Original Soundtrack · Song · 2006
Ludwig (1973)
Richard Wagner
Luis II fue más excéntrico de todos los Wittelsbach, esa neurótica dinastía que gobernó durante siglos los destinos de Baviera. Su exéntrica infancia transcurrió muros adentro de castillos y palacios ubicados en Múnich y la Selva Negra, con profesores de francés que le enseñaban la lengua del Rey Sol. Sitios de escaso mobiliario pero en los que colgaban pinturas murales de un romanticismo exacerbado que relataban escenas de los nibelungos y otras leyendas germánicas. Educado con mucha rigurosidad, no entró en contacto con otros niños excepto su hermano menor, desarrolló una fuerte imaginación, cierta tendencia al aislamiento y un pronunciado sentido de la soberanía absoluta del monarca, más propia del Antiguo Régimen que de un siglo donde los privilegios reales desaparecían con cada nueva revolución.
En su adolescencia asistió a una representación del Lohengrin de Richard Wagner en la Ópera de Múnich y se convirtió de la noche a la mañana en el admirador más febril e incondicional del músico, cuyos dramas líricos basados en la mitología germana lo entusiasmaban por su romanticismo y por el heroísmo de sus personajes, con los que se identificaba. A los 18 años, la repentina muerte de su padre lo lleva a ocupar el trono sin experiencia ni de la vida ni de la política. Educado en un catolicismo cerrado, Luis II creía firmemente que la monarquía era una condición recibida por la gracia de Dios. En realidad, era un monarca constitucional, un dirigente estatal con derechos y deberes y poca libertad de movimientos. Por ello se construyó un universo personal paralelo, un mundo fantástico alejado de la realidad, donde podía sentirse como un verdadero rey. Su otra pasión fue la edificación de castillos colosales. Para su diseño contrató los servicios del pintor y escenógrafo Christian Jank, fascinado por las ambientaciones de óperas que había realizado para Wagner.
A principios de los 70 Luchino Visconti llevaba mucho tiempo soñando con realizar una película sobre la dinastía maldita de los Wittelsbach. Le interesaba desarrollar la relación entre el trono, el escenario artístico, la razón y la locura. Y, sobre todo, quería recuperar para el cine la figura de la emperatriz Isabel de Austria, la mítica Sissi, y hacerlo con la misma actriz que la había encarnado en esa edulcorada trilogía de películas alemanas de los años 50: Romy Schneider.
Visconti dejó de lado la preparación de su adaptación de “En busca del tiempo perdido”, pero no se alejó del universo proustiano. La reconstrucción de época de su Ludwig iguala en su minuciosidad a la de El Gatopardo. Leyó todos los documentos y testimonios que existían sobre el rey. Los descendientes de la Casa Habsburgo le prestaron muebles, trofeos de caza, platería, grabados, cuadros. Visconti decidió filmar el 90% de las escenas a la hora del crepúsculo, durante la noche o al alba, que eran las horas en las que el rey permanecía despierto. Contó con el permiso para rodar en los castillos de Baviera, donde le parecía que la bruma, la niebla y la lluvia nunca eran suficientes. Su exquisitez para recrear ambientes y perfiles aristocráticos no tiene parangón en la historia del cine. Su obsesión por los detalles, su reconstrucción de un determinado período es algo que siempre se agradece. Lo suyo no es un “cine de qualite” sino un verdadero trabajo antropológico.
Tras largas dificultades, emergió finalmente ese personaje complejo, excepcional, soñador, nostálgico; constructor de grandiosos castillos que no termina de habitar nunca. Su Ludwig es una figura romántica que se rebela contra la época sórdida y materialista que le toca vivir. Un rey que no se resigna a ser un funcionario más dentro de un sistema burgués, y que añora los tiempos en los que el rey era caudillo de su pueblo y mecenas del arte. Sus modelos históricos podrían ser Lorenzo de Médicis o Luis XIV, pero eso ya no era posible en la Alemania de Bismarck y de la Revolución Industrial. Desde ese punto de vista se comprende el interés de Visconti en su personalidad: Ludwig es otro más de los "desplazados" que no comprenden su propia época. Como Thomas Mann, como Proust, como el propio Visconti.
Además del protagonista, interpretado maravillosamente por Helmut Berger (que no era buen actor, pero Visconti obraba milagros), el otro personaje central de la película es su prima Isabel. Ya dijimos que el director estaba muy interesado en destruir el mito cinematográfico que había convertido en una estrella a Romy Schneider, y ella aceptó el juego encantada. La figura de la emperatriz se revela como una mujer desilusionada con su matrimonio, independiente, con fuerte personalidad, que desprecia sus deberes de madre, el juego social y las rutinas de la corte vienesa. Cercana a su primo Ludwig en su búsqueda de la belleza, conserva sin embargo la cabeza. El personaje de Isabel se va revelando finalmente como una gran manipuladora, incluso para con los miembros de su familia.
La productora no le permitió a Visconti hacer el montaje que pretendía y fue groseramente reducida en su metraje. La versión disponible en la actualidad es de 4 horas, y aunque esté plagada de eufemismos para evitar referirse abiertamente a la homosexualidad del rey, Ludwig sigue siendo un film extraordinario.
Franco Maninno arregló composiciones de Wagner y él mismo ejecutó el piano acompañado de la orquesta de Santa Cecilia.