas películas basadas en libros, libros que he leído, y me aterra cuando voy a verlas, porque ya tengo en mi cabeza todo un montaje basado en lo que el autor del libro me entregó y es muy difícil que lo igualen. De hecho, por lo general, arruinan la imagen del libro, como pasó con cierta admirada versión de la Iliada que hicieron los guionistas de Hollywood. Una Iliada sin Tetis que tenía pies de plata, sin Zeus que al fruncir el ceño hace temblar los palacios, sin el carro de Iris recogiendo a Afrodita, que herida por la lanza de un mortal se está desmayando en la batalla, una Iliada sin dioses, porque la gente ya no cree en ellos. Muy moderna la intención, pero ya no es Aquiles, es Terminator. Sin embargo, algunas veces, sólo unas pocas, he terminado de ver una película basada en un libro con una sonrisa de satisfacción en mi rostro y aplaudo, aplaudo con todo mi ser, eso fue lo que me pasó con Matar a un ruiseñor, una película extraordinaria, esa película fue una obra de arte... ¡Imagínense el libro…!
QUE OTROS SE JACTEN DE LAS PÁGINAS QUE HAN ESCRITO, A MI ME ENORGULLECEN LAS QUE HE PODIDO LEER, PUES UNO NO ES LO QUE ES POR LO QUE ESCRIBE, SINO POR LO QUE HA LEÍDO.
Sobrenaturales o sagrados, los libros exigen al escritor, por encima de todo, libertad, libertad de acción y de pensamiento. Y el derecho a contradecirse a sí mismos, como decía Camus.
Quien toma un libro en sus manos, se refugia en una intimidad compartida con personajes que habitan un espacio de soledad. Leer es un placer, y en ocasiones doloroso, pero siempre deslumbrante.
La literatura tiende puentes entre mundos distantes y distintos. ¿O es que acaso no se encoge igual el corazón del budista, del cristiano o del musulmán, cuando Jean Valjean, atraviesa las entrañas de París perseguido por Javert? ¿No se estremece igual el alma del pobre y del rico, cuando Emma Bovary ingiere el cianuro o cuando Anna Karenina se lanza a las vías del tren? ¿Es que acaso la lágrima que corrió allá en la Patagonia por el joven Iliusha es diferente a la que corrió en Tombuctú?
Leer debería ser una de esas cosas que se justifican por sí mismas. No deberíamos subordinar el placer de las músicas verbales a una finalidad, a un propósito siempre consciente, más bien deberíamos permitir que la lectura obre en nosotros su trabajo secreto.
¿Qué es lo que guarda un libro que se queda para siempre en la memoria, y que nos hace volver a ellos una y otra vez?
Borges decía que no quería un gran número de lectores, sino unos cuantos relectores.
Caminar de nuevo por las páginas de un libro es la prueba de que algo sucedió en nuestra vida. El relector es una serie de lectores, porque el libro que lee parece cambiar en cada una de las visitas que le hace a lo largo de los años. La relectura es una manera de constatar la transformación de las personas que hemos sido, cada experiencia lectora es irrepetible, es un acontecimiento totalmente nuevo.
En cada ocasión encontramos a un ser distinto, renovado y revelador. Y es que, un libro es un camino, una brecha hacia todas partes, un libro nunca termina de decir lo que tiene para decir.
Hay libros a los que volvemos una y otra vez, porque necesitamos ese impulso que nos vincule al mundo y a la vida y que aporte sentido a lo que hacemos. Como cuando nos sentimos solos y necesitamos hablar con alguien que nos comprenda y no lo encontramos fácilmente. Esos días en que perdemos la memoria de quienes somos y hay que buscar en las estanterías esos libros que nos construyeron o nos dieron tanto placer y que en ese momento hemos olvidado, aunque los tengamos muy cerca.
Hay autores que figuran ya en nuestra nómina de escritores favoritos, y volvemos a ellos periódicamente a lo largo de la vida pidiendo consuelo, compañía. Volviendo también al que fuimos cuando los leímos por primera vez, porque nos hicieron felices, nos dieron algo, en buenas dosis, que tal vez falte hoy en nuestras vidas. No se puede pedir más.
Sin duda es difícil empezar a leer, en esta, la edad de la información, porque hay que contrariar al menos tres males conjugados: la telaraña de las desdichas cósmicas que vierten sobre nosotros día y noche los informativos, la avalancha de datos que circulan sin contexto, y la sensación de que los hechos no tienen causa, una sensación nacida del puro frenesí de la actualidad, de una suerte de síndrome del presente puro.
