El rock nació, creció y se desarrolló con las artes gráficas: carteles y volantes de conciertos, portadas de discos, fotografías de artistas, ilustraciones y diseños de logotipos. Millones de materiales, considerados arte comercial hasta hace unos años que empezó a exhibirse en los museos y galerías de la alta cultura. Son manifestaciones que se inspiran en la música, pero viven fuera de ella.
Los Rolling Stones, los rockstars más fotografiados, le pidieron al artista John Pasche un logo como sello de impresión. Pasche se concentró en la boca roja de la diosa Kali. Así se imaginó los labios y la lengua del beso estoniano como un gesto juvenil. El logo debutó en el disco Sticky Fingers (1972), el clásico de la portada de Andy Warhol con Craig Braun: los pantalones de mezclilla con un zíper que se abría. El beso se adaptó en la contraportada. Así comenzó la odisea del logo más famoso del rock que trascendió en popularidad al mismo grupo.
En The Art of Rock: Posters from Presley to Punk, Paul D. Grushkin y John Sievert marcan el nacimiento de esta forma de arte alrededor de 1955. Ya existían los carteles de jazz, blues y country, pero con el rock and roll explotó la creatividad y una nueva estética en el diseño. Diez años más tarde se vivió la época de oro del cartel de rock, la psicodelia trajo una gráfica innovadora que en 1966 adquirió el reconocimiento de arte formal por el trabajo de Wes Wilson, conocido como el Rey del póster psicodélico por sus aportaciones. Con la galaxia de colores ácidos e inspirado en el art nouveau creó universos tipográficos con efectos visuales de movimiento y detalladas imágenes alteradas. La experimentación le dio una estética gráfica a la contracultura sesentera. En 1967, una portada de la revista Life derritió la retina de los lectores: el cartel de Grateful Dead en el Fillmore de San Francisco por el que Wilson recibió la beca The National Endowment for the Arts. Carteles y volantes evolucionaron de nuevo entre 1976 y 1986 con el punk y la new wave. Tomaron por asalto el diseño y la producción DIY, con una propuesta dadaísta a base de collage, paste up y el uso del blanco y negro con colores gritones como el rosa, el amarillo y el verde.
La otra forma de arte del rock son las portadas, consideradas la fuente más rica de diseño comercial. Es un arte que ha desaparecido y sólo existe entre los coleccionistas. Son descritas por Roger Dean y Storm Thorgerson en The Album Cover Album, como una herramienta para vender música y un tesoro emocional. En su creación se han utilizado fotografías, logotipos e ilustraciones que se convirtieron en imágenes icónicas de la cultura pop, como la de Aladdin Sane, de David Bowie, realizada por el fotógrafo Brian Duffy en 1973 y la llamada La Mona Lisa del Pop, sigue siendo tendencia en la moda.
Está por salir el libro Sketch, drugs and rock n’ roll, editado por Javo Verduzco, treinta ilustradores mexicanos dibujan y comentan a sus grupos favoritos.
El resultado es un estupendo álbum de tributo al rock que suena a todo color.
Apareció el libro Sketch, Drugs & Rock n' Roll, del buen Javo Verduzco Art y cuarenta ilustradores inspirados en sus grupos favoritos. Me invitó para hacer un texto de introducción: la música también entra por los ojos. Se consigue en Amazon o con el editor.
Antes los conciertoseran patrocinados por cervezas, cigarros y refrescos, marcas enchufadas al gusto del público asistente. Pepsi fue el refresco oficial de la música. Pero hoy todo tiene que ver con la música y los festivales se han convertido en mercados sobre ruedas de marcas urgidas por capturar multitudes de consumidores. Las más oportunistas lanzan sus festivales sin experiencia y sin nada que ver con la música, como el Foodcoma de McCormick, que va por toda la enchilada y resultan desastres anunciados.
Al salir del confinamiento pandémico, cuando los espectáculos al aire libre volvieron, la industria de la mercadotecnia –que había desarrollado estrategias digitales de encierro– reapareció con su experential marketing para conectar con los asistentes en esos “momentos inolvidables”. El marketing de experiencias no es otra cosa que las activaciones de marca que se hacen desde el siglo pasado, pero hoy descubren el hilo negro con términos apantallantes y el factor digital como diferenciador.
