LO NACIONAL EN LO PURO CRIOLLO
El capítulo propone varios elementos que construyen un sentido de comunidad en torno a la siembra y consumo de la papa. Para los sembradores es su identidad, con tanto peso como la ruana. Y los consumidores, no imaginan la gastronomía colombiana sin ella. Alrededor de la misma se ha generado una cultura completa, hasta el punto de incrustarse en nuestro lenguaje con frases como “ser buena papa”, “tirarse la papa caliente” o “no entender ni papa”, y ha sostenido la economía de muchas familias. A pesar de ser un alimento originario del Perú, los paperos afirman que es más nacional que el bambuco, y su arraigo en nuestro país la ha convertido en un símbolo, que si bien, ha sido subvalorado por las culturas emergentes entorno a lo transnacional, no deja de ser la representación de una parte de la población que se identifica con esta comunidad imaginada.
En torno a la manera de abordar el capítulo, se puede destacar como él mismo sigue este ritual del cual nos habla el texto de Higson, en torno a la actividad de reimaginar a la población dispersa e inconexa, como una colectividad muy unida; Los campesinos de Boyacá, con los consumidores de Bogotá, con el país entero, con los países andinos… Los discursos de patriotismo están en esa lucha constante por transformar la dispersión y la diversidad, en algo más unificado: “los medios son vitales para el argumento de que las naciones modernas son comunidades imaginadas. Pero la actividad actual de los medios es también, a todas luces, uno de los principales modos en que se establecen.“ (Higson, 2014)
La experiencia transnacional de esta comunidad imaginada, se representa con un ejemplo tan sencillo como aquella señora que dice que viajará a México en los próximos días y llevará papas criollas para que allá también puedan probar tal manjar, pues se considera que el sabor de las papas en este país, es el sabor más puro. Es motivo de orgullo para un cultivador sentirse parte de una comunidad que siembra el "sabor de colombia", y esto funciona como un elemento que permite la representación más allá de las fronteras, y llena a la gente de un sentido incluyente que proporciona “integración” y “significado”.
SÍMBOLOS DE UN SENTIDO IDENTITARIO
Lo nacional se construye en un espacio geográfico y pese a él; pues se crea por un lado la comunidad y por otro, la diáspora, es decir, y como lo propone Andrew Higson, para hablar de una identidad nacional habría que hablar amistosamente de lo trasnacional, pues explica que aquellos símbolos pueden trascender de las fronteras de la nación, pero, y, teniendo en cuenta al capítulo de la papa de Los Puros Criollos, que cuenta como la papa se consume en varios lugares, se vuelve insignia nacional en mayor medida por su lugar de producción, en este lugar los Andes.
También, al momento de visitar a los puros criollos en el capítulo de la papa, un capítulo que orgánicamente nos muestra cómo se construye la identidad nacional y los símbolos de sentido identitario, desde el minúsculo pero efectivo uso coloquial de la palabra papa, que citando a Rivas “Porque la papa, además de ser un asunto gastronómico, también se sale de ahi y pasa a ser una cosa de nuestra vida cotidiana, del lenguaje, por ejemplo a este cogote se le llama la papada, a un tipo es muy querido se le llama buena papa, cuando se la hace aun amigo y dice me lo papié, cuando uno por ejemplo, se ven en un enredo pasa la papa caliente a otra persona, o cuando uno ve el noticiero y uno no entiende ni papa que es lo que le pasa a los estadistas de este país, es más cuando uno tararea una canción dice: papapa pa pa” Es así, como la papa termina configurándose como el símbolo insignia de la nación y no solo a esto debe su prestigio nacional sino también por parte de su popularidad se debe a la gran promoción identitaria que se hace a la economía autóctona, que aunque se consuma mucho dentro del país, no es el principal productor a nivel internacional. Encontrando semejanza con lo que menciona Higson frente a la política y la economía nacional.
“De igual importancia es hoy día el papel que se cree que el cine es capaz de desempeñar en términos de promoción de la nación como destino turístico, para beneficio del turismo y las industrias de servicios. También al nivel económico, los gobiernos pueden legislar para proteger y promover el desarrollo de las industrias mediáticas locales. Pueden alentar la inversión a largo plazo (a menudo procedente de ultramar). Pueden crear las condiciones que pudieran generar importantes ingresos por exportaciones. Y pueden procurar mantener en pleno empleo una fuerza de trabajo doméstica adecuadamente calificada.”
Retomando de nuevo, que pese a que la papa no se exporta mucho, esta sí tiene una fuerte aparición en las pantallas de lo que sería el cine nacional, que en última y como propone Higson, sería una promoción de lo que el país produce, un llamado a que “no comamos cuento, comamos papa”.
PRODUCCIÓN DE EXPERIENCIAS Y ACEPTACIÓN DE LA DIVERSIDAD
Reflexionar sobre este interrogante es plantearse el problema de la siguiente manera: ¿“Los puros criollos” es un proyecto conservador que no permite entrecruzamientos e interpenetración cultural, como explica Higson, o, por el contrario, es un proyecto que, en su defensa de valores culturales autóctonos, propicia un sano ambiente multicultural en el cual se controla la influencia de tendencias extranjeras? Vale la pena añadir este fragmento del texto de Higson:
“Sobre la base de la experiencia británica, he sugerido que hacer suposiciones sobre la especificidad nacional es dar lugar a demasiadas preguntas. Sin embargo, en otras circunstancias políticas puede ser que cabildear o legislar en favor de un cine nacional haga avanzar de manera útil la lucha de una comunidad por su autodefinición cultural, política y económica. Como señala Crofts, en algunos contextos puede que sea necesario desafiar los mitos homogeneizantes del discurso del cine nacional; en otros, puede que sea necesario apoyarlos”.