Nuestra época nos crea la ilusión de que hay que saberlo todo, pero igual nos impone el deber inmediato de olvidarlo, nos contagia la alarma ante el presente y la irresponsabilidad ante el pasado.
Esta época multicultural es Babel, por el hormigueo de sus textos y sus muchedumbres, pero también es Alejandría, por esa doble tendencia de acumulación y de olvido. También fue Kafka, quien dijo en su clásico tono sombrío que no estamos construyendo la torre sino el pozo de Babel.
Hoy, hay muchas cosas que conspiran contra la lectura, como ya lo he dicho, pero aun así vale la pena hacerlo, porque aprender a leer es aprender a estar solo, a menudo, aprender a estar quieto, aprender a dialogar consigo mismo, aprender a abandonar la multiplicidad de las inquietudes de la mente, la divagación fragmentaria, y acceder a concentrarse, a seguir el curso de una idea, de una trama, de una intriga, de una argumentación, de una fantasía.
Hay algo peculiar que nos atrae de la extraordinaria experiencia de la lectura: todos los que se atrevieron a adentrarse en su prodigioso mundo, volvieron enriquecidos y distinguidos por su educación. Ese toque de distinción es una elegancia interior muy alejada de la apariencia y sólo es apreciada por gente de la misma inquietud intelectual, es decir, gente de cierta clase.
El que lee es conversador amable, tolerante, solidario, divertido y dispuesto a cambiar impresiones sobre la guerra de Troya, el hundimiento del Titanic, o sobre Robinson Crusoe, atrapado allá en su isla.
Los que disfrutan leyendo adquieren, además, un arsenal de letras y símbolos que les dota de la capacidad de seducir con la palabra. El que lee tiene en su cabeza todas las imágenes que quiere conformar y dispone de recursos para explicar otras, conoce el universo, sus seres, las situaciones, los conflictos y la condición humana.
Los lectores profundos tienen un vocabulario más rico, una curiosidad aguda, una memoria vívida y descubren que son capaces de vivir múltiples vidas y estar en muchos sitios a la vez.
LEER ES VIVIR MAS, ES MULTIPLICAR LA VIDA POR TODAS LAS VIDAS QUE UNO LEE.
Aún en tiempos de guerra, los libros son un refugio contra la rudeza del mundo, una prueba de que en la vida no sólo hay crueldad sino también belleza, milagro y salvación, son una puerta, cuando requerimos escaparnos hacia otros mundos, cuando necesitamos volar.
Entonces abrimos uno de estos objetos mágicos y ya estamos viendo a Roma, temblando ante el inminente asedio de un poderoso general cartaginés, basta abrir otro y ya estamos a bordo de un barco perseguido por un dios, o dándole la vuelta al mundo en ochenta días, o viviendo en un futuro donde los libros son prohibidos.
La lectura es una de las maneras más sencillas de ser felices, siquiera por un instante. Uno de los métodos más éticos de rebelarse contra la estupidez del mundo, por lo menos en nuestra mente.
La literatura pertenece a las artes mágicas, a los secretos dionisiacos, por medio de los cuales, los lectores, experimentamos transformaciones de gran intensidad. Al abrir un libro, encarnamos en otros individuos, nos metemos dentro de ellos y vivimos sus vidas.
La lectura es la trinchera que nos construimos para protegernos del caos del presente, de sus delirios y fanatismos, y mantener la cordura en un mundo cada vez más bárbaro.
Nos encontramos atravesados por altos grados de perturbación psicológica. Pero cuando abrimos un buen libro, todo eso desaparece, cambiamos de realidad, nos fugamos, nos camuflamos.
Leer como viajar, es desprenderse de la orilla habitual a la que se pertenece, y que se cree conocer, y avanzar hacia un objetivo que se desplaza, que cambia a medida que avanzamos, es caminar hacia un horizonte que se retira. Con ello quiero decir que no podemos saber de antemano lo que buscamos, está equivocado aquel que cree saber todo lo que vas a encontrar en un libro, y también el que cree que en un libro todas las personas encuentran lo mismo.
Es una lástima y un problema, que no leamos más. Posiblemente muchos de nuestros males: la intolerancia, la ausencia de solidaridad, la injusticia, la pérdida de valores, la incompetencia, serían mucho menos graves si más gente hubiera dedicado más tiempo a la lectura.
