«Una noche, no hace mucho, pasaron bajo mis ventanas un hombre y una mujer. Fue en mitad de la noche. Iban cantando cierta canción, no sé cuál, pero me parecía haberla oído antes, una vez, sólo una vez en mi vida, tal vez en una hora de felicidad. Era una melodía bien acompasada que tenía el ritmo y el tono de un ritornelo antiguo. Era, pues en mitad de la noche, y a esa hora, que es la del sueño, había dos personas cantando esa canción. Solos en el mundo, cantaban, con voz suave, aplicada, no berreaban como borrachos, se escuchaban cantar. Solamente dos que se amaban, que estaban en lo vivo de un amor naciente, solos, a esa hora en que la humanidad abrumada por el olvido se recupera con el sueño, ellos tenían esa oportunidad de dedicarse a cantar. En medio de la noche vacía, en ese punto de confluencia de las dos vertientes de la noche, se elevaba aquella canción: era una flor roja que de repente salía de la noche de piedra. Canción contra la muerte, para hacerle a uno levantar montañas. toda mi carne se puso a gritar y tuve deseos de un hombre. Un desconocido. Sobre todo un desconocido, desconocido como la calle. ¿Por qué? Sin duda por una preocupación por la pureza. Porque no se mezclara el sentimiento en ese instante en que el amor de los otros, de los que acababan de pasar, me colmaba. el desconocido me penetraría completamente y se quedaría inmóvil y mudo, y yo igual, inmóvil y satisfecha, llena de aquello de lo que estaba vacía, de un sexo de hombre lleno como un vaso de vino, en comunicación con el prójimo, con el mundo por medio de esa verga encajada en mí, que me clavaría en el suelo.