Las experiencias se convirtieron en la nueva gallina de los huevos de oro entre las marcas y las agencias que brotaron, un fenómeno tan exacerbado que ahora las activaciones / lanzamientos se anuncian como espectáculos y la gente paga por asistir. Negocio que despertó el apetito de Ocesa. El producto o servicio disfrazado de experiencia. Los tiktokers se encargan de convocar: si no estás ahí, eres un pobre pendejo. Hay que ir, codearse con influencers, tomarse selfies, porque la experiencia debe ser instagrameable o no será.
A MI CARTERA NO LE ALCANZA para los boletos de festivales, voy con los que recibe mi novia, editora de una revista de mercadotecnia. Marcas, agencias y productoras tienen presencia, invierten la millonada y se reparten los escenarios, los espacios abiertos y cerrados, los VIP, los medios, las plataformas, las entradas y las salidas. Esos boletos son para levantar contenidos pagados: entrevistas con los directores de marcas, publirreportajes, fotografías y videos para redes. Los stands y activaciones con dinámicas, concursos y premios, ahora son las atracciones de la feria publicitaria y hay público que sólo asiste a eso.
En el Corona Capital me llamó la atención Natura, montó una carpa con demostraciones en su clínica de belleza y salud, una atmósfera relajada y perfumada, atendida por personas atractivas. Fue la más concurrida, cuatro largas filas a lo largo del día para probar y comprar cremas, lociones y jabones. Se acabó mi estereotipo del rock para hombres feos, fuertes y fumados. Un boleto era de Johnny Walker, incluía dos bebidas. ¿Quién le hace el feo a un doble de whisky, aunque sea preparado para darle gusto a la morriza? Justo ahí pensé en lo estúpido que era prohibir el humo en la entrada (cigarros, vaps, encendedores) y perseguir al que exhalara una bocanada. Pinches nazis. El otro boleto fue por parte de La Costeña, me preguntaba qué hacían ahí, pues al salir nos regalaron un montón de paquetes de frijoles para el desayuno roquero. Pura mercadotecnia de principio a fin, las marcas son la magia detrás del show.
Cómo sufrí en la secundariacon la poesía, nos la metían sin vaselina con las viejas ediciones de Porrúa. Por suerte, el músico y artista sonoro Jairo Guerrero desarrolla un proyecto singular: Techxturas Sonoras, una exploración de la literatura y la poesía mexicana a través de la música electrónica, para crear piezas que conectan el pasado literario con el presente musical: las plumas y voces de Rosario Castellanos, Juan José Arreola, Octavio Paz, Juan Rulfo, Elsa Cross y Efraín Huerta, entre otros, se convirtieron en un estilo electrónico personal, justo en la intersección de la palabra y el sonido. En noviembre, Guerrero lanzó en plataformas de streaming los poemas sintetizados del potosino Manuel José Othón, un homenaje en el 118 aniversario de su muerte.
En este EP, seleccionó sus poemas favoritos de Othón para crear los paisajes sonoros en torno a cada uno: “Idilio Salvaje”, “Frons in Mare”, “Matinal”, “Vespertino”, “Nocturno” y “Los Fuegos Fatuos-Parte de Noche Rústica de Walpurgis”. Los poemas son recitados por la voz pausada de Guerrero, quien fusiona los versos con los sonidos de la electrónica y logra extraer la musicalidad de los textos, los envuelve en las atmósferas etéreas que le dictan las palabras, en una experiencia sonora y poética que revive la fuerza lírica. “No es un disco instrumental ni un audiolibro”, niega categórico, “no se trata de música de fondo para los textos, sino de piezas de arte sonoro experimental surgidas de los poemas”.
GUERRERO CONSTRUYE LA PIEZA a partir de la estructura del poema: “La música es orgánica, la poesía de Othón es recitada y al mismo tiempo moldea los sonidos de las composiciones”. Esta interacción de las palabras y los sonidos genera un efecto que define como sinestesia, involucra los sentidos y es transmedia: “el oyente es invitado a sentir el poema a través de los elementos sonoros, la música expresa lo que las palabras sugieren”.