La diferencia entre quienes leen y quienes no lo hacen es notoria, salta a la vista en su conducta, en su actitud frente a la vida. La lectura es liberadora, ¿de qué nos sirve tener muchos pájaros en la cabeza, si ninguno sabe volar? Los libros son las llaves para salir de las jaulas.
Francis Bacon dijo que, “el conocimiento es poder”. La lectura es el medio más eficaz para obtener conocimiento. No es casualidad que los países más ricos del mundo sean los que más leen.
Pero no sólo conocimiento, sino también la posibilidad de ver la belleza en todas las cosas. Y así, percibiendo la belleza, estaremos permitiendo que ésta influya en nosotros. ¿Qué es el conocimiento, sino belleza?
Hay que sentir mucho orgullo por aquellos libros que hemos podido leer, no se puede escribir sin leer. Si el poder del escritor es inmenso, el poder del lector es inagotable. Poder asistir al debut y en primera fila a los caminos de la ficción, de la historia novelada y sus asombrosos personajes, a las grandes conquistas del intelecto y de la aventura no tiene comparación.
Leer libros de personas que brillan muy lejos de nosotros, que sintetizan lo mejor de su esplendor en unas líneas bien estructuradas y expuestas con claridad, es una forma de estar rodeados de estrellas, y de paso, impregnarnos de su brillo.
Esta máquina literaria que nos disfraza la realidad con ficción, constituye una riqueza para quien los ha leído y amado, pero también para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez, para saborearlos.
Cada uno debería inventarse una biblioteca ideal, que debería comprender por partes iguales, los libros que hemos leído y que han contado para nosotros, y los libros que nos proponemos leer, dejando una sección vacía para las sorpresas, los descubrimientos ocasionales.
Si hay un libro que te gustaría leer, pero que aún no se ha escrito, entonces deberías escribirlo.
A diferencia de los virus y de las epidemias, en la literatura conviene mucho ser contagiado. Yo no evito ni temo ser contagiada. Al contrario, yo creo que esos contagios son fecundos. Y esto no tiene nada que ver con el plagio. Simplemente tiene que ver con la humildad: no podemos pensar que cada vez que cogemos la pluma o apoyamos los dedos en un teclado estamos inventando algo. Casi siempre sucede que otros ya hicieron lo que nosotros creemos que es único. Cuando estoy escribiendo algo que me apasiona, todo lo que vivo y todo lo que leo va a parar al motivo de mi obsesión. Y esto es algo que fecunda. Cuando decae mi entusiasmo por lo que estoy escribiendo, leo a otros para recargarme de amor por la escritura.
En medio de un mundo polarizado, violento y plagado de burbujas que no nos dejan escuchar a quienes piensan diferente, la lectura es un antídoto radical, en la literatura podemos encontrarnos, incomodarnos, dialogar y, por qué no, construir mejores entendimientos sobre lo que somos y lo que queremos ser.
Estoy convencida de que la recuperación, al menos en parte, de la capacidad de soñar, que se mezcla con la capacidad de tener esperanza, sigue siendo el antídoto más eficaz contra la violencia.
Se oye hablar de la falta de tiempo para tantas cosas, sobre todo la lectura. Eso es como creer que no se tiene tiempo para el tiempo, que no se tiene tiempo para la duración.
Un hombre mayor se jactó alguna vez de que no leía novelas, ni las iba a leer jamás. Y que tampoco veía películas de ciencia ficción, porque no tenía tiempo que perder con libros y películas cuyo contenido no fuera verdad. Ese era su argumento, aunque no lo crean, el hombre iba en serio. El punto es que, la realidad no puede hacerle frente a la literatura, y mientras más cosas extraordinarias nos asombren en el universo real o imaginario, mayor es la necesidad de ser narradas.
Pero sí tenemos tiempo para ignorar el tiempo durante horas, para abolirlo ilusoriamente durante días, para despreciarlo durante toda una vida. Tenemos, claro, ese minuto que basta para la destrucción del mundo, pero ya no el que hace falta para entenderlo.
Algunos dicen que no se les deben contar cuentos de hadas a los niños porque los hacen sufrir, pero lo que nos enseñan los cuentos no es que existe el miedo sino que es posible triunfar sobre él, que los peligros unen a los seres humanos, que el dolor despierta en nosotros la compasión, que los débiles pueden triunfar sobre los fuertes, que los fuertes deben luchar contra su propia fortaleza, que si algo nos da libertad y capacidad de resistir son las flores de la imaginación.
