Te hablaba desde el otro lado de los puentes dinamitados, aquel lugar donde se acumularon las inocencias perdidas como una suma de versiones que ya no podían volver atrás.
Te hablaba desde la caída de los cimientos más estructurales de las creencias que me habían sostenido toda la vida. Desde el desamparo existencial que acarreaba ya no poder refugiarme en los pilares que me habían acompañado durante toda mi existencia.
Desde el reconocimiento de patrones forjados durante años, y desde el crudo desconsuelo de las limitaciones humanas. Desde el desencanto casi cíclico que trajo aparejada, otra vez, la caída de la ilusión.
Desde la crueldad de la certeza del inexistente futuro. Desde la búsqueda desesperada de la inercia como excusa necesaria para dejar de sentir.
Desde la destrucción de los ideales de la ingenuidad. Desde el colapso de mi arquitectura interna. Desde mi repentina incomprensión del mundo y desde el forjado casi violento de una burda y artificial respuesta contenedora.