¿Qué música electrónica surge de la poesía mexicana del siglo XIX? Una amalgama digital y analógica que no cabe dentro de ningún género concreto, es imposible etiquetarla, más que estilos predomina el lenguaje sonoro de Jairo: “Los poemas me dictan cómo amalgamar secuencias, sonidos, texturas, ritmos, cadencias y efectos. Cada elemento sonoro surge como respuesta al contenido poético. Más que sonar minimal, downbeat, ambient o industrial, lo que busco es capturar la esencia del poema a través del sonido”.
Tampoco existen referentes sobre trabajos similares, las lecturas beatniks bajo los influjos del jazz o las grabaciones de poesía con música ambiental que recuerda Jairo: “No conozco proyectos que utilicen la poesía como inspiración para la música electrónica, construidos sobre la idea de generar un diálogo profundo entre la música y la poesía, que exploren nuevas formas de interacción entre ambas”. Echando mano de libros, procesadores, pianos, sintetizadores, osciladores, cintas, efectos y técnicas, la fuente de la música para Jairo Guerrero es la palabra escrita. Una forma diferente de sembrar la poesía en las secundarias del país.
Fernando del Paso es mi santo publicitario y las campañas imaginarias en El Viaje de Palinuro por las Agencias de Publicidad son el mejor testimonio de que esos antros están llenos de gente que escribe, ilustra y alucina: la dupla copy + arte. Así fue como conocí hace unos quince años a Ricardo Cortés, alias el Rick Rock, y quedamos unidos por el trabajo + la música en esos jales creativos. Coleccionábamos playeras rockeras y un día le regalé una de Grateful Dead con la historia de la canción “St. Stephen” ilustrada por Bob Thomas frente y vuelta. Te la ponías y alucinabas. No tenía precio, se la cambié a un chavo en Toronto que no quiso venderla y me pidió la de Black Flag con el logotipo creado por Raymond Pettibon. Una por otra. La usé yo, la usó el Rick Rock y al final se la quedó un amigo mutuo. Cuatro dueños y lo único que esa playera representaba era la unión del arte gráfico y el rock.
Este año, Ricardo aterrizó una idea que le daba vueltas en la cabeza: Huayco, la entidad artística para difundir y vender sus obras, un trabajo hecho con técnicas gráficas y fotográficas que lo identifican —como el monocromo y la cianotipia— movidas por la música, la naturaleza y la creatividad. Así surgió Soultrack, la serie de arte en la que cada pieza está inspirada en una canción de la banda sonora en la vida de Ricardo. En algún punto reconoció que la música ha sido más que un acompañamiento, el pulso que guía sus pasos y un lenguaje con el que traduce el mundo. Su visión parte de la desafinada condición humana, la sexualidad, la vida, el miedo y la muerte, factores entramados que interactúan con la música para hacer sus interpretaciones visuales.
LO QUE INTENTA ES RETAR al espectador a que escuche con los ojos e interprete la canción que está viendo, ninguna es traducción obvia y en unas más que otras hay que pensar detenidamente, lo que implica observar la obra hasta escuchar en la mente la pieza o el artista en cuestión. Su proceso creativo es casi directo: elige canciones o artistas que lo han marcado, los escucha una y otra vez para bajar dos o tres ideas que remitan a la música y que cuenten la historia, elige la representación más poderosa y pone manos a la rola con ilustración, collage, pintura acrílica, fotografía y esténcil: The Velvet Underground, Pink Floyd, Radiohead, Led Zeppelin, Eric Clapton, Kula Shaker, Incubus, David Bowie, Beatles, Van Morrison, Roxy Music, Neil Young y Travis, entre otros, forman parte de su galería de música y músicos ilustrados.
El siguiente paso fue montar la exposición de Soultrack en la Ciudad de México, obras que podrán interpretarse hasta el 15 de enero de 2025 en la Indómita Punk Burgers, la única galería-estudio-bar que sirve unas hamburguesas ramonudas, ambientada por diyeis chingones en Miguel E. Schultz 7B, San Rafael. Además de la exposición, hay reproducciones a la venta. Para mí, lo más chingón es que su arte también lo hizo playeras para ponérselo y llevarlo puesto. Si no logran llegar a la Indómita, todo el material se puede ver y mercar en el mero huayco.mx
Crónicas de una realidad alterada (Gato Blanco, 2024), el nuevo libro de Rogelio Garza, columnista de este suplemento, es un sumun de la vida de su autor. Un ajuste de cuentas con acontecimientos
del pasado. Y un revolcón con el presente. ¿Quién puede presumir haber visto en vivo a los Ramones y haber visitado la casa de José Agustín en Cuautla? Quizá algunos cuantos, pero no muchos. ¿Pero escribirlo como Roger? Nadie. ¿Cuántos pueden presumir de haber traficado gel, retado a carreras de bicicleta a la tira y departido con El General? Roger nos cuenta cómo ha sobrevivido a todo eso para contarlo.
