Hay veces que siento una pena tan grande que no sé por qué me pongo a llorar.
Siento que hay algo en mí que está mal configurado y que no me deja encajar con los demás.
Lloro sin razón y a la vez lloro por todas las que he acumulado en mi vida.
Lloro hasta que no me quedan lágrimas o tengo que fingir que estoy bien para mostrame en público.
Lloro pensando en las posibilidades y oportunidades que me habrían llevado a lo que creo, podría haber sido felicidad.
Lloro porque me he acobardado en momentos cruciales.
Lloro por mi inexplicable sensibilidad que me hace mostrarme débil en público.
Lloro y no de alegría.
Tengo una pena amarga en mi pecho que no se va. No se ha ido y no se irá.
La he soportado por muchos años y sé que tendré que lidiar con ella por muchos años más.
