Dicen que los libros y los niños quitan tiempo, por el contrario, nos lo devuelven. Cuando les leemos a los niños, ellos aprenden a exorcizar sus miedos, a confiar en la felicidad y en un futuro lleno de posibilidades, y nosotros vamos un poco más pausados. Los libros y los niños nos devuelven precisamente el tiempo geológico que necesitan las montañas para formarse, la atención para fijar la mirada, las manos para acariciar... Pueden ocurrir cosas terribles en ese tiempo, pero sin ese tiempo, las buenas, las mejores cosas, serían imposibles. Y no quiero decir que todo el que lee es bueno, pero la lectura sí nos humaniza. ¿Cómo va a afectarnos el dolor de los palestinos si no nos afecta el de los liliputienses? ¿Cómo vamos a interesarnos por el destino de la humanidad si no nos interesamos por el de los unicornios?
En un mundo más lento, la lectura tendría aún una oportunidad. Hemos perdido la tradición de la lectura, porque hemos perdido una manera de vivir el mundo en donde el tiempo lo haría posible.
Si en algún momento de la vida una persona fuera capaz de parar, de frenar el vértigo, de recuperar un ritmo interior más amable, encontraría una especie de nicho protector, desde el cual sería posible enfrentar lo desconocido. Los libros nos piden un detenimiento, y ese detenerse nos abre la posibilidad de construir otra realidad.
Quizá ni tú ni yo podamos poner en práctica un programa que nos permita enseñar a leer y cambiarles la vida a muchas personas en el mundo. No obstante, hay algo que podemos hacer: transformarnos a nosotros mismos a través de la lectura.
Aunque nuestros países no sean prósperos económicamente, mediante la lectura y el conocimiento podemos tomar un rumbo distinto. Porque finalmente, la pobreza más grande es aquella incapacidad de permitir que la riqueza descomunal de cada ser humano, madure y crezca, y se decida a transformar el mundo.
https://youtu.be/CndQ-CxwnNY
Si todo lo anterior no hubiera provocado ya la desertada de todos los lectores, entonces les podría haber dicho que la escritura no se parece a nada y que no es nada fácil, y lo único que uno puede hacer es rayar el papel sin parar, hacerlo con sentido y sin sentido, con ganas o sin ganas, fatigar el teclado con las yemas de los dedos, exprimir las neuronas para encontrar un tema siempre esquivo, un personaje que no llega, y leer a los maestros en busca de un estilo, un pensamiento, una idea que te salve y le de sentido a lo que te apasiona.
Porque sentarse a escribir más de siete mil caracteres no es igual a recostarse en la hierba a descifrar la forma de las nubes. Si sólo fuera eso, entonces un escritor no tardaría años en terminar de escribir un solo libro. Pero qué más puede hacer si no sirve para nada distinto y a veces ni siquiera para esto, no le queda otra, sino seguir escribiendo.
Y si, decir "libros" es igual a decir amor, un intenso amor a la imaginación, al lenguaje, al asombro. Ese amor se trata de empatía, de generosidad, de aventura, de indagación, de reconocimiento, de homenaje, de esfuerzo por traer al lenguaje lo que todavía no está, de juego, si, de papiroflexia de ideas, imágenes, palabras, y algo más, de algo más está hecho ese amor, de querer doblar la entrega a propósito de lo recibido.
Con un poco de suerte, descubrimos un día, justo el libro que necesitamos y entonces la niebla comienza a desaparecer y vislumbramos el sol emergiendo lentamente.
Nos tranquiliza saber que allí, en nuestras estanterías, están siempre esperándonos, como los mejores amigos que jamás nos traicionan ni nos abandonan. Por el contrario, nos ayudan a encontrar explicaciones y salidas a situaciones complejas, a veces nos dan algún quebradero de cabeza y nos entristecen, porque el acceso a ciertos conocimientos nos da más inseguridad que dicha.
Los libros tienen vida propia, por eso nos regalan su propio aliento. Ellos nos salvan en momentos de soledad, de tristeza, de dudas e incertidumbres, pero también nos condenan, nos piden a cambio cuidados y alabanzas, atención y respeto, que los divulguemos, que los busquemos, aunque a veces sea una búsqueda infructuosa.
Una de las cosas que más le agradezco a los libros es la capacidad de empatizar con los demás, esa sensibilidad que me permite percibir en determinado contexto, lo que otro está sintiendo, como un sentimiento de participación afectiva.