¿Cuál fue el primer disco de rock que compraste?
Fue un disco de Kiss, de 45 rpm, que conservo desde 1978. Es un sobreviviente porque en algún momento de la adolescencia mi hermano y yo tuvimos varios discos de ellos que vendimos, cambiamos y perdimos. El lado A trae “Radioactive” de Gene Simmons y “Hold Me, Touch Me” de Paul Stanley, el lado B tiene “New York Groove” de Ace Frehley (la original es de Russ Ballard) y “Don´t You Let Me Down” de Peter Criss.
¿Qué es lo que más te seduce de la crónica?
La libertad. En el periodismo la crónica solo puede ponerse al nivel del reportaje, la diferencia es que en la crónica puedes viajar y crear. Desde que estudié estoy peleado con la objetividad, siempre la pierdo de vista. Y la crónica es el género más flexible y subjetivo, el que más se presta para convertirlo en un género de ficción. En la literatura, una crónica puede alcanzar la altura de una novela y eso ocurre con imaginación. La idea de alterar los hechos salió de las ucronías de Philip K. Dick y Ray Bradbury, también soy usuario de la patafísica de Alfred Jarry. El fin es crear realidades alternas en la crónica.
¿Consideras a la crónica un género anfibio por excelencia?
Sí, es un género 4x4 que te permite moverte por todo tipo de terreno, se adapta a cualquier situación y viajas como en ningún otro género. La idea es llevar al lector como si fuera en tus hombros descubriendo lo que se atraviesa a tu paso.
¿Qué significa para ti escribir crónica desde Satélite?
Es curioso, porque Satélite siempre ha sido una isla en todos los aspectos, desde su nombre. Son pocos los periodistas y cronistas que se han ocupado de este rancho de neón. Hay un intento de novela sateluca muy fallida, Ciudad Satélite (La Novela) de Carlos A. Puig. Y un par de cuentos buenos: “Paraíso” de Julieta Arévalo, en el que Mariana Chenillo se basó para hacer una película. Y la crónica de Joselo Rangel sobre una tocada de Axis en el Cuicacalli, que aparece en el libro Crócknicas Marcianas. La crónica sateluca es un terreno poco visitado y por eso escribo desde esta zona de la que muy pocos se ocupan.
¿Serías el mismo cronista si no fueras un apasionado de la bicicleta?
No. Suelo decir que soy quien soy por las bicicletas. Ellas me salvaron de ser otra persona muy distinta desde la adolescencia. He pasado los últimos 42 años pedaleando todo tipo de bicicletas y sigo porque es mi gran adicción. Empecé a escribir a los quince años, después de leer a José Agustín. Para entonces ya vivía atornillado a la BMX. La visión que tengo del mundo es la del rock, filtrado por las drogas y la perspectiva de la bicicleta con su movimiento y sentido del equilibrio. Lo importante de un texto es que fluya en voz alta, así fluyen una canción y una bicicleta cuando la pedaleas como si fuera un instrumento musical: con ritmo, melodía y armonía. Un texto debe ser tan placentero y musical como pasear en bicicleta, si no es así, para mí no funciona.
¿Cómo descubriste la literatura beat?
Llegué a los beats, a Kerouac y a Ginsberg, por la vía de José Agustín. A Burroughs me lo contagiaron unos punks en las playas de Acapulco. Conseguir los libros era difícil a finales de los ochenta, puras ediciones en inglés. A mediados de los noventa aparecieron las primeras ediciones de Anagrama y también de ahí me surtía con todo y sus traducciones gilipollas. No sé cuántos On The Road / En El Camino he perdido.
e consideras un heredero de Hunter S.Thompson, toda proporción guardada, claro.
