Cerrar años es como cerrar bares sin que te echen. De menos. Y volviendo sólo a casa.
Sigo sin saber qué escribir cuando no te escribo a ti.
Y el frío con el que juego a no olvidarte se ríe en mi puta cara.
Estos días de tranquilidad y familia he visto a mi abuela doblarse como una luz apagada, y a mi hermana corriendo detrás de mí mientras decía “Escandar, tienes que aprender a ser feliz” no con esas palabras, claro, ella sólo sabe hablar con la mirada. Ya sabes. Y he visto a mi madre ser mi impermeable bajo la lluvia, preocupada de que cogiera la bufanda como si no supiera que me basta su sonrisa para abrigarme.
No quería que fuese así. Pero hay tantas cosas que nunca salen como querríamos. Tantas personas. Que tampoco.
Vives en una orgía y echas de menos hacerte una paja. Así con todo. Todos los días.
Te conviertes en tormenta y te duelen los escombros. Besas con desgana y te extraña que la saliva tenga ese sabor de pérdidas. Te apagas, y ni siquiera te das cuenta de que llegaste hasta ese anhelo en el que no brillabas.
¿Querer a ciegas o de ciego en ciego? No hay tantas borracheras de diferencia. Creo.
Bien. Pasemos de las palabras a los pechos. A ver, qué vemos. O qué pasa.
Sólo soy un año más viejo y sin embargo hace tantas vidas que no te beso que casi se me olvida la ilíada que un día monté para rezarte en voz baja.
No creo en dios, señor, pero he follado con alguna diosa.
Supongo que ahora es cuando miro al suelo y doy las gracias. A pesar de las ganas de llorar. Por “ese año que no fue aquel año que esperábamos tener”. Pero decidme, ¿qué esperábamos?
O a qué.
Escandar.