Con respecto a lo anterior, parece ser que “Los puros criollos” se encuentra en una zona gris que tiene características bastante ambivalentes. Por un lado, podríamos considerar que su propuesta intenta “controlar” el avance de tendencias extranjeras defendiendo otro tipo de valores culturales que, de no ser defendidos por políticas estatales, vivirían en la marginalidad. Esta consideración me recuerda la vez en que un docente universitario, que daba el curso de Escritura Creativa, animó a sus estudiantes a escribir un cuento. Cuando el profesor recibió las propuestas, quedó sorprendido: los personajes de todos los alumnos, en lugar de tener hábitos propios de un colombiano, se manifestaban como los héroes de la literatura americana o europea. Cuando no tomaban vinos franceses o manjares de dudosa circulación tolimense, asistían a cafetines o bares cuya descripción parecía basada en un best-seller inglés, en lugar de los lugares que realmente frecuentaban los estudiantes en las inmediaciones de la universidad. En estos términos cobra sentido la expresión “la Literatura, más que de la vida, se nutre de la misma Literatura”, y al estar tan soberanamente difundidas las culturas europea y estadounidense en nuestra nación, pareciera que el resultado más lógico fuera que un conjunto de jóvenes escritores sintiera cierta “vergüenza” por costumbre autóctonas, por la mención al tamal o el jabón Rey en un cuento, elementos que son ajenos a las narrativas de mayor circulación. En este sentido, podemos concebir que contar la historia de la papa, y de lo importante que es en el contacto e intercambio de muchas comunidades, ayuda a fortalecer otro tipo de dinámicas culturales bastante opacadas en el panorama nacional.
Sin embargo, me parece que en “Los puros criollos” también se puede realizar otro tipo de lectura, en la cual, en el fondo, no estaríamos más que ante un proyecto bastante conservador que impide la visibilidad de “comunidades transnacionales” y de costumbres juveniles que hacen parte de nuestra nación, pero que a un programa de corte tan tradicionalista no le interesa difundir o defender. En el capítulo de la papa, Santiago Rivas menciona la antipatía nacional por las raíces precolombinas e indígenas de nuestro país; no obstante, también existe lo contrario: el cine de explotación, en este caso concreto algo así como un native-exploitation o farmer-exploitation. ¿Tendría tanto éxito el programa si no se apoyara tanto en productos tan simpáticos del “folclore local” (la superficialidad de los “viejos encantos nacionales”) o en figuras tan romantizadas como la del campesino o el indígena? Quién sabe… Después de todo, cada capítulo está constituido por datos que perfectamente podrían estar en una entrada de Wikipedia, más el plus de los chistes de Rivas, que en muchas ocasiones resultan inadecuados.
Analizar las bromas de Rivas puede que sea una tarea que valga la pena llevar a cabo. En el episodio, por ejemplo, hay ciertos comentarios “extraños” o poco cuidadosos. Rivas dice: “En África, que poco comen, comen papa, como en Asia, Oceanía y Europa. En Estados Unidos también se consume mucha papa”. Curiosa esa necesidad de recalcar, casi en un tono burlón, la pobreza africana, algo que se acentúa más en un programa que, precisamente, busca que se tenga una mejor idea de la diversidad cultural del país, ya que no parece muy adecuado dejar sin matizar la mención y reducir al continente a un “territorio de pobres”, así como a nosotros nos disgusta que se nos reduzca a un “territorio de narcos”. También están la burla típica y boba al modo de expresión de los chinos, y la conducta despectiva que muestra el presentador por el público más light del país, como insinuando “No faltan los idiotas que le encuentran un pero a la papa”, o “el que no consume papa no es un auténtico colombiano”. Otro comentario de un valor muy ambivalente: “Es que uno desde que empieza a comer, le dan a uno papilla. Y después de eso, cuando uno empieza a comer ya sea de dulce o de sal, porque aquí respetamos las preferencias sexuales, se encuentra la papa en todas sus presentaciones”. En este comentario, no se entiende muy bien la mención a las “preferencias sexuales”. ¿Se hace una analogía entre las posibilidades de la orientación sexual y la cantidad de tipos de papa, como si cada papa correspondiera a una inclinación (¿qué necesidad había de esto?), o se está insinuando que el consumidor de “papa dulce” es “marica”? Probablemente sea lo primero, pero no deja de sonar a lo segundo. Si cambiamos “papa dulce” y “papa salada” por Aguila Light y Aguila corriente, se entiende mejor ese extraño sentido que cobra el chiste, en el cual se establece que no es propio de determinado género el consumo de ciertos alimentos, para no pecar de “marica” o “traidor de su género” (ideas que, por lo demás, no son nada extrañas entre los colombianos, sobre todo en el muy conservador escenario del campo, cosa que Rivas, claramente, nunca iba a mencionar). De esta manera, parece que no es demasiado exagerado pensar que esta papa viene en combo, viene con una buena dosis de ideología. Al final no queda más que aquella imagen de lo nacional que ya ha sido explotada hasta el hartazgo, donde todos terminan exclamando “¡viva el campo carajo!”, y que, como dice Higson, jamás le da visibilidad a un montón de comunidades imaginadas trasnacionales de vital importancia en el país, modos de comunión urbanos y juveniles que van más allá de las fronteras y de lo que hace siglos se asignó como propio, es decir, esa imagen congelada de los que somos. Tampoco se ganan su espacio todas aquellas visiones rurales distintas, las cuales sí se preocupan por exhibir sus propios vicios y opacidades.