Ser lectores no hace a las personas mejores o con una autoridad especial o superior, sin embargo, sí forma seres humanos mucho más tolerantes.
Sentí lo que se puede sufrir por amor, leyendo a Florentino Ariza, leí "Lo que no tiene nombre", de la mano de Piedad Bonnett, y pude al menos imaginarme lo doloroso que podría llegar a ser la pérdida de un hijo, leí el Diario de Ana Frank y comprendí el dolor de una guerra sin sentido, de la mano de los personajes de Saramago sentí la confusión que puede generar la vida; y entonces todo eso fui capaz de trasladarlo a mi realidad.
Los seres humanos tenemos que ser capaces de ponernos en los zapatos de los otros, sólo en ese sentido vamos a lograr ver al otro como igual y entenderlo como cercano, así no tengamos nada en común, más que nuestra propia humanidad.
Desde el momento en que aprendí a leer y fui consciente de mi existencia, no hay un solo día de mi vida en que no lea, aunque sea un pequeño poema. Es mi manera de estar en contacto con el arte más decantado de la palabra, con esa droga que es la literatura. La prosa, para mi, es como una copa de vino, la poesía, en cambio, es como un sorbo de café, uno muy concentrado que produce un efecto mental más inmediato, un éxtasis.
"Cuando el café cae al estómago, a partir de ese instante todo se agita, las ideas se dispersan como batallones, los recuerdos se lanzan al ataque, la artillería de la lógica irrumpe con sus pertrechos, el ingenio llega convertido en regimiento de tiradores, las figuras se erigen, el papel se cubre de tinta porque la vigilia del sueño comienza y termina en torrentes de agua negra como la batalla con su polvora negra".
Balzac, se tomaba cincuenta tazas de café al día, sólo los amantes del cafecito pueden entender de lo que hablo...
Un cafecito y un libro de poesía... ¡qué más se le puede pedir a la vida!
La poesía se entiende menos que la prosa, y por eso es más próxima a la música, y a ese hueco oscuro que es la mente, allá muy en el fondo. Y sirve para la prosa porque nos recuerda lo esencial del oficio, que es la palabra, las mejores combinaciones de palabras. La poesía es el lugar donde más profundidad se puede alcanzar en términos de honestidad y pensamiento.
La poesía es una revelación, una que te explica lo que sientes y por qué lo sientes, lo que encaja en tu vida en un momento determinado y te golpea las tripas. Te hace sentir en el sitio adecuado, te hace saber que estás aquí por algo. Estás en la vida por este momento, eso es la poesía, saber que estás en la vida por momentos como ese en el que sientes la poesía. Y te sientes a gusto, y sientes que eres algo.
El poeta que te enseñe a entenderte o a entender por qué no entiendes, o incluso a comprender que hay cosas que no se pueden entender, ése será tu poeta. Hay distintos caminos para llegar a la poesía, pero cada uno tiene que encontrar el suyo.
Y no pasa nada si no te gusta Lorca, o Alberti, o Whitman, por mucho que te digan que son dioses, si ellos no te conmueven, si no los entiendes, si no sientes un temblor en el alma al leerlos, déjalos y busca otros, pero no dejes de buscar.
Mi papá quería que yo leyera mucho para que fuera una mujer más competente para el mundo, yo al igual que él, también quiero que muchas más personas en el mundo lean libros, porque estoy segura que un mundo lleno de personas más tolerantes sería un mundo mejor.
Héctor Yánover, el más famoso librero de Argentina, que era también poeta y escritor, dijo alguna vez: “Juro que los que leen son más hermosos que los que no leen. Como un diamante, el alma se va puliendo con la lectura e inevitablemente sale afuera la luz del corazón”.
Quiero acudir a ese optimismo que me vino de cuna y suplicar con él, que el hombre reclame el derecho al poder sin fronteras que otorga la imaginación, y que sigue ahí, con sus páginas abiertas.
Los libros, pobrecitos ellos, no se pueden defender solitos, pero aunque sea sola, en las catacumbas o a la intemperie, seguiré defendiendo los títulos de mis obras preferidas, seguiré mencionando una y otra vez a mis autores preferidos, a fuerza de parecer repetitiva y tediosa. Pero si por un milagro, tú decidieras también defender los tuyos, entonces aún sería posible creer que entre todos podríamos cambiar el mundo.
https://youtu.be/M6zuF5Uw9Nc