Estamos acostumbrados a explicar el concepto de familia de la manera tradicional: como un núcleo constituido por los padres -representados por un hombre y una mujer- conviviendo en matrimonio, y los hijos concebidos por los mismos, pero la realidad es muy distinta.
Actualmente es cada día mayor el porcentaje de familias que años atrás ni siquiera se planteaba que pudieran existir: desde núcleos en el que ambos padres son del mismo sexo, pasando porque únicamente exista uno de ellos, hasta que el conjunto familiar esté conformado por uno mismo.
Es más que evidente que también la sociedad, en general, se encuentra en un periodo de cambio, de evolución, que afecta a todos los miembros que la constituyen, especialmente a los dichos conjuntos familiares.
España se encuentra por debajo de la media en la mayoría de las estadísticas demográficas europeas -también como consecuencia de la adaptación a estas nuevas tendencias-, comenzando por la nupcialidad, comportamiento que se ha visto muy transformado (fragmentado e incluso sustituido) en los últimos años por unos nuevos métodos como las parejas de hecho o las familias reconstruidas, que, acompañados de otros factores, traen como consecuencia la baja posición de nuestro país en las listas de otros elementos contribuyentes en la sociedad.
Partimos de una población cada vez más envejecida y tardía en comenzar a consolidar el núcleo familiar, que junto a la reducción de las tasas de fecundidad experimentadas en los últimos años, también produce un decremento de la natalidad, aunque también hay que tener en cuenta los escasos planes de conciliación familiar de nuestro país.
Definitivamente la demografía española se encuentra en plena transición, cuyas consecuencias experimentarán las generaciones venideras, aunque a día de hoy nosotros mismos podemos vislumbrar los posibles resultados que se obtendrán de estos cambios.
A pesar de que una amplia mayoría toma este proceso de transición como algo perjudicial, personalmente lo considero, aparte de predecible, un mero trámite que dará como fruto una transformación que estimo imprescindible para poder amoldarse a las necesidades y ritmos de vida comunes a día de hoy.
¡Ve aquí el documental al que hace referencia el post!
Durante todo el largometraje podemos percibir el contundente y a la vez preocupado tono de voz del narrador, el científico y profesor Stephen Emmott, quien nos explica cómo nuestro progreso nos lleva a la autodestrucción.
Realmente nos aguarda un futuro desolador, devastador, únicamente promovido por nuestras acciones, y esta vez sí que podemos utilizar como explicación la pandemia que nos ocupa desde que el primer ser humano comenzó a colonizar y arrasar el planeta: el egocentrismo y el sentido de la apropiación desorbitado.
Únicamente nos hemos preocupado por avanzar y evolucionar de forma artificial, tratando de conseguir y dominar todo lo que tenemos -o no- a nuestro alcance, preocupándonos prácticamente de forma estricta de los problemas (la mayoría de las veces de lo más nimios) de nuestra vida diaria, sin tener una visión real del futuro, del proceso y cambio naturales.
Emmott nos desarrolla e ilustra con innumerables ejemplos cómo la superpoblación humana que habita hoy la Tierra y las predicciones para con la misma están llevando a la destrucción absoluta de todo lo que conocemos a día de hoy; ya nada permanece, todo está cambiando, se está degradando a pasos agigantados.
Las capas del planeta con las que tenemos contacto son cada vez más pobres: nos enfrentamos a una posible extinción de gran parte de la biosfera, la hidrosfera se encuentra irreconocible desde hace años al desaparecer miles de toneladas de su parte sólida, las cuales también provocan una liberación de cantidades gigantes de metano que, sumadas a la polución que nosotros enviamos a la misma, la atmósfera -y el clima- tampoco se libra de esta degeneración.
Nosotros somos los únicos que podemos tratar de cambiar esta situación, aunque para ello el primer paso es la concienciación de que este es un problema real.
Por primera vez, en el año 2015 ocurrieron más muertes que nacimientos, concretamente 2.753 personas más, cambiando la preocupación española en términos demográficos desde la superpoblación a una crisis cuyas claves son el envejecimiento y la despoblación.
En el caso de que estas tendencias demográficas continuaran en el tiempo, España podría alcanzar una pérdida de 2,6 millones de habitantes en los próximos 10 años, viéndose reducida a 44,1 millones en el año 2023.
La caída del número nacimientos vendría determinada por el escaso número de mujeres en edad fértil, ya que las que se encuentran en ese intervalo generacional son menos numerosas debido a la crisis de natalidad ocurrida entre finales de los 80 y los años 90.
El descenso de población también tiene como causa la salida de extranjeros, superando al número de españoles que ha regresado o se ha inscrito en los registros oficiales, siendo a día de hoy este último un colectivo constituido por 4,5 millones de habitantes -frente a los 41,9 que poseen la nacionalidad española-, número que sufrió un importante decremento desde la crisis económica establecida en el país desde el año 2008, lo que obligó a muchos de ellos a regresar a sus países de origen o emigrar a otro lugar.
Aunque también influyen otros factores en esta crisis, el principal, sin duda alguna, es el envejecimiento de la población acompañado de la centralización de los núcleos de la misma debido a la presión que ejercen las capitales más importantes del país, favoreciendo uno de los elementos trascendentales de esta despoblación como es el éxodo rural.
Todas estas circunstancias tienen repercusiones sobre la economía y el mercado, entre las cuales podemos destacar cómo el fondo destinado para las pensiones (según la Autoridad Fiscal Independiente) se agotará en 2018.
Como conclusión, incidir en el fomento de políticas enfocadas a la creación de nuevos empleos, siendo más agudas para con los grupos más desfavorecidos a día de hoy como lo son las mujeres, los jóvenes y los mayores de 50 años -sobre todo en las zonas rurales para así poder conseguir una mayor fijación de la población-.
Desde el comienzo de la era digital los hábitos de consumo de los compradores han ido evolucionando de forma muy rápida y constante; tanto es así, que un amplio porcentaje de las empresas han experimentado grandes dificultades, o ni siquiera han sido capaces de adaptarse a las nuevas corrientes que continuamente aparecían como tendencia.
Ahora, las empresas supervivientes de esta criba, se enfrentan al “más difícil todavía”: aunque los avances a día de hoy parecen irrefrenables poseen numerosas características similares, siendo ese el único punto a favor del descanso de las empresas en cuanto a la intención de adaptación de las mismas se refiere. El reto que se les plantea es la necesidad imperiosa de renovarse continuamente para poder amoldarse a los nuevos comportamientos de los consumidores, siendo para muchas de ellas algo imposible, debido a diversas causas, como por ejemplo el enfoque de los productos de la misma a un público muy reducido.
El consumidor moderno se despide del marketing tradicional esperando como resultado unas nuevas estrategias centradas en la venta de productos realmente destinados a las experiencias y la utilización -en lugar de la clásica posesión-.
Se plantea de forma principal, aunque entre otros, el Target Design como método prácticamente infalible para encajar de nuevo con el cliente, promoviendo establecer un vínculo con el mismo a través de información veraz basada en la captación de la atención del consumidor teniendo en cuenta factores tan importantes como la interfaz de un sitio web, junto a otros desafíos, teniendo así la oportunidad de conocer realmente al cliente en lugar de basar el supuesto conocimiento sobre él en el cada vez más anticuado Big Data.
Grandes empresas como Google fueron pioneras en este tipo de estrategias. El ejemplo más evidente es la utilización de los elementos “Doodle” en su página inicial como buscador.