Umberto Boccioni (Italian, 1882-1916), The dream (Paolo and Francesca), 1909
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Umberto Boccioni (Italian, 1882-1916), The dream (Paolo and Francesca), 1909
Cuando las ideas de @esdanielbarreto empiezan a fluir, el resultado siempre es hipnótico.
Sein fester Blick ist entschlossen auf die Ausgangstür des Supermarktes gerichtet. In Minutenabständen verlassen Italiener*innen den Store und der Mann, der auf einem alten Hocker sitzt, verabschiedet die vorbeiziehenden Menschen. Er ist die Freundlichkeit in Person.
David schaut mich lächelnd an, als ich ihm die Hand reiche und mich zu ihm setze. Ich krame mein Handy aus der Tasche und tippe ein paar Wortfetzen in meine Übersetzungsapp, denn David kommt aus Mali und spricht Französisch.
Zwischen dem langsamen Wortaustausch gestikuliere ich mit Mimik und Händen und auch David zeigt mir mit Gesichtsausdrücken und Malbewegungen, dass er mir wohlgesonnen ist. Wir verstehen uns auf Anhieb.
David lebt seit sieben Monaten auf der Straße und derzeit hier, unter dieser Treppe. Er bekam in Italien kein Asyl und fällt somit durch das Raster der hiesigen Gesellschaft. Keine Sozialleistungen, kein Anspruch auf Mindestversorgung, keine Zukunft. David ist nicht erwünscht und hat keine Identität.
Dass er nicht erwünscht ist, hat er längst verstanden und akzeptiert. Auch Zuhause in seiner Heimat hatte David ein schweres Leben: Beide Eltern wurden erschossen. Ich nehme an, dass David um sein Leben rannte, als er sein Mali verließ.
Ich unterbreche kurz das Gespräch und spreche mich mit den anderen vom Projekt Seehilfe ab. Elli nickt, Philipp gibt mir die Karte des Vereins, ich reiche David die Hand und wir machen einen Einkauf im Supermarkt. Früchte, Wasser, ein leckeres Gebäckstück und Creme für die Haut. Und ein Rucksack.
Als wir uns vor dem Supermarkt wieder setzen und ich David sage, dass wir von nun an Freunde sind, fängt er an zu weinen. Ich setze mich neben David und lege meinen Arm um seine Schulter. In diesen Momenten bricht im obdachlosen Geflüchteten etwas auf, das in unbegrenzter Trauer überquillt.
In diesem Moment verlässt ein gut betuchter Mann im Polohemd den Supermarkt und stellt sich zu uns. Er betrachtet David genau und stellt eine Frage auf Italienisch, die ich nicht verstehe. Ich bitte ihn: „Do you want to give some money to this poor man?“
Doch der Mann winkt mit wedelndem Zeigefinger ab „No, no, no.“, und läuft zu seinem fetten Mercedes-Benz. Irritiert und wütend laufe ich dem Mann hinterher und frage ihn erneut, ob er David nicht helfen möchte. Keine Chance. Der Reiche düst ab. Für mich ist dieses Verhalten unfassbar. David wird es täglich erleben.
Ich setze mich noch einmal zu David. Schaue mit ihm in Richtung Supermarkt. Trotz verweintem Gesicht grüßt er die Italiener*innen, manche werfen ihm ihr Restgeld in den kleinen Plastikbecher. Und langsam beginne ich zu verstehen:
David wird in diesem System keine Chance haben. Er warf sich schutzsuchend in die Arme Europas, wurde fallengelassen und fällt seither jeden Tag. Niemand wird ihm Arbeit geben und David hat kein Recht auf ein Dach über dem Kopf. Kein Recht auf Nahrung, kein Recht auf medizinische Versorgung.
Zudem ist David ein Mensch von tausenden, die sowohl von der europäischen Gesellschaft, als auch von Politiker*innen wohlfeil ignoriert werden. Menschen wie David dürfen nach den „westlichen Werten“ hier nicht existieren.
Mein lieber Freund David. Angesichts Deines Leides fehlen mir die Worte und ich wünsche Dir von tiefstem Herzen, dass Du eines Tages frei, sicher, und behütet sein wirst. Friede mit Dir.
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P.S. Zwei Tage später fuhren Elli, Philip und ich nochmal zum Supermarkt und trafen David dort an. Wir versorgten ihn mit Isomatte und Schlafsack. David strahlte über beide Wangen. Wenigstens wird er nicht auf dem nackten Boden schlafen müssen.
