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La verdad era que, aun si morĂa por introducirse entre el mar de cuerpos y dejarse llevar, le habĂan dicho que esperara allĂ y ya por ello no iba a moverse del lugar. Porque era un muchacho de acatar y sabĂa que no le quedaba de otra que sentarse a envidiar a los demĂĄs. âÂżY cĂłmo bailas tĂș?â inquiere, medio curioso y medio buscĂĄndole conversaciĂłn porque sĂ. Necesitaba distraerse temporalmente de la tentaciĂłn y lo intentaba vaciando su atenciĂłn en algo âo alguienâ mĂĄs.
DifĂcil fue la tarea de ignorar movimientos externos, siluetas golpeĂĄndose y una mĂșsica exigiendo llamar la atenciĂłn. Cada vez mĂĄs y mĂĄs, sumiĂ©ndola en una especie de tortura auditiva y visual,  bombardeada por todas las vĂas posibles. Quiso felicitarse a sĂ misma por el seguir allĂ de pie, soportando un panorama que parecĂa ser mejor que el quedarse en cama mirando el techo, al menos la distracciĂłn era evidente y parecĂa ser eterna. Y un poco de desconexiĂłn liquida podrĂa cumplir un objetivo mucho mĂĄs exquisito que el ver pelĂculas por lo que le quedase de noches, mas pensamientos seguĂan golpeando su cabeza. La inesperada respuesta se filtrĂł por sus oĂdos, haciĂ©ndose espacio sobre el agobiante ruido exterior, una sonrisa se formĂł en sus labios ante la sabĂa observaciĂłn y entonces se dio cuenta que quizĂĄs no sĂłlo el alcohol la ayudarĂa a despejarseâ. Tienes un muy buen punto ahĂ. âAsintiĂł repetidas veces, dejando que sus brazos se cruzaran sobre su pecho mientras volvĂa a estudiar el ambienteâTodavĂa sigo sobria, espera unas horas para verlo.âagregĂł, dibujando con las yemas de sus dedos abstractos garabatos sobre la vĂtrea y helada superficie del vaso. Â













