Era una mañana más.
Era una mañana más, o no, su cama grande y vacía, el silencio y unos tímidos rayos de luz se colaban por las rendijas de la persiana, sabía que no había nadie y volvía a tener ganas de llorar, pero se juró que no lo volvería a hacer si no era por un motivo realmente importante. No quería levantarse, no lo iba a hacer pero la mañana la empujaba fuera del calor y la seguridad del edredón, la casa en silencio, en ese momento no sabía si era bueno o malo, pero era así, el niño se levantó muy temprano para ir a no se qué triangular de fútbol, su marido se marchó a desayunar con los amigos, era el día de nochebuena le dijo, como si no se marchase todos los días con o sin excusa. El agua empezó a hervir y la pequeña cafetera empezaba a resoplar y la cocina se inundó con el aroma a café recién hecho. Sus manos recibían el calor de la taza mientras su mirada se perdió a través de la ventana, el cielo gris y las gotas golpeaban con violencia el cristal, dejó la taza sobre la mesa de la cocina y abrió la ventana, sintió el viento y la lluvia primero en sus manos y luego en su cara cuando sacó la cabeza por la ventana. Tenía mil cosas que hacer hoy cenaba en su casa todo díos, no sabía porqué le tocaba pringar a ella siempre en nochebuena, en fin, ya no tenía remedio. No lo pensó, se vistió y salió a la calle la lluvia caía de forma rabiosa, el viento aullaba entre los edificios, gente por todos los lados, no había visto su ciudad tan gris, tan mojada, tan fría, caminó y caminó sólo quería ver la mar. Coches iban y venían, las luces de los escaparates eran frías, los miraba pero no los veía, el agua fría de lluvia no la mojaba, el grueso gabán, los guantes y aquél gorro de agua la hacían estar a salvo de la lluvia, para el viento en la cara no había remedio, pero no le era desagradable. Detrás de aquella última calle ahí estaba la mar, su mar, un mar gris, que rugía pleno de espuma, el viento más frío que jamás había sentido, arrancó de su cabeza el gorro, pero no se volvió a recogerlo. Allí agarrada la gruesa barandilla del muro la lluvia le mojaba la cara, el pelo, el agua recorría los surcos de su rostro, el viento frío del norte paralizaba sus facciones, pero se sentía bien, sentía… se quitó los guantes y los guardo cuidadosamente en los bolsillos del grueso gabán y con las manos desnudas agarro el blanco hierro pintado que separaba la ciudad de la playa, de su playa, nunca le gusto el frío, pero el tacto metálico y helado de aquél hierro la reconfortaba. En el horizonte un pequeño barco intentado ganar puerto, algún oficinista con ínfulas de lobo de mar salió a la mar a hacer el ridículo, seguró que aprendería la lección, pensó. Su mirada más allá, una galerna interior sacudía su pulso, sus ojos puestos en el horizonte, las gotas de lluvia recorrían su cara, el viento del norte paralizaba sus facciones, se prometió que no iba a llorar. El viento aullaba y ella sentía ganas de quitarse la ropa y adentrarse en aquel mar helado, en aquel su mar, para sentir el frío, para sentir… Sola entre la multitud, unos corrían otros se resguardan del agua con el socorrido periódico y ella allí en medio, las olas cada vez más grandes, el viento rugía con más fuerza, alrededor de ella se arremolinaba la gente, multitud de hombres, mujeres y hasta niños agarrados a la barandilla blanca mirando al horizonte, exclamando, dicendo: “allí, allí están…” y señalaban un punto en el infinito mar gris, miraba al horizonte pero no veía nada más que espuma y viento y lluvia. A su lado izquierdo dos paisanos se abrazaban gritando de alegría y decían: “han vuelto, han vuelto…” ella miraba al horizonte pero no veía más que olas y la mar revuelta y gris, no comprendía nada ¿Qué hacía allí toda esa gente? ¿Cuándo habían venido? Todos miraban al horizonte, reían, exclamaban, daban gritos de admiración, parecía la noche de los fuegos artificiales, miró a su la derecho y había un anciano agarrado con fuerza a la barandilla, las manos crispadas agarrand aquella fría y blanca barandilla, en cambio el rostro sereno y curtido por el sol y sal, la barba blanca y con un raido impermeable de pescador. El anciano de barba blanca con lagrimas en los ojos la miró y la dijo:”nena han vuelto…” ella miró al horizonte sin comprender mientras oía la ruda y grave voz del viejo marino decir “han vuelto, las ballenas han vuelto…” y vio un grupo de ballenas cruzar la bahía, en ese momento una de ellas se alzó sobre el agua y dejo caer su enorme aleta sobre el agua y todos gritaron de asombro y alegría. Ella se prometió que no volvería a llorar si no era por un motivo importante y dejo que la lluvia y sus lágrimas recorrieran su cara y la comisura de su sonrisa. Epílogo. Los periódicos y telediarios del día navidad recogieron la vuelta de las ballenas, todo eran buenos augurios y esperanzas en un mundo mejor. En el díario local, en la columna de sucesos: “Salvamento marítimo rescata in extremis a incauto patrón madrileño que salió con mala mar que casi pierde su barco y la vida…” pero eso, eso es otra historia.