Me considero un lector de Hunter S. Thompson influido por su trabajo. Soy un licuado de todo lo que he leído, me influyen José Agustín, Fernando del Paso, Víctor Roura, Lester Bangs, Michael Thomas… leer sus libros tiene efectos a la hora de sentarme a trabajar, eso no se puede negar ni evitar. Por supuesto que absorbes la Sabiduría Gonzo. Pero eso ya se hizo y hay que buscar otro camino. Por eso, disfrazarme de Thompson, tratar de imitarlo y decir que hago periodismo Gonzo, se me hace demasiado zonzo.
¿Cómo ves el papel de la crónica rockera en el México actual?
De repente brotaron periodistas y cronistas musicales que me parecen improvisados, alineados y descafeinados. Además, hoy se hacen más contenidos pagados por las marcas, nadie quiere desentonar con el control maestro del espectáculo en México, la mano que les da de comer, nunca le van a faltar al respeto por miedo a perder boletos y el acceso a conferencias. Falta conocimiento, actitud, emoción y electricidad para capturar la experiencia del asistente de a pie. Cuestión de gustos, me gustaría que dejara de ser tan servil, mansa y estéril. Mi gallo es Alejandro González Castillo, también he leído crónicas chingonas de Javier Ibarra y Juan Mendoza.
Menciona tu top five de libros de crónica
En el camino de Jack Kerouac. Las crónicas de viaje son mis favoritas. Y Kerouac es el puto amo. Como decía, la crónica puede alcanzar el nivel de novela y éste es el mejor ejemplo. Siempre que salgo de viaje pienso en Kerouac. Get In The Van de Henry Rollins. Son las crónicas durante sus años como cantante del grupo hardcore Black Flag. Salían de gira frenéticamente en una vieja camioneta Van y ese libro es como un manual de sobrevivencia en Estados Unidos de aquella época. Auténtica crónica musical punk. Kingdom of Fear de Hunter S. Thompson. Toda su obra es una crónica alucinante de Estados Unidos durante el siglo XX y Miedo y asco en Las Vegas es la reina de las noveladas. Me quedo con éste por la diversidad de épocas y asuntos que aborda en un país paranoico y armado. Sesenta semanas en el trópico de Antonio Escohotado. Un año sabático de viaje por Tailandia, Vietnam, Birmania y Singapur. Enseguida, voló a Brasil, hasta Manaus en el Amazonas, para internarse en la selva a machetazos y meterse ayahuasca. Te hace sudar nomás de leerlo. Ponche de ácido lisérgico de Tom Wolfe. Esta es la gran crónica de la psicodelia y para mí el mejor libro sobre los años contraculturales. Wolfe aseguraba que nunca probó el LSD, aunque lo dudo, a juzgar por las descripciones y las sensaciones que caen en cascada y fluyen como un río cósmico.
Le decíaa Liz que me daba tristeza ver a Iggy Pop como socialité en chanclas pimpeadas, que prefería conservar la imagen del rock hecho carne y hueso, ese dios eléctrico en sus 501 arengando a la multitud para intoxicarse. Y tres días antes, Liz armó unos boletos vía la magia de las marcas: entonces qué, me reviró, ¿todavía te da tristeza? La del domingo 17 fue una noche histórica, tocaban Paul McCartney, Beck y Jack White, brillaron de inspiración como los seres de luz que son. Pero nosotros íbamos a ver de qué lado bailaba la Iguana, el rey de este Corona. Más que brillar, Iggy Pop ardió en llamas. Nunca más volveríamos a ver al animal del rock en estado salvaje.
Anocheció. Una hora antes ya esperábamos colocados hasta adelante y hasta la madre, porque ver a Iggy Pop sobrios era una contradicción. De pronto, la guitarra de “T.V. Eye” desgarró el aire y todo estalló en puro rock bruto. Apareció echando chispas, dio de saltos agitando la cabellera, aventó el chaleco y nos pintó el dedo. Además de los ruckers sacando lesión, en la bola eslamera había chingos de chavos y morras bailando el raw power al son de su creador. Calzaba las botas de tacón para la cojera y asaltó el escenario con los clásicos por delante, escupiendo mientras le exprimía el sudor a cada nota. El puro setlist da taquicardia: “Raw Power”, “I Got a Right”, “Gimme Danger”, “The Passenger”, “Lust for Life”, “Death Trip”, “Loose”, “I Wanna Be Your Dog”, “Search and Destroy”, “Down on the Street”, “1970”, “Some Weird Sin”, “I’m Sick of You” y “Frenzy”. Canciones de muerte, sexo y destrucción: 95% protopunk de los Stooges, 5% del Iggy + Ziggy más sórdidos en Berlín.