Tortilla tiesa | Chepe Guerra
El polvo de las calles de mi barrio me es indiferente. Tanto polvo cotidiano termina por banalizarse, por volverse invisible.
El polvo que piso cada mañana al salir de casa se vuelve mi capa de invisibilidad, como la del enano ese que sale en no sé cuál película de elfos y otros seres culeros.
Otro día más en mi barrio, o mejor dicho: otra vez me tengo que largar de mi casa a tiempo para tomar la pinche camioneta y no llegar tarde, sino el jefe me chinga. Pero esta mañana, no sé, el polvo era diferente. Lo volví a ver, me di cuenta que existía, que vivía en un pinche barrio sucio. «Humilde morada», dicen los ricachones para hablar de nuestra mierda. Humilde serán los pelos…
Soy empleado en una pequeña carreta en el centro de la capital. El Churrasic Park, donde los abogángsters y otros oficios de rateros confluyen al medio día. Taquitos, chuchitos, mixtas y shucos, a eso me dedico yo. Y mi jefe me empleó más por pena que por mis capacidades culinarias. Pero bueno, le hago huevos, me gano mis centavitos sin tener que bolsear a mis compañeros de miseria en los buses. Por cierto, en el camión me acordé que hoy me pagaban. Cuando me puse detrás de la parrilla esta mañana, estaba feliz, ya iba a poder saldar la deuda con el coyote. Ya podré volver a probar suerte para irme a los Esteits.
Después de servir un número incontable de comida a esos panzones –la corbata les quedaba ridícula sobre los botones rotos de sus camisas–, mi jefe me pagó en efectivo, sólo billetes de cien. Cada momento me acerca más al american drim. Pobre jefe, de seguro se va a poner tristón cuando le diga que me tengo que ir al norte, nadie le contará chistes ni le hará reflexiones estúpidas sobre los abogángsters o las secretarias todas desalineadas. Ojalá me perdone.
Al subirme al bus para regresar bajo los muros con hoyos de mi casa, quise meter una parte del dinero en mis calcetines y otra en un bolsillo escondido de mi pantalón –el pantalón del día de pago, edición limitada made by mi abuelita–, pero vi a un cerote observándome de lejos. De seguro es un largo, me dije. No me dio tiempo y tuve que meter todo el billete en mi bolsillo normal. Sufrí en el camino viendo para atrás sin cesar, y seguía el tipo ahí, con su capucha puesta sobre la cabeza. Ya cuando vi que iba a sacar la pistola, empezó a hacer la típica predicación antes de asaltar. Los ojos de todas las doñas y viejos se exorbitaron. Una muchacha inclinó la cabeza, como lamentándose o diciéndose «otra vez me pasa esto». Y ni lo pensé dos veces, por algo me puse a la par de la puerta de salida de la camioneta, y zum, salté sobre la calle, casi me aventó un motorista. Me escondí en una cantina de mala muerte mientras llegaba el otro bus.
Al final me bajé en la avenida cerca de mi casa, bien pavimentada y alegre, pero siempre con el miedo y el corazón a mil por hora. Pero al mismo tiempo ya sentía que me iba acercando a las chicas en bikini de Mayami.
Una calle antes de llegar a mi covacha, sentí algo filoso y duro en mi espalda. «Bueno chavo, me das tu billetito». Sin pensarlo dos veces, saqué el billete de mi bolsillo. El tipo todavía me bolseó para ver si no traía algo más. Y ya no sentí más el cuchillo en mi espalda.
Al escuchar los pasos apresurados del ladrón, noté que se le salió algo. Al caer, se fragmentó, cayó con un sonido seco. Tan sólo vi pedazos de una tortilla tirada en el polvo. Una tortilla toda tiesa y angulosa. No me quedó más remedio que entrar a mi casa, saludar a mi abuelita y tirarme sobre el catre. Espero que el polvo se vuelva invisible de nuevo, para seguir aguantando mi vida de barrio. Tendré que seguir vendiendo comida en el centro y aguantando este polvo. Como dicen en mi pueblo: «a falta de pan, tortilla».
Discover how to grow your pot here
Tomás Sánchez (Cuban, b. 1948), Luz de una tarde de tormenta [Light of a stormy afternoon], 1990. Oil on canvas, 22 x 28 in.
my favourite sculpture at hakone open air gallery
Pipilotti Rist, A Liberty Statue for Löndön [monolith version], 2005