EL MOMENTO FUERA DE SERIE y de lógica era estar frente a un señor de 77 años sin camisa, que baila y canta sobre odio y rabia, mientras mueve a diez mil cabrones haciéndoles saltar y gritar en éxtasis. Además de ser el cantante más explosivo del rock, inventor del clavado desde el escenario y del surf sobre la audiencia para romper la barrera que los separaba, Iggy Pop es un artista renacentista: compositor, autor, pintor, actor, locutor, modelo y clase de anatomía viviente. Chueco, luciendo con orgullo su flácida flaquez y una cadena de perro dorada al cuello, no dejó de moverse y rodar por el piso las quince canciones.
Sacudió al Corona como sacudió en su tiempo a los sesenta y los setenta. El grupo sonaba contundente y un trío de metales hacía los arreglos como los que hizo Siouxsie a “The Passenger” en Through the Looking Glass. El detallazo de sentarse a la orilla del escenario y ponerse a conversar en corto, antes de pedir más tiempo para otra canción, fue conmovedor. Tres conciertos en distintas épocas han sido más que memorables bajo su línea de fuego: si no saltas, tu vida está acabada,pero ninguno me había pasado la factura tan alta por estar haciendo el pogo: amanecí trabado de la segunda vértebra lumbar. Son las lesiones de la bicicleta + la edad, me dije. Seguro que Iggy Pop, a los 77, desayunó como si nada y siguió cojeando en chanclas por el mundo. Un rockstar sobrehumano.
No me lo van a creer, pero el dos de noviembre fu invitado a un VIP del Mexcla, el festival de Spotify con los artistas más escuchados de música urbana, banda, reguetón, corridos y anexas, en el que la gran estrella era Bellakath, la Gata de la Agrícola Oriental y autonombrada Reina del Reguetón Mexa. Me sacrifiqué por esta columna y fui de curioso / morboso. Y también fui objeto de burlas, excomulgado por no asistir al Hipnosis. Compa, a perreo regalado no se le ve el diente.
Creí que sería un tugurio chakaloso, iba a dejar el celular y la cartera, tampoco llevaría sustancias, seguro me rolaban la mona de guayaba. Nada más alejado de mi realidad alterada, el Parque Bicentenario parecía una feria de pueblo con mucho neón, ambiente familiar y las mejores activaciones que haya visto en festivales. Íbamos patrocinados por una marca. Quién lo iba a decir, tantos años en agencias de publicidad para que al final me devolvieran las noches sin dormir en forma de conciertos. Entramos cuando terminaba Rich Mafia: Alemán y Gera MX. Enseguida escuchamos a Kevin Kaarl, una especie de Juan Cirerol bañado y sobrio que cantaba baladas norteñas pop. Liz y yo sentimos el madrazo generacional cuando notamos que la gente no aplaudía. Y no aplaudía porque el Kevin les pidió que sacaran el celular para iluminar y grabar. Mientras otros artistas y marcas hacen campaña para que la gente lo guarde, acá era al revés. Después apareció Remmy Valenzuela, El Príncipe del Acordeón, y una mezcla de banda, corrido y pop. Lo mejor del festival.
POR FIN LE TOCABA TURNO a Bellakath, a ver si era cierto que es la mujer más escuchada de México. Apenas en 2020 inició su carrera musical en TikTok y ya es la campeona del Spotify, su éxito “Reggaetón Champagne” pasó los 240 millones de reproducciones y por eso es la estrella aquí. Apareció de trajecito negro con mallas, botas y el cabello rojo, exageradamente sabrosa, acompañada de un grupo de bailarines y una ¿diyei? No me atrevo a decir que cantó, pero sí bailó sus éxitos: “Lluvia de Micheladas”, “Gatita” –el objeto de la demanda por plagio en 2023–, “Tapita” y el de la Champagne que todos esperábamos para escucharla cantar letra por letra: “Y mientras el beat suena / te recito un poema / qué bonitos ojos tienes / quiero chuparte el pene”. Pero qué creen, que a la hora de los vergazos se freseó la morra y cambió la letra porque había familias y seguramente los patrocinadores la obligaron. Sin embargo, el público siempre fiel que pululaba disfrazado de Bellakath sí cantó el poema.
Será la reina chakalosa, pero se autocensuró. Me pareció un fraude en vivo. Toda la música era grabada, las proyecciones estaban bien chundas y ella medio “cantaba” entre sus bailarines del barrio. Como Rosalía, pero en vulgarcita. El jamón no es talento, estar duro y dale con que saquen el celular tampoco es comunicación con el respetable. Al final del show empezó a llover recio y huimos. Asistimos a una versión urbana y regional descafeinada para la gran familia mexicana. Nos perdimos al Grupo Marca Registrada y a La Adictiva. Ya será para la próxima.
Murió el genio de la producción musical, Quincy Jones, a los 91 años, luego de una larguísima carrera como pianista, trompetista, compositor, arreglista y director de orquesta. También fue directivo en diversas disqueras, propietario de las compañías Qwest / QDE, productor de cine / televisión y editor de revistas. Los productores son los creadores de sonidos que marcan épocas y algunas veces los músicos son sus instrumentos. Jones era uno de los gigantes, realizó más de 3 mil álbumes propios y ajenos, 2 mil 900 sencillos y la música para más de 50 películas / programas de televisión. Tan sólo fue nominado para 80 Grammys, de los que ganó 28. Uno de los que forjaron la industria musical del siglo pasado.
Ray Charles, Count Basie, Frank Sinatra, Ella Fitzgerald, Miles Davis y Michael Jackson lo llevaron a las estrellas. Sinatra lo buscó en 1958 para formar y dirigir la orquesta en un concierto de la ONU. Y siguieron trabajando juntos, entre otras cosas, Jones le hizo los arreglos y la producción de Sinatra At The Sands y de It Might As Well Be Swing, donde viene “Fly Me To The Moon”. La canción es conocida como un clásico interestelar porque en 1969, según contó Buzz Aldrin a Jones, cuando aterrizó el Apolo 11 en la Luna, él mismo le dio play a la cinta de la canción. Sinatra fue quien le puso Q a Quincy Jones.
Q HIZO LA MÚSICA DE LA PELÍCULA The Wiz de Sidney Lumet, la adaptación musical de The Wizard of Oz, donde conoció a Michael Jackson. Juntos grabaron los discos más exitosos de Jackson: Off The Wall (1979), Thriller (1982) y Bad (1987). Como se sabe, Thriller es el disco más vendido de la historia y posiblemente también sea la obra maestra de Quincy Jones como productor y arreglista. De ese álbum de pop / disco / funk / rock / synth-pop salieron siete sencillos de Top Ten que mueven desde la primera nota y una serie de videoclips musicales, el más espectacular es el de “Thriller”, historias y coreografías que establecieron un nuevo estándar cinematográfico en la producción de videos. Q fue nominado por la Academia ocho veces y ganó, en 1995, el Oscar Humanitario Jean Hersholt por su compromiso con las causas sociales.
Esa era su otra faceta, el activismo y el altruismo. Siendo el primer negro nominado para el Oscar por mejor canción, “The Eyes Of Love”, para la película Banning de Ron Winston, y por mejor banda sonora para In Cold Blood de Richard Brooks, apoyó abiertamente a Martin Luther King Jr., al reverendo Jesse Jackson y creó la fundación QJ Listen Up para construir casas y desarrollar programas educativos de música y arte. Así fue como en 1985, aprovechó la celebridad para crear We Are The World, el proyecto musical para aliviar el hambre en África y Estados Unidos. Reunió al talento del momento, escribió la canción y produjo el disco / video que recabó 60 millones de dólares. Su película favorita fue el dramón racial The Color Purple de Steven Spielberg.Él produjo la cinta e hizo la música, nominada por mejor película, mejor pista sonora y mejor canción. Su secreto, decía, era “dejar un espacio para que Dios caminara por el estudio”.